Tema central

Los antepasados del trumpismo: ¿de los márgenes al poder?

Entrevista a John S. Huntington


Nueva Sociedad 318 / Junio - Julio 2025

¿Hasta qué punto llega la ruptura del trumpismo con las viejas extremas derechas estadounidenses?, ¿qué nos aporta el estudio de los activismos de las décadas de 1950 y 1960 para entender mejor los fenómenos actuales? En una derecha supremacista, complotista y antidemocrática, los límites entre lo «marginal» y lo mainstream fueron siempre difusos.

<p>Los antepasados del trumpismo: ¿de los márgenes al poder?</p>  Entrevista a John S. Huntington

En Far-Right Vanguard [Vanguardia de la extrema derecha]1, el historiador John S. Huntington examina los orígenes del activismo de extrema derecha en Estados Unidos, con un enfoque en las décadas de 1950 y 1960. Desde los Consejos de Ciudadanos Blancos y la John Birch Society hasta Fox News, el Tea Party y el movimiento maga (Make America Great Again), Huntington traza una genealogía que muestra cómo el supremacismo racial, la paranoia conspirativa y el desprecio por la democracia no fueron simples desviaciones ni ideas marginales, sino componentes persistentes y constitutivos del conservadurismo estadounidense. A través de esa historia, Huntington demuestra que las fronteras entre lo «marginal» y lo mainstream fueron siempre porosas, y sostiene que la extrema derecha fue la base del movimiento conservador integrado en el Partido Republicano. En esta conversación, Huntington analiza las tensiones internas de la derecha, el papel de los «traductores» ideológicos y cómo el trumpismo aceleró un proceso de radicalización que hoy pone en jaque las instituciones democráticas.

Durante la campaña presidencial de 2016, la candidata demócrata Hillary Clinton afirmó: «Esto no es el conservadurismo tal y como lo conocemos. Esto no es el Partido Republicano tal y como lo conocemos. Son ideas racistas, que incitan al odio racial, antimusulmanas, antiinmigrantes, misóginas, todas ellos pilares fundamentales de la ideología racista emergente conocida como alt-right». Usted, que ha investigado en profundidad las raíces de la extrema derecha en eeuu, ¿en qué medida considera que el trumpismo en la estela del Tea Party y otros movimientos previos de rechazo a las elites partidarias representa una ruptura respecto al conservadurismo tradicional? Y, dado que el trumpismo no es un fenómeno homogéneo, ¿cómo lo caracterizaría?

Creo que Hillary Clinton estaba equivocada. El movimiento conservador ha albergado a supremacistas blancos, nativistas y misóginos a lo largo de toda su historia, por lo que no considero que Donald Trump y el movimiento maga supongan en modo alguno una ruptura con el conservadurismo, sino un triunfo de los conservadores de extrema derecha. El ascenso de Trump en 2016, y especialmente su reelección en 2024, marcaron el momento en que la extrema derecha logró finalmente colocar a uno de los suyos en la Casa Blanca. 

Trump comparte muchos objetivos políticos con anteriores gobiernos republicanos, como la reducción de impuestos, la eliminación de regulaciones y el intento de achicar el Estado de Bienestar. Su aparente vacilación a la hora de iniciar una nueva guerra marca una diferencia con la era Bush, pero, desde mi punto de vista, ese es un estándar muy bajo, y ni siquiera estoy seguro de que Trump lo cumpla, teniendo en cuenta el reciente bombardeo a Irán y su constante retórica belicista. El único aspecto en que puede afirmarse que Trump rompe significativamente con el republicanismo tradicional moderno es su demonización y deportación de los inmigrantes, pero incluso en ese caso, no hace más que poner en práctica la profunda corriente subyacente de supremacismo blanco que anida en el movimiento conservador. La diferencia entre Trump y el republicanismo más tradicional es a menudo una cuestión de grado, no de naturaleza.

Por otra parte, el trumpismo está completamente ligado a la figura de Trump. Es un culto a la personalidad. Todo el ecosistema político de la derecha gira alrededor de las palabras y acciones del actual presidente. Si un político republicano se aparta de la línea por negarse a apoyar un proyecto de ley, Trump puede amenazar de manera creíble con buscarle un rival en las primarias de su estado. Cualquier persona –ya sea un político republicano o un activista conservador de alto perfil– que se enfrente a él se arriesga a convertirse en blanco de sus ataques. La reciente ruptura entre Trump y Elon Musk es un gran ejemplo de ello. A pesar de su alianza inicial, Musk ha atacado últimamente a Trump y criticado el megaproyecto de Ley de Presupuesto –o, como ellos la llaman, la «gran y hermosa ley» («Big Beautiful Bill»)– por su posible impacto en el déficit. En respuesta, Trump ha amenazado con cancelar los contratos federales de Musk. Incluso ha dicho que podría considerar deportarlo de regreso a Sudáfrica. Dentro del movimiento trumpista, la lealtad al líder es el principio fundamental.

Si tuviera que ofrecer un breve panorama histórico de la extrema derecha para quienes no estén familiarizados con los detalles de la política estadounidense, ¿qué etapas y corrientes principales destacaría? ¿Cómo se articularon en ese proceso cuestiones como la democracia, el nacionalismo blanco y la relación con el poder político en Washington? Y, finalmente, ¿de qué modo cree que ese recorrido histórico desembocó en la radicalización actual?

El origen del conservadurismo moderno en eeuu puede rastrearse hasta la expansión del poder federal bajo el New Deal y la creación del Estado de Bienestar moderno. El apoyo del presidente Franklin Roosevelt a los sindicatos irritó a los industriales conservadores, y la adopción de la economía keynesiana, en especial un sistema impositivo más progresivo, provocó la oposición de los libertarios de derecha. Además, el hecho de que el New Deal incluyera beneficios para personas no blancas enfureció a los segregacionistas, especialmente en el Sur, donde se había construido toda una sociedad basada en el apartheid racial. Los liberales2 creían que los programas del New Deal generaban oportunidades de empleo y abrían caminos para aliviar la pobreza generacional3, pero eso no era lo que veían los conservadores. Los supremacistas blancos percibían una nivelación racial, los industriales veían impuestos y burocracia, y los libertarios temían la tiranía gubernamental. En última instancia, los conservadores de todas las tendencias condenaron el New Deal como un plan desviado que pondría a eeuu, como escribió Friedrich Hayek, en «el camino de la servidumbre».

