Entrevista

Ciudades socialistas: una historia olvidada

Entrevista a Shelton Stromquist


junio 2026

En su libro Claiming the City: A Global History of Workers’ Fight for Municipal Socialism, el historiador estadounidense Shelton Stromquist presenta la ciudad como un gran laboratorio político del socialismo. En esta entrevista, explica cómo, desde fines del siglo XIX, trabajadores y trabajadoras disputaron el poder municipal, defendieron los servicios públicos y convirtieron la vida urbana en un terreno de democratización social.

<p>Ciudades socialistas: una historia olvidada</p>  Entrevista a Shelton Stromquist
Imagen creada con inteligencia artificial

El historiador estadounidense Shelton Stromquist reconstruye una historia del socialismo desplazada de sus escenarios más habituales –los partidos, los parlamentos, los Estados nacionales y las grandes controversias doctrinarias– hacia el terreno concreto de la ciudad. En Claiming the City: A Global History of Workers’ Fight for Municipal Socialism [Reclamar la ciudad. Una historia global de la lucha obrera por el socialismo municipal] (Verso, 2023), el autor sigue las luchas obreras por democratizar los municipios, conquistar el sufragio local, municipalizar servicios urbanos y convertir la vivienda, el transporte, el agua, el gas, la electricidad, los parques, las bibliotecas y los baños públicos en parte de una esfera pública sometida al control democrático. A través de casos que van de la Comuna de París a la Viena Roja, y de ciudades como Bradford, Hamburgo, Malmö, Christchurch, Broken Hill o Milwaukee, Stromquist muestra que el socialismo municipal no fue una expresión menor o secundaria de la tradición socialista, sino una de sus formas más vivas, transnacionales y arraigadas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras. Su investigación permite recuperar una historia en gran medida olvidada: la de un socialismo que no solo quiso tomar el poder del Estado, sino también disputar quién tenía derecho a gobernar la ciudad, cómo debían organizarse sus servicios y qué lugar podían ocupar los trabajadores y las trabajadoras en la definición de la vida urbana.


En Claiming the City: A Global History of Workers’ Fight for Municipal Socialism, usted reconstruye una historia socialista que desplaza el eje de los grandes escenarios nacionales a los espacios urbanos. ¿Qué revela esa mirada sobre la vida cotidiana, los servicios públicos y las formas de autogobierno obrero? ¿Y por qué, entre fines del siglo XIX y mediados de la década de 1920, los municipios se convirtieron en un terreno tan importante para la política socialista?

Hay dos factores que incidieron directamente en las dimensiones «locales» de la lucha por el socialismo. El primero fue el impacto de la rápida urbanización e industrialización de fines del siglo XIX, especialmente en el Norte global, sobre la vida de los trabajadores y de sus familias. Las condiciones de la vida cotidiana –el acceso a una vivienda digna y asequible, al agua potable y al alcantarillado, la presencia de polvo y suciedad, el transporte urbano económico y los riesgos de enfermedades epidémicas– hicieron que las cuestiones locales y municipales adquirieran una gran importancia. El control privado de esos servicios abrió paso al lucro y produjo prestaciones completamente inadecuadas o directamente inexistentes. Frente a esa situación, las propuestas socialistas orientadas a resolver esos problemas y a crear una esfera pública gobernada democráticamente obtuvieron un amplio apoyo social. Y, además, contribuyeron a construir una base política sólida para el activismo socialista, que luego se extendió hacia los niveles regionales y nacionales. Por desgracia, esta dimensión local ha sido muy desatendida por los estudios sobre la política socialista, que en general se concentraron en el escenario nacional y en la política parlamentaria.

El segundo factor tiene que ver con los procesos de formación de clase. Las luchas en los lugares de trabajo y en los barrios tuvieron (y todavía tienen) un carácter inevitablemente local, como también lo tuvo la acción colectiva. Esto fue particularmente visible en casos como el de Hamburgo, donde en 1906, cuando el concejo municipal dominado por las elites intentó imponer nuevas restricciones al voto obrero en las elecciones de la ciudad, estalló una manifestación masiva contra ese «robo del sufragio». Fue entonces cuando, como relata el historiador Johannes Schult, confluyeron frente al Ayuntamiento diversos «grupos informales de trabajadores de los distritos periféricos vestidos con su mejor ropa de domingo». La huelga general que siguió a ese estallido fue impulsada por participantes movilizados en sus lugares de trabajo y en los barrios de toda la ciudad.

Creo que es importante señalar que, en términos culturales, las identidades de clase se formaron y se reforzaron en una esfera pública obrera arraigada en expresiones locales. Esa esfera pública podía reunir la diversidad étnica y las experiencias de género en los barrios populares por medio de festivales, del teatro popular y de las protestas públicas. Ambos factores –la crisis de las condiciones de la vida cotidiana y la movilización en los lugares de trabajo y en los barrios– se intensificaron transnacionalmente desde fines de la década de 1880 y a lo largo de la de 1890. Esa intensificación llevó a los trabajadores a buscar nuevas formas de organización política y abrió un espacio para las ideas socialistas.


En su libro, la Comuna de París aparece no solo como un episodio fundacional de la historia socialista, sino también como una experiencia urbana y municipal cuya memoria pesó sobre las generaciones posteriores. ¿Qué legado dejó la Comuna para el desarrollo del municipalismo socialista de fines del siglo XIX y comienzos del XX? ¿Qué elementos de esa experiencia fueron retomados por los socialistas municipales posteriores, y cuáles quedaron atrás?

Abro y cierro el libro con dos momentos inspiradores, ambos brutalmente reprimidos, en la historia de la lucha por el socialismo municipal. El primero es, efectivamente, el de la Comuna de París, que tuvo lugar en 1871; el segundo es el de la Viena Roja, la experiencia socialista que se desarrolló en la capital austríaca entre 1919 y 1934. La Comuna de París se convirtió, sin lugar a dudas, en un acontecimiento icónico. Su celebración y su memoria siguieron resonando durante décadas en los círculos obreros de todo el mundo: en reuniones conmemorativas de trabajadores, pero también, como escribió un historiador, en «asociaciones electorales militantes» que mantuvieron vivo el ideal radical de la «soberanía popular directa».

Esa resonancia histórica se apoyaba, en parte, en el recuerdo de la brutal represión de los comuneros y, en algunos casos, de su deportación a remotos lugares de exilio. Sin embargo, creo que un aspecto central de la memoria de la Comuna residió en el ejemplo político que ofreció: el de trabajadores que reclamaban el derecho a gobernarse a sí mismos en las ciudades. En circunstancias extremadamente difíciles, esos trabajadores dieron pasos concretos para liberarse de las instituciones del gobierno de las elites y crear, bajo su propio control, instituciones alternativas, democráticas y autogestionadas.

