El ascenso de China como potencia mundial
Entrevista a Au Loong Yu
Nueva Sociedad 322 / Marzo - Abril 2026
¿Cómo llegó China a convertirse en una potencia mundial? ¿De qué manera pudo sacar provecho del legado colonial, la mano de obra barata y la estrategia estatal? Pero, al mismo tiempo, ¿cuáles son las tensiones en el avance del «sueño chino» hoy encarnado en el fuerte liderazgo de Xi Jinping?
El rápido auge de China como nuevo centro de acumulación capitalista la lleva a una confrontación con Estados Unidos. En esta entrevista, el activista y académico Au Loong Yu analiza las raíces históricas de la emergencia de China como nueva potencia imperial, las ambiciones de Xi Jinping y de la elite china, sus diferencias con otras potencias del Norte global y lo que esto significa para el sistema mundial. Au Loong Yu es autor, entre otros libros, de Hong Kong in Revolt: The Protest Movement and the Future of China [Hong Kong en revuelta. El movimiento de protesta y el futuro de China] (Pluto Press, Londres, 2020).
Uno de los cambios más importantes de las últimas décadas ha sido el surgimiento de China como nueva potencia del sistema mundial. ¿Cómo ha ocurrido esto?
El auge de China es el resultado de una combinación de factores desde la reorientación de su producción hacia el capitalismo mundial en la década de 1980. En primer lugar, a diferencia del bloque soviético, China encontró la manera de sacar provecho de su legado colonial, lo cual es una ironía histórica. Gran Bretaña controló Hong Kong hasta 1997, Portugal controló Macao hasta 1999 y Estados Unidos sigue utilizando Taiwán como protectorado. Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía global incluso antes de su entrada total en el sistema mundial.
En la época de Mao Zedong, Hong Kong proporcionaba aproximadamente un tercio de las divisas extranjeras de China. Sin Hong Kong, China no habría podido importar tanta tecnología. Tras el fin de la Guerra Fría, bajo el mandato de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización china. Deng utilizó Hong Kong para obtener aún más acceso a divisas extranjeras, importar todo tipo de productos, incluida la alta tecnología, y aprovechar su mano de obra calificada, como los profesionales de la gestión y la administración.
En cuanto a Macao, China la utilizó inicialmente como un lugar ideal para el contrabando de mercancías hacia China continental, aprovechando la notoria laxitud legal en esta isla. Posteriormente, la «ciudad casino» constituyó una plataforma ideal para la importación y exportación de capitales. A su vez, Taiwán era muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino más aún, a largo plazo, en términos de transferencia de tecnología, en primer lugar en la industria de los semiconductores. Los inversionistas de Taiwán y Hong Kong también fueron uno de los elementos claves del rápido crecimiento de las provincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guangdong.
En segundo lugar, China poseía lo que el revolucionario ruso León Trotsky denominaba el «privilegio del retraso histórico». El Partido Comunista de Mao se benefició del pasado precapitalista del país. Heredó un Estado absolutista fuerte que reorganizaría y utilizaría para su proyecto de desarrollo económico nacional. También se benefició de un campesinado precapitalista atomizado, acostumbrado al absolutismo desde hacía 2.000 años, para extraer su mano de obra con vistas a una acumulación denominada primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.Más tarde, a partir de la década de 1980, el Estado chino trasladó esta mano de obra del campo a las grandes ciudades para que trabajara como mano de obra barata en las zonas francas de exportación. De este modo, se puso a trabajar a cerca de 300 millones de migrantes rurales, como esclavos de los talleres clandestinos. Así, el atraso de las relaciones absolutistas del Estado y las clases en China ofrecía a la clase dirigente china ventajas para desarrollar tanto el capitalismo de Estado como el capitalismo privado.
El retraso de China también le permitió superar las etapas del desarrollo sustituyendo los medios y métodos arcaicos por medios y métodos capitalistas avanzados. La adopción por parte de China de la alta tecnología en las telecomunicaciones es un buen ejemplo de ello. En lugar de seguir cada etapa de las sociedades capitalistas más avanzadas, comenzando por el uso de líneas telefónicas para la comunicación en línea, China instaló cable de fibra óptica en todo el país casi de un solo golpe.