Hubo otros momentos claves que también ayudaron a construir el movimiento conservador. La campaña presidencial del senador Barry Goldwater en 1964 fue un catalizador para la organización de la derecha. En su libro The Conscience of a Conservative [La conciencia de un conservador, 1960]4, Goldwater expresó una profunda desconfianza hacia la democracia, un sentimiento antiliberal que compartían los grupos de extrema derecha y que se intensificaría con el tiempo. El movimiento por los derechos civiles y la posterior aprobación de leyes en esa dirección convencieron aún más a algunos estadounidenses de que el gobierno federal priorizaba el bienestar de las personas no blancas. En la misma línea, la Ley de Inmigración de 1965, que aumentó la inmigración desde naciones no occidentales al eliminar el sistema de cuotas nacionales, enfureció de inmediato a los nativistas y supremacistas blancos, y hoy es vista por los conservadores como un punto de inflexión. La Guerra de Vietnam no solo indignó a los activistas estudiantiles, sino que también convenció a muchos estadounidenses de que el gobierno no respondía a las necesidades de los veteranos, lo que exacerbó un antiestatismo que ya recorría el movimiento conservador y a la sociedad estadounidense en general. Dos fallos claves de la Corte Suprema, Engel vs. Vitale (que prohibió rezar en las escuelas públicas) y Roe vs. Wade (que legalizó el aborto), convencieron a millones de estadounidenses religiosos de involucrarse en la política, y ese grupo se convirtió en un componente crucial de la coalición conservadora a través de organizaciones como Moral Majority [Mayoría moral] y Focus on the Family [Enfoque en la familia]. 

Todo esto desembocó en el momento decisivo de la victoria de Ronald Reagan en 1980. Reagan llegó a la Casa Blanca impulsado por la ola de resentimiento blanco, el fervor evangélico y las recetas milagrosas del «Estado pequeño», pero muchos conservadores seguían insatisfechos a pesar del éxito de su propio movimiento. Parte de esta desilusión se debía a que algunos de ellos veían su contrarrevolución como incompleta. No bastaba con ganar el poder y mantener el statu quo; muchos conservadores, en especial los del ala paleoconservadora, querían desmantelar el Estado. A pesar de ganar tres elecciones consecutivas, el movimiento conservador se volvió cada vez más desafiante, buscando trabar el funcionamiento del gobierno. Durante la presidencia de Bill Clinton, los conservadores se obsesionaron con el equilibrio presupuestario, la reforma del bienestar social y la «mano dura» contra el crimen. Clinton se mostró receptivo a gran parte de esta agenda, lo que enfureció a los demócratas progresistas cuando firmó leyes que expandieron el complejo industrial penitenciario y dificultaron el acceso de los estadounidenses pobres a la asistencia social. Sin embargo, para los sectores más radicales de la derecha, Clinton seguía siendo un izquierdista disfrazado de moderado. No bastaba con trabar los engranajes del gobierno: había que destruirlos por completo.

La década previa al ascenso político de Trump, caracterizada por los atentados terroristas del 11 de septiembre [de 2001], también constituyó un punto de inflexión clave. El 11-s no solo desencadenó dos guerras, una en Afganistán y otra en Iraq, sino que también generó un nacionalismo xenófobo duradero, que dio un gran impulso a las fuerzas conservadoras. Los conservadores habían pasado años quejándose del poder federal y del gasto público, pero la sed de venganza a escala nacional acalló esas preocupaciones. Los presupuestos militares, los programas federales de vigilancia y los déficits fiscales se dispararon en medio de la fiebre bélica. La «guerra contra el terrorismo» creó una mentalidad de «nosotros contra ellos» que pronto regresó como un búmeran al ámbito doméstico. Esta década también fue testigo de la militarización de la policía, ya que las fuerzas locales accedieron a material bélico desechado. Como escribió Spencer Ackerman, «[l]a guerra contra el terrorismo (...) revitalizó las corrientes más bárbaras de la historia estadounidense, les dio un nuevo propósito y las puso en marcha, como un ejército en busca de su general»5. Desde esta perspectiva, y a la luz del largo recorrido del movimiento conservador, Trump no es una anomalía, sino la culminación de los elementos más tóxicos del conservadurismo moderno.

De acuerdo con sus investigaciones, ¿hasta qué punto considera que el trumpismo expresa efectivamente una rebelión contra las elites, y hasta qué punto es un proyecto que, en última instancia, ha terminado por reconfigurar pero no necesariamente desplazar a los núcleos de poder tradicionales?

Melinda Cooper ofrece un excelente análisis en Dissent, en el que explica cómo Trump ha reconfigurado los centros de poder del movimiento conservador. Como escribió Cooper, «lo que está en juego aquí no es tanto una alianza de los pequeños contra los grandes, sino una insurrección de una forma de capitalismo contra otra: la privada, no constituida en sociedad y basada en la familia, frente a la corporativa, que cotiza en bolsa y es propiedad de los accionistas»6. Trump dirige su propia empresa privada con mano de hierro, mientras él y sus seguidores denigran a las empresas woke por atreverse a contratar empleados que no son blancos u ofrecer cursos de sensibilización racial. Según esta mentalidad, las empresas y otras entidades que no se alinean con el movimiento de Trump merecen el desprecio y, como estamos viendo hoy, recibirán presiones del gobierno para que se sometan. Esta mentalidad de «o lo mío o nada» también se extiende a las elecciones primarias. Si un político republicano se sale demasiado de la línea, Trump puede amenazar con acabar, o al menos intentar acabar, con la carrera de esa persona haciendo recaer sobre ella todo el poder del movimiento maga.

También es importante señalar que uno de los efectos del ascenso de Trump ha sido la huida de muchos republicanos de los cargos públicos. Numerosos críticos de Trump de alto perfil, como el senador de Arizona Jeff Flake y el congresista de Texas Will Hurd, decidieron retirarse antes que soportar la era Trump. En junio de este año, Trump criticó a Thom Tillis por negarse a apoyar la «Big Beautiful Bill», y Tillis decidió seguir los pasos de Flake y Hurd y retirarse. El resultado es que el Partido Republicano se ha reconfigurado a imagen y semejanza de Trump y se ha dedicado a su particular culto a la personalidad. 

Sin embargo, también vale la pena recordar que Trump forma parte de la elite estadounidense. Heredó su enorme fortuna de su padre, asistió a una universidad de la Ivy League, es propietario de numerosos campos de golf que llevan su nombre y vivía en un lujoso apartamento en Manhattan. Este trasfondo influye en sus decisiones políticas. Tanto en su primer mandato como en el segundo, Trump llenó su gabinete de multimillonarios y otros estadounidenses ligeramente menos ricos. Al igual que todos los presidentes republicanos desde Reagan, Trump ha dado prioridad a la reducción de impuestos para los estadounidenses más acaudalados.

Por lo tanto, no estoy seguro de que la presidencia de Trump constituya efectivamente una «rebelión contra las elites», excepto en términos de estética política. Es cierto que algunos seguidores pueden quejarse de los tuits de Trump o de su lenguaje áspero, pero esos aspectos son precisamente parte del atractivo que tiene para su base. La mayoría de las elites conservadoras se han plegado al trumpismo. Basta pensar en el hecho de que tanto la National Review como Rupert Murdoch dudaron inicialmente en apoyar a Trump y, sin embargo, ahora ambos se encuentran firmemente en el bando maga. Desde mi punto de vista, parece que muchas elites conservadoras ven a Trump como un medio para alcanzar un fin político.

En su libro Far-Right Vanguard, rastrea las corrientes y discursos de la derecha desde la década de 1930. ¿Podría explicar cómo ideas como el nativismo, el supremacismo blanco y el miedo al colectivismo ya circulaban en ese periodo?

