La novela verdadera de Ruth Ornsteinová, entre la guerra y la paz fría
mayo 2026
Enmarcado en el «giro autobiográfico», Errantes reconstruye la vida de Ruth Ornsteinová, madre de la historiadora Daniela Spenser: una judía checoslovaca que atravesó el nazismo, el exilio inglés, el comunismo y la Primavera de Praga. A partir de documentos dispersos y silencios familiares, el libro conjuga memoria personal y rigor historiográfico para mostrar cómo los grandes procesos del siglo XX europeo encarnaron en mujeres que actuaron con autonomía en medio de la catástrofe.
«Ruth Charlotte Ornsteinová nació en septiembre de 1925. Tras su primer matrimonio con Kurt, se convirtió en Ruth Grollová, y en Tosková cuando se casó con Vladímir Tosek. Yo era su única hija. Kurt fue mi padre». Desde ese yo que subraya un vínculo filial, la historiadora Daniela Spenser emprendió la tarea de reconstruir el pasado de sus padres y abuelos para inscribir este esfuerzo en una nutrida historiografía anclada en el llamado «giro autobiográfico». Una investigación en la que la autora, reconocida especialista en la historia del Partido Comunista Mexicano y pionera en los estudios sobre la Guerra Fría en México, convierte su experiencia profesional y su memoria personal en herramientas para recuperar una historia frente a la cual resulta muy difícil tomar distancia.
Errantes. Una historia de vidas fragmentadas por la guerra y la paz fría (Debate, 2025) propone una lectura de largo aliento sobre el siglo XX europeo a partir de una historia familiar marcada por la guerra, el genocidio, el comunismo, los destierros y sus retornos. Su valor reside en el repertorio de acontecimientos que recorre, pero sobre todo en la manera en que esos procesos históricos encarnan en figuras concretas, especialmente en Ruth, eje alrededor del cual Spenser rescata una genealogía atravesada por la violencia para dar cuenta del protagonismo femenino: la capacidad de decidir, sostener vínculos, traducir lenguas y convertir el desplazamiento en una forma de ser y estar en este mundo.
Una cita de André Gide abre esta historia: «Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escuchó es preciso comenzar de nuevo». Este imperativo condensa el impulso central de Errantes: rescatar del olvido las vidas de una familia de judíos asimilados de Checoslovaquia y también subsanar una falla en la escucha, una «vergonzosa falta de curiosidad» que con algo de culpa confiesa la autora. Por ello, esta obra se presenta como una propuesta híbrida y audaz. Es al mismo tiempo memoria familiar, historia de Mitteleuropa y reflexión sobre los silencios, los vestigios documentales y los dilemas morales de la supervivencia en tiempos convulsos. El resultado es un texto conmovedor, atravesado por la tensión entre la subjetividad de la hija y la exigencia de objetividad de la historiadora.
El libro ofrece un recorrido con cinco estaciones no siempre atentas a una cronología lineal. La primera sitúa el origen de la catástrofe en el colapso del Imperio austrohúngaro y el ascenso del nazismo, presentando a los abuelos maternos (Vilém y Anna Ornstein) y a los padres de la autora (Ruth y Kurt). La segunda se desplaza al exilio inglés y a la participación de Ruth en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Fuerza Aérea Británica, donde actúa como «voz fantasma» que intercepta y traduce al inglés mensajes de oficiales de la Luftwaffe para retransmitirlos a los pilotos ingleses encargados de derribar aeronaves nazis. La tercera introduce un salto retrospectivo para narrar el viaje de Kurt a Palestina en su huida de los nazis, su enrolamiento en el ejército británico para combatir en el continente europeo y su cautiverio como prisionero de guerra judío en un campo de internamiento alemán y, en contrapunto, el descenso de Anna al infierno de los campos de concentración. La cuarta estación aborda el retorno de la familia a Checoslovaquia, la adhesión inicial al comunismo oficial, la Primavera de Praga, el segundo exilio de Ruth y su segundo esposo, Vladímir Tosek, y el activismo político socialista democrático de ambos hasta la caída del Muro de Berlín. Por último, un breve epílogo relata el regreso de Ruth a Praga y el desencuentro con la democracia poscomunista.
