Opinión

El agente secreto y los fantasmas de la dictadura brasileña


abril 2026

En El agente secreto, Kleber Mendonça Filho convierte un mito popular de Recife en una vía de acceso a los fantasmas de la dictadura brasileña. Entre archivos, intrigas policiales y humor siniestro, la película explora cómo la violencia estatal persiste en la memoria, en las imágenes y en los pliegues de una historia que el país nunca terminó de confrontar.

<p><em>El agente secreto</em> y los fantasmas de la dictadura brasileña</p>

A finales de 1975 comenzaron a aparecer en el Diário de Pernambuco informes sobre una «pierna peluda» fantasmal, separada de todo cuerpo y con plena conciencia. Fue vista por primera vez en el barrio de Tiúma, en una calle conocida por su actividad paranormal, como una proyección en las paredes de una de las casas (la número 13, aunque parezca increíble). Un niño pequeño vio la perna cabeluda y salió corriendo a los gritos, con lo que concitó la atención de sacerdotes, pastores y, finalmente, la policía. Los avistamientos pronto se extendieron a otras casas; el poltergeist era como una pequeña sala de proyecciones portátil. Dos meses después, un hombre del lugar informó haber encontrado a su esposa en la cama con la pierna peluda, compartiendo un cigarrillo tras el coito. Afirmó que la pierna peluda saltó de las sábanas y lo atacó. Entonces se multiplicaron los relatos: se contaban historias de terror en la radio, en bares y en reuniones de negocios. Era lo único de lo que se hablaba en la ciudad costera de Recife. La pierna peluda se convirtió pronto en responsable de golpizas, torturas, desapariciones, mutilaciones, asesinatos y todo tipo de crímenes, casi demasiado fantásticos para ser creídos.

El agente secreto comienza en 1977, durante lo que la película denomina «un periodo de grandes travesuras». En una entrevista para The New Yorker, su director, Kleber Mendonça Filho, explicó que referirse al periodo de la dictadura militar brasileña de esta manera era en sí mismo una travesura: una versión satírica de los textos introductorios que se ven en Casablanca Star Wars. «Es una palabra maravillosa, bastante anticuada», dice en referencia al vocablo portugués pirraça. «Normalmente significa alguien que se burla de otra persona con mala intención. Alguien que tiene el poder de gastarte una broma. Y esa broma podría salirse de control». En su película, la perna cabeluda aparece en el estómago de un tiburón muerto. El jefe de policía local es alertado y le ordena a uno de sus subordinados que arroje de vuelta al océano esa porquería. La noche siguiente, en una secuencia al estilo de las películas de clase B, vemos cómo la pierna peluda emerge de las aguas, como un zombi malvado que salta y aterroriza a los bañistas.

Es un gesto artístico que vincula el mito local con el cine, y más específicamente con el fenómeno mundial de Tiburón, una película que seguía llenando las salas de Recife un año después de su estreno. Fernando, un niño de nueve años –la misma edad que tenía Mendonça en 1977–, sueña con ver Tiburón, pero su padre, Marcelo (Wagner Moura), no se lo permite. Es demasiado pequeño; tan solo ver el póster le provoca pesadillas. Fernando vive con su abuelo, Alexandre, que trabaja como proyeccionista en el cine São Luiz. La madre del niño ha fallecido y Marcelo está huyendo. Solo descubrimos el motivo casi al final de la película, cuando Elza, una líder de la resistencia, habla con él en la cabina de proyección del cine de Alexandre.

La película comienza con Marcelo en camino a Recife en un Volkswagen Escarabajo de color amarillo brillante, cuando se detiene en una estación de servicio apartada donde encuentra un cadáver en descomposición. Luego es interrogado por la policía –que no muestra ningún interés por el cadáver–, tras lo cual continúa su camino; llega a un refugio regentado por una encantadora y decrépita anarcocomunista que tiene un gato con dos cabezas, conoce a otros disidentes y fugitivos, algunos de los cuales están huyendo de la guerra civil angoleña; descubrimos que su verdadero nombre es Armando Solimões, ex-profesor universitario que figura en una lista negra y por cuya cabeza hay una recompensa; y luego hay un corte al presente, donde una estudiante universitaria llamada Flávia está escuchando las cintas de su testimonio.

