Hacia la utopía (o la distopía) urbana
Experimentos de control total
Nueva Sociedad 322 / Marzo - Abril 2026
Las ciudades chinas pasaron por varias fases, desde los intentos de volverlas el reflejo de la nueva China revolucionaria –a menudo de manera monumental, al estilo soviético– hasta la construcción de ciudades inteligentes. De la mano de la utopía de la eficiencia, emerge la distopía de un control de dimensiones hasta ahora desconocidas.
Beijing, la antigua ciudad sin historia
Beijing podría haber sido completamente distinta de lo que es hoy, o sea más similar al pasado. En diciembre de 1948, Liang Sicheng, considerado el padre de la arquitectura china, presentó a los dirigentes comunistas un plan para hacer de Beijing una capital capaz de conciliar las novedades de la revolución comunista y sus valores, junto a su historia de antigua capital imperial; poco después, el choque con los nacionalistas habría terminado con la victoria del Partido Comunista de China (pcch) y la proclamación del nacimiento de la República Popular el 1 de octubre de 1949. Beijing, la antigua Dadu mongol, había sido la capital más longeva en la milenaria historia china y estaba habitada por estructuras y monumentos que Liang esperaba preservar, haciendo de ello el núcleo de la Beijing del futuro.
Liang había nacido en Tokio en 1901, porque el padre había debido huir de la China de los Qing tras el fracaso de un intento de reforma y modernización del moribundo Estado chino. Regresó a China en los años 20 y, tras graduarse, gracias a un programa que permitía a algunos chinos ir a estudiar al exterior, continuó sus estudios en la Universidad de Pensilvania. Luego, retornó otra vez al país para crear los fundamentos arquitectónicos de la Nueva China. Su vida estuvo ligada con doble filo a su mujer, una famosa poeta, Lin Huiyin (cuya belleza produjo muchas anécdotas, incluido un flechazo fragoroso por ella, sin ningún éxito, por parte del símbolo cultural indio Rabindranath Tagore). La pareja viajó a lo largo y a lo ancho de China a la búsqueda de templos, palacios y estructuras de la antigüedad para concebir un desarrollo urbano «chino». Hoy Liang y Lin son venerados como Diego Rivera y Frida Kahlo en México: nacidos en familias aristocráticas y progresistas, además de haber estudiado en Estados Unidos, habían viajado mucho por Europa.
«Liang y Lin fundaron todo el campo de la arquitectura histórica china», afirmó Nancy Steinhardt, profesora de Arte de Asia Oriental en la Universidad de Pensilvania, ya que, valiéndose de la poca información disponible en aquel tiempo, siguiendo indicios hallados en textos antiguos, utilizando el análisis de murales así como de antiguos cantos folclóricos, lograron «mapear» cerca de 2.000 templos, pagodas y monasterios que estaban a punto de perderse para siempre. Steinhardt, al respecto, precisó que «fueron los primeros en hallar estas antiguas estructuras. Pero la importancia de sus estudios de campo va más allá: dado que muchos templos fueron más tarde destruidos –durante la guerra con Japón, la guerra civil y los ataques comunistas a la tradición, como la Revolución Cultural–, sus fotos y sus investigaciones son todavía hoy documentos inestimables».
Volvamos a Beijing, en 1949. Mao creó una Comisión para la Planificación Urbana de la capital con una idea precisa: hacer de la ciudad la representación de la Nueva China; grandeur, edificios mastodónticos y un centro industrial capaz de transportar a China hacia la modernización. Ideas más bien distintas de las de Liang, quien sin embargo se puso a disposición de la nueva dirigencia comunista para hacer su contribución. No exactamente lo que pensaba Mao, en definitiva. No obstante ello, Liang presentó al pcch un listado de estructuras arquitectónicas de la ciudad que a su parecer debían conservarse e hizo más: propuso que las estructuras administrativas fueran ubicadas fuera de la ciudad. Para Liang, la ciudad antigua era un museo y debía ser preservada y tutelada, incluidas las murallas.