El orden en que se suceden los capítulos revela la fragmentación a la que alude el subtítulo del libro. En la lectura, muchas veces es necesario retroceder y avanzar mentalmente para restaurar la simultaneidad de los acontecimientos. Se trata de una arquitectura acorde con la propia dispersión geográfica y vital de esa familia. La vida de Ruth y su entorno familiar desde la infancia hasta su participación en la Segunda Guerra Mundial, así como el regreso a Checoslovaquia y sus renovados destierros, se presentan como una sucesión de rupturas que muestran a los exilios dibujando trayectorias dislocadas, en las que los sujetos se ven compelidos a adaptarse en contextos que se transforman de manera constante.

La obra denota una conciencia clara de los límites de la memoria. No se trata de una biografía cerrada ni de una historia familiar lineal, sino de una reconstrucción hecha de documentos dispersos, testimonios parciales, cartas, fotografías y silencios. Esta condición fragmentaria, lejos de ser un defecto, constituye uno de los principios organizadores del relato. La autora escribe desde la dificultad de saber. Esa dificultad para acceder al pasado no impide narrarlo, al contrario, vuelve más urgente la tarea. Se cuenta una historia y se da cuenta de las condiciones de su escritura.
Desde el inicio, Ruth aparece como una presencia decisiva. Su vida enlaza capítulos y permite entender que el siglo XX no fue una sucesión abstracta de feroces conflictos, sino una experiencia vivida por hombres y mujeres concretos. Ruth es hija, estudiante, refugiada, traductora, esposa, periodista, militante, madre y, sobre todo, sobreviviente. En cada una de esas posiciones despliega diferentes protagonismos. El libro tiene el mérito de no reducirla a víctima, aunque no elude la dimensión trágica de su experiencia. Más bien muestra cómo, en medio de las circunstancias adversas, Ruth vive y sostiene sus decisiones.
La historia familiar se sitúa en el derrumbe del Imperio austrohúngaro y la formación de nuevos Estados. En la generación de los abuelos, Anna y Vilém, se advierte un mundo que todavía conserva la confianza en el progreso al calor de una vibrante vida urbana. No obstante, esa confianza es muy frágil y no resistiría los embates de la crisis política que terminó por destruir el orden liberal de entreguerras.
La condición judía constituye un asunto recurrente. Se trata de judíos asimilados que no practican la religión ni se identifican con el sionismo. Hablan alemán y checo, se sienten checoslovacos y conciben el judaísmo más como una lejana herencia que como una identidad fundante. Sin embargo, esta asimilación no los protege del antisemitismo que, con brutalidad criminal, emerge en el periodo nazi y cuyas reverberaciones se escuchan en las décadas posteriores a la Guerra Mundial. La autora exhibe esta paradoja: una identidad judía poco reivindicada que, sin embargo, resulta determinante en la experiencia de la familia.
En ese marco, Vilém y Anna representan dos trayectorias que divergen. Vilém aparece como una figura decisiva para la supervivencia de Ruth. Su resolución de abandonar Checoslovaquia, llevándose a su hija, es uno de los momentos cruciales del relato. Marcado por la responsabilidad paterna, Vilém avizora que la permanencia en el continente equivalía a la muerte. En cambio, la madre ocupa un lugar más ambiguo y dramático. Anna decide permanecer cuando Vilém y Ruth escapan. La separación es mucho más que un episodio familiar, es el punto en que el relato se orienta hacia la experiencia del exterminio. Así, la abuela de la autora queda atrapada en la maquinaria genocida nazi.
Un acierto de Errantes radica en su honestidad metodológica. Spenser no oculta las dificultades inherentes a su empresa y reconoce que no pudo escribir una biografía completa ni dibujar el carácter íntegro de ninguno de sus familiares. La guerra destruyó archivos, las pertenencias se perdieron en desplazamientos o fueron incautadas, pero sobre todo, persisten los silencios de los protagonistas. Kurt, el padre, nunca habló de su huida a Palestina ni de su cautiverio en un campo de internamiento alemán. La abuela Anna jamás explicó el tatuaje en su brazo. Frente a este vacío, la autora se convierte en arqueóloga de la memoria. Reconstruye a partir de cartas, fotografías, entrevistas, documentos de archivos y una copiosa bibliografía.