Entre esas instituciones e iniciativas se contaban los talleres municipales, las cooperativas de producción y de consumo, y la ampliación de servicios públicos como la educación y la distribución del correo. Durante aquellos meses cruciales, entre marzo y mayo de 1871, la Comuna ofreció un modelo concreto y políticamente intenso, cuya fuerza siguió resonando en la vida de los trabajadores mucho después de que fuera aplastada. Los trabajadores vieron en el ejemplo de la Comuna de París no una promesa abstracta, sino una demostración real de lo que podía hacerse en la ciudad. Y celebraron la posibilidad de llevarlo adelante por medios socialdemócratas. Pero la historia también dejaba una advertencia. Como mostró la experiencia de la Viena Roja en 1934, ni siquiera una estrategia electoral socialdemócrata exitosa garantizaba una verdadera protección para los trabajadores frente a una represión brutal.

Usted muestra que el socialismo municipal no fue simplemente la ideología socialista llevada al terreno urbano, sino un programa muy concreto de transformación de la vida cotidiana, que implicaba el acceso a la vivienda pública, al transporte, al agua, al gas y a la electricidad, pero también el desarrollo de baños públicos, parques y hospitales. Ese repertorio reaparece en ciudades muy distintas, desde Londres hasta Hamburgo y Christchurch. ¿Cómo se fue construyendo ese lenguaje común del municipalismo socialista? ¿Y qué potencia política tuvo desplazar la atención desde el lugar de trabajo hacia las condiciones materiales de la vida urbana?

En la segunda mitad del siglo XIX, los trabajadores de ciudades ubicadas en contextos nacionales muy distintos enfrentaban condiciones de vida tan horrorosas como semejantes: viviendas hacinadas o insalubres, calles sucias, servicios deficientes, transporte caro, falta de agua segura y amenazas sanitarias permanentes. A eso se sumaba, por supuesto, una historia paralela de conflictos muy intensos en los lugares de trabajo. La descualificación, los recortes salariales y la pérdida de control sobre procesos laborales recientemente «racionalizados» dieron lugar a huelgas que, muy frecuentemente, terminaron en derrotas, represión y listas negras contra los activistas sindicales. Los datos transnacionales sobre las huelgas de aquel periodo muestran, en efecto, una ola global de protestas muy clara entre mediados de la década de 1880 y fines de la de 1890.

El mundo del trabajo y la vida comunitaria urbana estaban, como es lógico, estrechamente conectados. Las luchas nacidas en las fábricas, las minas o el mundo ferroviario podían traducirse en nuevas formas de organización política local. Los ejemplos de esa alimentación mutua son numerosos. Uno de ellos fue la huelga de Manningham Mills, en Bradford, una ciudad textil inglesa, y la movilización política que se desarrolló allí entre 1891 y 1893. Otro fue la huelga de los mineros de plata de Broken Hill, en Nueva Gales del Sur, en 1892, que contribuyó a generar nuevas formas de política obrera en Australia. También puedo mencionarle las huelgas de los trabajadores del tranvía en Milwaukee, en 1897, y en Cleveland, en 1899, que impulsaron nuevas experiencias de reforma urbana en Estados Unidos. En Australia, las huelgas marítimas y de esquiladores de ovejas de 1890 y 1891 funcionaron, a su vez, como semillero de un nuevo Partido Laborista en los municipios y en el Parlamento estatal.

Sin embargo, es importante destacar que uno de los vínculos más importantes entre la política ejercida en el lugar de trabajo y la política comunitaria apareció en la lucha por desplazar el gobierno de las elites y desmontar las restricciones al sufragio municipal, que impedían avanzar en reformas significativas de la vida urbana. El control elitista de los instrumentos locales de represión (en particular, de la policía) y la persistencia de la exclusión electoral de los trabajadores dieron una fuerza especial a las campañas que buscaban democratizar el gobierno local. No se trataba solo de ganar elecciones, sino de abrir las instituciones municipales a quienes hasta entonces habían quedado fuera de ellas. Esas campañas solían construir poder de manera gradual: primero conquistando bancas en los concejos municipales, luego disputando alcaldías y, desde allí, impulsando reformas concretas en el gobierno local.

Los socialistas demostraban frecuentemente su fuerza aun cuando solo lograban una representación minoritaria en los concejos municipales. De hecho, podían bloquear o revertir políticas contrarias a los intereses de la clase obrera. Podían armar una coalición en torno de una demanda concreta, como la construcción de más viviendas asequibles o la limitación de los aumentos de alquileres. También podían utilizar con astucia los procedimientos parlamentarios para frenar una iniciativa de las elites (como el nombramiento de un administrador municipal con un salario muy elevado) e incluso obligarlas a aceptar que se destinaran fondos a mejorar el sistema cloacal de la ciudad. Al mismo tiempo, los socialistas exigían que las reuniones del gobierno municipal fueran abiertas, que se realizaran en horarios compatibles con la asistencia de los trabajadores y que los procedimientos fueran transparentes. En ese sentido, el municipalismo socialista no fue solo un programa de servicios urbanos: fue también una disputa por quién tenía derecho a decidir sobre la ciudad.

En su libro, que se centra en estudios de caso, queda claro que algunas ciudades industriales inglesas como Bradford, Halifax o Keighley fueron laboratorios de una nueva política obrera impulsada por militantes del Partido Laborista Independiente. ¿Cómo se articuló ese municipalismo socialista británico con la posterior consolidación del Partido Laborista como fuerza nacional? ¿Se trató de una continuidad, o de un pasaje en el que algo de esa energía local se perdió o se transformó? ¿Cuáles fueron las características centrales de esas experiencias?

Los activistas del socialismo municipal en el Partido Laborista Independiente mantuvieron siempre cierta desconfianza frente a las tendencias centralizadoras, que se expresaron primero en el Comité de Representación Laborista y luego en el Partido Laborista Parlamentario, cada vez más ocupado en la representación política en el Parlamento nacional. Los defensores locales del socialismo municipal, como Russell Smart, sostenían en 1908 que el Partido Laborista se estaba convirtiendo rápidamente en «una simple maquinaria partidaria para ratificar las decisiones tomadas por tres o cuatro dirigentes poderosos». Esos dirigentes, decía Smart, habían formado un «círculo interno» y tenían «todos los hilos en sus manos»: los periódicos, la Conferencia Anual  del partido y el Comité de Orden del Día. La energía y el dinamismo del Partido Laborista Independiente, en cambio, estaban arraigados en la política local, no en su Comité Administrativo Nacional.

