Entrevista

AfD y el arraigo del populismo de derecha en Alemania

Entrevista a Marcel Lewandowsky


octubre 2026

La derecha alemana se radicaliza mientras consolida su fuerza electoral, con Alternativa para Alemania (AfD) a las puertas de su primer gobierno regional en Sajonia-Anhalt. En esta entrevista, el politólogo Marcel Lewandowsky analiza las claves de su arraigo y el proyecto político que impulsa.

<p>AfD y el arraigo del populismo de derecha en Alemania</p>  Entrevista a Marcel Lewandowsky
Michael Brandt/Getty Images

El partido Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) crece de manera sostenida desde hace varios años. Tras su victoria electoral en Sajonia-Anhalt a principios de septiembre, está a punto de gobernar por primera vez un estado federado alemán. Actualmente es la fuerza con mayor representación en tres parlamentos regionales. A nivel federal, encabeza la oposición y lidera las encuestas. Si hoy hubiera elecciones al Bundestag –el Parlamento federal–, sería la fuerza política más votada. Este avance plantea varias preguntas: ¿qué tipo de partido es AfD? ¿Qué lo hace fuerte? ¿Y qué se propone hacer?

En esta entrevista, el politólogo Marcel Lewandowsky explica cómo clasificar a AfD dentro de la familia de las extremas derechas y cómo ha pasado de partido euroescéptico a fuerza cada vez más radicalizada. Analiza también por qué su éxito responde menos a una protesta coyuntural que a una desconfianza profunda hacia las instituciones democráticas y advierte sobre los riesgos que supondría su llegada al poder.

Marcel Lewandowsky es profesor de Ciencia Política en la Universidad Martín Lutero de Halle-Wittenberg, en Sajonia-Anhalt, y uno de los principales especialistas alemanes en populismo y extrema derecha. Lleva más de una década estudiando a AfD. Su tesis de habilitación, presentada en 2021 en la Universidad de las Fuerzas Armadas de Alemania en Hamburgo, trabajó sobre la relación entre los partidos populistas y la democracia, con especial atención a sus votantes, su ideología y sus élites, y situó a AfD en una comparación internacional. Es autor, entre otros libros, de Was Populisten wollen [Lo que quieren los populistas] (Kiepenheuer & Witsch, 2024) y Die globale Rechte. Geschichte, Erfolgsbedingungen, Auswirkungen [La derecha global. Historia, condiciones de éxito, consecuencias] (C.H. Beck, 2025). En este último distingue entre derecha radical, extremismo de derecha y populismo de derecha, y compara a los actores de ese campo en distintos continentes.

En Alemania, algunos sectores de AfD han sido clasificados en la categoría de «extremismo de derecha comprobado». Usted ha señalado en otras ocasiones que repetir constantemente esa etiqueta no aporta demasiado y que es necesario explicar qué significa. ¿Qué significa desde su perspectiva? ¿Qué tipo de partido es hoy AfD?

Para determinar si un partido es extremista de derecha, se evalúa si es contrario a la Constitución. Es decir, si las posturas del partido o las de sus miembros contradicen los principios del orden constitucional liberal y democrático. Pero también se puede aplicar un criterio más estricto: considerar que un partido, un movimiento o incluso una actitud solo son extremistas de derecha cuando buscan efectivamente derribar el orden democrático y sustituirlo por otro sistema. Si únicamente algunas de sus reivindicaciones contradicen los principios de la democracia liberal, se trataría de una posición radical. Esto existe tanto en la izquierda como en la derecha, con contenidos diferentes en cada caso.