Los dirigentes chinos estaban muy interesados en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas: querían asegurarse de que el país no fuera invadido y colonizado, como había ocurrido un siglo atrás. Por otro lado, por razones ofensivas: el Partido Comunista quiere restablecer el estatus de gran potencia de China, la tradición de su dinastía llamada celestial. Debido a todos estos factores, China ha llevado a cabo una modernización capitalista que en otros Estados ha tardado 100 años.
China es hoy la segunda economía más grande del mundo, pero no sin contradicciones. Por un lado, muchas multinacionales son responsables de su crecimiento, ya sea directamente o subcontratando a empresas taiwanesas y chinas. Por otro, China está desarrollando rápidamente sus propias industrias como líderes nacionales en los sectores público y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades?
En mi libro China’s Rise [El ascenso de China]1, sostengo que China practica dos dimensiones del desarrollo capitalista. Una es lo que yo llamo acumulación dependiente. El gran capital extranjero ha invertido enormes cantidades de dinero en los últimos 30 años, primero en industrias intensivas en mano de obra y, más recientemente, en industrias intensivas en capital. Esto ha desarrollado el país, pero lo ha mantenido en la parte inferior de la cadena de valor mundial, incluso en el sector de la alta tecnología, como taller clandestino global. El capital chino obtiene una pequeña proporción de los beneficios, la mayor parte de los cuales va a parar a eeuu, Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo es el teléfono móvil de Apple. China se limita a ensamblar todas las piezas, que en su mayoría se diseñan y fabrican fuera de su territorio. Pero hay una segunda dimensión: la acumulación autónoma. Desde el principio, el Estado ha dirigido muy conscientemente la economía, ha financiado la investigación y el desarrollo y ha mantenido un control indirecto sobre el sector privado, que ahora representa más de 50% del pib. En las altas esferas de la economía, el Estado mantiene el control a través de las empresas estatales y lleva a cabo sistemáticamente ingeniería inversa para copiar la tecnología occidental y desarrollar sus propias industrias. China tiene ventajas que otros países no tienen: es enorme, no solo por el tamaño de su territorio, sino también por el de su población. Desde la década de 1990, ha sido capaz de establecer una división del trabajo entre tres partes del país. Guangdong tiene una zona franca con gran intensidad de mano de obra para la exportación. El delta de Zhejiang también está orientado a la exportación, pero es mucho más rico en capital. Alrededor de Beijing, se han desarrollado las industrias de alta tecnología, comunicaciones y aviación. Esta diversificación forma parte de la estrategia consciente del Estado de desarrollarse como potencia económica. Sin embargo, China también adolece de debilidades. Si nos fijamos en su pib, es el segundo país más grande del mundo. Pero si se mide el pib per cápita, sigue siendo un país de ingresos medios. También se pueden observar debilidades incluso en áreas en las que está alcanzando a las potencias capitalistas avanzadas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, que ahora se ha convertido en una marca mundial, fue desarrollado no solo por sus propios científicos chinos, sino sobre todo mediante la contratación de 400 científicos japoneses. Esto demuestra que China dependía y sigue dependiendo en gran medida de los recursos humanos extranjeros para la investigación y el desarrollo. Otro ejemplo de debilidad se puso de manifiesto cuando la empresa china de telecomunicaciones zte fue acusada por el gobierno de Donald Trump de violar sus sanciones comerciales contra Irán y Corea del Norte. Trump impuso una prohibición comercial a la empresa, negándole el acceso a software de diseño estadounidense y a componentes de alta tecnología, lo que la puso en riesgo de hundirse de la noche a la mañana. Xi y Trump finalmente llegaron a un acuerdo para salvar la empresa, pero la crisis que atravesó zte exhibió el persistente problema del desarrollo dependiente de China.
