Omar Artan, el árbitro al que expulsó Trump
junio 2026
La negativa de Estados Unidos a permitir el ingreso al país del árbitro somalí Omar Artan, designado por la FIFA para el Mundial, revela una de las grandes contradicciones del torneo: una celebración global organizada dentro de fronteras cada vez más excluyentes. Pero el regreso triunfal de Artan a Somalia mostró también que el fútbol sigue produciendo pertenencia, reconocimiento y orgullo allí donde el poder intenta imponer sospecha y marginación.
Omar Artan ya era un héroe antes de regresar la semana pasada a Somalia, después de que se le negara el ingreso a Estados Unidos para el Mundial. Mucho antes de la controversia, ya se había convertido en una figura conocida en todo el país. Como me dijo un ex-funcionario deportivo, tenía garantizada una cálida bienvenida cada vez que regresara a Mogadiscio. Pero la decisión de las autoridades migratorias estadounidenses de impedirle la entrada al país transformó el significado de su regreso a casa.
Los periodistas somalíes habían pasado la mañana esperando que aterrizara su vuelo procedente de Estambul. En la pista, una delegación de altos funcionarios del gobierno esperaba pacientemente junto a nosotros, con banderas en la mano, y muchos ya lo vitoreaban. Ante la posibilidad de que regresara decepcionado y abatido, se habían hecho preparativos para desplegar la alfombra roja y convertir lo que podría haber sido visto como un revés en un triunfo. Participar en el Mundial, dijo en una poco frecuente entrevista de 2018, siempre había sido su sueño. «Tengo el deseo y la confianza, y con la ayuda de Alá, algún día arbitraré en los torneos más importantes y elevaré a Somalia en el escenario mundial», afirmó. Artan estaba a punto de convertirse en el primer árbitro somalí en dirigir en un Mundial. Había dejado claro lo que esa oportunidad significaba para él en términos personales, pero también entendía lo que significaría para Somalia y, en un sentido más amplio, para África. Había algo realmente triste, aunque de algún modo previsible, en la noticia que empezó a circular poco a poco: Artan no había logrado entrar a Estados Unidos. Artan se mostró estoico en la mayoría de sus apariciones públicas, pero en una sincera publicación en la red social Snapchat, reveló el costo personal de la decisión estadounidense. «Lo que siempre recuerdo es que la noche de mi cumpleaños, el 6 de junio, fue la misma en que mis sueños se hicieron añicos», dijo.
Muchos de quienes siguen la política estadounidense sabían que la situación seguiría siendo incierta hasta que él estuviera efectivamente en Estados Unidos y viéramos imágenes de Artan entrenando junto a sus colegas árbitros en Miami. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, cuyo padre alguna vez estuvo cerca de obtener la ciudadanía somalí, advirtió recientemente a Donald Trump contra el envío de agentes de control migratorio a la ciudad. Trump ha pasado buena parte de su segundo mandato lanzando repetidas diatribas verbales contra la comunidad somalí estadounidense y contra Somalia. Sus últimos comentarios de esta semana retomaron temas conocidos que ya había planteado antes: «En Somalia no tienen Constitución», «no tienen policía», «lo único que tienen es gente corriendo de un lado a otro, disparándose entre sí». No sorprendió, entonces, que cuando Estados Unidos presentó sus razones para bloquear el ingreso de Artan, estas sonaran falsas. Alegaron que tenía vínculos con personas sospechadas de ser terroristas. Nada en su perfil sugiere que eso sea o pueda ser así. Varios funcionarios de seguridad con los que hablé mientras intentaba entender qué podía haber dado lugar a semejante acusación explicaron que sería prácticamente imposible que alguien tan prominente como Artan en Mogadiscio mantuviera una buena reputación y, al mismo tiempo, se relacionara con miembros de grupos terroristas. Uno de ellos me dijo que no siempre deberíamos asumir que los estadounidenses saben más. Moallim Fiqi, ministro de Defensa de Somalia, desestimó por completo las acusaciones y le dijo a un periodista somalí que la decisión de rechazar a Artan era «una vergüenza para Estados Unidos».