En el caso de AfD, la Oficina de Protección de la Constitución sostiene, entre otras cosas, que el concepto étnico de «pueblo» atenta contra la dignidad humana. También señala que AfD suele poner en duda la legitimidad de la democracia parlamentaria. A esto se suman los contactos con el entorno de la extrema derecha. No se trata de casos aislados, sino de posiciones y vínculos que caracterizan al partido en su conjunto. Sobre esa base, la Oficina de Protección de la Constitución clasifica a AfD como un partido extremista de derecha. Como investigador de este tema, introduciría más distinciones. Yo diría que AfD es un partido populista de derecha. En inglés, la expresión es algo más clara: se habla de populist radical right («derecha radical populista»), es decir, de un partido de derecha radical con un perfil populista. Esa es, en términos generales, la denominación que elegiría para AfD. Sus posiciones, su programa, sus discursos parlamentarios y algunas declaraciones públicas de sus representantes contradicen principios de la Constitución. Al mismo tiempo, afirma ser la única voz de la mayoría silenciosa y presenta a todos los demás, sobre todo al establishment político, como enemigos de esa mayoría. La combinación de ambos aspectos es populista y caracteriza de manera muy marcada a AfD. Por eso utilizo ese término.

AfD surgió en 2013, en respuesta a la crisis europea de deuda, como un partido de protesta contra el euro, con una agenda contraria a la unión monetaria europea y a las ayudas financieras europeas. ¿Qué ocurrió desde entonces dentro del partido? ¿Cómo se produjo un desplazamiento tan marcado hacia la derecha?

En efecto, AfD comenzó como un partido situado más bien en el campo del conservadurismo euroescéptico. El tema del islam también estuvo presente desde temprano, aunque al principio no ocupaba un lugar tan destacado. A partir de 2015 se desarrollaron dos procesos paralelos. Por un lado, en el plano interno, ascendieron fuerzas radicales y extremistas que en aquel entonces se agrupaban en torno de la Plataforma Patriótica y la corriente interna del partido conocida como «el Ala» (Der Flügel). Estos grupos fueron ganando poder frente a los moderados encabezados por Hans-Olaf Henkel y Bernd Lucke. Frauke Petry, que pertenecía más bien al sector conservador de derecha, estableció una alianza táctica con las fuerzas situadas más a la derecha en su disputa interna con Lucke. Pero el fortalecimiento del ala derecha que resultó de esa alianza terminó llevando a la propia Petry a abandonar el partido en 2017 y a fundar uno nuevo.

En paralelo, en 2015 se produjo en Alemania la llamada «crisis del asilo»: los desplazamientos de refugiados que muchas personas percibieron como una crisis. Estos procesos se entrelazaron y se evidenció una cobertura mediática cada vez más negativa de la política de asilo, un descontento creciente en sectores de la población y un fortalecimiento de las fuerzas de derecha dentro de AfD.

Al comienzo de la pandemia, esa tendencia pareció detenerse. En un primer momento, AfD se mostró más bien dispuesto a respaldar el orden institucional, como ocurrió, por ejemplo, en el primer discurso de Alexander Gauland en el Bundestag durante ese periodo. Sin embargo, dentro del partido terminaron imponiéndose quienes buscaban atraer a los negacionistas de la pandemia y a quienes se oponían a las medidas para enfrentarla. Desde el punto de vista de AfD, fue una jugada inteligente, porque la oposición a esas medidas le permitió volver a erigirse en defensor de la democracia. Ya lo había hecho durante la crisis del euro. AfD participaba en manifestaciones llevando ejemplares de la Ley Fundamental, que incluso se podían comprar en la tienda del partido. Es típico de estas fuerzas presentarse como defensoras de la democracia y describir a todos los demás como quienes la socavan. Esa idea también aparece, con otras palabras, en el programa de principios del partido.

Desde entonces observamos una radicalización casi lineal de AfD. Los sectores situados más a la derecha marcan el rumbo del partido. Eso no significa que todos sean abiertamente contrarios al orden constitucional: todavía hay matices. Pero ya no hablaría de fuerzas moderadas con un peso significativo dentro de AfD. En su conjunto, es un partido populista de derecha.