Como escribió el secretario de la sección de Jarrow, problemas locales como el «hacinamiento» o las «viviendas insalubres con alquileres elevados» no se resolverían hasta que «los trabajadores y las trabajadoras se organizaran» para elegir a sus propios representantes locales. En 1907, un delegado de Newcastle expresó una idea similar a la de muchos activistas urbanos que luchaban por la autonomía local. De hecho, lo dijo así: «Es justo suponer que los habitantes de una localidad saben qué medidas sirven mejor a sus propios intereses, sin la interferencia de ningún departamento gubernamental, ni siquiera del propio Parlamento».

Al final de la Primera Guerra Mundial, esas tensiones volvieron a aparecer durante los debates sobre la nueva constitución del Partido Laborista. Dirigentes como Arthur Henderson y Sidney Webb querían transformar el partido, «rápida y discretamente», de una federación de organizaciones nacionales y locales a una fuerza política de alcance nacional, con secciones en cada distrito electoral. Eso implicaba redefinir la afiliación como una relación directa entre cada militante y el partido nacional, debilitando el lugar autónomo que habían tenido las secciones locales del Partido Laborista Independiente. Sin embargo, por su fuerte vitalidad territorial, el Partido Laborista Independiente logró trasladar a muchas ramas locales laboristas su énfasis en la política municipal. En algunas zonas, de hecho, terminó controlando directamente las estructuras locales del Partido Laborista.

Las tensiones entre los activistas locales y los dirigentes parlamentarios nacionales aparecieron, en realidad, en todos los países que examiné: Alemania, Suecia, Austria, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos y Reino Unido. En Alemania, por ejemplo, un delegado local al congreso de 1904 del Partido Socialdemócrata (SPD, por sus siglas en alemán) defendió la importancia de la política municipal y recibió grandes aplausos de los demás delegados. «Es cierto –dijo– que las ciudades pueden contribuir, como espacios colectivos ejemplares, a transformar las condiciones sociales y políticas existentes y a crear un nuevo sistema político. El autogobierno municipal es un medio para construir un nuevo orden social».

Un periódico obrero de Melbourne sostenía algo similar desde Australia: había «muchos detalles» de la vida cotidiana que solo podían ser abordados por los municipios y que quedaban completamente fuera del alcance de los parlamentos nacionales. Se refería a cuestiones como «viviendas saludables, calles y parques bien cuidados; control de la luz eléctrica, las plantas de gas y los tranvías; bibliotecas, piscinas, gimnasios» y otros elementos orientados a mejorar el bienestar de la población.

Una de las virtudes de Claiming the City es mostrar que el socialismo municipal tuvo una dimensión transnacional. De hecho, tuvo una presencia destacada en ciudades tan distintas como Malmö, Hamburgo o Broken Hill, y también en los intercambios de militantes, ideas y repertorios de acción entre lugares muy alejados entre sí. ¿Qué revelan esas conexiones sobre la circulación global del municipalismo socialista? ¿Puede decirse que, antes de 1914, ya existía un lenguaje común de política urbana socialista?

Este fue, sin duda, uno de los hallazgos más sorprendentes de la investigación para el libro. El socialismo municipal no era un fenómeno localista y marginal, aislado de las grandes corrientes del activismo y la ideología socialistas. Pero es cierto que los partidos nacionales solían ver esa política socialista urbana como una distracción –y quizás también como una amenaza–, que de algún modo debilitaba sus aspiraciones revolucionarias. En algunos países, entre los que sin duda se destacó Alemania, el municipalismo socialista formó parte del debate y de la lucha interna en torno del «revisionismo», la corriente asociada a Eduard Bernstein, que cuestionaba la idea de un colapso inevitable del capitalismo y defendía una vía más gradual, democrática y reformista hacia el socialismo.

Sin embargo, lo central es que esas corrientes de activismo socialista urbano no existían de manera aislada, sino que estaban profundamente interconectadas y eran transnacionales por derecho propio. Me gusta utilizar el término «translocal» para captar esa ambigüedad. Sin duda, su foco estaba puesto en el contexto local y en demandas que prometían mejoras materiales en la vida cotidiana de los trabajadores en el presente inmediato y no en un orden social plenamente revolucionado situado en un futuro lejano. Al mismo tiempo, esos militantes se entendían a sí mismos como parte de un movimiento transnacional, enlazado por programas comunes, redes de comunicación, emisarios itinerantes que a veces organizaban actividades en los territorios de otros, y por la lectura compartida de los mismos folletos y periódicos.

En esas publicaciones encontraban descripciones de calles inmundas, aguas servidas malolientes y sin tratamiento, viviendas obreras hacinadas y deterioradas, y gobiernos municipales administrados como feudos privados por las elites propietarias. Todo eso les devolvía el eco de su propia experiencia. A medida que el mundo se volvía más pequeño, podían reconocerse con facilidad como compañeros de una misma campaña urbana, celebrar las victorias de otros compañeros y compañeras, y prepararse para enfrentar a fuerzas reaccionarias comunes.

Periódicos como el Barrier Daily Truth, en la aislada ciudad minera de Broken Hill, en Nueva Gales del Sur; el Social Democratic Herald, en Milwaukee; o Kommunale Praxis, en Berlín, hicieron circular historias de activismo municipal a través de canales telegráficos por todo el mundo. Y al hacerlo, alimentaron la imaginación de trabajadores de otras ciudades y los alentaron a emular esos logros.


Usted muestra que la lucha por el sufragio municipal abría una disputa más amplia sobre la ciudadanía urbana: quién podía votar, quién podía ser elegido y quién tenía derecho a gobernar la ciudad. Esa disputa estaba atravesada por la propiedad, la clase y también por el género. Al mismo tiempo, la escala local fue un terreno decisivo para la politización de muchas mujeres. ¿Cómo se cruzaron la democratización del gobierno urbano y la irrupción política de las mujeres en la historia del municipalismo socialista? ¿La ciudad ofreció una puerta de entrada a la política porque allí se jugaban, de manera inmediata, los problemas de la vida cotidiana?

Los trabajadores y las trabajadoras que buscaban afirmar su derecho a gobernar las ciudades que habitaban, y a conquistar el poder electoral que debía corresponderles por su enorme peso numérico, se encontraron con un obstáculo decisivo: el de un sufragio municipal muy restringido. Para las mujeres, en la mayoría de los países, la negación del derecho al voto se extendía a todas las elecciones, lo que incluía las parlamentarias, las provinciales, las estaduales y las municipales. Pero era en el terreno municipal donde los trabajadores y trabajadoras enfrentaban barreras especialmente restrictivas.