Este es el problema que está tratando de resolver. Su tecnología de semiconductores está dos o tres generaciones por detrás de la de eeuu. Por eso China está aumentando considerablemente las inversiones en investigación y desarrollo. Sin embargo, el grueso del enorme número de patentes chinas no corresponde aún al ámbito de la alta tecnología, sino a otros campos. Por lo tanto, China sigue adoleciendo de una debilidad tecnológica. En el ámbito de la inteligencia artificial, en cambio, está recuperando rápidamente terreno. Esto preocupa a eeuu, no solo en términos de competencia económica, sino también de competencia militar, ámbito en el que la inteligencia artificial desempeña un papel fundamental.
Además de estas debilidades económicas, China adolece de debilidades políticas. No cuenta con un sistema de gobierno que garantice una sucesión pacífica del poder de un líder a otro. Deng Xiaoping había establecido un sistema de limitación de mandatos y dirección colectiva para superar este problema de sucesión. Xi ha abolido ese sistema y ha restablecido la regla del líder único sin límites temporales. Esto podría dar lugar a más luchas facciosas por la sucesión, que desestabilicen el régimen y comprometan su ascenso económico.
Xi ha cambiado radicalmente la estrategia de China en el sistema mundial, alejándose de la prudente estrategia de Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué lo hace y cuál es su programa para que China aspire al papel de gran potencia?
Lo primero que hay que entender es la tensión que existe dentro del Partido Comunista en relación con su proyecto en el mundo. El Partido Comunista de China [pcch] es muy contradictorio. Por un lado, es una fuerza de modernización económica. Por otro, ha heredado elementos muy importantes de la cultura política premoderna. Estas son las fuentes de conflicto entre los clanes dentro del régimen. A principios de la década de 1990, las altas esferas de la burocracia debatían sobre qué grupo de gobernantes debía tener el poder. Uno de ellos es el denominado «sangre azul», los hijos de los burócratas que dirigieron el Estado después de 1949, la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde la llegada al poder de Xi, la prensa habla del regreso de «nuestra sangre», es decir que la sangre de los antiguos cuadros se reencarna en la segunda generación. La otra camarilla es la de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no eran cuadros revolucionarios. Eran intelectuales o personas que tenían éxito en sus estudios y que ascendieron en la escala social, generalmente a través de la Liga Juvenil Comunista. No es casualidad que la dirección del partido de Xi haya humillado públicamente a la Liga en varias ocasiones en los últimos años. El conflicto entre los nobles de sangre azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo modelo; desde hace 2.000 años de absolutismo y dominación burocrática, existe una tensión entre este tipo de camarillas.
Entre los mandarines, hay algunos que provienen de entornos más humildes, como Wen Jiabao, que lideró China entre 2003 y 2013, y que son un poco más «liberales». Al final de su mandato, Wen declaró que China debería inspirarse en la democracia representativa occidental, argumentando que ciertas ideas occidentales, como los derechos humanos, eran de algún modo universales. Por supuesto, se trataba principalmente de retórica, pero es muy diferente de Xi, que trata con desprecio la democracia y los llamados «valores occidentales». Xi ha ganado esta lucha contra los mandarines, ha consolidado su poder y promete que los nobles de sangre azul reinarán para siempre. Su programa consiste en reforzar el carácter autocrático del Estado y afirmar el poder mundial de China, en ocasiones desafiando a eeuu.
Pero tras la crisis relacionada con zte, Xi hizo un pequeño retroceso táctico, porque esta crisis puso de manifiesto las persistentes debilidades de China, así como el peligro de declararse gran potencia demasiado pronto. De hecho, se han acumulado las críticas hacia uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, que había argumentado que China ya era un rival económico y militar de eeuu y que, por lo tanto, podía desafiar el liderazgo mundial de Washington. zte ha demostrado lo contrario. Desde entonces, muchos liberales han comenzado a criticar a Hu. Un conocido erudito liberal, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron prohibidos el año pasado, ha sido autorizado oficialmente a publicar su discurso en internet.