Hoy las disputas internas se dan más bien entre personas, por ejemplo, entre sus dos copresidentes, Alice Weidel y Tino Chrupalla. Se trata, entre otras cosas, de quién puede asegurarse el respaldo de las organizaciones del partido en los estados del este de Alemania, que son muy poderosas, pero también muy radicales. Allí se ha producido recientemente un desplazamiento interesante. Hasta ahora, la figura que marcaba la pauta era Björn Höcke, presidente de AfD en Turingia. Si Ulrich Siegmund, tras su victoria electoral en Sajonia-Anhalt, se convierte en el primer dirigente de AfD en encabezar el gobierno de un estado, habrá conseguido algo que Höcke no logró. Y Siegmund obtuvo esa victoria con una manera diferente de presentarse: se mostró muy hábil y moderno, poco ideológico y más bien pragmático. Esto podría influir más en el estilo del partido en el futuro. El modelo de Höcke, muy ideológico y con un lenguaje muy particular, podría pasar a un segundo plano. Por supuesto, esas figuras seguirán existiendo. Höcke no es un caso aislado. Hans-Thomas Tillschneider, vicepresidente de AfD en Sajonia-Anhalt, también es un dirigente con formación ideológica que se ocupa de elaborar el programa. Pero es responsable del andamiaje ideológico y no está en la primera línea: no se postula para encabezar el gobierno. Por lo tanto, AfD no se ha vuelto en absoluto más moderado en sus posiciones, aunque sí más moderno en su manera de presentarse.

El avance de estas fuerzas no es un fenómeno exclusivamente alemán. En su libro Die globale Rechte. Geschichte, Erfolgsbedingungen, Auswirkungen [La derecha global. Historia, condiciones de éxito, consecuencias], usted distingue entre los partidos populistas de derecha y los de extrema derecha. ¿Cómo ubica a AfD en la comparación internacional? ¿En qué fuerzas encuentra referentes este partido?

Un referente importante para AfD es, sin duda, el Partido de la Libertad de Austria [FPÖ, por sus siglas en alemán]. Hay un intercambio intenso, también con el entorno de derecha radical del FPÖ, como el Movimiento Identitario y el dirigente político Martin Sellner. En segundo lugar, hay que mencionar al Fidesz húngaro, encabezado por Viktor Orbán. Su transformación del Estado convirtió a Fidesz en un modelo para partidos y movimientos de este tipo en todo el mundo, incluido Donald Trump. En tercer lugar, mencionaría el movimiento MAGA de Donald Trump. A los radicales de derecha del gobierno de Estados Unidos les conviene que AfD se fortalezca en Alemania, porque un gobierno liderado por AfD debilitaría a Europa en su conjunto en el escenario internacional. AfD, por su parte, aprovecha sus vínculos con los estadounidenses porque quiere aprender de sus estrategias.

Con otros partidos de la derecha europea, como los Hermanos de Italia o el Reagrupamiento Nacional francés, ha habido fricciones recurrentes, porque AfD ha defendido algunas posiciones que la derecha francesa no veía con buenos ojos. Al igual que otros partidos populistas de derecha europeos, Reagrupamiento Nacional, bajo el liderazgo de Marine Le Pen, emprendió un proceso de moderación para acercarse al centro político. AfD no ha seguido ese camino. Tampoco lo necesita, porque obtiene cada vez más éxito al mismo tiempo que se radicaliza. Pero eso hace que pertenezca a un grupo del Parlamento Europeo que no reúne a todos los populistas de derecha. En la comparación europea, AfD es, por lo tanto, una de las fuerzas más radicales de ese campo.

Con ese rumbo radical, AfD crece de manera sostenida desde hace años. Sus resultados récord en las tres elecciones regionales más recientes no fueron, por lo tanto, una sorpresa. Usted también ha subrayado que no se trató de votos de protesta. ¿Hasta qué punto se ha consolidado ese electorado? ¿Cómo construyó AfD una base de apoyo duradera y en qué sectores sociales?