Las elites gobernantes eran muy conscientes de su propia vulnerabilidad en las ciudades si los trabajadores podían votar libremente, dado que eso les daría la posibilidad, entre otras cosas, de gravar las propiedades de los ricos con impuestos más altos para financiar la expansión de los servicios públicos urbanos. Por eso, adoptaron distintos mecanismos destinados a impedir el voto obrero o a diluir su peso electoral: requisitos de propiedad, sistemas que otorgaban más votos a quienes tenían más propiedades, bloques electorales estratificados por clase que dejaban muy pocas bancas disponibles para los votantes de la clase trabajadora, entre muchas otras medidas. El efecto fue una limitación radical de la fuerza electoral obrera en las ciudades.

En Malmö, Suecia, un pequeño grupo de 715 votantes, a quienes un editor socialdemócrata describió como los «caballeros de billetera llena», emitía 35.552 votos. En Norrland, las compañías madereras, gracias al peso electoral asociado a sus propiedades, podían reunir por sí solas hasta 48.112 votos en las elecciones locales.  En Prusia, bajo el célebre y restrictivo «sistema de tres clases», un puñado de empresarios elegía a un tercio de los concejales municipales; otro 5% o 10% de la población, compuesto por grandes propietarios, elegía otro tercio de las bancas; y el 85% o 90% restante, integrado por trabajadores que poseían alguna propiedad, elegía el último tercio. La mayoría de los trabajadores no tenía ninguna propiedad, por lo que directamente se excluía su voto en las elecciones municipales.

Para las mujeres del Norte industrializado y de las colonias de poblamiento europeo, la exclusión electoral era aún más completa. Aunque hubo algunas excepciones tempranas en Nueva Zelanda y en algunos estados del oeste de Estados Unidos, en general las mujeres estaban formalmente excluidas de la participación electoral. Sin embargo, la demanda femenina de representación apareció muchas veces primero en el ámbito municipal, donde la relación con los problemas urgentes de la vida cotidiana y de la supervivencia daba una fuerza particular a su activismo político. Los esfuerzos por mejorar la salubridad urbana, regular las condiciones de la vivienda y atender necesidades apremiantes de salud pública alimentaron sus reclamos por el derecho al voto.

Aunque ese reconocimiento fue muchas veces limitado y concedido a regañadientes, algunas mujeres lograron intervenir en la política municipal. Emmeline Pankhurst, figura central del sufragismo británico, y sus hijas, también militantes por los derechos políticos de las mujeres, pudieron votar y presentarse como candidatas a ciertos cargos locales en Manchester. En otros contextos, Vida Goldstein y Lilian Locke, activistas sufragistas y laboristas en Australia, y Stella Henderson, periodista, reformadora social y defensora de los derechos de las mujeres en Nueva Zelanda, señalaron una contradicción evidente: incluso allí donde las mujeres habían conquistado el derecho al voto en elecciones parlamentarias, podían seguir excluidas o limitadas en la política municipal.

Pero las mujeres también enfrentaron una batalla interna dentro de los propios partidos obreros y socialistas que, al menos en principio, apoyaban su derecho al voto. Allí surgieron debates sobre cómo debían organizarse: si hacerlo por separado, como mujeres; si integrarse simplemente como militantes de los partidos laboristas o socialistas –como ocurrió, por ejemplo, en Australia–; si formar comités femeninos dentro de esas organizaciones; o si disputar directamente lugares de representación y liderazgo en los partidos, tanto a escala local como nacional.

En cierto sentido, esto formaba parte de una discusión más amplia: si la liberación de las mujeres debía entenderse como parte de la lucha general por la emancipación de la clase trabajadora o si, como lo formuló Rose Schneiderman –dirigente sindical, socialista y feminista estadounidense, vinculada a la organización de las trabajadoras de la industria textil–, las mujeres enfrentaban circunstancias específicas y necesitaban el voto «porque necesitaban protección a través de las leyes». En este marco, conviene recordar que una editora de la sección femenina del New York Socialist Call advertía: «liberarse de la esclavitud sexual no significa liberarse de la esclavitud asalariada».


Es evidente que, en su perspectiva, el municipalismo socialista no se constituyó solo como una práctica de gobierno local, sino que fue, sobre todo, una tradición intelectual y política. ¿Quiénes fueron, a su juicio, sus principales teóricos o promotores, y qué aportó cada uno de ellos? ¿Qué ideas nuevas introdujeron sobre el papel del municipio en una estrategia socialista?

Quienes promovieron el socialismo municipal fueron, en muchos sentidos, militantes deliberadamente prácticos. Hablaban de programas, de estrategias políticas y de reformas posibles, y al mismo tiempo analizaban y documentaban las condiciones de la vida cotidiana que reclamaban cambios urgentes. No eran antiteóricos: simplemente situaban su visión política en los problemas concretos que tenían delante. Por eso, cuando discutían con los intelectuales de sus propios partidos, su preocupación principal no era formular una doctrina general, sino precisar qué pasos podían darse, en la práctica, para avanzar hacia el socialismo.

No sorprende que ese debate haya adquirido especial intensidad en Alemania, donde el «revisionismo» de Eduard Bernstein se convirtió en el blanco de las críticas de las principales figuras del SPD. Esos dirigentes denunciaban la posición de Bernstein como una dilución del programa revolucionario, basado en la idea de que el capitalismo colapsaría inevitablemente y sería sucedido por el triunfo del proletariado. Rosa Luxemburgo, Karl Kautsky y August Bebel encabezaron el ataque contra Bernstein y sus aliados dentro del partido.

Aunque el propio Bernstein pensaba sobre todo en términos nacionales, en algunas ocasiones reconoció la importancia central del socialismo municipal. Durante su exilio en Gran Bretaña, había participado en el congreso fundacional del Partido Laborista Independiente, en 1893, y conocía muy bien las campañas por cargos municipales que empezaban a desplegarse en distintas ciudades británicas. Tras regresar del exilio, él mismo se presentó como candidato a concejal en un suburbio de Berlín.

Sin embargo, en esos debates sobre el revisionismo, la figura más importante para el socialismo municipal no fue Bernstein, sino Hugo Lindemann, dirigente socialdemócrata y defensor de una estrategia orientada a la conquista del poder local. En los congresos partidarios de 1902 y 1904, Lindemann fue duramente cuestionado por impulsar un programa municipal que la conducción del partido prefería postergar. Frente a esas resistencias, los partidarios del socialismo municipal fueron desplazando su atención de las discusiones teóricas hacia una tarea más práctica: ganar cargos locales y demostrar, desde allí, lo que podía hacerse. El propio Lindemann estuvo muy cerca de convertirse en alcalde de Stuttgart, pese a los ataques de camaradas como Rosa Luxemburgo y Karl Kautsky, que temían que un éxito de ese tipo debilitara la disciplina partidaria y moderara la voz opositora del socialismo. Kautsky llegó a llamarlo, con ironía, «un compañero de partido de vacaciones», en alusión a su énfasis en la gestión municipal.