A muchos el episodio les resultó extraño y provocó críticas de una amplia gama de figuras, desde el ex-delantero del Arsenal Ian Wright hasta el presidente colombiano Gustavo Petro.
Personas cercanas a Artan me dijeron que el amplio apoyo recibido lo reconfortó. A su regreso, fue recibido cálidamente, con audiencias concedidas por el primer ministro de Somalia, Hamza Abdi Barre, y el presidente Hassan Sheikh Mohamud. Hinchas que lo adoran lo han parado con frecuencia en la calle, fue recibido en un estadio colmado de gente agitando banderas y hasta recibió regalos en efectivo de miembros de la comunidad empresarial como gesto de buena voluntad. «Como jóvenes, sentimos mucho su dolor. Nosotros también tenemos sueños. Hizo un esfuerzo enorme para llegar al lugar al que llegó y, al final, lo defraudaron», me dijo Abdulqadir Ali Abokor, un estudiante radicado en Mogadiscio, cuando cubría su regreso para la agencia Reuters. Maher Mezahi, periodista argelino especializado en fútbol, escribió en la revista Africa Is a Country que Artan era una de las innumerables personas a quienes se les negó la oportunidad de representar directa o indirectamente a sus países en el escenario global de la Copa del Mundo, provenientes de países como Irán e Iraq, con los que Washington mantiene relaciones complejas y, a menudo, tensas. «¿Hasta cuándo permitirá la FIFA que los Estados Unidos de América de Trump arruinen una celebración que no les pertenece? ¿Hasta cuándo dejaremos que un solo hombre arruine el juego de todo el mundo?», preguntó.
Por provenir de un país sometido a fuertes restricciones migratorias, Artan enfrentaba el riesgo de tener dificultades para ingresar a Estados Unidos, algo que el gobierno somalí había previsto al emitirle un pasaporte diplomático. Se dirigía a Estados Unidos en un momento en que los somalíes estadounidenses atravesaban una de las fases más conflictivas de su relación con el país –incluso si se tiene en cuenta el periodo posterior al 11 de septiembre, cuando la guerra contra el terrorismo llegó también al frente interno y todo el peso del aparato de seguridad estadounidense cayó sobre ellos–. En muchos sentidos, lo que estaba ocurriendo con esa comunidad era una continuación de aquella violencia.
La prohibición de ingreso a Estados Unidos incluyó a Somalia, lo que volvió difícil –si no imposible– que muchos somalíes viajaran allí, pese a la existencia de una diáspora largamente establecida. A comienzos de este año, Trump ordenó en Minnesota una ofensiva letal y de gran escala del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), en el estado donde vive la mayor comunidad somalí del país, pese a que los datos muestran que la abrumadora mayoría de sus integrantes tiene la ciudadanía estadounidense. Trump también puso fin al Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para los somalíes, un programa humanitario que protege de la deportación a ciudadanos de países en conflicto cuando su país no es seguro, incluso mientras el sitio web del Departamento de Estado advierte a los viajeros: «No viaje a Somalia por ningún motivo».