No hay que imaginar que en 2013 AfD recibía el voto de personas moderadas y que ahora lo votan electores radicalizados. Diversos estudios muestran, más bien, que las cuestiones sociales y culturales –por ejemplo, las relacionadas con el islam– ya eran muy importantes entre sus votantes, más que el euroescepticismo. Ya en 2013, el voto a AfD no era una simple protesta, sino que estaba fuertemente motivado por sus posiciones. Eso no ha cambiado fundamentalmente. Pero hay algo más: una desconfianza estructural, que se ha ido consolidando, hacia las instituciones democráticas, en particular hacia los partidos y los políticos. Hoy, al igual que en aquel entonces, vemos que sus votantes tienen una visión muy negativa del «establishment político». Todo esto se combina con actitudes muy negativas hacia la inmigración y, en general, con posiciones muy de derecha. La clave está en la visión de la democracia de los votantes de AfD y en esta idea: «Pertenezco a una mayoría silenciosa. Esa mayoría es oprimida por los de arriba. Por lo tanto, nosotros, el pueblo, debemos recuperar la democracia». Que el partido se presente a sí mismo como la organización de los «verdaderos demócratas» no solo lo vuelve atractivo, sino que también contribuye a que los demás partidos dejen de resultar atrayentes para los votantes de AfD. Por eso, AfD cuenta con un electorado muy leal, no con votantes de protesta que van y vienen.

El éxito de AfD entre los trabajadores es particularmente llamativo: en Sajonia-Anhalt obtuvo 61% de los votos de ese sector. En Parteien im Stresstest [Los partidos puestos a prueba], el informe que publicó junto con Anna-Lisa Neuenfeld en julio de 2026 para la Fundación Friedrich Ebert, usted cuestiona la idea de que AfD sea un «nuevo partido obrero» y sostiene que la posición social, por sí sola, no explica el comportamiento electoral. ¿Cómo explica ese resultado tan contundente en la clase trabajadora? ¿Qué papel desempeñan los factores materiales y el temor a perder lo que se tiene?

Los trabajadores lo votan sobre todo cuando, al mismo tiempo, tienen posiciones de derecha. Como muestran, por ejemplo, los estudios de Cas Mudde y Tarik Abou-Chadi, los trabajadores con esas posiciones antes no votaban a la socialdemocracia, sino que se abstenían o votaban a la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Es decir, AfD consigue atraer a un sector específico de la clase trabajadora que probablemente tampoco habría estado al alcance de los partidos de izquierda, al menos de manera amplia. Sin embargo, no hay que olvidar que las cuestiones sociales sí impulsan el voto a AfD. Ocurre algo similar a lo que sucede en otros países: sus votantes no necesariamente padecen dificultades económicas en carne propia, pero tienen una visión negativa de la situación económica general y temen sufrir un descenso social. Esa combinación está relacionada con la percepción de las crisis económicas. Cuando se percibe una crisis, se activan determinadas actitudes populistas y de derecha. Los partidos capaces de amplificar esos temores son los que terminan recibiendo esos votos.

AfD no tiene éxito únicamente en el este de Alemania, pero allí sus resultados son especialmente buenos. Al mismo tiempo, mantiene una relación muy curiosa con la historia de Alemania oriental. Por un lado, se ha apropiado de «Nosotros somos el pueblo», la consigna de las movilizaciones democráticas de 1989 contra el régimen de la República Democrática Alemana (RDA). Por otro, en la celebración electoral de AfD en Sajonia-Anhalt se escuchó el himno de la RDA. ¿Qué identidad de Alemania oriental construye el partido con esa mezcla y por qué encuentra allí tanto apoyo?