El nativismo, la supremacía blanca y el miedo al colectivismo tienen raíces muy profundas en la psique política estadounidense. La supremacía blanca es quizás la característica más evidente, ya que se remonta, al menos, al sistema racial de la esclavitud en la época anterior a la Guerra de Secesión. Tras la abolición de la esclavitud con la 13o Enmienda, la segregación racial se impuso en el Sur, relegando a los ciudadanos negros a formar parte de una vasta clase marginada. Los afroestadounidenses del Sur carecían de derechos básicos y vivían aterrorizados por la amenaza constante de la violencia de los grupos racistas. Aunque los estados del Norte no estaban tan rígidamente segregados como los del Sur, las divisiones raciales también persistían allí. Por ejemplo, cuando surgió el segundo Ku Klux Klan en la década de 1920, algunas de sus secciones más grandes y poderosas se encontraban en estados no sureños, como Indiana y Oregon. La supremacía blanca es una ideología fundamental para el antiliberalismo estadounidense (y más allá).

El nativismo también se remonta a la era jeffersoniana7, pero fue a finales del siglo xix y principios del xx cuando experimentó un gran auge, con la llegada de millones de inmigrantes provenientes del sur y del este de Europa. Cientos de miles de inmigrantes chinos y japoneses arribaron a la costa oeste en las últimas décadas del siglo xix. Estos grupos solían ser retratados como una amenaza para la identidad racial y cultural de eeuu. Esta corriente de nativismo impulsó la aprobación de la Ley de Inmigración de 1924, más conocida como Ley Johnson-Reed, que prohibía la inmigración asiática y establecía el sistema de cuotas por origen nacional, un sistema de inmigración que favorecía a aquella procedente de Europa occidental y septentrional. Albert Johnson, congresista republicano y principal autor del proyecto de ley, lo celebró poco tiempo después con estas palabras: «El día de la bienvenida sin reservas a todos los pueblos, el día de la aceptación indiscriminada de todas las razas, ha llegado definitivamente a su fin». La restricción de la inmigración encontró apoyo entre los sindicatos y los miembros del Ku Klux Klan, lo que llevó al historiador John Higham a concluir que el Congreso simplemente había expresado la «voluntad de la nación».

El aumento de la inmigración también contribuyó a avivar el pánico hacia el colectivismo. Los sindicatos contaban con un gran número de trabajadores inmigrantes, y las huelgas laborales de principios de siglo alimentaron el temor al «radicalismo extranjero». Esto se manifestó finalmente en la Primera Alarma Roja8, un periodo de creciente xenofobia y represión ideológica impulsado por un intenso anticomunismo. El llamado «verano rojo» de 1919 marcó el punto álgido de la Primera Alarma Roja, cuando decenas de ciudades vivieron episodios de violencia de blancos contra negros y se vieron atravesadas por disturbios laborales. La Primera Alarma Roja resultó crucial para el movimiento conservador, ya que perfeccionó un arma, el anticomunismo, que podía utilizarse para disciplinar a los oponentes políticos de izquierda.

En su libro, usted recupera a varios personajes, como Kent Courtney, Dan Smoot o Gerald L.K. Smith, que suelen quedar fuera de los grandes relatos de la historia política estadounidense. ¿Por qué considera que son figuras centrales para comprender la evolución de la extrema derecha?

En el libro me refiero a estos activistas como las «tropas de choque» del movimiento conservador, y creo que esa caracterización sigue siendo válida. Estos hombres y mujeres no solo estuvieron a la vanguardia del movimiento, sino que también dieron voz y animaron muchos de los temores que impulsaron la movilización de la derecha a mediados del siglo xx.

Casi todos los protagonistas principales de mi libro estuvieron involucrados en tareas de organización y edición. Kent y Phoebe Courtney fundaron la Sociedad Conservadora de eeuu y publicaron una gran cantidad de folletos y revistas. Willis Stone creó numerosas organizaciones y publicó American Progress (más tarde rebautizada como Freedom Magazine). J. Evetts Haley lideró a los Jeffersonian Democrats [Demócratas Jeffersonianos] y Texans For America [Texanos por eeuu], y escribió un libro mordaz y conspirativo contra el presidente demócrata Lyndon Johnson en 19649. Estos activistas crearon un grupo de seguidores leales y entusiastas dentro de sus organizaciones y luego iniciaron campañas masivas de correspondencia y otras acciones de base que forzaron a los políticos a reconocer las demandas de la extrema derecha.

Estos radicales contribuyeron a crear un clima político que toleraba la retórica conspirativa y las mentiras más descaradas. En muchos sentidos, considero a mis protagonistas como precursores del actual aparato mediático-activista de la derecha, que abarca desde Fox News hasta el presentador Alex Jones. Robert Welch se sentiría como pez en el agua en la red social x, difundiendo teorías conspirativas en nuestro entorno mediático hiperabierto. Sin embargo, a diferencia de los excesos teatrales de alguien como Alex Jones, la organización política y la estrategia de la extrema derecha de mediados del siglo xx mostraban una ambición más seria y orientada a resultados: querían remodelar la nación según un molde conservador radical.

La John Birch Society, fundada en 1958, fue durante mucho tiempo vista como una excentricidad casi caricaturesca. Sin embargo, en su investigación usted muestra que fue un actor mucho más influyente de lo que suele creerse. ¿Qué tipo de organización fue realmente y en qué medida contribuyó a allanar el camino para la radicalización de la derecha?

En muchos aspectos, la John Birch Society representó la culminación del activismo de extrema derecha hasta ese momento. En una reunión celebrada en Indianápolis, Robert Welch y otros 11 hombres –en su mayoría industriales estadounidenses– fundaron el grupo, al que bautizaron en honor a un misionero fallecido que, según Welch, había sido la primera víctima de la Guerra Fría10. La John Birch Society se convirtió en una fuerza rabiosamente anticomunista, obsesionada con desmantelar la influencia que, a su entender, el comunismo ejercía sobre la política estadounidense. Welch y muchos de sus seguidores eran creyentes convencidos: veían el comunismo detrás de cada cortina y debajo de cada piedra. Los birchers calificaban cualquier política progresista, por más inocua que pareciera, como parte de una gran conspiración marxista destinada a erosionar los cimientos de la libertad estadounidense.

Las teorías conspirativas desempeñaron un papel fundamental en la ideología de la John Birch Society, al igual que la supremacía blanca, el libertarismo radical y el evangelismo cristiano. Welch era un teórico de la conspiración especialmente extremo. En su libro The Politician [El político]11, Welch afirmó que los «jefes comunistas» controlaban al presidente Dwight Eisenhower, y más tarde denigró al movimiento por los derechos civiles calificándolo de «movimiento revolucionario negro» que transformaría el Sur en una «república soviética negra». El anticomunismo conspirativo y las inclinaciones supremacistas blancas de Welch contribuyeron al auge de la John Birch Society en los estados del Sur, y sus diatribas sobre la erosión de los «valores familiares» le granjearon el apoyo de los cristianos conservadores. En la década de 1960, la John Birch Society contaba con más de 100.000 miembros y con delegaciones en casi todos los estados del país. 

