Opinión

Postales de un Mundial posnacional


julio 2026

La actual Copa del Mundo desdibuja las fronteras tradicionales: futbolistas reclutados por LinkedIn, selecciones sin jugadores nacidos en el país que representan y aficionados diaspóricos que reafirman sus identidades desde la distancia, en un torneo donde lo nacional parece cada vez más disperso y flotante.

<p>Postales de un Mundial posnacional</p>
Imagen: AP/Matt Slocum.

Hace quince o veinte años, lo que la televisión, el medio del fútbol por antonomasia, contaba sobre los jugadores de las selecciones de países pequeños como Curazao o Trinidad y Tobago es que de día estos hombres eran carpinteros, profesores de escuela o bomberos y de noche se ponían a jugar. La selección era una especie de voluntariado, algo más que hacían por la comunidad; no les pagaban un solo peso, no eran profesionales. Pero todo mundo los conocía en San Cristóbal y Nieves o en San Vicente y las Granadinas, y entonces era fácil –imagino– pedirles que se pusieran una camiseta, que salieran a la cancha durante un par de horas.

Hoy la televisión cuenta que para reclutar a un jugador para la selección de Cabo Verde la federación de ese país recurrió a LinkedIn. Rumbo al Mundial de este año, Roberto Lopes recibió un mensaje en portugués, pensó que era una estafa, lo ignoró. Meses después lo buscaron en inglés: «¿Has pensado en nuestra propuesta?». Entonces Lopes, que nació en Irlanda, que ha vivido toda su vida en ese país y juega en el Shamrock Rovers, pasó por Google Translate el mensaje inicial y descubrió que era en serio. Aceptó la oferta.

Luego la televisión contó que de los once jugadores titulares de Marruecos ninguno de ellos había nacido en el país, la primera vez que algo así sucede en la historia del Mundial. El de 2026 es también el primer Mundial repartido entre tres países. En el de 2030 se jugará por lo menos un partido en seis (Argentina, Paraguay, Uruguay, España, Marruecos y Portugal). Parecen meras anécdotas, pero juntas son señales de un fenómeno de desterritorialización que rodea a la más grande competencia deportiva entre países. Es como si la palabra sede hubiera perdido peso, como si la palabra nacional, para referirnos a las selecciones, también. No lo digo con añoranza; trato apenas de describirlo. 

Esa falta de gravedad, esa sensación de barco desanclado (de lo material, de lo concreto) rodea también otros aspectos del torneo. El precio desorbitado de las entradas, que todo mundo comenta como una inevitabilidad atmosférica, es quizá la prueba más vulgar de ello. La participación sin mayor controversia de la selección iraní en medio de una guerra (jugó en Estados Unidos pero debió alojarse en México); la ubicuidad fantasmática del presidente de la FIFA en los palcos (Guadalajara en la mañana, Nueva York por la tarde); los rumores sobre la «falsa» Shakira en la inauguración (una inauguración que sucedió tres veces: una en cada país); las pausas de hidratación en estadios climatizados; los acercamientos en pantalla a los bebés que flotan en la tribuna. Se asumía, antes de empezar, que habría enormes problemas de control migratorio para jugadores y aficionados al entrar a Estados Unidos, posibles redadas masivas de deportación, protestas contra la guerra, la inflación o el presidente. En cambio la norma ha sido la tersura dirigida, la ausencia de obstáculos visibles.  

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Este, por tanto, es el tipo de Mundial para el cual uno se gana sin esfuerzo boletos a nivel de cancha. Hace veinte años me tuve que formar en una fila larga afuera de un supermercado en la Ciudad de México para patear un penal frente a una portería de cartón con tres agujeros. Si metía el balón en cada uno me ganaba un boleto para ir a Alemania. Me quedé a uno, y quién sabe si era cierto. Ahora, hace dos meses, me llegó sin pedirlo un correo de una compañía telefónica que me preguntaba con la simplicidad de los Reyes Magos (es decir, de las estafas): ¿Quieres ir al Mundial? Había que dar clic. Lo di. Me dieron las gracias y no pasó nada. Un mes después me dijeron que había ganado y me preguntaron por mis restricciones alimenticias. El remitente del correo era algo así como «events78.com». Por supuesto, pensé que no era cierto, pero tampoco me pedían nada a cambio. «Los boletos aparecerán 72 horas antes del partido en tu teléfono», me aseguraron. Y aparecieron.