En esencia, AfD no hace nada distinto de lo que hizo Ley y Justicia en Polonia, de lo que hace Fidesz en Hungría y de lo que también hace, en parte, el movimiento MAGA en Estados Unidos. Cultiva la idea de que hay que regresar a los «viejos buenos tiempos», cuando las cosas estaban mejor. Esa idea siempre está cargada de elementos identitarios. En Alemania oriental se puede construir a través de ciertos símbolos, como el hecho de que Ulrich Siegmund conduzca una Simson, una marca de motocicletas de la RDA. Pero AfD también apela a otra cosa: en el este de Alemania, la sensación de haber quedado relegados en lo económico y en lo político es inseparable de la percepción de que las propias biografías fueron desvalorizadas. Y esto no afecta únicamente a la generación que vivió directamente la transición de 1989: son relatos que se transmiten de una generación a otra. La idea de que los alemanes orientales son «ciudadanos de segunda clase» se ha convertido en una expresión habitual y se ha consolidado. De allí surge algo que suelo llamar «orgullo rabioso del Este»: la idea de que ahora hay que darles una lección a «los de arriba», que al mismo tiempo son «los del Oeste». Y algo de verdad hay en eso. Entre las experiencias de muchos alemanes orientales después de la transición, está la de haber tenido, de pronto, un nuevo jefe proveniente de Alemania occidental; también la de que se trate a Alemania oriental con condescendencia, que no se la tome en serio o que se ridiculicen determinados dialectos regionales. Todo esto alimenta una identidad herida que AfD sabe aprovechar muy bien. Pero también es necesario subrayar que AfD no es un fenómeno exclusivo del Este. Allí es más fuerte, al menos por ahora. Sin embargo, los motivos por los que se lo vota son comparables en el este y en el oeste de Alemania; y los de Alemania son comparables con los de Austria, Francia y, en parte, también Argentina.


Por razones históricas, resulta especialmente preocupante que una fuerza de extrema derecha gane tanto apoyo en Alemania. Vemos que AfD, en primer lugar, relativiza los crímenes del nacionalsocialismo, a punto tal que uno de sus fundadores calificó la época nazi como «una cagada de pájaro». En segundo lugar, reinterpreta la historia: el 21 de septiembre de este año la presidenta de AfD, Alice Weidel, calificó a Adolf Hitler como un «radical de izquierda». En tercer lugar, ataca la cultura de la memoria en Alemania: reclama un «giro en la política de la memoria» y el fin del «culto a la culpa». Al mismo tiempo, utiliza símbolos y elementos del nacionalismo étnico de la ideología nazi. ¿Cómo ve la relación entre AfD y el nacionalsocialismo alemán? ¿Qué visión de la historia alemana intenta establecer el partido?

Trazar una línea directa entre AfD y la ideología del nacionalsocialismo simplifica demasiado las cosas, porque también supone que la derecha radical y la extrema derecha solo existen en el contexto nacionalsocialista. No es así. AfD es un partido heterogéneo, aunque esa heterogeneidad sea limitada. Hay libertarios, conservadores nacionalistas, radicales de derecha y también extremistas de derecha. Y creo que AfD puede dar cabida a antiguos integrantes de grupos neonazis. Hay colaboradores del partido que pertenecieron a la Juventud Alemana Fiel a la Patria (Heimattreue Deutsche Jugend). Pero, si se considera a AfD en su conjunto, yo trazaría la relación más bien con la nueva derecha de la década de 1960. Esa derecha intentó reformularse tardíamente después de la Segunda Guerra Mundial, ante la constatación de que, quizá con la excepción de Italia, los partidos del fascismo clásico o sus sucesores ya no tenían éxito. Por eso, la derecha adoptó una nueva estrategia basada en Antonio Gramsci, que era, en realidad, un teórico de izquierda. Dicho de manera simplificada, a partir de entonces buscó preparar primero el terreno cultural y modificar el lenguaje para que sus ideas y sus conceptos arraigaran en la sociedad. Solo después vendría el acceso al gobierno. Esa es una estrategia que también observamos en AfD. La instalación del término «remigración» es un buen ejemplo. Para entender a AfD, me parece mucho más fructífero examinar esa relación con la nueva derecha que intentar vincularlo con la República de Weimar y con el nacionalsocialismo.