En 1950, su propuesta, apoyada por otra estrella de entonces entre los arquitectos chinos, Chen Zhanxiang, fue presentada oficialmente. Sin embargo, no tuvo gran éxito, también porque en aquel momento la dirigencia comunista estaba fuertemente influenciada por los «consejeros» soviéticos enviados por Stalin para sostener los esfuerzos chinos. Los soviéticos, al contrario que Liang, sostenían que la nueva capital debía surgir sobre los cimientos de la vieja. En la práctica, la vieja ciudad debía ser destruida. Un enfoque afín a la voluntad de Mao, que imaginaba, con muy escaso respeto hacia el pasado, una Tiananmén gigantesca además de industrias, fábricas y chimeneas. Y como ocurrió en otros momentos de la historia china, aun antes de que los expertos presentaran sus planos, algunas operaciones decididas desde lo alto, en realidad, ya estaban en fase de completarse. La demolición de las murallas de la ciudad, por ejemplo, ya se había iniciado antes de que Liang entregara su proyecto, en el cual el antiguo anillo de murallas era, en cambio, considerado «un bellísimo collar nacional».
Liang y sus ideas fueron dejadas de lado, y a Liang y Lin, de allí en adelante, la vida les reservaría solo dramas. Lin murió en 1955 de tuberculosis; durante la Revolución Cultural, Liang fue obligado a llevar un cartel negro en el cuello que lo sellaba como «autoridad académica reaccionaria». Tras un periodo de vejaciones, abusos y humillaciones –destino análogo al de muchos otros–, Liang murió en 1972, convencido de que el trabajo de toda una vida, suyo y de su mujer, había sido desperdiciado. Como sucedió con muchos otros, no fue así: tras la muerte de Mao en 1976, Liang Sicheng estuvo entre los primeros intelectuales que fueron rehabilitados (en su caso, de manera póstuma). La poesía de Lin Huiyin volvió a publicarse con gran éxito y el retrato de Liang apareció también sobre un sello postal en 1992. Pero Beijing no volvió atrás: durante el periodo maoísta, ya se había transformado en uno de los principales centros industriales del país. Durante el primer plan quinquenal –de 1953 a 1958– fueron proyectadas construcciones industriales con un ojo puesto en el sector eléctrico (se construyeron 21 nuevos establecimientos, además de los 104 ya existentes). No faltaban las acerías: en 1990, en Beijing vivían dos millones de obreros empleados en las fábricas de la capital. Los edificios históricos habían sido casi por completo demolidos.
La ciudad fantasma
Vivir en China significa buscar la historia en ciudades que a veces asumen las semblanzas de las metrópolis visionadas por la imaginación ciberpunk: ultratecnológicas pero decadentes, con rascacielos y neón espejando las lluvias copiosas, a lo Blade Runner. Se trata en muchos casos de investigaciones enervantes y decepcionantes: cuando vivía en Shanghái, viajé a Suzhou, la «Venecia china», pero ya la ciudad sobre el agua era una especie de parque de juegos, así como la parte vieja de Shanghái, falsa y desoladora. O también Hangzhou y su Lago Occidental, semejante a un centro comercial a cielo abierto; Urumqi en Xinjiang, igual a otras mil ciudades chinas, salvo las callejuelas de los mercados y de los restaurantes en las cuales quedaba un vago sabor arabizante; Xi’an, otra de las viejas capitales, fagocitada por la urbanización y la contaminación. Y así Nankín, Cantón, hasta llegar a las «nuevas» Shenzhen, Ningbo o la más ciberpunk de todas, Chongqing, un mix entre una novela de William Gibson y Ciudad Gótica.
Se dice que China es el único país del mundo donde tomas un tren, recorres millares de kilómetros, bajas y tienes la impresión de estar en el mismo punto del que partiste. Se trata de una constatación que no hace justicia a pequeñas gemas que todavía se encuentran, pero expresa bien la idea. Cuanto menos, atestigua una sensación occidental de laowai1, porque en realidad los chinos viven todo con espíritu laico y poco preocupado por la preservación y la restauración del patrimonio cultural. China es un país del todo ocupado en construir el futuro, el suyo.