Creo que es importante destacar que la John Birch Society aprovechó el impulso del movimiento de extrema derecha ya existente. Otros grupos, como For America [Por eeuu] y Liberty Amendment Committee [Comité por la Enmienda de la Libertad], ya habían sentado las bases del activismo de extrema derecha, pero lo que ofrecía la John Birch Society era un terreno de convergencia. Las numerosas publicaciones de la organización ofrecían una plataforma a autores de derecha cuyos escritos podían difundirse entre otros conservadores. Quizás lo más decisivo es que la John Birch Society logró conectar sectores que, hasta entonces, estaban separados por diferencias ideológicas, regionales o estratégicas. Esas divisiones a menudo habían fragmentado al movimiento de extrema derecha, pero la John Birch Society consiguió articularlos en un espacio común. Los activistas de extrema derecha ocupaban puestos de liderazgo en múltiples organizaciones, a menudo utilizando la John Birch Society como nexo central. Como resultado, esta organización desempeñó un papel fundamental en la campaña de Goldwater, a punto tal que más de 100 birchers fueron delegados en la Convención Nacional Republicana. 

Todo ello demuestra cómo un pequeño número de personas sumamente comprometido pueden tener una enorme influencia política. Esto es especialmente cierto cuando esa organización se beneficia del respaldo de sectores de la clase capitalista, como fue el caso de la John Birch Society. A pesar de haberse movido mayormente en los márgenes, la John Birch Society contribuyó a la creciente orientación conservadora del Partido Republicano y demostró la eficacia política de la acción de base combinada con la retórica conspirativa.

¿Qué papel jugó la Guerra Fría en la configuración de un campo de extrema derecha marcadamente heterogéneo? ¿Cómo se posicionaron estas tendencias frente a un anticomunismo que, en gran medida, era compartido por todo el sistema político? Y, además, ¿qué posturas adoptaron respecto a cuestiones claves como el imperialismo estadounidense?

La Guerra Fría fue fundamental para la formación del movimiento de extrema derecha. Aunque en mi libro rastreo el ultraconservadurismo desde las décadas de 1920 y 1930, el enfrentamiento entre democracia y comunismo que caracterizó la Guerra Fría le dio credibilidad a la visión maniquea del mundo de la extrema derecha. Si el comunismo internacional era la mayor amenaza para la libertad estadounidense, entonces el miedo a la subversión interna a manos de saboteadores comunistas era el siguiente paso lógico. Esta es una de las razones por las que el movimiento de extrema derecha se expandió rápidamente en las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El anticomunismo de la Guerra Fría y las diversas cruzadas del gobierno estadounidense contra los disidentes de izquierda parecían corroborar la paranoia de la extrema derecha.

Es cierto que ambos partidos políticos abrazaron el anticomunismo de la Guerra Fría, pero los demócratas solían encontrarse más a la defensiva que los republicanos. Era más fácil vilipendiar al partido de los sindicatos, los programas de bienestar social y los derechos civiles tachándolo de «comunista». Sin embargo, la extrema derecha a menudo iba un paso más allá. Para los activistas de extrema derecha, los comunistas ya habían ganado y, por lo tanto, debían ser erradicados de la nación. Como escribió Kent Courtney –ultraderechista de Louisiana y miembro de la John Birch Society– en una carta al editor, Roosevelt y Eisenhower «han promovido la causa comunista y a los liberales estadounidenses. Al darle impulso, son títeres involuntarios de la conspiración comunista internacional». Para los conservadores de extrema derecha, el «comunismo» se convirtió en un término peyorativo que servía para definir y atacar a cualquiera que se opusiera a sus opiniones.

En cuanto al imperialismo estadounidense, la coalición de extrema derecha incluía algunos elementos antiintervencionistas. Por ejemplo, el grupo For America surgió de las cenizas del America First Committee [Comité Primero eeuu], pero la mayoría de los activistas de extrema derecha apoyaban una postura militar firme y agresiva para combatir el comunismo. En 1956, el senador Joseph McCarthy declaró: «La coexistencia con el comunismo no es posible, ni honorable, ni deseable. Nuestro objetivo a largo plazo debe ser la erradicación del comunismo de la faz de la tierra». Esto implicaba desde financiar campañas insurgentes para derrocar gobiernos hasta desplegar tropas estadounidenses en todo el mundo.

Por ejemplo, cuando el presidente de Brasil João Goulart comenzó a formular lo que se convertiría en su Plan de Reformas de Base, que incluía la nacionalización de las refinerías de petróleo extranjeras, Kent Courtney se enfureció por la supuesta deuda de Brasil con las empresas estadounidenses e instó al gobierno estadounidense a participar en una extorsión al estilo de la mafia: «En tiempos más audaces, bajo presidentes más audaces [Kennedy estaba en el cargo en ese momento], solíamos enviar a los marines cuando [los países] no pagaban sus deudas», dijo. Activistas de extrema derecha como Courtney consideraban que cualquier renuencia a enfrentarse al «comunismo» era una traición que socavaba el lugar que le correspondía a eeuu en la cima de la jerarquía mundial.

A lo largo de Far-Right Vanguard se destaca el papel central que tuvo la oposición a los derechos civiles como motor del ultraconservadurismo: desde la resistencia al New Deal hasta los ataques contra Martin Luther King y fallos de la Corte Suprema como Brown vs. la Junta de Educación12. ¿Qué rol desempeñó el racismo estructural y en particular el supremacismo blanco del Sur en la formación de la extrema derecha? ¿Cómo se articuló este racismo con sectores de la derecha cristiana, como los Consejos de Ciudadanos Blancos o las cruzadas religiosas de figuras como el evangélico ultraconservador Billy James Hargis?

La supremacía blanca desempeñó un papel fundamental como motor del activismo de extrema derecha, especialmente cuando el movimiento por los derechos civiles logró atacar las estructuras de la segregación racial plasmadas en las leyes de Jim Crow. La sentencia Brown vs. la Junta de Educación dio lugar a la redacción del «Manifiesto del Sur», un documento en defensa de la segregación y los «derechos de los estados» firmado por 101 representantes y senadores, todos ellos procedentes de antiguos estados confederados. Cuando los Nueve de Little Rock13 desafiaron la segregación en Arkansas, el agrarista radical Richard Weaver declaró «la integración es comunización», un argumento común entre la extrema derecha que armonizaba las creencias sobre los derechos de los estados (states’ rights)14 con el anticomunismo de la Guerra Fría. Los supremacistas blancos también cometieron actos de violencia para mantener el apartheid racial. Entre 1956 y 1963 se produjeron más de 145 atentados con bombas relacionados con el Ku Klux Klan, la mayoría de ellos contra líderes del movimiento por los derechos civiles.