Ya se había producido un acalorado debate entre los especialistas en diplomacia. Los partidarios de la línea dura abogaban por una postura más firme hacia eeuu. Los liberales, sin embargo, argumentaron que el orden internacional es un «templo» y que, mientras pueda adaptarse al auge de China, Beijing debería ayudar a construir ese templo en lugar de derribarlo y construir uno nuevo. Esta orientación diplomática quedó marginada cuando Xi optó por una línea más intransigente, pero recientemente su voz ha vuelto a hacerse oír. Desde el conflicto por zte y la guerra comercial, Xi ha realizado algunos ajustes tácticos y ha hecho un pequeño retroceso en sus proclamas sobre el estatus de gran potencia de China.
¿Hasta qué punto se trata de un retroceso temporal? Además, ¿cómo influyen el programa China 2025 y la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el proyecto a más largo plazo de Xi de alcanzar el estatus de gran potencia?
Permítanme decir claramente que Xi es un reaccionario de «sangre azul». Él y el resto de su camarilla están decididos a restaurar la hegemonía del pasado imperial de China y a reconstruir una supuesta dinastía celestial. El gobierno de Xi, la academia china y los medios de comunicación han publicado un gran número de ensayos, tesis y artículos que glorifican ese pasado imperial para justificar su proyecto de gran potencia. Su estrategia a largo plazo no será fácil de desalentar.
La camarilla de Xi es consciente de que, antes de poder realizar su ambición imperial, China debe eliminar la carga de su legado colonial, es decir, apoderarse de Taiwán y lograr primero la unificación nacional, tarea histórica del pcch. Pero esto la llevará a entrar en conflicto con eeuu, tarde o temprano. Por lo tanto, la cuestión de Taiwán tiene tanto una dimensión de autodefensa de China (incluso Washington reconoce que Taiwán es «parte de China») como una dimensión de rivalidad interimperialista. Para «unificarse con Taiwán», por no hablar de ambiciones mundiales, Beijing debe superar primero sus debilidades, en particular en materia de tecnología, economía y falta de aliados internacionales.
Ahí es donde entran en juego el programa China 2025 y la Iniciativa de la Franja y la Ruta. A través del primero, busca desarrollar sus capacidades tecnológicas independientes y ascender en la cadena de valor mundial. Y mediante el segundo se propone construir infraestructuras en toda Eurasia de acuerdo con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debemos ser claros: la Iniciativa de la Franja y la Ruta es también un síntoma de los problemas de sobreproducción y exceso de capacidad de China. Es utilizada para absorber todo ese exceso de capacidad. No obstante, ambos programas son fundamentales para el proyecto imperialista chino.
Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender el ascenso de China. Algunos han argumentado que es un modelo y un aliado para el desarrollo del «Tercer Mundo». Otros ven a China como un Estado subordinado en un imperio informal estadounidense que dirige el capitalismo neoliberal mundial. Otros la ven como una potencia imperial en ascenso. ¿Cuál es su punto de vista?
China no puede ser un modelo para los países en desarrollo. Su auge es el resultado de factores únicos que he descrito anteriormente y que otros países del Tercer Mundo no poseen. No creo que sea erróneo afirmar que China forma parte del neoliberalismo mundial, sobre todo cuando se la ve avanzar proclamando que está dispuesta a sustituir a eeuu como guardián de la globalización del libre comercio. Pero decir que China forma parte del capitalismo neoliberal no ofrece una visión global. Es un Estado capitalista distinto y una potencia expansionista, que no está dispuesta a ser un socio de segundo orden de eeuu. Por lo tanto, China es un componente del neoliberalismo mundial, al tiempo que se distingue como potencia capitalista estatal. Esta combinación particular significa que se beneficia del orden neoliberal y, al mismo tiempo, representa un desafío para él y para el Estado estadounidense que lo controla. Irónicamente, el capital occidental es responsable de esta difícil situación. Sus Estados y capitales comprendieron demasiado tarde el desafío que representaba China. Acudieron en masa a invertir en el sector privado o en empresas conjuntas con empresas públicas. Pero no entendieron del todo que el Estado chino sigue estando detrás de estas empresas, aun de las que aparentemente son privadas. En China, incluso una empresa verdaderamente privada debe plegarse a las exigencias del Estado.