Los ecos del debate alemán reaparecieron, con variantes, en distintos contextos: entre los socialistas de Estados Unidos durante el congreso fundacional del Partido Socialista de América; en las disputas entre los llamados Red Feds –los sindicalistas radicales neozelandeses– y los socialdemócratas durante las primeras etapas de formación del Partido Laborista de Nueva Zelanda; entre los socialistas austríacos que discutían el concepto austromarxista de «revolución lenta» de Otto Bauer; y en la defensa que hizo el socialista sueco Axel Danielsson de una democratización radical de la política municipal.

Pero este debate está lejos de pertenecer solo al pasado. En los últimos años, volvió a cobrar fuerza una perspectiva teórica que reivindica el «derecho a la ciudad» de los trabajadores, a partir de las obras de Henri Lefebvre, David Harvey, Manuel Castells y Mike Davis. Al mismo tiempo, autores como Gianpaolo Baiocchi, Bertie Russell, Daniel Chavez y Benjamin Goldfrank desarrollaron una reflexión sobre la ampliación de la participación popular en la vida urbana, apoyándose en buena medida en la teoría política y en las experiencias concretas del «presupuesto participativo» en ciudades latinoamericanas.

Uno de los aspectos más salientes de su libro es la demostración de que los partidos y organizaciones socialistas eran algo más que fuerzas electorales o maquinarias de gobierno local. De hecho, usted muestra que también eran actores que ayudaban a organizar una vida urbana propia, a través de la protesta, la sociabilidad obrera, la prensa, los clubes, las campañas callejeras y la disputa por el uso del espacio público. ¿Hasta qué punto el municipalismo socialista fue también una forma de construir ciudad desde abajo, al margen o más allá de las instituciones del poder estatal central? ¿Y qué importancia tuvo esa dimensión extraelectoral para la fuerza que esas experiencias llegaron a tener en distintos contextos?

La política socialista municipal cobró impulso en la década de 1890 y a comienzos del siglo XX como parte de un amplio ascenso de la autoactividad de la clase trabajadora, que también se manifestó en las luchas económicas y en nuevos reclamos por espacios culturales propios. Se trataba, fundamentalmente, de la construcción de una esfera pública proletaria alternativa. El vínculo más directo e inmediato se dio entre las huelgas masivas por demandas económicas y una nueva política urbana que era, a la vez, defensiva –porque buscaba controlar la represión policial– y ofensiva –porque impulsaba una agenda de reformas municipales–. Esa ola global de huelgas tuvo, como le decía anteriormente, un alcance mundial.

Uno de los casos más vívidos de la conexión entre las protestas y la política local fue la huelga de Manningham Mills, en Bradford, Inglaterra, entre 1890 y 1891. En ese periodo, 5.000 trabajadores calificados y no calificados, varones y mujeres, paralizaron la fábrica, pero enfrentaron la represión policial y militar dirigida por las autoridades locales, que estaban claramente subordinadas a los propietarios textiles. El incipiente «partido obrero» prometió entonces «quitar el látigo de las manos de quienes los habían estado azotando» y, en menos de un año, los candidatos laboristas comenzaron a ganar elecciones locales, bastante antes de la formación del Partido Laborista Independiente a escala nacional en 1893. También recuperaron la plaza del Ayuntamiento y las estrechas calles circundantes (de las que habían sido expulsados a punta de bayoneta) como espacios de libertad de expresión y de reunión.

El legendario dirigente de los trabajadores portuarios Tom Mann instó a los activistas locales a «dedicarse al sindicalismo y a la acción municipal antes de hablar del Parlamento». Ese entusiasmo se expandió por otras ciudades textiles de West Yorkshire, como Halifax, Keighley, Huddersfield y York, y también por Manchester. Situaciones similares se repitieron en las huelgas de Broken Hill y Sydney, en Australia; de Chicago, Cleveland y Milwaukee, en Estados Unidos; y de Wellington y el distrito minero de Grey, en Nueva Zelanda.

La lucha cultural por arraigar esa nueva política en una esfera pública obrera activa y dinámica fue un componente esencial de esas transformaciones. En Manchester, los trabajadores lucharon –y en parte lograron– que Boggart Hole Clough, un parque urbano hasta entonces controlado por las elites, se abriera a la recreación de la clase trabajadora y a las reuniones políticas. En todo West Yorkshire, los militantes laboristas locales formaron clubes de ciclismo y coros obreros, se reunieron en «iglesias laboristas», en pubs o alrededor de mesas de té, y marcharon de aldea en aldea cantando y difundiendo el «evangelio laborista» mediante folletos y periódicos. Los propios trabajadores describieron esos años como «días felices y creativos», como «un trabajo gozoso» y como «una cruzada por una forma más elevada de vida».

La lucha por la jornada de ocho horas y la represión de la huelga general en Chicago en 1886 alimentaron un movimiento global para convertir el 1 de mayo en una jornada obrera, y cargaron esa conmemoración de nuevos sentidos culturales y políticos. Más allá de la política en sentido estricto, lo que estaba en juego era la promesa de ampliar el tiempo libre, conquistar espacios públicos para la celebración y acceder a instituciones culturales como bibliotecas, museos y escuelas.

Como parte del tejido de sus propias comunidades, los trabajadores construyeron instituciones alternativas: cooperativas, salas de lectura, baños públicos, piscinas y parques accesibles. Los socialistas de Milwaukee invirtieron en museos y bibliotecas. Y en Broken Hill, Nueva Gales del Sur, después de conquistar el gobierno local en 1900, el Partido Laborista, además de municipalizar servicios esenciales, creó una biblioteca gratuita, una gran piscina cubierta, mejoró los parques y fundó un Club Socialdemócrata donde los trabajadores podían socializar, asistir a conferencias y frecuentar su bar, en el que la «propiedad colectiva de la cerveza» estaba a la orden del día.

La famosa tesis de Werner Sombart sobre la supuesta ausencia de socialismo en Estados Unidos funcionó durante mucho tiempo como un sentido común historiográfico. Pero en Claiming the City usted muestra que, al cambiar la escala de observación, aparecen ciudades con administraciones socialistas, coaliciones obreras y programas de reforma urbana muy sólidos. ¿Hasta qué punto experiencias como las de Milwaukee, Davenport, Schenectady, Cleveland o Toledo obligan a revisar la idea de una excepcionalidad estadounidense? ¿Qué características tuvieron esos municipalismos socialistas y en qué se parecieron o se diferenciaron de sus equivalentes europeos?