En los últimos 20 años, China construyó 20 nuevas ciudades por año, urbanizando –solo en los primeros diez años de los 2000– a un número de personas equivalente a toda la población estadounidense. Uno de los resultados de esta tendencia es el de las llamadas «ciudades fantasma».
Territorios surcados por edificios uno al lado del otro, o barrios flamantes unidos por una característica: están aparentemente desiertos. Es un fenómeno que los chinos han llamado «muros sin mercados», ciudades incompletas o vacías construidas antes aún de tener habitantes prontos a vivir en ellas, fruto de la especulación inmobiliaria y de la ansiedad de pib de la China contemporánea. William Hurst, profesor de Ciencias Políticas de la Northwestern University, contó que «las personas no querían mudarse a áreas carentes de servicios públicos básicos como salud, escuelas, transportes y centros comerciales, mientras que los gobiernos locales eran reacios a construir las infraestructuras necesarias hasta que no hubiera allí bastantes personas como para justificar los costos». Un auténtico cortocircuito.
Pero las cosas en realidad están cambiando, si bien solo desde hace algunos años. En 2015, el fotógrafo de Chicago Kai Caemmerer decidió ver personalmente de qué se trataba y visitar algunas de estas ciudades. Lo que encontró no era para nada lo que esperaba. «Al inicio –le contó a la revista Wired– estaba inspirado por algunos de los artículos (sensacionalistas) que había leído sobre las nuevas ciudades fantasma de China». Excavando un poco más hondo, sin embargo, «se volvió bastante claro que muchas de estas ciudades fantasma no estaban de ningún modo abandonadas o extintas, como habían sido descritas, sino más bien eran muy nuevas». Así, máquina fotográfica en mano, Caemmerer pasó unos tres meses explorando tres de las llamadas ciudades fantasma: el distrito de Ordos, Kangbashi, el distrito financiero de Yujiapu en la nueva área de Binhai cerca de Tianjin y la ciudad del lago Meixi cerca de Changsha.
Estas ciudades tienen un origen político, porque nacen del deseo de funcionarios del gobierno local y de su visión acerca del desarrollo inmobiliario y urbano, visto como única inversión segura y de alto rendimiento que puede ayudar a alimentar el crecimiento económico (del cual depende su carrera).
El poblamiento de estas ciudades, sin embargo, parece ya encaminado: Kangbashi, por ejemplo, cuenta hoy con unos 100.000 habitantes. El ejemplo de las «ciudades fantasma» también nos dice mucho de la manera en que, con frecuencia, China es relatada: se busca el sensacionalismo –grandes ciudades completamente deshabitadas– para confirmar nuestro prejuicio de que el desarrollo chino es algo insensato o cuanto menos bizarro, «extraño pero cierto», sin profundizar y sobre todo las más de las veces sin verificar algunas cuestiones (por ejemplo, como hizo Caemmerer, yendo personalmente a los lugares). No por casualidad, la veta de las «ciudades fantasma» parece haberse agotado, en la prensa principal internacional, en el momento en que comenzaron a poblarse.
Las ciudades inteligentes
Ciudades antiguas, modernas, nuevas, nuevísimas, «fantasma». El progreso chino, a veces sin que se mire mucho hacia atrás, no podía finalmente sino aterrizar sobre el nuevo concepto de ciudad que se está afirmando en el mundo, o sea, las ciudades inteligentes. Y, como de costumbre, China no quiere ser una más en esta tendencia, sino que quiere primar.