Usted ha advertido en numerosas ocasiones que sería ingenuo creer que AfD se volvería más moderado o perdería su atractivo una vez en el gobierno. Ahora está cerca de asumir el gobierno de Sajonia-Anhalt y ha anunciado que en diciembre impulsará la elección de Ulrich Siegmund como jefe del gobierno regional. Muchos temen que Sajonia-Anhalt se convierta en un laboratorio de políticas de extrema derecha. ¿Qué cuestiones cree que abordará e intentará transformar AfD desde el gobierno? ¿Con qué límites podría encontrarse? Y, más allá de Sajonia-Anhalt, ¿cuál es la estrategia de AfD para acceder al poder en Alemania?

AfD se beneficia de algo que suele considerarse un obstáculo: el reparto de competencias legislativas entre los estados y la Federación. Los estados han cedido la mayor parte de esas competencias al nivel federal. Esto se compensa a través del Bundesrat, la cámara que representa a los estados federados. Lo que les ha quedado es el ámbito de la cultura y la educación, y allí es donde AfD quiere actuar. Creo que para el partido es fundamental modificar los planes de estudio para generar una conciencia histórica diferente, otra mirada sobre Alemania como nación y también sobre la responsabilidad alemana en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Es un proyecto de largo plazo. AfD no busca una revolución desde el primer día, sino aplicar la estrategia de la nueva derecha que describí antes. Gobernar sería, en ese caso, una especie de medio para alcanzar un fin. También considero muy probable que, una vez en el gobierno, AfD retire a Sajonia-Anhalt de los acuerdos entre estados federados que regulan los medios de comunicación. Fue una de sus promesas centrales. Eso no tendrá grandes consecuencias, pero es un proyecto importante en el terreno de la política simbólica. Luego intentará, sin duda, asfixiar a la sociedad civil. Es muy probable que se recorten drásticamente las subvenciones del Estado, sobre todo a proyectos y organizaciones destinados a personas queer o a promover la democracia. Por último, las deportaciones son un tema muy importante para AfD. Las posibilidades de un gobierno regional son limitadas, porque existe un marco jurídico federal que el partido también debe respetar. Pero quiere aprovechar al máximo el margen disponible: por ejemplo, impulsar las deportaciones desde la administración y hacerlo de una manera que tenga repercusión pública. Todo esto marcará la política de Sajonia-Anhalt en los próximos años. Sin embargo, AfD también sabe que se encontrará con determinados límites. Para modificar, por ejemplo, el marco jurídico de la política de asilo o el derecho de residencia, necesita formar parte del gobierno federal. Ese es su objetivo final. Para alcanzarlo, dentro del partido circula la consigna de que hay que destruir a la CDU [Unión Demócrata Cristiana]. Si no cuenta con una mayoría propia, AfD necesita una CDU débil. Porque, si formara una coalición con una CDU fuerte en el gobierno federal, tendría que hacer muchas concesiones. Necesita una CDU/CSU debilitada e insegura para poder imponer también sus ideas en el nivel federal.

En varios países ya podemos observar cómo los populistas de derecha devoran a los partidos moderados y democráticos de centroderecha. ¿Hasta dónde ha avanzado AfD, a su juicio, por ese camino de «destruir a la CDU»? ¿Qué salida ve para la CDU y para la Unión Social Cristiana (CSU)?

El problema del bloque CDU/CSU es que se deja presionar mucho por AfD. Por cierto, esto no afecta solo a ese bloque, sino también a otros partidos, como el SPD [Partido Socialdemócrata de Alemania]. Con el tema de la inmigración, con sus posiciones sobre cuestiones sociales y culturales y con su lenguaje, AfD le impone el ritmo y lo lleva a una situación de inseguridad programática e ideológica. La CDU/CSU intenta responder adoptando parcialmente el lenguaje de AfD y desplazándose en parte en esa dirección. No asume exactamente sus posiciones, pero trata de encontrarse con sus votantes a mitad de camino. Y eso, a su vez, es un problema, porque las investigaciones muestran que así los partidos no recuperan votantes, sino que consolidan a los populistas de derecha. Ya es casi un lugar común, pero es cierto: los votantes eligen el original.