El telón de fondo es una expansión dramática de la guerra aérea estadounidense en Somalia, donde el gobierno de Trump autorizó más ataques en sus dos primeros años en el poder que todos los presidentes anteriores juntos. Trump lleva alrededor de 510 días en el cargo y, durante ese tiempo, se produjeron 190 ataques aéreos –aproximadamente un ataque cada tres días–, según datos de la New America Foundation, un think tank que monitorea la actividad militar estadounidense. En todo su primer mandato, autorizó 219 ataques. Aunque los funcionarios somalíes celebraron el aumento del apoyo militar estadounidense, el costo para la población civil ha sido en gran medida ignorado. En septiembre de 2025, un anciano de un clan murió en una incursión aérea estadounidense cerca de Badhan, una localidad del norte de Somalia, un ataque que el Mando África de Estados Unidos (AFRICOM, por sus siglas en inglés) reconoció pero sobre el que no dio más explicaciones. En Jamame, en el sur de Somalia, se informó que al menos 11 civiles murieron en otro ataque. En ambos casos, Estados Unidos emitió comunicados estandarizados en los que afirmaba haber atacado a terroristas, declaraciones que manchan la reputación de las víctimas y ocultan la verdad de fondo. «El pueblo somalí no es ajeno al doble discurso del gobierno estadounidense», afirmó la escritora somalí-estadounidense Jamila Osman. «La intervención estadounidense en África oriental ha sido durante mucho tiempo un juego de humo y espejos, anterior a la llamada 'guerra contra el terrorismo'».
En ese sentido, es fácil ver a Artan como una víctima más del enfoque punitivo de Trump hacia los somalíes dentro y fuera de Estados Unidos. Pero la historia va más allá de Trump. Artan nació en Mogadiscio en 1992, cuando la guerra civil somalí se intensificaba. Creció durante sus años más turbulentos, atravesando dos fases distintas de esa guerra en las que Estados Unidos desempeñó un papel significativo. La intervención estadounidense de comienzos de la década de 1990, aunque presentada en términos humanitarios, terminó ubicando a Estados Unidos como uno de los actores beligerantes en Mogadiscio, mientras intentaba restablecer el orden tras el colapso del Estado somalí. Cuando las fuerzas estadounidenses fueron tras uno de los señores de la guerra más prominentes de la ciudad –una figura profundamente controvertida–, desencadenaron días de combates en la capital, en los que, según algunas estimaciones, murieron casi 1.000 somalíes.
En la fase posterior de la guerra civil, la prioridad de Estados Unidos pasó a ser el contraterrorismo. Somalia se convirtió entonces en uno de los escenarios de su guerra contra el terrorismo, y Washington apoyó a señores de la guerra locales de maneras que contribuyeron a desestabilizar nuevamente la capital, después de un breve periodo de relativo orden bajo la Unión de Tribunales Islámicos (UTI). Incluso Nuruddin Farah, el aclamado escritor somalí, muy poco afín a la combinación de la religión con la política, se vio obligado a admitir que «admiraba» lo que la UTI había conseguido en una capital marcada por la guerra. «En efecto, habían hecho lo imposible», dijo entonces, cuando Mogadiscio venía de más de 16 años de combates. «En una serie de feroces batallas entre marzo y junio del año anterior, habían derrotado a los señores de la guerra y pacificado Mogadiscio. Por primera vez en muchos años, la ciudad disfrutaba de paz».
Más tarde, Estados Unidos brindó apoyo material a una intervención etíope en Mogadiscio, que Human Rights Watch describió como una «aterradora campaña de violencia». Miles de personas murieron y fueron desplazadas mientras las tropas etíopes arrasaban la capital somalí. La remoción de la UTI contribuyó finalmente al surgimiento de Al-Shabaab, un grupo armado en Somalia que busca derrocar al gobierno y está afiliado a Al-Qaeda, ampliamente considerado uno de los grupos armados más letales y con mayor capacidad operativa de África. Incluso funcionarios somalíes reconocen que el grupo no habría surgido sin aquella intervención.