El primer Consejo Ciudadano, una «sociedad protectora» empeñada en preservar la supremacía blanca en el Sur, se formó tras el fallo Brown vs. la Junta de Educación en 1954. Los consejos se extendieron rápidamente por los estados del Sur porque se mostraban como una oposición respetable y en apariencia moderada a los derechos civiles, en comparación con la propensión a la violencia del Ku Klux Klan. Los Consejos Ciudadanos cubrían su racismo con un velo de respetabilidad, pero seguían apoyando las estructuras que sustentaban la segregación. Una de sus estrategias fue promover candidaturas alternativas o listas de electores independientes, que no respondían a los partidos mayoritarios, con el objetivo de trabar el funcionamiento del sistema electoral y generar situaciones de empate o incertidumbre que les permitieran favorecer a sus propios candidatos en medio del desorden. Los miembros del consejo en Texas apoyaron la candidatura del derechista J. Evetts Haley a gobernador en 1956, y Courtney era un orgulloso miembro del Consejo Ciudadano de Nueva Orleans, Luisiana. En muchos sentidos, los Consejos Ciudadanos se convirtieron en el centro organizativo preferido de los líderes de la extrema derecha sureña, ya que les permitían construir su movimiento sin ensuciarse demasiado las manos.

Por su parte, las figuras religiosas ocupan un lugar interesante en lo que respecta al racismo en eeuu. Al fin y al cabo, el movimiento abolicionista radical fue liderado por cristianos fervientes como William Lloyd Garrison. Sin embargo, los predicadores de extrema derecha aprendieron la lección de los esclavistas del Viejo Sur y utilizaron la Biblia para apoyar sus propias concepciones racistas. Por ejemplo, el fundamentalista cristiano Billy James Hargis seleccionó cuidadosamente pasajes bíblicos para argumentar en favor de la segregación. Como escribió Hargis en un folleto de la Cruzada Cristiana: «No existe ninguna raza inferior (...) pero Dios las dividió y determinó dónde debían vivir. El plan de Dios es que cada raza viva por su cuenta, que sus miembros se mantengan segregados entre sí y se casen dentro de los límites de su raza para mantener la pureza de la sangre». Hargis estaba empleando claramente la retórica de la pureza de la sangre de la supremacía blanca, pero este pasaje también revela el esencialismo racial y las justificaciones religiosas que influyeron en las opiniones de muchos conservadores de extrema derecha.

En su libro, usted describe a figuras como William F. Buckley y Barry Goldwater como «traductores de derecha»: intermediarios que, en las décadas de 1950 y 1960, reformularon ideas marginales en un lenguaje aceptable para el conservadurismo mainstream. ¿Quiénes eran exactamente estos traductores y cómo operaban? ¿En qué medida se movían en las zonas de intersección entre la extrema derecha y el conservadurismo tradicional?

Los «traductores de derecha» eran conservadores que se situaban en la difusa línea que separaba los elementos radicales del movimiento de la corriente mainstream. Su principal tarea consistía en poner orden en el caos ideológico de los primeros años del movimiento conservador. Los activistas de extrema derecha tenían una propensión al lenguaje extravagante que podía alejar a los posibles simpatizantes. Traductores como Buckley y Goldwater, que compartían los principios ideológicos de la extrema derecha, tomaban conceptos más radicales y los reformulaban para hacerlos más atractivos. Este trabajo de traducción requería acceso a los medios de comunicación. Buckley lo consiguió a través de su revista National Review y, más tarde, de su programa de televisión Firing Line [Línea de fuego]. El espacio de acción de Goldwater era el Senado de eeuu, pero quizá su trabajo de traducción más importante fue su libro de 1960, The Conscience of a Conservative15 (escrito en realidad por L. Brent Bozell Jr., redactor de discursos de Goldwater y cuñado de Buckley), donde logró sintetizar el mundo de las disonantes ideologías derechistas en un volumen accesible y de fácil lectura. 

Un buen ejemplo de esta labor de traducción de la derecha se encuentra en la figura del congresista texano Martin Dies Jr. A mediados del siglo xx, los estadounidenses en general confiaban en su gobierno y Dies aprovechó esta confianza para dar visibilidad a ideas de la extrema derecha. Cuando ocupaba el cargo de presidente del Comité de Actividades Antiestadounidenses (huac, por sus siglas en inglés), Dies inició investigaciones sobre la subversión comunista en eeuu y, de hecho, reveló la identidad de varios comunistas estadounidenses. Independientemente del hecho de que las actividades del Comité fueran a menudo cacerías de brujas partidistas, las investigaciones de Dies tradujeron la paranoia de la extrema derecha en preocupaciones legítimas de seguridad nacional y dieron credibilidad a esa visión conspirativa del mundo.

En esas mismas décadas, los líderes más institucionales del conservadurismo a menudo se vieron obligados a marcar distancia respecto de los extremistas, pero al mismo tiempo adoptaron parte de su agenda. ¿Cómo describiría esas tensiones dentro del movimiento republicano? ¿Hasta qué punto el conservadurismo necesitó de esos extremistas para movilizar a sus bases, incluso cuando intentaba moderar su discurso público?

En la introducción de mi libro, me refiero a la extrema derecha como la «base del movimiento». Mantengo esta caracterización. La extrema derecha fue la punta de lanza. Fueron ellos quienes golpearon puertas, desarrollaron campañas de envío masivo de correspondencia, formaron organizaciones activistas y publicaron periódicos y boletines que leían cientos de miles de estadounidenses. En definitiva, aportaron la energía necesaria para catapultar el movimiento conservador hacia el centro de la escena política. 

Sin embargo, su paranoia conspirativa a menudo los convertía en socios incómodos para los políticos, en especial para aquellos con una orientación más moderada o pragmática. Por ejemplo, Nelson Rockefeller pasó años tratando de evitar que el radicalismo de derecha invadiera el Partido Republicano. Durante la Convención Nacional Republicana de 1964, Rockefeller intentó, sin éxito, que el Partido Republicano reprendiera a la John Birch Society. Cuando subió al escenario de la Convención, lanzó una advertencia sobre los birchers, declarando que «el Partido Republicano corre un peligro real de subversión por parte de una minoría radical, bien financiada y altamente disciplinada». Sin embargo, fue abucheado por los delegados –al menos un centenar de ellos eran miembros de la John Birch Society–, que coreaban «Queremos a Barry» (por Goldwater) en todo el auditorio. Como demuestra la reciente biografía de Rockefeller escrita por Marsha Barrett16, este acabó por eliminar su liberalismo en materia racial para ganarse a un electorado cada vez más derechista. La extrema derecha ayudó a poner en marcha una transformación ideológica que, con el tiempo, expulsó la moderación y el pragmatismo del Partido Republicano.

Usted describe cómo el gobierno de Ronald Reagan absorbió elementos del ultraconservadurismo, como la obsesión por la pureza ideológica y la cruzada contra los impuestos, mientras que figuras claves como Robert H.W. Welch Jr., Willis E. Stone y J. Evetts Haley fallecieron antes de ver el impacto pleno de su legado en las décadas siguientes. ¿Cómo se incorporaron esas ideas a la agenda republicana? ¿Y en qué medida influyeron en experimentos posteriores, como el Tea Party?

Hoy vivimos en el mundo político que la extrema derecha imaginó. Es cierto que no todas las propuestas del programa libertario radical del cruzado derechista Willis Stone se han implementado, pero la política del siglo xxi tiene más en común con la visión de la extrema derecha que con el «consenso liberal» de mediados de siglo. Uno de los principales objetivos de los activistas de extrema derecha era crear un partido verdaderamente conservador. ¡Misión cumplida! A finales del siglo xx, la reorientación del sistema bipartidista había creado un Partido Demócrata moderadamente progresista y un Partido Republicano rígidamente conservador, un partido que impone sus propias pruebas ideológicas para excluir a quienes considera traidores a su causa.