Por lo tanto, la estrategia de AfD funciona. Por un lado, los partidos conservadores intentan hacer frente al desafío. Pero, por otro lado, al hacerlo y buscar volverse más conservadores, terminan fortaleciendo todavía más a AfD. A mí también me sorprendió un poco que la CDU fuera el primero de los grandes partidos tradicionales en quedar fuera de un parlamento regional, al no superar el umbral de 5% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Sinceramente, pensaba que le ocurriría primero al SPD en un estado federal.

El bloque CDU/CSU debería abordar ahora dos cuestiones. Primero, tiene que definir qué significa el conservadurismo y qué lo distingue de esa derecha. Hoy esa diferencia no está nada clara para sus integrantes. En segundo lugar, al igual que el SPD, tiene un serio problema de dirigentes a nivel federal: actualmente no cuenta con figuras capaces de encarnar una renovación, sobre todo en la cúpula. Muchos de sus dirigentes son muy impopulares. Eso constituye, por supuesto, un enorme obstáculo para cualquier intento de renovarse.

La frustración con la democracia y con la política, decisiva para AfD, se alimenta hoy de un descontento con el gobierno federal alemán que ha alcanzado niveles históricos. En este contexto, ¿cómo pueden los partidos democráticos, y en particular los progresistas –Los Verdes, el SPD y La Izquierda–, recuperar la confianza en la democracia y en la política?

En el estudio Parteien im Stresstest [Los partidos puestos a prueba], Anna-Lisa Neuenfeld y yo señalamos que los partidos no disponen de soluciones rápidas. Los cambios tácticos coyunturales no permiten recuperar un vínculo duradero con los votantes. Es cierto que algunos partidos mostraron, en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y en Berlín, que podían contener un poco a AfD concentrándose en determinados temas. Pero se trata de construir una confianza duradera en los partidos, y para ello hacen falta, en primer lugar, visibilidad y representación. AfD consiguió hacerse visible en las estructuras locales, especialmente en el este de Alemania, allí donde los otros partidos ya no están presentes. Organizó fiestas ciudadanas y festivales de la democracia y jugó la carta de la identidad. Observamos algo muy parecido, aunque en menor medida, en la década de 1990, cuando el Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD) logró ofrecer actividades en regiones con debilidades estructurales. Ya entonces nos preguntábamos por qué los demás partidos no podían hacer lo mismo. Siempre se mencionan la falta de dinero y de estructuras. Pero AfD tampoco es tanto más grande ni más rico. Por lo tanto, la pregunta es por qué los demás partidos descuidan ese trabajo. Necesitan nuevas estrategias de acción y deben utilizar sus recursos limitados para tener más presencia en todo el territorio, y no solo durante las campañas electorales.

El otro punto es que los partidos solo son representativos de manera limitada. Y no me refiero a los temas. Los temas que preocupan a los votantes de AfD han recibido una atención enorme. La inmigración es un buen ejemplo de ello. Donde la representación está realmente distorsionada es en la representación descriptiva: ¿quiénes hacen política en los partidos y en los parlamentos? Suelen ser personas con formación universitaria, en su mayoría abogados o politólogos, hombres, blancos –esto último resulta menos problemático para AfD– y de mayor edad. Armin Schäfer ha mostrado, entre otras cosas, que esto conduce a decisiones políticas sesgadas. Los intereses de los sectores socialmente más favorecidos tienen más posibilidades de traducirse en políticas que los de los demás; eso está demostrado. También hay una dimensión simbólica: ¿pueden los partidos y los políticos, por sus maneras de ser y por su lenguaje, conectar con las personas a las que deberían representar? Para Los Verdes, por ejemplo, esto es menos problemático, porque su electorado tiene una marcada formación universitaria. Pero para partidos como el SPD, y también para la CDU, es un problema no poder contar en la primera línea con personas que transmitan realmente esa cercanía en los valores y en la manera de ser. Es significativo que Claudia Moll, una de las pocas trabajadoras sin estudios universitarios del grupo parlamentario del SPD en el Bundestag, sea puesta muchas veces en primer plano precisamente por esa condición. Que se la presente como una excepción muestra lo poco representativo que es el SPD. Cuando un partido representa mejor a la sociedad, también puede abordar con mayor credibilidad determinados temas que la gente efectivamente quiere que se atiendan.