Artan era niño durante la primera fase de violencia y adolescente durante la segunda. Jamal Shiil, un funcionario que trabajó en el Ministerio de Juventud y Deportes de Somalia, me dijo que fue una época en la que los jóvenes somalíes abandonaban el país en masa para intentar llegar a Europa por mar. Algunos usuarios de TikTok comparten sus viajes y se filman hacinados en pequeñas embarcaciones precarias en el Mediterráneo. Muchos perdieron la vida o fueron encarcelados en el camino, en prisiones oscuras de lugares como Libia o Yemen. Abdirahman, un joven conductor de mototaxi de 27 años al que conocí hace poco en el centro de Mogadiscio, describió la tarea de Sísifo que supone intentar ganarse la vida al borde de la subsistencia. «Al final, uno siente que realmente no tiene nada que perder si lo arriesga todo», dijo. «Acá se muere otra muerte». En diálogo con Al Jazeera, Artan también se refirió a Somalia como un país azotado por la inseguridad. «Había veces en que iba a entrenar y había muchas explosiones en el camino, y tenía que cambiar de ruta para llegar al estadio», dijo. «Hay que seguir, y hay que luchar si uno quiere llegar a un lugar como el Mundial».
Al no mencionar a Estados Unidos en su relato sobre el camino difícil que debió recorrer, quizá Artan estaba siendo prudente y diplomático. Pero Estados Unidos también tuvo un papel en los desafíos que él debió sortear para convertirse primero en el principal árbitro de Somalia, luego en uno de los árbitros más destacados de África y, finalmente, asegurarse un lugar en el Mundial. En cierto modo, al negarle la entrada, Estados Unidos castigaba a Artan por una crisis somalí que Washington había contribuido a crear. Que luego le cerrara la puerta no hacía más que confirmar esa lógica.
La ironía más llamativa de esta historia, sin embargo, es que Artan es árbitro. Alcanzó la excelencia en un oficio que contradice muchos de los estereotipos más perniciosos sobre Somalia desde el inicio de la guerra civil, a comienzos de la década de 1990. Artan es conocido por hacer cumplir las reglas, por su imparcialidad y por su capacidad para manejar situaciones complejas y de alta presión. Se hizo un nombre como un juez profesional y confiable dentro del fútbol. El hombre que construyó su carrera aplicando reglas recibió una decisión injusta del mismo país cuyo presidente sostiene que los somalíes viven sin ellas.
La caricatura de Somalia hecha por Trump –que se remonta a comienzos de la década de 2020, cuando tenía en la mira a la destacada política somalí estadounidense Ilhan Omar– caracterizaba al país africano como un lugar sin «gobierno, sin seguridad, sin policía, sin nada, solo anarquía». Más recientemente, dijo que allí la gente vive en un mundo sin reglas y se mata a primera vista. Y no es solo Trump quien ha impulsado este tipo de mensaje dañino y descontextualizado sobre Somalia. En 2009, el New Yorker describió a una Somalia que todavía luchaba con una brutal guerra civil como «el Estado más fallido». Black Hawk Down, la película sobre la intervención estadounidense en Somalia en la década de 1990, fue descrita por un crítico de cine de The New York Times como una representación de los somalíes como una «manada de bestias gruñonas de piel oscura», en una película que, sostenía, «deliberadamente o no, apesta a un racismo sombríamente escenificado».
Escritores y artistas somalíes han abordado con mayor profundidad y sentido este periodo difícil de la historia del país, que a menudo ha moldeado las percepciones externas de Somalia en torno de temas como la piratería, el terrorismo, la anarquía y la miseria general. K’naan, un afamado rapero nacido en Mogadiscio, utilizó el contraste entre la Somalia previa y posterior a la guerra como una técnica para evitar la tendencia a patologizar los problemas somalíes en su canción «My Old Home»: «La línea costera era el lugar de la seducción. El arrecife de coral te dejaba aturdido en la reflexión. Las mujeres caminaban con gracia y perfección. Y nosotros simplemente sabíamos que también éramos guerreros. Nada morboso, es cierto. Éramos gloriosos. ¡Boom!».