Desde mi perspectiva, el movimiento Tea Party no fue más que una continuación del movimiento de extrema derecha del siglo anterior. Mantuvo muchas de sus características esenciales. Estaba compuesto mayoritariamente por personas de clase media, blancas, de mediana edad y encontró gran parte de su base de apoyo en el Sur estadounidense. Sus activistas solían tener opiniones conspirativas, sobre todo las que negaban que Barack Obama hubiera nacido en eeuu, y reclamaban insistentemente por una reducción de los impuestos (de ahí su nombre17). El Tea Party también estaba impregnado de un trasfondo racista, en especial hacia los inmigrantes no blancos. Un buen ejemplo que ilustra la conexión entre el Tea Party y la extrema derecha de mediados del siglo xx es el hecho de que, en 2010, el congresista Ron Paul presentó la Enmienda de la Libertad exactamente como la redactó Willis Stone en 195618. Aunque los líderes de la extrema derecha ya no estaban para verlo, sus ideas habían ganado credibilidad y habían sido adoptadas por una nueva generación de agitadores de derecha.

Uno de los grandes aportes de Far-Right Vanguard es mostrar que las fronteras entre el «centro» y los «márgenes» de la derecha estadounidense han sido siempre porosas. ¿Podría darnos algunos ejemplos de cómo ideas surgidas en los márgenes fueron absorbidas por el conservadurismo mainstream? ¿Hubo momentos o coyunturas claves que facilitaron esa absorción? Desde su perspectiva, ¿cuál fue el punto de inflexión en el que lo radical dejó de ser marginal para volverse hegemónico en el Partido Republicano? ¿Considera que Trump fue el resultado de ese proceso o su principal acelerador?

No creo que haya habido un momento decisivo en el que la extrema derecha desplazó al establishment republicano. Del mismo modo en que los estados del Sur fueron reorientándose gradualmente hacia el Partido Republicano a lo largo de la segunda mitad del siglo xx, la conquista del partido por parte de la extrema derecha se dio a lo largo de varias generaciones. Hay momentos que, a mi entender, ilustran claramente la creciente influencia de la extrema derecha: la campaña de Goldwater, la erosión de las reglas del juego político por parte de Newt Gingrich –líder republicano de la Cámara de Representantes en los años 90 y arquitecto de una estrategia de confrontación partidaria– y Mitch McConnell –senador republicano que desde principios de los 2000 perfeccionó la obstrucción legislativa como herramienta política–, y el movimiento Tea Party son ejemplos claves. Estos episodios muestran que el giro hacia la derecha del Partido Republicano fue el resultado de una relación simbiótica entre la dirigencia partidaria y los activistas de base.

Considero a Trump como un acelerador y un punto culminante de este proceso. Jamelle Bouie, del New York Times, ofreció una magnífica valoración al señalar que «no existe un movimiento conservador trumpificado. Nunca lo ha habido. Solo existe el movimiento conservador que, como ahora podemos ver, estaba esperando a su Donald Trump»19. La victoria de Trump en 2016 representó el clímax de este largo movimiento de la extrema derecha, pero Trump también ha acelerado y consolidado el control que estos sectores ejercen hoy sobre el Partido Republicano.

En su libro, usted muestra que un sector de la extrema derecha histórica promovía un Estado mínimo pero al mismo tiempo utilizaba el poder federal para reprimir a izquierdistas o a dirigentes del movimiento por los derechos civiles. Trump combinó, al menos parcialmente, una retórica fundada en la idea de «libertad» con un culto al líder y ataques a las instituciones. ¿Es esta dualidad rechazo al Estado salvo cuando sirve a sus fines una constante en la derecha radical? ¿En qué sentido opera, en estos actores, el concepto de «libertad»?

Hubo algunos libertarios radicales, como Murray Rothbard y los anarcocapitalistas, que creían firmemente en reducir o eliminar el tamaño y el poder del gobierno federal. Ha habido muchos otros pensadores de derecha, como Albert Jay Nock y Friedrich Hayek, que condenaron el poder centralizado. Sin embargo, la extrema derecha muchas veces parece estar perfectamente cómoda utilizando el poder estatal para alcanzar sus propios objetivos. Martin Dies y el Comité de Actividades Antiestadounidenses son un excelente ejemplo de cómo se utilizó el poder del Estado para servir a fines conservadores. Los estados del Sur, que crearon un elaborado sistema de segregación racial para imponer la supremacía blanca, ofrecen otro ejemplo.

Hace algunos años, escribí una columna sobre cómo los conservadores utilizan el poder estatal como una especie de llave maestra para asegurar sus victorias políticas20. El detonante de ese artículo fue el intento de Trump de declarar una emergencia nacional para construir un muro entre México y eeuu. En ese texto escribí: «Los republicanos conservadores han desarrollado una eficaz estrategia ideológica en dos pasos. Cuando los demócratas están en el poder, los derechistas enfatizan su discurso libertario y lanzan advertencias alarmantes sobre la tiranía del Estado. Pero cuando el péndulo político vuelve a favorecerlos, no dudan en blandir y expandir el poder estatal si esto sirve a sus intereses o beneficia a su coalición. La realidad es que, para muchos conservadores, el antiestatismo es a menudo una estrategia política disfrazada de compromiso con la pureza ideológica». Creo que la era Trump ha puesto al descubierto esta hipocresía.

La idea de «libertad» también suele ser vista a través de esa lente distorsionada y paradójica. Si los demócratas apoyan una cuestión, a menudo se la tacha de amenaza para la libertad estadounidense. La disputa en torno de la Ley de Cuidado de Salud Asequible es un buen ejemplo de este fenómeno. La Heritage Foundation describió la ley como «una violación inconstitucional de la libertad personal» que «ataca el corazón del federalismo estadounidense», a pesar de que la medida se inspiró, al menos en parte, en la propuesta de «mandato individual» de la Heritage Foundation. Por otro lado, los republicanos siguen destinando dinero al complejo militar-industrial y a las fuerzas policiales, que representan lo máximo del poder estatal. Cuando agentes encapuchados, sin placas y vestidos de civil secuestran personas en las calles de eeuu, uno no puede dejar de preguntarse qué significa realmente la palabra «libertad» para Trump y su base de apoyo en la extrema derecha.

¿Cree que hoy existen actores medios como Fox News, think tanks conservadores o figuras políticas que cumplen funciones similares a las de aquellos «traductores» históricos de la extrema derecha, ahora en torno de discursos como el «gran reemplazo» o el negacionismo electoral? ¿Qué mecanismos de legitimación identifica hoy, y en qué difieren de los del siglo xx? ¿Existen límites actuales para esa «traducción», considerando la creciente permeabilidad entre extremismo y establishment?