Tuve que tomar dos vuelos para llegar a Houston, no incluidos en el premio. A saber qué uso perverso le dieron a mi perfil dietético porque nadie me ofreció ni un agua. A mi hermano lo entrevistaron en la radio portuguesa (sin relación alguna con el sorteo), luego salimos en televisión. Cuando me preguntaron qué me parecía «la recepción que nos había dado Houston», mi despliegue analítico fue más bien modesto: «Dicen que el estadio está techado».

Antes era difícil conseguir señal de celular en un concierto, en un estadio. Se asumía con naturalidad que la concentración de ondas provocaba algún tipo de colapso. Esa certeza parece ahora desbancada. Todo el mundo en el partido de Portugal contra República Democrática del Congo que presencié en Houston estaba en su teléfono, en parte porque ahora uno puede contratar un chip electrónico, invisible, para no quedarse sin datos independientemente de dónde se encuentre.

Dentro del estadio vi a mucha gente que llamaba a otra gente por teléfono, casi siempre con video. Vi en las pantallas ajenas, a mi alrededor, a personas que estaban en la cama o en un sillón, en la cocina, y que recibían en directo las imágenes de una cancha donde se escuchaba Bon Jovi. Vi lo mismo cuando salieron los jugadores, cuando entraron los goles: gente con el celular que transmitía en vivo o grababa para mostrarle a alguien más, en diferido, lo que había pasado, dónde estaban, cómo era estar en el Mundial.

Estas experiencias diferidas se repetían en el llamado Fan Fest: el espacio al aire libre que la ciudad había organizado como festival de música o feria de pueblo (¡participa y gana una toalla!) para ver los partidos en pantallas gigantes. Durante el medio tiempo salía un DJ y la gente bailaba, cantaba, se hacían inmensas filas de conga y todo era grabado o enviado a alguien que no estaba ahí.

La presencia ininterrumpida del celular en nuestras vidas ya no asusta. Es más, quizá hemos superado la aprensión a que el teléfono nos «saque» del instante, nos enajene, nos impida disfrutar, etcétera. Buena parte de la gente a la que yo veía grabar estaba totalmente embebida en su disfrute. Si acaso, hemos pasado a una etapa superior de nuestra relación con el aparato, que ahora nos susurra: el video quedará mejor si celebras el gol con más entusiasmo, si te metes al círculo, si bailas sobre las manos, si te abrazas con ese otro. Como la gente que lee en el metro para encontrar pareja: importa menos la justificación que el acto.

El reclamo sobre la impostura es idéntico desde quién sabe cuándo: «lo hizo por salir en la tele, lo hizo por salir en el periódico, lo hizo porque quería que lo pintara Holbein». Es como decir: «se peinó para la foto». Bueno, pero se peinó. Ponernos delante de la cámara nos mueve a la sonrisa, el beso, el chiste ante el fotógrafo. El mero acto de fotografiar es reconfortante, decía Susan Sontag. A veces vale más el momento en que nos abrazamos, dos, tres segundos, que la foto misma que luego nadie vuelve a ver. 

Sontag decía también que el rito de fotografiar se había consolidado en un momento histórico en que la industrialización amenazaba a la unidad de la familia, en su doble sentido. No solo es que los hijos se iban a la ciudad y quizá se perdían entre la masa, sino que la forma de organización social, el componente básico para ordenar y reconocernos, era ahora el barrio, el sindicato, el partido. La fotografía familiar suponía, entonces, un esfuerzo claustrofóbico de restitución simbólica, de ordenamiento ante la dispersión. Hoy, teléfono mediante, sucede un fenómeno parecido, inédito en su escala: tantos de nosotros que no vemos a nuestros mejores amigos, a nuestros padres o hermanas desde hace años porque terminamos por vivir en rincones distintos del planeta. Esas llamadas de FaceTime a medio partido en el estadio intentan hacer una restitución análoga, un hilado de nostalgia. Son la reconstrucción efímera de un universo familiar radicalmente transformado por la migración en masa y la aparente obsolescencia de lo que antes se llamaba larga distancia.