En la canción, K’naan continúa esa evocación diciendo que la llegada de la guerra civil fue como un golpe al vientre y dejó una estela cancerosa. En otra canción, titulada «Hardcore», aborda directamente el caos que terminó convertido en una de las imágenes asociadas a Somalia: la vida cotidiana atravesada por las armas, las granadas y los puestos de control. En su novela lírica The Orchard of Lost Souls [El huerto de las almas perdidas], la novelista británico-somalí Nadifa Mohammed también recuperó otra imagen de Mogadiscio: una ciudad de mezquitas y turbantes blancos, cestas de anchoas brillantes como mercurio, jazz, pasos arrastrados, jóvenes sirvientas de sonrisas lentas y casas de un blanco cegador contra el azul zafiro del océano, mientras exploraba el impacto de la guerra civil somalí a través de la vida de tres mujeres jóvenes. Una de las reconstrucciones más resonantes de ese mundo perdido es un documental reciente de The Guardian sobre Somalia en las décadas de 1970 y 1980, un periodo a menudo descrito como la «era disco» del país, cuando estaban de moda los peinados afro y los pantalones acampanados. Estos relatos, frecuentemente pasados por alto en los textos centrados en las tragedias posteriores a la década de 1990, añaden mucha más textura que los lugares comunes simplificados que a veces repiten figuras como Trump. Es por ello que la presencia de Artan en el Mundial –y su anhelado éxito en ese escenario– habría funcionado como una refutación directa de algunos de los discursos más persistentes sobre los somalíes impulsados por Trump y otros como él.
Pero para muchos somalíes que siguieron su carrera, el marco más amplio importaba menos que el logro en sí. La presencia de Artan en el Mundial –tras su ascenso en torneos como la Copa Africana de Naciones, donde consolidó su reputación como árbitro de primer nivel– ofrecía una oportunidad excepcional: que una figura de un país largamente ausente de los grandes eventos deportivos globales pudiera afirmar su lugar en el escenario mundial. Artan solía dedicar sus logros a su país. «Para mí es un honor ser el primer somalí en llegar allí», dijo a Al Jazeera. Recuerdo que la gente se reunía para ver sus partidos durante la Copa Africana de Naciones, incluso los más rutinarios, solo para verlo dirigir. A veces ni siquiera era el árbitro principal, sino juez de línea, pero la gente iba igual. Uno de los momentos más icónicos se produjo en un partido entre Mauritania y Argelia, cuando pareció sujetar del cuello al jugador argelino Youcef Belaili. Mohamed Salad, periodista deportivo somalí, me dijo hace poco que el Mundial de Artan habría sido uno de los «momentos de mayor orgullo en la historia del deporte somalí», solo por detrás de la medalla de oro de Abdi Bile en los 1.500 metros en el Mundial de Atletismo de 1987. El fútbol es, por amplia diferencia, el deporte más popular de Somalia, y Artan era allí el principal representante del país. No iba a redimir a Somalia de su historia turbulenta, pero sobre sus hombros descansaban las esperanzas de una nación que quería ser vista otra vez y recuperar su lugar en el mundo.
También ha habido una presencia más discreta, pero significativa, de talentos futbolísticos somalíes que representan a otros países. Taha Ali, cuyos videos en X e Instagram entusiasmaron al público somalí, juega para Suecia, mientras que Akram Afif representa a Catar. Aunque los somalíes no siempre aparezcan directamente en los torneos, han demostrado que pueden ejercer influencia y hacerse sentir. El músico K’naan dejó una marca perdurable con «Wavin’ Flag», una canción que se convirtió en uno de los himnos más poderosos asociados a un Mundial. La lista de figuras deportivas somalíes también se ha ido ampliando, desde Ramla Ali hasta Abdi Nageeye y Bashir Abdi. Estos dos últimos compartieron una llegada memorable en el maratón olímpico, en la que Nageeye superó a Abdi en la línea de meta pese a representar a países distintos. Estas historias están, por supuesto, muy lejos de la última vez que el deporte somalí llegó a una audiencia global, cuando una atleta que no debería haber competido le dio a Somalia la infamia de registrar la carrera de 100 metros más lenta de la historia. El camino hacia la cima, naturalmente, implica muchos desvíos.