A mediados del siglo xx, había muchos cortafuegos institucionales. La información fluía de arriba hacia abajo, desde las cadenas de televisión, los periódicos y los programas de radio. La credibilidad era un problema clave para las organizaciones de extrema derecha: les resultaba muy difícil difundir su mensaje sin filtros a través de los canales tradicionales, y por eso crearon sus propias plataformas de propaganda. Incluso William F. Buckley, probablemente el traductor de la derecha más destacado, necesitó ayuda para despegar. Su primer libro, God and Man at Yale [Dios y el hombre en Yale, 2012], fue publicado por Regnery, una editorial creada expresamente para promover las voces de la derecha. Buckley fundó entonces su propia revista, en la que podía controlar el mensaje, para evitar así los filtros de los medios de comunicación tradicionales. 

Hoy en día, estos problemas prácticamente han desaparecido. El historiador George H. Nash señaló en 2016 que «en el universo en constante expansión del ciberespacio, nadie puede ser un guardián eficaz porque ya no hay puertas que vigilar». Cualquiera puede crear un sitio web para promover cualquier ideología política, por más abominable o radical que sea. Internet y las redes sociales han permitido que los teóricos de la conspiración formen comunidades y generen una masa crítica de contenido conspirativo que está al alcance de todos. Si bien en algún momento plataformas como Facebook y Twitter (ahora x) moderaron el contenido político en sus sitios, esos controles han desaparecido. De hecho, en x el péndulo se ha movido en la dirección opuesta: Elon Musk, quien se define a sí mismo como un «absolutista de la libertad de expresión», manipula el algoritmo de x para promover contenido de extrema derecha. Aunque los «traductores» siguen existiendo, especialmente dentro del ecosistema mediático de la derecha, hoy es más fácil que nunca acceder al radicalismo sin filtros, lo que a su vez contamina el ambiente político.

Usted señala que la extrema derecha de mediados del siglo xx sentó las bases para la red mediática conservadora actual, desde la propaganda por correo desarrollada por el ultraconservador Richard Viguerie en la década de 1970 hasta Fox News, Infowars y Breitbart. Sin embargo, hoy esa esfera mediática parece menos cohesionada ideológicamente, como lo muestran las tensiones entre neoconservadores y nacionalistas trumpistas. ¿Considera que estas tensiones son una desviación del modelo original de la derecha radical o, más bien, una consecuencia natural de su estrategia de «guerra cultural» y de la ausencia de guardianes tradicionales?

La tradición intelectual conservadora siempre ha tenido fisuras, pero el movimiento logró encontrar puntos de convergencia ideológica. Aunque los libertarios, los conservadores religiosos y los tradicionalistas pueden discrepar en ciertos momentos, encontraron un terreno común en su antipatía hacia el liberalismo moderno. El historiador George Nash argumentó que, durante la Guerra Fría, el anticomunismo fue el elemento aglutinador que mantuvo unidas a estas corrientes dispares del espectro conservador. Aunque hoy en día puedan aparecer fracturas dentro de la coalición conservadora, estoy convencido de que las fuerzas de la derecha se realinearían con entusiasmo para derrotar a un demócrata de centroizquierda.

Además, una diferencia clave entre el ecosistema mediático moderno y el de mediados del siglo xx son los incentivos de nuestra llamada «economía de la atención». Las plataformas de redes sociales y sus grandes generadores de contenido obtienen ingresos a partir de las interacciones. La polémica y la ira son los motores de esa interacción, lo que crea un círculo vicioso que alimenta constantemente nuevas controversias. Numerosos podcasters –personas como Joe Rogan, que ha construido buena parte de su éxito entrevistando a figuras controvertidas y ofreciendo espacio a voces marginales– se han beneficiado de esta dinámica. A mediados del siglo xx, a los provocadores de extrema derecha les resultaba difícil atravesar el techo de cristal de los medios de comunicación, mientras que hoy en día la controversia es recompensada por los algoritmos de las redes sociales. Los teóricos de la conspiración como Robert Welch, fundador de la John Birch Society, prosperarían en nuestro ecosistema mediático moderno.

En enero de 2021, tras perder las elecciones con Joe Biden, Trump intentó anular el resultado por distintas vías y alentó la insurrección al Capitolio. En su libro, usted muestra que estas formas de desconocer la democracia no son nuevas en la extrema derecha estadounidense. ¿Qué antecedentes identifica en actores anteriores? ¿Hasta qué punto estas estrategias no solo buscan conservar el poder, sino también restringir quiénes son considerados votantes legítimos dentro del sistema democrático?

Hay una larga historia de intentos por parte de los conservadores de manipular las elecciones en eeuu, y gran parte de estas maniobras electorales se apoyan en su visión de quién es un votante «legítimo». A lo largo de la historia estadounidense, los derechos electorales de las minorías raciales han sido frecuentemente el foco principal de las fuerzas conservadoras. La privación de derechos a los ciudadanos negros después de la era de la Reconstrucción21 es un ejemplo claro, pero incluso se puede retroceder más y señalar que el sistema de voto basado en la propiedad, vigente en los primeros años de la república, también representó un intento conservador de controlar los resultados electorales mediante la exclusión de los sectores pobres. La simple verdad es que los conservadores han pasado generaciones intentando establecer un dominio minoritario permanente, aprovechándose de las estructuras electorales antidemocráticas del país.

La reacción conservadora al movimiento por los derechos civiles ofrece un ejemplo fantástico de intento de manipulación electoral por parte de la derecha. Durante las elecciones de 1948, el Partido Demócrata incluyó una plataforma de derechos civiles en su programa nacional, y los demócratas del Sur se rebelaron y formaron su propio partido, el Partido Demócrata por los Derechos de los Estados. Estos dixiecrats22, como se los conocía, esperaban impedir que cualquier candidato alcanzara la mayoría de los votos del Colegio Electoral, lo que habría trasladado la definición de la elección a la Cámara de Representantes, donde –al menos en teoría– los dixiecrats podrían haberse convertido en árbitros decisivos. También hay ejemplos contemporáneos, como la decisión del gobernador de Texas, Greg Abbott, durante las elecciones de 2020, de limitar las urnas de voto por correo a una por condado, sin importar la cantidad de habitantes de cada uno. Estos esfuerzos ilustran la hostilidad del movimiento conservador hacia la democracia y su voluntad de fabricar victorias de derecha excluyendo a determinados votantes.

Usted aborda fenómenos complejos que abarcan casi un siglo de historia política estadounidense, pero lo hace desde una perspectiva que combina historia política, historia cultural e historia intelectual. ¿Qué lo llevó a investigar estos temas? ¿Y qué desafíos encuentra al escribir sobre la extrema derecha desde el presente, cuando sus expresiones actuales siguen tan activas?

Mi interés por estudiar la historia política estadounidense comenzó cuando era joven. Mis padres no eran militantes, pero la política siempre era un tema de conversación. Recuerdo estar sentado en el asiento trasero de la camioneta familiar mientras mi padre escuchaba a Rush Limbaugh –un influyente y polémico locutor de radio conservador que marcó la agenda política de la derecha estadounidense durante décadas– y de vez en cuando discutíamos sobre los temas de la emisión. Mi familia asistía a una iglesia bautista bastante conservadora y debatíamos sobre política a la hora de la cena. A menudo yo adoptaba opiniones contrarias a las de mis padres, especialmente después de conocer ideas más izquierdistas a través de bandas como Rage Against the Machine y por acontecimientos como las protestas de 1999 en Seattle contra la Organización Mundial del Comercio (omc).