Esta labor alcanza particular intensidad en el capítulo dedicado a Anna en los campos de concentración y exterminio. Anna nunca habló, por tanto su nieta no trabaja desde el testimonio directo sino desde una investigación realizada «entre sollozos», como ella misma admite, apoyándose en memorias de otras prisioneras. Este capítulo es un ejemplo elocuente de cómo los detalles mínimos pueden iluminar microhistorias: la decisión de Anna de restarse años para ser considerada apta para el trabajo y así evitar las cámaras de gas, su habilidad para desplazarse entre lenguas -checo, alemán, polaco, yiddish- como estrategia de supervivencia, o la circunstancia de estar sola, sin marido ni hija, como una paradójica «bendición» que la liberaba del miedo a perderlos.
La experiencia de Ruth en Inglaterra es otro momento revelador. Como refugiada vive la precariedad del exilio, la separación de sus padres y la necesidad de adaptarse a nuevos entornos. Ruth no se limita a sufrir las circunstancias; se reacomoda, aprende y actúa. Su paso por hogares de acogida, por escuelas y comunidades de refugiados muestra una adolescencia atravesada por la guerra, pero también por el aprendizaje de la autonomía. La madre de la autora consolida amistades, consigue dominar el inglés a la perfección y construye una identidad híbrida que, sin borrar su origen centroeuropeo, tampoco lo clausura.
La participación de Ruth en la Fuerza Aérea Británica es decisiva en el relato de esa vida. Este episodio, que podría parecer marginal dentro de la gran historia europea, en realidad es fundante para comprender la trayectoria de Ruth y el sentido profundo de su existencia. Su trabajo en la Fuerza Aérea la sitúa en el corazón del esfuerzo bélico aliado para convertirla en protagonista de la resistencia al fascismo. Ruth desestabiliza la imagen de mujer refugiada como sujeto pasivo o tradicionalmente dedicado a tareas de cuidado. Se integra al ejército británico, se desenvuelve en tareas de espionaje y se forma en un entorno donde la guerra reorganiza roles sociales y abre posibilidades inéditas para la participación femenina.
En esa misma línea debe leerse su labor como traductora, una de las facetas más fascinantes de su biografía. Traducir no solo es trasladar palabras de una lengua a otra, es una práctica intelectual y política. Ruth vive entre idiomas: el alemán de su infancia, el checo de su entorno, el inglés de su adolescencia, el ruso, el francés, el italiano de su vida adulta. Esa posición multilingüe la convierte en mediadora entre mundos: ella hace comprensible lo ajeno, construye puentes donde otros ven abismos. En un siglo en el que la violencia se alimentó de nacionalismos excluyentes, Ruth encarna una lógica opuesta: la del intercambio y la circulación en redes intelectuales y políticas de gran alcance.
La guerra concluye. Ruth encuentra a su madre Anna en Bergen-Belsen. El fin de la guerra no es vivido como un triunfo tranquilizador, sino como el inicio de otra etapa marcada por la incertidumbre. La derrota del nazismo no devuelve a los muertos entre los que figuran amigos, conocidos y casi toda la familia ampliada. Su regreso al continente tampoco equivale al retorno a una normalidad anterior, esa normalidad fue aniquilada. El final de la guerra es una transición difícil hacia una vida en otro registro.
En ese nuevo escenario, hacia 1948, se instala el comunismo en Checoslovaquia. El libro reconstruye este momento mostrando las esperanzas y las ambivalencias que fue capaz de despertar. En un país devastado por el fascismo y la guerra, para muchos el comunismo se presentó como una vía hacia la justicia. Vladímir Tosek encarna esa esperanza. Periodista, intelectual y figura relevante de la esfera pública checoslovaca, aparece como un hombre de convicciones, aunque también como alguien capaz de navegar las lógicas del poder con inteligencia. El segundo esposo de Ruth es un genuino defensor del régimen. Su adhesión al comunismo responde a un auténtico convencimiento. Para él, después del fascismo, el socialismo era la única alternativa para edificar un orden más igualitario.