Sobre las ciudades inteligentes existe un amplio debate en todo el mundo, entre el deseo de poner la tecnología a disposición de los habitantes y los riesgos de un control sobre la vida de las personas que parece volverse una discusión cada vez más controvertida. En su libro Design, Control, Predict: Logistical Governance in the Smart City [Diseñar, controlar, predecir. Gobernanza logística en la ciudad inteligente], Aaron Shapiro introduce así el tema:
La tecnología está reconfigurando la vida urbana. En las «ciudades inteligentes», los datos y la información no se limitan a representar los procesos urbanos: intervienen en ellos. Los flujos de datos y las arquitecturas de la información estructuran nuestra experiencia, mediando nuestro acceso a instituciones, recursos y servicios. Los algoritmos traducen los input de datos en output «utilizables», anticipando los flujos futuros de personas, materiales e información e intercediendo para garantizar o prevenir determinados resultados. Las tecnologías de la ciudad inteligente calculan, calibran y movilizan; identifican y explotan fuentes de eficiencia cada vez más pequeñas. Y ya están transformando el modo en que el espacio público es proyectado y administrado, cómo son gestionados el trabajo y los trabajadores, cómo son controlados los barrios y las comunidades.2
Una descripción que calza como un guante a lo que está ocurriendo en China. Basta tomar tres ejemplos casuales, en las ya citadas Hangzhou, Chongqing y Shenzhen. En la primera, una ciudad de 10 millones de habitantes, las cámaras de video filman cada movimiento: máquinas, peatones, cruces. Los algoritmos mastican los datos y entregan un plan para gestionar mejor el tránsito. Desde hace algunos años, en la metrópolis meridional china está en uso un sistema de ciudad inteligente: se llama City Brain [Cerebro de la ciudad] y fue creado por Alibaba. Según la administración local, el algoritmo de la empresa de Jack Ma habría ya contribuido a reducir los embotellamientos en 15%. Sus creadores especificaron que City Brain puede prever «dónde se verificarán los embotellamientos y prevenir los accidentes viales instituyendo el control preventivo del tránsito».
En Chongqing, la automatización procede a etapas forzadas, señalada por artículos que describen robots que sirven el café o acomodan las sillas de las oficinas al final de una larga reunión. En el proyecto ciudadano están involucradas entidades no solo chinas, como por ejemplo el estudio de arquitectura danés Big, que junto con Terminus (una empresa china que se ocupa de recoger datos y proporcionar reportes sobre todos los aspectos –contaminación, consumos y movimientos de las personas– de un determinado territorio) planificó un barrio completamente gestionado por la inteligencia artificial. El proyecto –denominado Cloud Valley– preveía utilizar sensores y dispositivos para recoger datos sobre todo, desde el clima y la contaminación hasta las costumbres alimentarias de las personas, para satisfacer automáticamente las exigencias de los residentes. «Está volviendo esta idea de vivir en un pueblo donde, si te presentas en un bar, incluso si es la primera vez que estás allí, el barman conoce tu bebida favorita», dijo Bjarke Ingels, socio fundador de Big. «La ia puede reconocer –por ejemplo– a las personas que están llegando a un determinado lugar: puede abrir la puerta, de modo que no tengan que buscar las llaves de la casa», agregó. Lanzado en abril de 2021, Cloud Valley es un proyecto de ciudad extendida sobre un territorio equivalente a alrededor de 200 campos de fútbol, «donde la tecnología permite a las personas vivir más cómodamente, anticipando sus exigencias». «Cuando la luz del sol golpea las casas, las ventanas de las habitaciones regulan solas su propia luminosidad para permitir a la luz natural despertar a los residentes dormilones», se lee en el sitio web de Terminus. «Una vez que la luz inundó la habitación, una gobernanta virtual ia llamada Titan selecciona el desayuno, acomoda la vestimenta a las condiciones climáticas y presenta un programa completo de la jornada».
La ciudad, que incluye oficinas, casas, espacios públicos y autos de conducción autónoma que se mueven bajo el ojo siempre vigilante de la ia, debía ser completada en unos tres años, según Terminus3. De todos modos, como para otras ciudades inteligentes, esta aproximación ha despertado preocupaciones en relación con la privacidad. Eva Blum-Dumontet, una investigadora de Privacy International, afirmó que las ciudades inteligentes corren el riesgo de convertirse en una amenaza para los derechos humanos si las empresas y los gobiernos no adoptan medidas para limitar la vigilancia y garantizar la inclusividad. «Debemos preguntarnos, por ejemplo, en qué modo la ciudad influenciará a las personas que quizá no tienen gran familiaridad con la tecnología –señaló–, tanto más que este riesgo es mayor cuando no existe un marco jurídico que limite el acceso de los gobiernos a los datos recogidos por las empresas privadas».