Sin lugar a dudas, la idea del excepcionalismo estadounidense y la afirmación de Sombart sobre la supuesta ausencia de socialismo en ese país funcionaron como una barrera historiográfica –¡pero también política!– para comprender plenamente la trayectoria socialista en Estados Unidos. Espero que, aunque sea en pequeña medida, mi libro contribuya a reconsiderar esa perspectiva bajo una luz diferente.

Desde el punto de vista de la política socialista municipal, Estados Unidos difícilmente pueda considerarse una excepción. Los socialistas estadounidenses llegaron a controlar cientos de ciudades –muy posiblemente más que en cualquier otro país antes de la Primera Guerra Mundial– y, al igual que sus pares de Alemania y Reino Unido, eligieron a un número muy considerable de concejales. En Suecia, Austria, Nueva Zelanda y Australia, la política socialista en el nivel municipal fue, hasta después de la guerra, más débil que en Estados Unidos.

El éxito de los socialistas en Milwaukee a comienzos del siglo XX –cuando lograron una presencia municipal muy fuerte y llegaron a gobernar la ciudad– atrajo la atención de socialistas de todo el mundo y se convirtió en un modelo de lo que muchos aspiraban a construir en otros lugares. Cuando el socialista estadounidense Walter Thomas Mills viajó a Australia y Nueva Zelanda en 1910, lo hizo presentándose a sí mismo como «comisionado especial de Milwaukee para los países del exterior», y fue recibido con entusiasmo en esos términos. Durante dos años actuó como un firme asesor de quienes, en Nueva Zelanda, buscaban forjar un partido laborista de corte socialdemócrata. Y cuando Victor Berger, el líder socialista de Milwaukee, viajó a Europa en 1910 para participar en la conferencia de la Internacional Socialista, fue tratado como una celebridad, primero en Berlín y Hamburgo, y luego homenajeado en la propia conferencia que tuvo lugar en Copenhague.

Por lo tanto, debo decirle que la influencia de los socialistas de Estados Unidos tuvo una amplísima circulación a escala global. Sin embargo, lo que también distinguió al caso estadounidense fue la dificultad para traducir el poder local en una fuerza competitiva a escala nacional. En ausencia de un sistema parlamentario multipartidista, a los socialistas de Estados Unidos les resultó difícil conquistar y sostener un lugar significativo en el Congreso, y mucho más elegir directamente a un presidente, dado que los terceros partidos enfrentaban enormes obstáculos para disputar el poder.

A esas dificultades se sumaban otras barreras: la exclusión masiva del derecho al voto en el Sur y entre trabajadores inmigrantes en las ciudades; la regulación electoral por parte de los estados; y la imposición, también desde los estados, de límites al autogobierno municipal. La represión contra el Partido Socialista durante la Primera Guerra Mundial debilitó aún más su capacidad para afirmarse a escala nacional.

En Claiming the City, la Primera Guerra Mundial aparece como un punto de quiebre, en tanto evidenció el colapso del internacionalismo socialista, pero también transformó de manera profunda la vida urbana. Al mismo tiempo, usted muestra que algunas ciudades siguieron siendo focos de resistencia local, de protesta frente al aumento del costo de vida y de defensa de formas de autogobierno. ¿Cómo cambió la guerra el horizonte del municipalismo socialista? ¿Por qué la oposición a sus efectos sociales más devastadores encontró con tanta frecuencia un punto de apoyo en la escala urbana?

Las ciudades se convirtieron en focos de oposición a la guerra porque allí se sintieron de manera más inmediata y devastadora sus efectos económicos: la escasez de viviendas, el aumento de los precios de los alimentos –o directamente su falta de disponibilidad–, la inestabilidad del empleo provocada por las demandas de la economía de guerra y la restricción de la disidencia. La presión económica se transformó rápidamente en conflicto político. Y, como el socialismo municipal ya había ganado fuerza antes de la guerra, los activistas urbanos contaban con redes, experiencia y presencia local para encabezar esa oposición. Los ejemplos incluyen huelgas y manifestaciones masivas en los astilleros del Clydeside, en Glasgow; en Berlín y Leipzig; en Bridgeport y East Pittsburgh; en Broken Hill y Sydney; y entre los trabajadores portuarios y los mineros del distrito de Grey, en Nueva Zelanda.

Mientras el internacionalismo socialista se derrumbaba y muchos partidos adoptaban, al comienzo, posiciones de lealtad hacia sus respectivos Estados, las divisiones internas no tardaron en aparecer. En casi todos los países, los partidos socialistas y laboristas se partieron entre quienes apoyaban la guerra y quienes se oponían a ella. En Australia, esa fractura se expresó en la lucha contra el reclutamiento militar obligatorio. En Nueva Zelanda, en la aparición de laboristas abiertamente antibélicos. En Estados Unidos, en el cisma dentro del Partido Socialista a raíz de una declaración contra la guerra. En Alemania, la división fue especialmente profunda: los sectores contrarios a la guerra rompieron con el Partido Socialdemócrata de Alemania y formaron el Partido Socialdemócrata Independiente. En Reino Unido, la tensión se expresó en las diferencias entre el Partido Laborista y el Partido Laborista Independiente.

A medida que crecía la oposición a la guerra en cada país, los socialistas le dieron voz política a ese descontento. En el caso de los socialistas municipales, esa oposición abrió además una oportunidad para fortalecer su posición de cara al final del conflicto. Junto con las penurias económicas provocadas por la guerra, uno de los grandes campos de disputa fue la lucha renovada por eliminar las restricciones al derecho al voto, especialmente en las ciudades. De hecho, el final de la guerra dio nuevo impulso a socialistas y a otros sectores democráticos que buscaban terminar con las restricciones al sufragio. Ese proceso tuvo efectos decisivos para las mujeres y para los trabajadores urbanos. En Estados Unidos, se expresó en la aprobación de la Decimonovena Enmienda, que reconoció constitucionalmente el derecho al voto de las mujeres; en Gran Bretaña, en una ampliación limitada del sufragio bajo la legislación de 1918; y en Alemania, en la expansión del derecho al voto impulsada por el gobierno provisional en 1918 y luego consagrada en la Constitución de la República de Weimar de 1919.