Errantes no idealiza el régimen. Las purgas, los procesos políticos y la atmósfera de sospecha muestran la dimensión represiva del denominado socialismo real. Ruth lo experimenta en carne propia. La cercanía de su entorno a la cúpula del Partido Comunista la convierte en blanco de acusaciones y persecuciones. Así, la obra subraya una paradoja central del siglo XX: quienes habían sobrevivido al nazismo podían verse luego atrapados en las redes criminales del estalinismo. La historia de Ruth, por tanto, no es la de una adhesión ingenua al comunismo, sino la de una mujer que participa en un proyecto político y que sufre sus costos, sus silencios y sus traiciones.
El libro no demoniza a quienes participaron activamente en la construcción del socialismo; por el contrario, expone las complejidades morales, entre ellas, la colaboración con la policía secreta del régimen por miedo, presión o conveniencia, como lo hicieron Ruth y Vladímir, un asunto que la autora aborda con impecable valentía. Tampoco elude los aspectos más problemáticos de su madre: su carácter dominante, su severidad, su tendencia a ocultar los recuerdos dolorosos, su pragmatismo a veces implacable. Incluso registra las distorsiones de su memoria. Lejos de juzgarla, Spenser interpreta estas imprecisiones como mecanismos de afirmación ante contextos que negaban merecidos reconocimientos.
La Primavera de Praga constituye otra de las complejas escalas que propone esta obra, al exhibir la experiencia de Ruth junto a Vladímir en un proceso que despertó enormes esperanzas de construcción de un socialismo, se decía, «con rostro humano». Vladímir participa con audacia en ese momento, y Ruth comparte el clima de expectativas y compromiso. La invasión soviética en el verano de 1968 destruye esa posibilidad y obliga a una nueva huida en la que se materializa el colapso de una ilusión generacional: la idea de que el socialismo podía regenerarse sin renunciar a la democracia.
En Italia e Inglaterra viven un nuevo exilio, y Ruth vuelve a ocupar un papel central. Su participación en la revista Listy [cartas], dirigida por el periodista y político Jiří Pelikán, es significativa porque la muestra integrando una constelación intelectual que, lejos de lamentar la pérdida del país, trabajó, con todos los riesgos del caso, para activar respuestas capaces de forzar un cambio en el régimen checoslovaco. Listy funciona como un espacio de circulación de ideas, de oposición política, de resistencia cultural: en su portada se definía como «revista de la oposición socialista checoslovaca». Ruth es la mujer que contribuye a sostener esa comunidad de pensamiento en condiciones particularmente adversas.
La caída del Muro de Berlín y el desplome del bloque socialista cierran el arco temporal del libro. El retorno a Checoslovaquia está marcado por la desilusión. Las expectativas de quienes, como Ruth, imaginaron durante décadas una alternativa democrática y socialista se encuentran con una realidad distinta, dominada por el desencanto y por la vorágine de una transición política muy alejada de sus ilusiones. La historia no culmina en un reencuentro cargado de esperanzas, sino en una combinación de alivio y decepción.
En síntesis, Errantes destaca por su capacidad para conjugar las pequeñas historias con los grandes procesos del siglo XX. Es una obra que recorre el pasado europeo desde la experiencia de una familia, y esa historia familiar adquiere resonancia porque condensa problemas mayores: la fragilidad de la asimilación de las comunidades judías, la furia del antisemitismo, las ruinas del Holocausto, las ilusiones y la represión bajo el socialismo, la esperanza y derrota de la Primavera de Praga, los exilios y desexilios. En el centro de este recorrido se encuentra Ruth, una figura compleja cuya vida invita a pensar las catástrofes del siglo XX también como un tiempo en el que las mujeres actuaron de manera decisiva, con inteligencia y valentía.