Fui a la universidad con el interés de comprender mejor la historia y la política estadounidenses, pero cuando llegué a la escuela de posgrado, a menudo me encontré con que los escritos sobre el conservadurismo no siempre coincidían con mi experiencia vital. El conservadurismo que conocía por haber crecido en un pequeño pueblo de Texas estaba lleno de ira, resentimiento y, en la mayoría de los casos, racismo. Quería encontrar la fuente que animaba esas corrientes conservadoras, lo que me llevó a centrarme en la extrema derecha. 

Uno de los mayores desafíos al escribir sobre la extrema derecha hoy es el torrente constante de noticias. Es difícil estar al día de todo lo que ocurre. Esto es, en parte, intencional. La estrategia de «inundar la zona» produce una «fatiga de indignación», que facilita las victorias de la derecha al agotar la capacidad de reacción. Los académicos como yo no somos inmunes a esta situación, pero intento mantener los pies en la tierra centrándome en componentes específicos de la contrarrevolución de la extrema derecha. De hecho, escribí recientemente un artículo sobre la privatización23.

Permítame, finalmente, hacerle una pregunta de estricta actualidad. En la coyuntura contemporánea, hay quienes afirman que el trumpismo está poniendo seriamente en peligro la democracia. ¿Cree que es así? ¿Cuál es su perspectiva ante este segundo mandato de Trump y la radicalización creciente de la derecha?

Considero que Trump y el movimiento que representa son un peligro para la democracia. Pero, para ser claros, la derecha conservadora nunca ha creído realmente en la democracia, así que Trump y el fenómeno maga están bebiendo de una vieja y poderosa fuente de antiliberalismo. Lo que hace que este momento sea especialmente alarmante es que el segundo mandato de Trump avanza con un propósito claro y con gran rapidez. Durante su primer gobierno, Trump tuvo dificultades para llevar a cabo su agenda y a menudo se vio limitado por sus propios funcionarios, muchos de los cuales provenían de las filas del establishment republicano. En su segundo mandato, sin embargo, ha llenado su gobierno de personas leales cuidadosamente seleccionadas, asegurándose de que su programa avance con mínimas resistencias. Esto ha acelerado la radicalización del Partido Republicano, ya que políticas que antes se consideraban inaceptables, como las deportaciones masivas, se han implementado con una velocidad sorprendente. Me preocupa que Trump y el movimiento maga continúen profundizando la espiral del extremismo hasta tanto la oposición política logre construir un contrapeso suficiente.

  • 1.

    J.S. Huntington: Far-Right Vanguard: The Radical Roots of Modern Conservatism, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2021.

  • 2.

    Liberal en el sentido estadounidense, término que incluye posiciones progresistas sobre temas sociales. Todas las veces que aparece en esta entrevista, remite a ese significado [N. del E.].

  • 3.

    Ciclo que pasa de una generación a otra [N. del E.].

  • 4.

    Princeton UP, Princeton, 2007.

  • 5.

    S. Ackerman: Reign of Terror: How the 9/11 Era Destabilized America and Produced Trump, Viking, Nueva York, 2021.

  • 6.

    M. Cooper: «Family Capitalism and the Small Business Insurrection» en Dissent, invierno de 2022.

  • 7.

    La «era jeffersoniana» (1801-1809) se refiere en EEUU al periodo dominado por las ideas políticas de Thomas Jefferson, caracterizado por la expansión territorial, el «Estado pequeño» y la promoción de los valores agrarios y democráticos [N. del E.].

  • 8.

    La Primera Alarma Roja (1919-1920) fue un periodo de intenso temor en eeuu por el supuesto avance del comunismo tras la Revolución Rusa, lo que llevó a persecuciones y arrestos masivos de personas acusadas de promover ideas de izquierda [N. del E.].

  • 9.

    J. Evetts Haley: A Texan Looks at Lyndon, Palo Duro Press, Canyon, 1964.

  • 10.

    John Birch (1918-1945) fue un misionero bautista y oficial de inteligencia estadounidense asesinado por soldados comunistas chinos en 1945, días después del fin de la Segunda Guerra Mundial [N. del E.].

  • 11.

    Edición del autor, 1963.

  • 12.

    Fue una decisión histórica de la Corte Suprema de EEUU que dictaminó que las leyes de los estados del país que establecen la segregación racial en las escuelas públicas son inconstitucionales [N. del E.].

  • 13.

    Los Nueve de Little Rock fueron un grupo de nueve estudiantes negros que, en 1957, desafiaron la segregación escolar al intentar integrarse en la Central High School de Little Rock, Arkansas. Su acción generó una crisis nacional que requirió la intervención del presidente Dwight Eisenhower para garantizar su ingreso. Este episodio se convirtió en un símbolo clave de la lucha por los derechos civiles en EEUU [N. del E.].

  • 14.

    El concepto de states’ rights (derechos estatales) hace referencia a la autonomía política de los estados dentro de un sistema federal; según la Constitución, los estados se reservan los derechos no delegados al gobierno federal. Se ha usado, por ejemplo, para resistir las políticas federales de igualdad racial [N. del E.]

  • 15.

    Victor Publishing, Shepherdsville, 1960.

  • 16.

    M. Barrett: Nelson Rockefeller’s Dilemma: The Fight to Save Moderate Republicanism, Three Hills, Ithaca, 2024.

  • 17.

    El nombre Tea Party hace referencia al Motín del Té de Boston (1773), cuando un grupo de colonos protestó contra los impuestos británicos. El movimiento moderno lo adoptó como símbolo de su lucha contra los altos impuestos y el gasto público excesivo del gobierno federal [N. del E.].

  • 18.

    La Enmienda de la Libertad fue una propuesta constitucional promovida por Willis E. Stone en los años 60, inspirada en ideas libertarias y de la Escuela Austriaca. Buscaba limitar drásticamente el poder fiscal del gobierno federal, estableciendo un tope máximo de impuestos y prohibiendo el déficit público. Aunque nunca se aprobó, influyó en movimientos conservadores y en debates sobre restricciones constitucionales al gasto público [n. del e.].

  • 19.

    J. Bouie: «They Were Waiting for Trump All Along» en The New York Times, 14/5/2025.

  • 20.

    J.S. Huntington: «How Conservatives Learned to Love Big Government» en The Washington Post, 25/1/2029.

  • 21.

    La era de la Reconstrucción (1865-1877) fue el periodo posterior a la Guerra Civil en eeuu, durante el cual se intentó reconstruir el Sur, integrar a los afroestadounidenses como ciudadanos con derechos plenos y redefinir las relaciones sociales y políticas. Este proceso enfrentó fuerte resistencia y terminó con la restauración del poder blanco y la instauración de políticas segregacionistas [N. del E.].

  • 22.

    La expresión proviene de un juego entre las palabras «dixie» (apodo del Sur estadounidense) y «democrats».

  • 23.

    J.S. Huntington: «One Nation Under Privatization: The Right-Wing Assault on Public Democracy» en Illiberalism Studies Program, 16/5/2025.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista
ISSN: 0251-3552
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