Opinión

¿Por qué Milei está nervioso?


mayo 2026

Luego de su victoria en unas elecciones legislativas de medio término consideradas plebiscitarias, el gobierno de Javier Milei se enfrenta a un cambio en el humor social que se traduce en una caída en las encuestas. En este escenario, el mandatario argentino ha profundizado su estilo confrontativo, mientras da muestras de sus dificultades para construir una coalición política y social más estable, que no dependa solamente de la adhesión a su persona.

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Javier Milei con el ministro de Economía, Luis Caputo. Imagen: AP/Natacha Pisarenko.

En octubre del año pasado, para sorpresa de gran parte del país, los candidatos del partido de Javier Milei se impusieron en las elecciones legislativas de medio término. El gobierno venía de perder los comicios locales en la crucial provincia de Buenos Aires, las denuncias de corrupción arreciaban y el plan económico se sacudía por efecto de una de las muchas corridas financieras, a punto tal que tuvo que ser rescatado in extremis por el Tesoro de Estados Unidos. Pese a ello, Milei ganó por casi 10 puntos porcentuales en el total nacional y hasta logró revertir la derrota en Buenos Aires, gobernada por el peronismo. Allí, La Libertad Avanza llevó al frente de su lista legislativa al economista José Luis Espert, quien en plena campaña electoral fue denunciado por haber recibido financiamiento de un empresario acusado en Estados Unidos de narcotráfico y lavado de dinero. Milei forzó finalmente la renuncia de su candidato, pero ya era tarde para imprimir nuevas boletas electorales y su nombre no pudo ser eliminado; no obstante, el mileísmo se impuso en ese territorio difícil.

La principal explicación de este triunfo fue el miedo de un sector de la sociedad a que una derrota oficialista llevara al temprano estallido del plan económico, con sus implicancias en términos de devaluación, inflación y pérdida de poder adquisitivo, tal como sucedió en el final de los gobiernos de Mauricio Macri (2015-2019) y Alberto Fernández (2019-2023). A diferencia de otros países latinoamericanos que lograron consolidar economías estables más allá de los cambios de gobierno, en Argentina la debilidad política y el caos económico van de la mano, algo que la sociedad tuvo muy en cuenta a la hora de emitir su voto. El «triple pacto policlasista» de Milei -activos financieros revalorizados para los sectores altos, dólar barato para la clase media, inflación contenida para los sectores populares- siguió operando. 

Después del resultado electoral, que descolocó tanto al peronismo como a quienes buscaron crear una tercera vía, el gobierno consiguió una serie de victorias legislativas. El Congreso aprobó la Ley de Presupuesto, la Ley de Modernización Laboral (una flexibilización que implica en los hechos un recorte de los derechos de los trabajadores) y la Ley de Inocencia Fiscal (una especie de blanqueo impositivo generalizado). Con el dólar en calma y la inflación todavía en niveles altos -entre 2% y 3% mensual- pero contenida, se abría un panorama diáfano para un presidente que ya hablaba de reelección, pero que rápidamente descubriría el peligro de apurar las cosas.

Ya fuera por las particularidades de esta época, la aceleración global o la dinámica endiablada de un país particularmente hiperquinético, en el breve lapso de un par de meses la situación volvió a cambiar, y lo que parecía un camino sin obstáculos hacia un segundo mandato en 2027 se convirtió en un vía crucis que aún no termina. Las encuestas coinciden en que la imagen del presidente y el apoyo a su gestión se desplomaron y, en un plano más cualitativo, señalan que los dos factores que contribuían a explicar la adhesión al gobierno se fueron debilitando: las expectativas (cada vez son menos quienes piensan que con Milei les puede ir mejor) y las responsabilidades (cada vez son menos quienes creen que la situación actual es consecuencia de la herencia de los gobiernos anteriores, sobre todo del peronismo). 

¿Qué pasó para que en tan poco tiempo las cosas cambiaran tanto? Se me ocurren dos respuestas complementarias, que analizo comenzando por la más concreta y terminando por la más general.

Empleo, ingresos, deudas

Desde diciembre de 2023, cuando Milei llegó a la Casa Rosada, la economía registró tasas de crecimiento positivas, aunque fue un crecimiento bajo y, sobre todo, muy heterogéneo, empujado básicamente por el boom de los hidrocarburos y, en menor medida, de la minería. Cabe recordar que Milei se benefició de la infraestructura energética construida por gobiernos anteriores, en particular el Gasoducto Néstor Kirchner (hoy Perito Moreno), inaugurado en julio de 2023 para transportar gas del megayacimiento de Vaca Muerta, cuya entrada en funcionamiento contribuyó a revertir la balanza energética y permitió alcanzar un superávit histórico en el sector.