En plena pandemia de covid-19, en China se anunció, entonces, el nacimiento de otra ciudad inteligente creada por Tencent, el rival de Alibaba. Se llamará Net City [Ciudad Red]: dos millones de metros cuadrados en el interior de Shenzhen con oficinas y residencias para los empleados de la empresa, parques y un área sobre la costa marítima. Menos autos, energía limpia e ia para controlar el tránsito, los consumos energéticos y, naturalmente, a la población. Tras la pátina de ciudades ecológicas y seguras, en efecto, en cada ciudad inteligente se esconde un proyecto de control de sus habitantes garantizado por los big data, o sea, el conjunto de todos los datos que pueden ser extraídos de una persona y de un ambiente. Videocámaras con reconocimiento facial, celulares inteligentes y apps, registros de voz: todo concurre a desarrollar una forma de seguridad «preventiva», flor en el ojal de una ola de proyectos con el imprimatur del pcch.
El corazón del funcionamiento de estas ciudades es una suerte de secreto que gobierno y empresas involucradas en los proyectos custodian celosamente. Pero los imprevistos están a la vuelta de la esquina: en mayo de 2019, a causa de un error en el mecanismo de seguridad, se hizo pública una base de datos de los sistemas de monitoreo de dos barrios de Beijing. Así, se descubrió que, a través de las cámaras de video con reconocimiento facial, el sistema está en condiciones de rastrear todos los movimientos (y los tiempos de recorrido de un lugar a otro), además de la etnia y la edad de las personas. Analizando la base de datos, se descubrió luego la existencia de «alertas» ad hoc para la policía, es decir, señalamientos del rostro de una persona que de algún modo se vio involucrada con las fuerzas del orden en el curso de su vida y que, como tal, se vuelve «sospechosa» (o etiquetada como «drogodependiente» o «salida recientemente de la cárcel»). La base de datos –aunque solo se ocupaba de dos barrios– mostró todas las potencialidades de la recolección de datos que será posible efectuar en el interior de las «ciudades inteligentes». El resultado será tener ciudades hipertecnológicas y (se espera) ecológicas, donde la vida de las personas será controlada 24 horas sobre 24.
Nota: este artículo forma parte del apartado «Metrópolis» del libro La nueva China (Edhasa, Buenos Aires, 2022). © 2021, Gius. Laterza & Figli, All rights reserved, © Diego Bigongiari, 2022, © Edhasa, 2022. Traducción: Diego Bigongiari.
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1.
Término coloquial chino que significa «extranjero»; puede o no ser despectivo [N. del T.].
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2.
University of Minnesota Press, Mineápolis, 2020.
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3.
El proyecto parece haber sido aplazado por Terminus. La empresa viró hacia el negocio de vender software –tacos– para digitalizar ciudades ya construidas. Es decir, más que abandonar el proyecto de Cloud Valley, lo transformó: pasó de ser una empresa que prometía construir ciudades a una que vende las herramientas para hacerlas funcionar como ciudades inteligentes. La compañía promueve edificios que redefinen la interfaz hombre-máquina; por ejemplo, construcciones con paredes que incorporan rampas interiores, diseñadas para permitir la circulación de robots dentro de la propia estructura y facilitar así el cumplimiento de sus tareas. Terminus ha llevado estos proyectos de software a otras ciudades, como Wuhan, cuyo ai Park (parque industrial inteligente) funciona hoy como la nueva vidriera de la empresa. Allí, los robots cumplen funciones como seguridad –detectan y siguen a intrusos– o prevención de incendios, mediante la incorporación de cámaras térmicas [N. del E.].