El cine São Luiz tuvo un papel destacado en la película anterior de Mendonça, Retratos fantasmas (2023), un ensayo autobiográfico sobre su ciudad natal y sus cines. «Encontré la esencia de El agente secreto mientras hacía Retratos fantasmas», dice, «el poder de las cosas que sobreviven y se conservan en archivos. Porque el archivo es la prueba de vida de alguien. Cuando escuchas una voz grabada en 1977, esa persona estaba viva en el 77… Probablemente la sensación más intensa de viajar en el tiempo que he experimentado haya sido hacer películas y trabajar con archivos».

Gracias a la red de la resistencia, Marcelo consigue un trabajo en la oficina de registro de identidad de Recife, donde pasa la mayor parte del tiempo buscando información sobre su madre, de quien sabe muy poco. Así era una época en la que la gente desaparecía y nunca más era encontrada. Unos años antes, al oeste de Pernambuco, a orillas del río Araguaia, un grupo de más de 100 guerrilleros comunistas se rebeló contra el Ejército brasileño; al menos 60 fueron torturados y asesinados. En virtud de una ley de amnistía de 1979 aprobada por la Junta Militar, ningún ex-oficial militar ha sido condenado penalmente, y hubo que esperar hasta 2008, cuando Carlos Brilhante Ustra fue declarado torturador por un tribunal civil de San Pablo, para que se reconocieran oficialmente algunos de sus crímenes. (Brilhante Ustra murió en libertad a los 83 años). Recién en 2012, la entonces presidenta Dilma Rousseff creó la Comisión Nacional de la Verdad para investigar las violaciones de derechos humanos perpetradas durante la dictadura. Cuando Rousseff fue destituida en 2016, Jair Bolsonaro elogió a Brilhante Ustra antes de votar, calificándolo como el «terror de Dilma Rousseff».

La propia Dilma fue detenida y torturada durante esos años. En 2011, se descubrió una fotografía suya en los archivos de San Pablo, tomada en noviembre de 1970, cuando era miembro de la Vanguardia Armada Revolucionária Palmares. Tras haber soportado meses en prisión y semanas de tortura, se encontraba ahora ante un tribunal militar. En la foto, se la ve sentada, encorvada y aburrida, mientras dos generales están de pie muy cerca de ella, tapándose el rostro como avergonzados, como si el futuro pudiera verlos. «La tortura es algo complejo», declaró Rousseff en 2020 en Brasil de Fato. «Creo que todo aquel que ha estado en prisión siempre llevará esa marca. No me gusta mirar películas donde hay tortura, por ejemplo. No es que no me gusten. Simplemente no las veo. No quiero ver eso».

En ese sentido, el thriller criminal carnavalesco de Mendonça es ideal: el director afirmó que quería «minimizar groseramente, casi de manera poética» la crueldad de la dictadura. Pero aun así se vislumbran destellos de horror. En uno de los momentos más impactantes de la película, Marcelo es detenido por el corrupto jefe de policía Euclides y sus matones. «Queremos mostrarte algo», dice Euclides. Marcelo accede, y lo acompañan a una sastrería cercana para que conozca a Hans (Udo Kier, en su última actuación), un supuesto nazi y víctima habitual del acoso de Euclides. «Enséñale tus cicatrices», le dice este, y al igual que Marcelo, Hans accede. Se levanta la camisa y Euclides casi gime de excitación.

A Bolsonaro le gustaba levantarse la camisa para mostrarle a la prensa las heridas de sus puñaladas, a menudo durante sus numerosas hospitalizaciones por covid-19. Era una especie de exhibicionismo machista, lo mismo que aquí excita a Euclides, quien ve en Hans a un camarada soldado que luchó por su país y se ganó sus galones. Mendonça dijo que el personaje de Hans se inspiró en un refugiado rumano, sastre y amigo de su padre, y en la herencia judía de la ciudad (Recife fue el lugar donde se estableció la primera comunidad judía organizada de Brasil en el siglo XVII). Al final de la escena, se revela que Hans es un sobreviviente del Holocausto, obligado a aceptar la etiqueta de nazi para mantener el favor de Euclides. Su personaje refleja la peculiar naturaleza de la identidad bajo el fascismo. En el Brasil de 1977, Hans vive bajo una identidad falsa, al igual que Marcelo, y como de hecho vivió Josef Mengele, quien huyó, como tantos otros nazis, a Sudamérica a través de las rutas de escape (se ahogaría en San Pablo dos años después).