Muchos de quienes se opusieron a la decisión de Trump argumentaron que la ausencia de Artan no solo iría contra el espíritu del torneo, sino que también sería una pérdida para el propio Mundial, al privarlo de uno de los grandes talentos del juego. La Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA, por sus siglas en inglés) no tardó en incorporarlo y lo incluyó en el equipo arbitral de la final de la Supercopa entre el PSG y el Aston Villa. Además, tiene apenas 34 años y, como muchos en Mogadiscio me han señalado, quizá podamos «tranquilizarnos», como sugirió el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, dado que probablemente tendrá otra oportunidad. Ahora cuenta también con reconocimiento global y una fuerte corriente de simpatía, aun cuando Estados Unidos ha comenzado a intentar manchar su nombre mediante lo que muchos ven como una dudosa asociación con el terrorismo.
Cuando Artan regresó a Mogadiscio el jueves 11 de junio, parecía exhausto. Sentí cierta simpatía al verlo en una sala abarrotada de periodistas, todos ansiosos por obtener una frase contundente para llevar a sus editores, con micrófonos, teléfonos y cualquier otra cosa al alcance apuntando hacia él en busca de una declaración. Sin embargo, cuando finalmente habló, se mostró desafiante y sereno. «Les prometo, si Dios quiere, que estaré en el próximo Mundial», dijo. «Quiero que el público somalí encuentre consuelo en esto y mantenga la confianza». No quería que se llevaran la idea de que el trabajo duro y hacer las cosas bien no tienen recompensa.
Más tarde lo llevaron a un partido local en el Estadio de Mogadiscio, donde fue el invitado de honor. Un funcionario de la Federación Somalí de Fútbol dijo que el objetivo era que se sintiera reconocido –y claramente lo consiguieron–. Artan fue llevado en andas por los hinchas frente a miles de personas, muchas de las cuales habían llegado con imágenes suyas. Las fotos del momento circularon por el mundo: un mar de banderas celestes llenaba el estadio. «Les agradezco a todos. Me han conmovido profundamente», dijo. «Siempre recordaré esto. Es un honor especial para mí que hayan venido por mí desde toda Mogadiscio y desde todo el país». Lo que había comenzado como un consuelo terminó pareciéndose más a una coronación. Artan era ya algo más que la gran oportunidad de Somalia de estar presente en el mayor escenario del deporte. Se había convertido en símbolo de la contradicción más profunda de este Mundial, una que escritores y comentaristas de todo el mundo habían empezado a señalar: la de una celebración global que no siempre hace lugar al mundo que dice representar.
Cuando el periodista argelino Maher Mezahi preguntó si se podía tener un «Mundial sin el mundo», lo planteó como una acusación contra este torneo. La escena del Estadio de Mogadiscio, donde Artan fue recibido como invitado de honor en un encuentro local, ofreció algo parecido a una respuesta. Los miles que colmaron el estadio no habían ido a un partido clasificatorio para el Mundial, sino a un encuentro local común y a mostrar su apoyo a Artan, sumándose a miles más en todo el planeta: desde un ícono del fútbol inglés hasta un presidente colombiano, desde empresarios que le ponían dinero en efectivo en las manos hasta federaciones que hacían fila para incorporarlo como árbitro. Nada de eso necesitaba el permiso de Estados Unidos, y nada de eso se vio opacado por su negativa a permitirle la entrada al país. Estados Unidos puede organizar el torneo, pero no puede crear lo que hace que el Mundial importe: eso que vive en un estadio como el de Mogadiscio y en los millones que aman el juego desde lugares a los que el torneo rara vez –y a veces nunca– les hace lugar. Bajo el dominio de Trump, Estados Unidos rechazó a un árbitro con el pretexto de un «control de antecedentes». Lo que no pudo hacer fue dejar al mundo fuera de una celebración que nunca tuvo derecho a arruinar. El mundo ya estaba aquí, llevando a Artan en hombros entre la multitud.
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Africa Is a Country el 16/6/2026 y está disponible aquí. Traducción: Mariano Schuster.