El Estado chino ha utilizado esta inversión privada para desarrollar sus propias capacidades, tanto estatales como privadas, con el fin de poder desafiar al capital estadounidense, japonés y europeo. Por lo tanto, es ingenuo acusar al Estado chino y al capital privado de robar la propiedad intelectual. Eso es lo que tenían previsto hacer desde el principio. Así, los Estados capitalistas avanzados y las empresas privadas han permitido el surgimiento de China como potencia imperial en ascenso. Por su naturaleza particular –capitalista de Estado–, es especialmente agresiva y está decidida a alcanzar y desafiar a las potencias que han invertido en ella.
En eeuu existe un consenso cada vez mayor entre los dos grandes partidos –Demócrata y Republicano– de que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Tanto eeuu como China están avivando el nacionalismo, uno contra el otro. ¿Cómo calificaría esta rivalidad?
Hace unos años, los analistas argumentaban que había un debate entre dos bandos sobre si se debía entablar un diálogo con China o enfrentarse a ella. Lo llamaban «panda huggers versus dragon slayers» [abrazapandas vs. cazadragones]. Hoy en día, los cazadragones están al mando de la diplomacia. Efectivamente, existe un consenso cada vez mayor entre demócratas y republicanos. Incluso destacados liberales estadounidenses critican a China en la actualidad. Pero muchos de estos políticos liberales son en parte responsables de la actual situación. Recordemos que, tras la masacre de Tiananmén en 1989, fueron liberales como Bill Clinton en eeuu y Tony Blair en Gran Bretaña quienes perdonaron al pcch, reabrieron las relaciones comerciales y fomentaron inversiones masivas en el país.
Por supuesto, se trataba de llenar las arcas de las multinacionales occidentales, que obtuvieron enormes beneficios aprovechando la mano de obra barata superexplotada de China. Pero también creían sinceramente, aunque de forma ingenua, que el aumento de las inversiones llevaría a China a aceptar las reglas de un Estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal mundial y a «democratizarse» a imagen y semejanza de Occidente. Esta estrategia se volvió en su contra y permitió a China imponerse como rival.
El debate entre abrazapandas y cazadragones tiene también su correlato académico. En el establishment de política exterior estadounidense pueden distinguirse tres grandes escuelas: el internacionalismo liberal, el realismo y el constructivismo social. Dentro de cada una de ellas conviven optimistas y pesimistas respecto de China, que reproducen, en clave teórica, la misma división entre abrazapandas y cazadragones. Entre los optimistas, sin embargo, las razones difieren según la escuela: los liberales apostaban a que el comercio democratizaría a China; los realistas sostenían que, aun con ambiciones propias, China era demasiado débil para desafiar a eeuu; y los constructivistas confiaban en que la interacción económica y social la transformaría. En el pasado, la mayoría del establishment estadounidense defendía la causa de los liberales optimistas, cegados por su creencia en una transformación democrática de China a través del comercio. Pero el auge chino ha provocado una crisis en el bando de los optimistas, porque sus predicciones no han sido verificadas por la realidad. China se ha convertido en una potencia emergente que ha comenzado a alcanzar y desafiar a eeuu.
Ahora son los pesimistas de estas tres escuelas quienes están ganando terreno. Los liberales pesimistas creen que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia del comercio y las inversiones. Los realistas pesimistas creen que China se está fortaleciendo rápidamente y que nunca cederá en lo que respecta a Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es muy rígida en cuanto a sus propios valores y que se negará a cambiar.