Mendonça ha afirmado que veía en el régimen de Bolsonaro una parodia del nazismo, tanto en su retórica como en su ideología, pero también «de una manera fetichista». (Sobre el tema de los archivos: Bolsonaro, tras una visita al Museo del Holocausto en Jerusalén, afirmó que los crímenes del Holocausto podían ser «perdonados, pero no olvidados»; sin embargo, sobre el pasado oculto de su propio país, ha dicho: «Solo un perro busca huesos»). Pocas semanas después de la destitución de Rousseff en 2016, se exhibió en Cannes Aquarius, otra película de Mendonça; en la alfombra roja, el director portaba carteles que expresaban su apoyo a Dilma y declaraban que Brasil ya no era una democracia. Cuando salió del cine dos horas después, se encontró con un aluvión de críticas; recibió amenazas de muerte y sus películas, sujetas a los caprichos del gobierno, fueron excluidas de la carrera por el Oscar. Este año, Mendonça estuvo nominado a cuatro premios Oscar, incluido el de Mejor Película.

Una forma de tortura que se hizo tristemente célebre durante la dictadura fue el pau de arara, o percha del loro, en la que la víctima es atada a un poste que corre por la parte interna de sus codos y la parte posterior de sus rodillas. Originalmente se llamaba el «columpio de Boger», en honor al nazi que popularizó la técnica en Auschwitz. La presencia destacada de cabinas telefónicas de color naranja brillante en la película puede aludir indirectamente a otra forma de tortura, en la que los estudiantes eran colgados en público, empapados y luego electrocutados con teléfonos de manivela, generalmente en los genitales. Y tal vez el Volkswagen Escarabajo amarillo que nos introduce en la película aluda a la famosa fotografía de Carlos Marighella, otro disidente guerrillero, que apareció muerto en un auto así tras haber sido asesinado por la policía. (Moura debutó como director con Marighella en 2019; el gobierno de Bolsonaro prohibió la distribución de la película en Brasil). La realidad existe en todas estas imágenes, por sutiles que sean, porque existe en sus referentes, es decir, en el archivo, la «prueba de vida».

Cuando se abrieron los archivos militares con fines legales en 1979, un grupo de abogados se dedicó a trasladar clandestinamente los documentos a una sala llena de fotocopiadoras alquiladas, y así publicaron más tarde Brasil: Nunca Mais [Brasil: nunca más] (1985), que detalla 1.843 casos de tortura. La historia existe en milagros de ese tipo. Un ex-policía testificó en 2012 que era responsable de deshacerse de al menos diez cadáveres durante la dictadura: afirmó que los había llevado a una plantación de caña de azúcar e incinerado en el horno de la destilería. Sin embargo, sin pruebas, sus palabras valen tanto como el humo. El agente secreto nació del archivo, de la historia material de la que dispuso Mendonça durante su investigación. ¿Qué sería de la película sin ella? Las historias de la perna cabeluda surgieron en una época en que la censura gubernamental patrullaba las imprentas y algunos periódicos se veían obligados a publicar poesía o recetas de tortas en sus portadas. Estas historias comenzaron como una broma, por supuesto, una pequeña travesura, pero la perna cabeluda pronto se convirtió en una metonimia de la violencia estatal no reconocida: una forma de expresar lo no dicho.

La madre de Mendonça era historiadora. Él recuerda con cariño que su madre traía a casa cintas de entrevistas y que él escuchaba tantas voces extrañas. «Ella no era cineasta, pero sus entrevistas eran como películas». Tras su muerte, las cintas adquirieron una nueva dimensión, donde la única voz que importaba era la de un amor perdido. Al final de El agente secreto, Flavia, la estudiante, se encuentra con Fernando, ahora adulto, para hablar sobre el padre de él, cuya voz ella ha estado escuchando durante tantos días, semanas, meses. Lo impactante es que Fernando dice que casi no lo recuerda. Se acuerda de aquella época, de las travesuras de 1977, y solo tiene algún vago recuerdo de su padre. Pero sí recuerda Tiburón.

 

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Sidecar, el blog de la New Left Review, el 13/3/2026 con el título «The unsaid» y está disponible aquí. Traducción: Carlos Díaz Rocca.

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