La represión de la disidencia durante la guerra produjo resultados muy diferentes según el país. En Estados Unidos, la supresión de publicaciones socialistas, el cierre forzado de locales del partido, la violencia contra quienes se oponían a la guerra y la persecución de sus dirigentes dejaron al Partido Socialista, hacia el final del conflicto, debilitado y profundamente dividido. En Alemania, en cambio, los socialdemócratas, aunque seguían atravesados por divisiones internas, se beneficiaron de una ola creciente de apoyo y quedaron en condiciones de asumir posiciones de liderazgo tanto en el gobierno nacional como en los gobiernos locales. Los partidos laboristas de Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda, por su parte, lograron recomponer sus fracturas más profundas y encontraron un nuevo impulso político.

Me gustaría preguntarle por la Viena Roja, la experiencia de gobierno socialista que transformó la capital austríaca entre el final de la Primera Guerra Mundial y el ascenso del austrofascismo en la década de 1930. ¿Qué tipo de experiencia política y urbana fue, a su juicio, y qué vino a condensar dentro de la historia del socialismo municipal? ¿Cuáles fueron sus características principales –en materia de vivienda, servicios públicos, impuestos, bienestar social y democratización de la vida urbana– y qué la volvió una referencia tan potente para pensar la ciudad como espacio de transformación social?

Los socialistas conquistaron el gobierno de Viena poco después del final de la Primera Guerra Mundial, en mayo de 1919. Esa victoria fue posible en un contexto muy particular: el colapso de la autoridad imperial y la ampliación del sufragio municipal impulsada por el gobierno provisional. Luego, la nueva Constitución nacional, aprobada en 1921 tras un largo proceso de elaboración, convirtió a Viena en una provincia por derecho propio, con capacidad para reformar o crear impuestos. Esa autonomía fiscal fue decisiva para que los socialistas pudieran intentar una transformación profunda del tejido social de la ciudad. A eso se sumó que la ampliación del voto les dio poder político a los trabajadores de una manera que las reformas constitucionales anteriores a la guerra no habían conseguido.

Muchos historiadores suelen pasar por alto el trabajo previo que hizo posible el socialismo municipal vienés. A partir de la elaboración de un programa municipal en 1896 y de la elección de dos socialdemócratas para el concejo municipal en 1900, bajo un sufragio todavía muy restringido, el partido fue aumentando gradualmente su fuerza hasta obtener nueve concejales antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Incluso como minoría, esos concejales lograron desafiar con eficacia al Partido Social Cristiano gobernante, que había convertido el concejo municipal «en un congreso del Partido Social Cristiano». Los socialistas plantearon «demandas viables aquí y ahora», entre ellas la jornada de ocho horas para los trabajadores municipales, mejores condiciones laborales para los empleados de los tranvías, inspecciones en las lecherías de la ciudad, alumbrado público en los barrios obreros y jardines de infantes para los hijos de trabajadores. También protestaron contra un aumento del impuesto a la cerveza y al aguardiente. Aunque, como eran minoría, no estaban en condiciones de modificar las prioridades presupuestarias, su «entusiasmo incansable» les dio cierta ventaja en los debates sobre el presupuesto y sentó las bases de su éxito en los años de posguerra.

En mayo de 1919, los socialdemócratas obtuvieron 100 de las 165 bancas del concejo municipal y eligieron como alcalde a Jakob Reumann, un tornero en madera que había sido uno de los dos primeros concejales socialdemócratas electos en 1900. Con los cambios constitucionales que se aplicaron en 1921, quedó preparado el terreno para adoptar un programa ambicioso de transformación del tejido social y del sector público de la ciudad. Los socialistas establecieron rápidamente impuestos redistributivos sobre la propiedad y los ingresos de los sectores ricos. De hecho, el jefe de finanzas de la ciudad se convirtió en el socialista «más odiado» por los sectores acomodados a causa de 18 nuevos impuestos que «afectaban sobre todo a quienes podían pagar». En los años siguientes, esa base impositiva le permitió a la ciudad construir casi 64.000 nuevas viviendas para trabajadores, crear una red de 35 baños públicos en barrios obreros, ampliar la asistencia social y los subsidios por desempleo y municipalizar todos los servicios esenciales.

La amplitud de los logros socialistas, sostenidos durante casi 15 años hasta que fueron aplastados por el ascenso del fascismo, convirtió a la Viena Roja en un faro para los socialistas municipales de todo el mundo. Esos logros igualaron o incluso superaron el programa fundamental al que aspiraban los socialistas a escala global. El legado perdurable de aquellas realizaciones, en especial en materia de vivienda, hace que Viena cuente todavía hoy con una oferta de vivienda pública subsidiada y notablemente accesible que no tiene equivalente en otras grandes metrópolis del mundo.

A lo largo de Claiming the City aparece una tensión muy fuerte entre la vitalidad de la política municipal y la creciente nacionalización de la política socialista, sobre todo a medida que los partidos ampliaron su peso y sus ambiciones en términos parlamentarios. ¿Cómo incidió ese desplazamiento en el debilitamiento relativo del socialismo municipal?

A las distintas cuestiones que le he comentado, tanto en términos de política práctica como de la propia teoría, agregaría que la «naturalización» del Estado-nación, no solo entre los partidos burgueses sino también entre los socialdemócratas, tendió a colocar el énfasis en el trabajo de los parlamentos nacionales.

La larga lucha por conquistar el derecho al voto en los municipios pudo haber retrasado, en algunos casos, el trabajo socialista en esa escala. Sin embargo, en el largo plazo, los logros prácticos del socialismo municipal fueron perdurables: fortalecieron el sector público local y dieron más poder a los trabajadores municipales. Eso ocurrió incluso allí donde la presencia de los partidos socialdemócratas en el plano nacional –en Suecia, Gran Bretaña o Alemania, por ejemplo– resultó más episódica.

En Estados Unidos, los socialistas nunca lograron construir una presencia de gobierno a escala nacional, salvo en la medida en que la «coalición del New Deal» de Franklin D. Roosevelt tuvo algunos rasgos socialdemócratas. Pero, en el plano local, un sector público importante persistió en muchas ciudades, grandes y pequeñas, y volvió a fortalecerse incluso cuando los gobiernos nacionales se desplazaron hacia la derecha.

Estamos viendo nuevamente algo de eso en Estados Unidos, con la elección de socialdemócratas o de coaliciones inclinadas hacia la izquierda en ciudades como Nueva York, Boston, Chicago, Seattle y Jackson, en Mississippi, además de muchas otras ciudades más pequeñas. Todo esto ocurre mientras el Partido Republicano trumpista y la coalición MAGA avanzan sin contemplaciones en el plano nacional y en muchos estados.

Hacia el final de Claiming the City, usted muestra que el municipalismo socialista no desapareció después del gran ciclo que va de 1890 a 1925, sino que cambió de forma. Parte de su legado sobrevivió en la democratización de los servicios urbanos, en nuevas redes internacionales de gobiernos locales y en ciudades que conservaron una fuerte identidad obrera o socialista. ¿Qué pasó con esa tradición después del periodo central del libro? ¿Se diluyó en la administración técnica de las ciudades, se integró a los Estados de bienestar del siglo XX o siguió viva, con otros lenguajes, en formas posteriores de gobierno local progresista?