Sin embargo, aunque dinámicos e internacionalmente competitivos, los complejos extractivos crean pocos empleos, generan escasos encadenamientos productivos y están situados en áreas de baja densidad poblacional, la Cordillera y la Patagonia, alejadas de los grandes conurbanos empobrecidos. Es cierto que la agroindustria, el único sector con posibilidades de ofrecer al mismo tiempo dólares para la economía nacional y cierto bienestar en zonas del interior del país, va a tener, lluvias mediante, una gran cosecha en 2026, pero tampoco alcanza. 

Si durante medio siglo el principal desafío de la economía argentina fue la restricción externa, es decir, la escasez de dólares, hoy el problema es otro: los sectores que generan divisas no derraman y los que proveen empleos, ingresos y encadenamientos productivos se hunden. En efecto, la mayor parte de la actividad económica se explica por tres rubros -industria, comercio y construcción-, que desde que Milei llegó al gobierno cayeron, respectivamente, 9,5%, 4,9% y 14,2%. El crecimiento de la era Milei es un crecimiento limitado, casi de enclave, que profundiza la tendencia a la «peruanización» de Argentina. Es decir, un modelo de estabilidad con alta desigualdad social, un núcleo irreductible de pobreza y mucha informalidad.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, los ingresos de la población cayeron. Los salarios reales disminuyeron 8% desde que Milei asumió la Presidencia, y las jubilaciones, 22%, con caídas especialmente notables entre los trabajadores estatales (18,3%) y los docentes universitarios (34,5%). La inflación está contenida, pero sigue siendo alta: entre 2% y 3,5% mensual, lo que confirma el viejo adagio de Juan Domingo Perón -la inflación sube por el ascensor y los sueldos por la escalera- y obliga a la sociedad a una dinámica de ajuste permanente de sus gastos. Esta crisis de ingresos se agudiza si se tiene en cuenta que el aumento de tarifas de los servicios públicos, clave de la reducción del déficit fiscal, achicó aún más el ingreso disponible de las personas, es decir aquel que surge de descontar los gastos fijos. Considerando esta variable, la caída fue aún mayor. 

Si la estabilidad del tipo de cambio y la baja de la inflación (lo que en Argentina es más o menos lo mismo) explican el apoyo inicial obtenido por Milei, imágenes más recientes dan cuenta de las privaciones a las que viene siendo sometida una gran parte de la sociedad: carnicerías que ya no venden por kilo sino por feta (en un país tradicionalmente carnívoro), una explosión de gente durmiendo en las calles y la escena, entre muchas otras similares, de 3.000 personas haciendo fila para postularse para 60 puestos de trabajo en un frigorífico. 

A este cuadro hay que sumarle el deterioro de los servicios públicos, producto del torniquete presupuestario: la inversión en educación se redujo 40% y en salud, 34%. El resultado es una degradación social que no se tramita mediante un único evento disruptivo como la hiperinflación de 1989, la crisis de 2001 o la pandemia–, sino de manera más lenta y silenciosa, por acumulación: una devastación en cuotas. Pero además el gobierno desmanteló, con la excusa de la lucha contra el clientelismo, buena parte de las organizaciones territoriales, cooperativas, comedores escolares y merenderos que funcionaban como una red de contención de última instancia, que aportaban la vianda caliente, la ayuda escolar e incluso la mediación en conflictos entre vecinos o familiares. 

Esta desarticulación organizativa convierte la pobreza de la era Milei en una pobreza con estabilidad, pero menos solidaria, más individualizada y dura. Y, como han señalado varios sacerdotes que trabajan en zonas populares, el retiro del Estado ha alimentado el crecimiento del narcotráfico, que se vuelve una atractiva «salida laboral» para jóvenes cuyo único horizonte son las «changas» (trabajos informales mal remunerados). 

Durante los primeros dos años de gobierno libertario, la sociedad pudo soportar este declive gracias a tres «amortiguadores sociales» que atemperaron los efectos más negativos del ajuste. El primero fue la decisión del gobierno de garantizar aumentos por encima de la inflación de las dos grandes políticas de transferencia de ingresos: la Asignación Universal por Hijo, que llega a 4,1 millones de niños y adolescentes, y la Tarjeta Alimentar, que alcanza a 4,5 millones de beneficiarios. Aunque Milei se cuidó bien de no publicitar esta medida, consciente de que parte de su base electoral la cuestionaría como una decisión asistencialista en favor de los «vagos» o «planeros», lo cierto es que los ingresos directos del Estado que reciben las familias más pobres subieron, en promedio, 40% y explican la caída en las cifras de pobreza por ingresos -muy dependiente, no obstante, de los vaivenes económicos-. Sin embargo, en el último año, también por decisión oficial, estos aumentos se detuvieron.