Pero si la tendencia pesimista tiene razón hoy en día, también adolece de una gran debilidad. Asume que la hegemonía estadounidense es justa y justificada, ignora el hecho de que eeuu es en realidad cómplice del gobierno autoritario chino y su régimen de explotación laboral y, por supuesto, nunca considera el hecho de que la colaboración y la rivalidad entre eeuu y China se producen en el marco de un capitalismo mundial profundamente contradictorio e inestable. Tampoco examina el conjunto de las relaciones de clase a escala mundial. Esto no debería sorprendernos: los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y de su imperialismo. China sigue una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del pcch, de su aspiración a convertir el país en una gran potencia y de sus reivindicaciones en el mar de China Meridional. Pero no creo que sea correcto poner a China y a eeuu en el mismo plano. En la actualidad, China es un caso especial. Hay dos facetas en su auge. Por un lado, lo que ambos países tienen en común: en los dos casos, son capitalistas e imperialistas. Por otro lado, China es el primer país que pasó de semicolonial a imperialista. Esto es muy diferente de eeuu o de cualquier otro país imperialista. Debemos tenerlo en cuenta en nuestro análisis para comprender cómo funciona China en el mundo. En lo que respecta a China, toda cuestión tiene siempre dos niveles. El primero es la legítima autodefensa de un antiguo país colonial en virtud del derecho internacional. No debemos olvidar que, incluso tan tarde como en la década de 1990, aviones de combate estadounidenses volaban sobre la frontera sur de China y llegaron a chocar con un avión chino, cuyo piloto resultó muerto. Este tipo de eventos naturalmente recuerda al pueblo chino su doloroso pasado colonial. Hasta hace poco, Gran Bretaña controlaba Hong Kong y el capital internacional sigue ejerciendo una gran influencia en la región. Recientemente ha salido a la luz un ejemplo de la influencia imperialista occidental. Un informe ha revelado que, poco antes de retirarse de Hong Kong, Gran Bretaña disolvió su policía secreta y la reasignó a la Comisión Independiente contra la Corrupción [icac, por sus siglas en inglés]. La icac goza de gran popularidad en Hong Kong, ya que hace que sea un lugar menos corrupto. Pero solo el jefe del gobierno de Hong Kong –antes elegido en Londres y ahora en Beijing– nombra al comisionado, mientras que el pueblo sigue sin tener influencia sobre ello. Había mucha preocupación en Beijing por el hecho de que la icac pudiera utilizarse para disciplinar al Estado chino y también a sus capitales. Por ejemplo, en 2005, la icac procesó a Liu Jinbao, director del Banco de China en Hong Kong. Parece que Beijing está tratando de tomar el control de la icac, y esta lucha de poder es completamente opaca para la población. Por supuesto, deberíamos alegrarnos de que la icac persiga a personas como Liu Jinbao, pero también debemos reconocer que puede ser utilizada por el imperialismo occidental para promover su programa. Al mismo tiempo, la afirmación del control de Beijing significará la consolidación del Estado y de los capitalistas nacionales, lo que no beneficiará a los intereses de las masas trabajadoras chinas. Hay otros vestigios del pasado colonial. eeuu mantiene Taiwán como un protectorado. Por supuesto, debemos oponernos a la amenaza de invasión de Taiwán por parte de China. Pero debemos defender el derecho de Taiwán a la autodeterminación, conscientes de que eeuu utiliza a este país como una herramienta para promover sus intereses. Esta es la otra cara de la herencia colonial: motiva al pcch a comportarse de manera defensiva contra el imperialismo estadounidense.
China es un país imperialista emergente, pero con debilidades fundamentales. El pcch debe superar obstáculos importantes antes de que China pueda convertirse en un país imperialista estable y duradero. Es muy relevante comprender no solo los puntos en común entre eeuu y China como países imperialistas, sino también las particularidades de este último.
Para los socialistas estadounidenses, la tarea principal es oponernos al imperialismo estadounidense y construir la solidaridad con los trabajadores chinos. Esto significa que debemos oponernos a la hostilidad contra China, no solo la de la derecha, sino también la de los liberales e incluso la del movimiento obrero. Pero no debemos caer en la trampa «campista», que consiste en apoyar políticamente al régimen chino. Debemos estar del lado de los trabajadores. ¿Qué opinas al respecto?