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La cuestión diaspórica se exacerba en Estados Unidos, país constituido por ella. Juega Iraq contra Francia y veo entre el público del Fan Fest de Houston a chicos y chicas con la camiseta iraquí y banderas de aquel país que ondean entre los aplausos del público. Se necesita poco para considerar lo improbable de la escena apenas veinte años después de la invasión a Bagdad, de la demonización absoluta de la palabra Iraq. Juega Noruega-Senegal y veo una familia senegalesa que llega al festival como si vinieran a misa: bañados, bien vestidos, emocionados de poder decir que son de ahí, que ese que vemos en las pantallas es su país. Lo mismo pasa con los uzbekos con los que me cruzo en Houston, o con los haitianos que hay en Miami, los marroquíes en Nueva York, los mexicanos en todo Estados Unidos. Los mexicanos, para sorpresa de los jugadores uzbekos y portugueses, se organizan de forma espontánea por ahí del minuto ochenta del partido y empiezan a gritar: «México, México, México». Una selección fantasma y una comunidad real que de pronto, en la masa, se reconoce, se autoidentifica y se reafirma.

Toda esta gente graba, fotografía, manda mensajes de Whatsapp; sube la documentación de la experiencia que rodea el partido ahí donde los demás puedan verlo; los demás que no están acá, los demás que se quedaron o que se fueron también quién sabe a dónde. Quién sabe dónde nacieron los jugadores de las selecciones nacionales y lo mismo puede decirse de los aficionados. Quién sabe en dónde terminaron viviendo unos y otros, pero por un momento (un par de semanas para algunos, un mes para muy pocos) lo flotante, lo disperso, se organiza por colores.

Ya esa organización parecía amenazada el Mundial pasado. En Qatar se llegó a sospechar que el gobierno pagaba a grupos de inmigrantes del sur de Asia para que se pusieran la camiseta de diferentes países y salieran a la calle a celebrar frente a las cámaras. Pero ahora es el orden mundial mismo el que reafirma o acelera la condición contextual de la afición intercambiable, desanclada. El desplazamiento masivo de personas, el movimiento frenético del capital, las semillas y los barriles por el planeta (la palabra «Ormuz»), la situación actual de soberanía entredicha en Venezuela, Cuba, Ucrania, Irán, Gaza, el aumento sostenido de los reclamos territoriales o de autonomía étnica: es el Estado-nación el que intenta con cierto agobio juntar a todo mundo para una última foto de conjunto donde los perfiles de cada uno sean todavía discernibles.

La tensión es obvia, evidente; solo hace falta ver lo que vería un alumno mediocre de la Escuela de Frankfurt: los anuncios en la tele. En Estados Unidos, donde se juega 75% de los partidos del Mundial, donde se introdujo una pausa obligatoria para meter más publicidad en las transmisiones de los juegos, donde se producen los anuncios multimillonarios que después voluntariamente la gente mira en YouTube, hay una publicidad de papas fritas que se repite una y otra vez durante todos los partidos. En ella aparece el actor de comedia Will Ferrell como conductor de un autobús que recoge a una serie de personas que no pensaban ver el Mundial este verano. Will Ferrell los convence. Los mete al autobús, que en la parte de atrás tiene una pantalla gigante. No es un autobús, de hecho: es un tráiler comercial. Estos aficionados de ocasión ahora gesticulan de manera apasionada. Ya traen puesta la camiseta de su equipo. De pronto ese equipo recibe un gol que parece eliminarlos. «¿A quién le importa?», pregunta con cierta exasperación Will Ferrell, «¡Escojan otro equipo!». El tráiler avanza sin conductor (¿hacia dónde?) y los que van adentro se arrancan la camiseta. Debajo traen otra. Estaban llorando y ahora ríen.

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