El segundo amortiguador que ayudó a atravesar la primera etapa del ajuste es la informalidad. En los últimos dos años se destruyeron 320.000 puestos de trabajo formales, muchos de los cuales se volcaron a las apps de movilidad y reparto. Las plataformas, igual que el microcomercio electrónico y la venta informal, operaron, en esta fase inicial, como un seguro de desempleo privado descentralizado, una red de contención en la que el Estado no tuvo que invertir un centavo y que además encajaba bien en la narrativa emprendedorista de Milei. Sin embargo, con el paso de los meses, se produjo un efecto de saturación, lo que dio como resultado ingresos decrecientes e incluso la decisión de algunas de las aplicaciones de no aceptar más «socios» (por eso las cuentas buenas, con muchos antecedentes y altas calificaciones, hoy se alquilan). 

El tercer factor es el endeudamiento, que también encontró un límite. La tasa de morosidad alcanza niveles espeluznantes. Según cálculos de la consultora 1816, la irregularidad en los préstamos personales de los bancos trepó a 11%, el mayor nivel desde la crisis de 2001, y la situación es aún más grave en las billeteras virtuales, a las que recurren los trabajadores no formales a un costo financiero total que hoy llega a 200% anual y en las que los niveles de mora rondan el 27%. 

El problema se agrava porque el dogmatismo del gobierno le impide verlo como tal. El ministro de Economía, Luis Caputo, calificó de especuladores a quienes se endeudaron, según él pensando que un rebrote inflacionario licuaría las deudas, como si se tratara de traders experimentados y no de familias desesperadas por pagar la factura de gas (hay casos de trabajadores que van al cajero automático la misma madrugada del día de acreditación de su salario para evitar que a la mañana el dinero sea «chupado» por los débitos automáticos de las deudas a pagar). Paralizado por los límites de su cosmovisión, el gobierno está muy lejos de comprender este problema -que no se reduce a una suma de decisiones individuales- e intentar un plan de desendeudamiento al estilo del lanzado por Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil.

Expectativas, promesas, tiempo

Cuando Milei logró su inesperada revalidación electoral, escribí que la oportunidad que le había dado la sociedad argentina a pesar del ajuste era la última, y que si no empezaba a entregar resultados, aunque fueran mínimos, en términos de niveles de bienestar, empleo y mejora de los ingresos, el clima social cambiaría: la estabilidad del tipo de cambio y la desinflación, el gran éxito del primer tramo de su  gestión, ya no serían suficientes. 

En la misma línea, el politólogo Federico Zapata explica que la victoria libertaria marcó el inicio de una nueva etapa. Milei llegó al gobierno con el mandato de romper algo que hacía tiempo había dejado de funcionar. Entre 2011 y 2023, una verdadera década perdida, la economía argentina prácticamente no creció, apenas creó empleo privado y experimentó, una tras otra, sucesivas crisis devaluatorias, saltos inflacionarios, «cepos» que impedían comprar dólares y hasta un mini default de la deuda. Pero, estabilizadas las grandes variables, el clivaje, dice Zapata, cambió: pasó de outsider-sistema a reforma-antirreforma. Así, el presidente ya no es visto como el líder estrafalario y decisionista pero que venía a hacer lo que otros no se animaron a hacer -el ajuste estabilizador-, sino como el jefe de un gobierno que, dotado de apoyo social y poder político, debe emprender cambios profundos y construir un nuevo orden económico, distinto al del pasado, probablemente más capitalista y promercado, pero que genere resultados concretos. 

Es precisamente ahí donde Milei está fallando. Su gestión es un menú de dos o tres platos. En economía, ajuste fiscal y manejo del día a día financiero para mantener el dólar y la inflación a raya (como ya muchos han señalado, el ministro Caputo es más un trader que un macroeconomista); en materia de seguridad ciudadana, mano dura y represión de la protesta social para dar la impresión de orden; en política internacional, alineamiento absoluto con Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Todo esto, en el marco de la batalla cultural reaccionaria, que se intensifica o se reduce según el momento y las circunstancias. 

Por su propia naturaleza, el de Milei es un gobierno de tranco corto, incapaz de ofrecer algo parecido a un plan de mediano plazo. El presidente ha demostrado ser un dirigente dispuesto a correr riesgos, incluso temerario, y de una gran intuición, pero por personalidad y formación no parece apto para encarar el desafío de construir algo más permanente y consistente: un orden económico sostenido en un nuevo pacto social. La negociación legislativa, los acuerdos coalicionales, la planificación y la persuasión, todas herramientas imprescindibles para un proyecto de este tipo, le resultan ajenas.