El periodo en el que se concentra el libro, comprendido entre 1890 y 1925, sentó las bases de una nueva forma de gobierno urbano. Y lo que se logró fue un cambio decisivo. Las ciudades se volvieron más democráticas y, al mismo tiempo, empezaron a construir un sector público robusto, en el que los servicios urbanos esenciales dejaron de ser pensados como bienes privados y pasaron a ser concebidos cada vez más como bienes públicos. Me refiero al agua y el alcantarillado, la recolección de residuos, la construcción y el mantenimiento de calles, el transporte urbano, la educación y, en muchos casos, también la electricidad y el gas natural. Pero también a la vivienda pública, los mercados municipales, las instituciones culturales, los parques, los espacios de recreación y toda una serie de servicios y equipamientos urbanos. Antes de 1890, esos servicios solían quedar en manos de intereses privados. La operación, la construcción y el mantenimiento de buena parte de las obras y servicios públicos se realizaban mediante contratos con empresas privadas. En la mayoría de las ciudades, eso cambió de manera fundamental.

En muchos casos, la gestión urbana se volvió más profesional y pasó a depender en mayor medida de expertos técnicos. Algunos servicios sociales fueron estandarizados o asumidos por los gobiernos provinciales, estaduales o nacionales. Y, sin duda, otros actores políticos, como los liberales o los progresistas, asumieron posiciones de liderazgo en muchas ciudades. Pero todos ellos operan dentro de una esfera pública que los socialistas contribuyeron decisivamente a crear y cuya forma fue definida, en buena medida, por las plataformas y los programas socialistas.

La amenaza que enfrentan los socialistas y los progresistas que buscan preservar esa esfera pública financiada por impuestos sigue siendo la misma: los intereses conservadores que utilizan sus posiciones de poder en los estados o en el gobierno nacional para impulsar la privatización de esos servicios y atacar el principio del autogobierno municipal. Esa continúa siendo una batalla abierta. Hoy puede verse, por ejemplo, en la pulseada política entre la administración municipal de Mamdani, al frente de la ciudad de Nueva York, y un gobierno más centrista a cargo del estado de Nueva York.

Aunque su obra se concentra principalmente en Europa, Estados Unidos y los dominios británicos del Pacífico, quisiera preguntarle qué experiencias latinoamericanas de socialismo municipal o de política urbana impulsada por fuerzas socialistas le parecen más importantes. ¿Qué rasgos tuvieron esos casos y qué aportan para pensar, en una clave más amplia, la historia global del municipalismo socialista?

Tras la depresión de los años 30, la Segunda Guerra Mundial y los reacomodamientos económicos que siguieron, la ciudad volvió a convertirse en un foco de acción política sostenida, sobre todo desde la década de 1960 en adelante. La organización de base de los sectores populares, la acción directa en favor de los derechos civiles y humanos, la emergencia de partidos verdes centrados en las cuestiones ambientales y climáticas, la renovación del activismo sindical de base y una demanda más amplia de participación democrática contribuyeron a generar una nueva efervescencia política urbana. A medida que la Guerra Fría se retiraba de la escena, algunos socialistas democráticos buscaron recuperar la tradición del socialismo municipal y, al hacerlo, reafirmaron su compromiso con la revitalización del sector público.

Algunos de los experimentos más interesantes de renovación democrática urbana surgieron en América Latina. Esto es algo que, por supuesto. no debería sorprender. Las confrontaciones directas con los regímenes autoritarios y el largo brazo del imperialismo estadounidense prepararon a los activistas de izquierda de la región para ampliar los límites de la democratización y ensayar formas nuevas y más radicales de participación ciudadana. Esa experimentación atrajo la atención, la admiración y la imitación de activistas políticos del Norte global, especialmente de quienes ven en la ciudad un espacio de nuevas posibilidades políticas. Y esa experiencia no podría ser más relevante para el momento político actual de Estados Unidos.

Las experiencias de lo que luego se conocería como «presupuesto participativo» en Porto Alegre, Brasil, y en otras ciudades latinoamericanas captaron la atención de activistas urbanos de todo el mundo. La activación de base y el empoderamiento de ciudadanos comunes, por fuera de las estructuras formales de la democracia representativa local, permitieron formular demandas sobre los recursos municipales para atender lo que esos propios ciudadanos definían como sus necesidades más urgentes. Al hacerlo, crearon un modelo que fue imitado en más de 1.500 ciudades de todo el mundo y también en barrios de ciudades estadounidenses como Brooklyn, en Nueva York, y Chicago.

Aunque parte de la euforia en torno de estos experimentos disminuyó desde la década de 1990 –a medida que estructuras más formales y legislaciones nacionales institucionalizaron y, en parte, diluyeron la democracia directa–, prácticamente todos los países latinoamericanos cuentan con un número significativo de ciudades que tienen alguna forma de presupuesto participativo. Los casos van desde Argentina, con 61; Colombia, con 120; y Ecuador, con 221; hasta países con cifras menores, como Chile, con 20; Brasil, con 30; Costa Rica, con 8; Guatemala, con 3; y Paraguay, con 1. También aparecieron nuevas formas de participación, como las «asambleas ciudadanas», aunque por lo general tienen menos poder y muchas veces dependen del financiamiento internacional, como se señala en el artículo de Melisa Ross, Yanina Welp y Benjamin Goldfrank «More or Better Institutionalization? Lessons from Latin American Institutions of Citizen Participation», publicado en Politics and Governance en 2026.

En el Norte global, y en particular en Estados Unidos, nuevos experimentos de gobierno municipal socialista dieron lugar a una ola de «nuevo municipalismo» en ciudades como Seattle, Richmond, Chicago, Boston, Jackson y, de manera más espectacular, con la elección del socialista democrático Zohran Mamdani en la ciudad de Nueva York. Aunque este último lleva apenas unos meses en el poder, tanto él como su movimiento, los Socialistas Democráticos de Estados Unidos, parecen mantener un compromiso firme con la reconstrucción y la ampliación del sector público de la ciudad, así como con la creación de impuestos redistributivos para financiar esas iniciativas, en una línea que recuerda a la Viena Roja. Quizás lo más importante sea el compromiso de su administración con la ampliación de la participación ciudadana en la formulación y puesta en práctica de su programa.

En todos estos sentidos, la tradición del socialismo municipal parece políticamente viva tanto en el Sur global como en el Norte global.

 

 

 


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