En cambio, hoy los partidos parecen atrapados en la tecnocracia. El fortalecimiento de AfD también ha llevado a los demás a actuar en un plano muy pragmático. El actual gobierno federal, integrado por la CDU/CSU y el SPD, ha presentado muchos proyectos de ley, pero falta el «¿para qué?». Falta una visión creíble de largo plazo. Falta la confianza en que los temores –que no tienen solo los votantes de AfD, sino también, por ejemplo, los jóvenes– sean realmente escuchados y tomados en serio. Este problema de representación también tiene un componente programático importante que los partidos deben abordar.

Después de los últimos éxitos electorales de AfD, el debate sobre un posible proceso de prohibición del partido ha cobrado nuevo impulso. ¿Cómo evalúa la opción de presentar ahora una solicitud de prohibición ante el Tribunal Constitucional Federal? ¿Qué problemas podría resolver y cuáles seguirían existiendo?

La prohibición de partidos no existe como instrumento en todas las democracias. De hecho, surgió de una manera muy específica de la historia alemana. Y plantea un dilema. Por un lado, se busca proteger el orden constitucional liberal y democrático. Pero también se interviene en la soberanía popular, porque la formación de la voluntad política se expresa mediante la elección de partidos. Si se saca a uno de ellos del juego, se afecta la representación de los ciudadanos a los que pretende representar.

La decisión política consiste únicamente en presentar la solicitud correspondiente ante el Tribunal Constitucional Federal y poner así en marcha el procedimiento. Después decide el Tribunal. Una de las preguntas es qué ocurre si, al final del proceso, el partido no es prohibido. Por supuesto, podría sostener que el Tribunal Constitucional le ha otorgado, por así decirlo, un certificado de legitimidad democrática. Pero, a mi juicio, ese riesgo es secundario, porque no se trata de una cuestión jurídica, sino de una cuestión política que habrá que afrontar. No esperaría que eso le aportara más votantes a AfD, porque, desde mi perspectiva, la posibilidad de que se prohíba o no el partido no desempeña un papel importante en la decisión de voto.

La segunda pregunta es qué pasaría con sus votantes si se lo prohibiera. Sabemos que casi no tienen otra opción dentro del sistema de partidos, porque desconfían de manera fundamental de las demás fuerzas. Puedo imaginar que algunos se pasarían a la CDU y otros a la Alianza Sahra Wagenknecht, que recientemente pasó a llamarse Alianza por la Justicia Social y la Racionalidad Económica. Pero supongo que la mayoría volvería a la abstención, porque una gran parte de los votantes de AfD proviene precisamente de allí.

Un aspecto que fue decisivo para que el Tribunal Constitucional Federal no prohibiera al NPD en 2017 probablemente ya no represente un obstáculo en el caso de AfD: la llamada «potencialidad», es decir, las posibilidades de éxito político. En su caso, esas posibilidades están claramente dadas. A la luz de sus resultados electorales, no se puede sostener que AfD carezca del peso suficiente para dañar la democracia. Por lo tanto, queda por examinar si efectivamente es contrario al orden constitucional y si busca eliminar el orden democrático y de libertades establecido por la Constitución.

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