La comparación con Carlos Menem, que lideró en los años 90 un exitoso proyecto de reforma neoliberal -al menos en sus propios términos-, ilustra este punto. Igual que Milei, Menem concretó un plan ortodoxo de ajuste fiscal; igual que Milei, lo apañaba Estados Unidos -los vientos de la historia, digamos, soplaban también a su favor tras la caída del Muro de Berlín-; igual que Milei, Menem era un líder audaz; e igual que Milei, se mantenía un poco alejado del día a día de la gestión (también prefería pasar el día en Olivos, la residencia privada del presidente, más que en la Casa Rosada, la sede operativa del gobierno). La diferencia es que Menem se apoyaba en un equipo de experimentados dirigentes y economistas, cuya cara más visible era su ministro de Economía, Domingo Cavallo, y que el ímpetu reformista de su gobierno, no menos ambicioso que el actual, se organizó alrededor del Plan de Convertibilidad, que no fue un simple programa de estabilización macroeconómica, sino un verdadero pacto social, por el cual la sociedad le entregó al mercado las decisiones sobre empleo y desigualdad, pero recibió a cambio estabilidad y consumo.  

En sus primeros dos años de gestión, Milei logró contener el dólar y bajar la inflación, pero este alivio fue quedando atrás. La inflación mantiene un núcleo hasta ahora irreductible y las preocupaciones sociales se han desplazado al ingreso, el trabajo y la pobreza. Como suele suceder en Argentina, cuando la situación económica apremia, la corrupción comienza a hacerse visible o a volverse intolerable, y el gobierno de Milei vive actualmente alterado por los escándalos, como el del enriquecimiento personal del jefe de gabinete, Manuel Adorni, un supuesto cruzado contra el uso del Estado por parte de los políticos de la casta. Milei cree que todo se reduce a una conspiración mediática y trata a los periodistas, concretamente a «95%» de ellos según el cálculo presidencial, de «basuras inmundas» y «mierdas humanas» (sic). Su lema es «No odiamos lo suficiente a los periodistas» (sintetizado en la sigla «NOLSALP» que utiliza en sus tuits) y cada vez se muestra más impulsivo en las redes sociales, donde la insultadera gana en intensidad mientras los problemas se agrandan y se profundiza la grieta interna entre el ala de su poderosísima hermana Karina y quienes responden al «mago del Kremlin», su asesor en las sombras Santiago Caputo. Se trata de disputas cada vez más abiertas, que se traducen en luchas por el control del Estado (justicia, inteligencia y diversas «cajas», es decir organismos con grandes recursos) y que se expresan en el mundo de internet, donde operan las «Las Fuerzas del Cielo», la guerrilla digital de Caputo. 

El peronismo, que sigue siendo la principal fuerza opositora, empezó a moverse; se está desentumeciendo aún lentamente. Al mismo tiempo, algunos sectores del poder económico que nunca aceptaron del todo a Milei, a quien veían y siguen viendo como un outsider grotesco e imprevisible, exploran alternativas. Los exabruptos del presidente contra Paolo Rocca, uno de los empresarios más importantes del país, son significativos de los complejos vínculos entre Milei y la burguesía argentina. El detonante fue una licitación de caños para un gasoducto en Vaca Muerta que Tenaris, la empresa de Rocca, perdió ante la empresa india Welspun. Milei acusó entonces al empresario de financiar críticas mediáticas contra esa decisión y lo apodó de manera insultante «Don Chatarrín». 

Hoy, muchos conocedores del mundo de las elites están constatando que un sector de ellas apuesta a un mileísmo sin Milei, un neoliberalismo «serio», sin los lumpenempresarios y oportunistas que merodean al presidente en busca de algún negocio rápido, aprovechando oportunidades huidizas que ofrece el gobierno «libertario», como fue el caso de la fraudulenta criptomoneda Libra, y sin personajes difíciles de escrutar como Karina Milei, quien pasó de un día para el otro a controlar gran parte del aparato estatal.

Pero nada está dicho. El año que viene hay elecciones presidenciales, e incluso con esta crisis social un presidente que logre seguir unificando a la derecha -Milei logró cooptar al partido de Mauricio Macri-, expresar al antiperonismo y garantizar la estabilidad sigue siendo competitivo. Milei, que ya ha demostrado otras veces que es capaz de levantarse y seguir peleando, atraviesa un momento crítico: puede imprimirle un giro a su gestión para avanzar hacia un programa de reforma más profundo, puede apostar a sostener agónicamente el diseño económico (y rezar para que eso le alcance) o puede convertirse en un caso más de las «hegemonías breves» que vienen marcando la vida política desde que el final del modelo kirchnerista hundió a Argentina en una decadencia sin rumbo. 

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