Debemos contrarrestar la mentira utilizada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chinos han robado los empleos de los trabajadores estadounidenses. Eso no es cierto. Los que realmente tienen el poder de decidir no son los trabajadores chinos, sino el capital estadounidense, como Apple, que decide fabricar sus teléfonos en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre esas decisiones. De hecho, son víctimas, no los culpables de la pérdida de empleos en eeuu. Y como he dicho, fue Clinton, y no los dirigentes o los trabajadores chinos, el responsable de la exportación de esos empleos. Fue el gobierno de Clinton el que, tras Tiananmén, colaboró con el régimen asesino de China para permitir que las grandes empresas estadounidenses invirtieran masivamente en ese país. Y cuando se perdieron puestos de trabajo en eeuu, los que aparecieron en China no eran en absoluto iguales. Los puestos de trabajo estadounidenses que se perdieron en la industria automovilística y siderúrgica estaban sindicalizados y bien remunerados, pero los creados en China no son más que empleos en condiciones de sobreexplotación. Independientemente de sus conflictos actuales, fueron los dirigentes de eeuu y China, y no los trabajadores de ambos países, quienes establecieron el actual y deplorable orden mundial neoliberal. Una cosa que hemos hecho aquí en eeuu ha sido ayudar a organizar giras de trabajadores chinos en huelga para reforzar la solidaridad entre los trabajadores estadounidenses y chinos.
¿Hay otras ideas e iniciativas que podamos llevar a cabo? Existe un peligro real de que se avive el nacionalismo en cada uno de estos países contra los trabajadores del otro país. Nos parece importante superar este enfrentamiento. ¿Cuál es su opinión?
Es importante que la izquierda del resto del mundo reconozca que el capitalismo chino tiene un legado colonial que persiste hoy en día. Por lo tanto, cuando analizamos las relaciones entre China y eeuu, debemos distinguir entre las partes legítimas del «patriotismo» y las reaccionarias que promueve el pcch. Existe un elemento de patriotismo sensato entre la población, resultado del último siglo de intervención imperialista de Japón, las potencias europeas y eeuu. Esto no significa que aceptemos ese patriotismo, pero debemos distinguirlo del nacionalismo reaccionario del pcch, que Xi estimula para apoyar sus aspiraciones de poder, tal como lo hacen los dirigentes estadounidenses para cultivar el apoyo popular al objetivo de su régimen de contener a China. Entre la gente común, el nacionalismo ha disminuido en lugar de aumentar, porque desprecian al pcch. Muchos ya no confían en él y odian su régimen autocrático. En una encuesta reciente en la que se preguntaba si la gente apoyaría a China en una guerra contra eeuu, uno de los internautas respondió lo siguiente: «Sí, apoyo la guerra de China contra eeuu, pero primero apoyamos el envío al combate de los miembros del buró político, luego los del Comité Central y, por último, todo el pcch. Y después, hayan ganado o perdido, al menos seremos libres». Los censores, por supuesto, eliminaron inmediatamente estos comentarios, pero son una muestra del profundo descontento hacia el régimen. Esto significa que existe una base entre los trabajadores chinos para construir la solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero para ello es necesario que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno, a fin de ganarse la confianza de los trabajadores chinos. Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. Cuando la Marina estadounidense envía dos buques de guerra al estrecho de Taiwán para provocar a China, la izquierda estadounidense debe oponerse. Si el pueblo chino escucha esta voz antiimperialista de la izquierda estadounidense, comprenderá mejor nuestros intereses comunes en oponernos al imperialismo estadounidense y chino.
Nota: la versión original de esta entrevista, en inglés, fue publicada en International Socialista Review, 9/2021.
-
1.
Au Loong Yu, Ruixue Bai, Pierre Rousset y Bruno Jetin: China’s Rise: Strength and Fragility, Merlin Press / Resistance Books / IIRE, Londres, 2012.

