Un neoliberalismo del suelo y la sangre
Entrevista a Quinn Slobodian
Nueva Sociedad 318 / Junio - Julio 2025
La actual extrema derecha es más una rama del proyecto neoliberal que una reacción en su contra. En un nuevo «fusionismo», ha logrado combinar la competencia de mercado con ideas importadas de la neurociencia, la psicología evolutiva y la genética.
En sus últimos tres libros, Quinn Slobodian, profesor de Historia Internacional en la Universidad de Boston, ha enriquecido nuestra comprensión de la historia del neoliberalismo. Globalistas (2018)1 contaba la historia de los neoliberales que buscaron construir un orden global para proteger el capitalismo, un relato que desafiaba la extendida idea de que neoliberalismo es sinónimo de antiestatismo. El capitalismo de la fragmentación (2023)2 mostraba cómo ese mismo impulso de blindar el capitalismo llevó a los radicales promercado a apoyar la fragmentación de la soberanía en microterritorios donde pudieran reinar el capital y las fuerzas competitivas. Y en su libro más reciente, Hayek’s Bastards [Los hijos bastardos de Hayek]3, Slobodian sostiene que la extrema derecha contemporánea se entiende mejor si se la considera una rama del proyecto neoliberal y no una reacción en su contra. La derecha radical ha logrado combinar exitosamente la competencia de mercado con ideas importadas de la neurociencia, la psicología evolutiva, la genética y otras ciencias naturales, un «nuevo fusionismo» con ecos del viejo darwinismo social. En esta entrevista, Slobodian habla sobre su último libro, la política de la era Trump y el futuro del neoliberalismo.
Hayek’s Bastards es, en cierto modo, una prehistoria de la derecha alternativa (alt-right) o de la extrema derecha contemporánea. ¿Qué distingue a la derecha alternativa? ¿En qué se equivocan la mayoría de los relatos sobre sus orígenes?
Definiría la derecha alternativa, o extrema derecha, como un intento de desarmar la obra del humanismo liberal igualitario de los últimos 200 años y restaurar un orden jerárquico, basado en las diferencias naturales entre los seres humanos. Ese orden puede remitir principalmente a la ciencia, a la religión o a interpretaciones más populares de esencias tradicionales.
¿Qué es lo más importante que se ha pasado por alto? Desde 2016, aproximadamente, la extrema derecha ha sido presentada como una reacción contra el neoliberalismo y un intento de proteger a la gente de las presiones de un orden demasiado despiadado y competitivo. En la izquierda hay quienes la ven como una versión de lo que Karl Polanyi llamó «doble movimiento»: una vez que las personas han sido extraídas de su contexto social y obligadas a tratarse mutuamente como objetos, se produce una reacción por la cual la gente intenta protegerse y reinsertarse de una forma nueva. Polanyi siempre tuvo muy claro que esto podía provenir tanto de la derecha como de la izquierda. De hecho, en el contexto en que escribía, en la década de 1940, era casi más probable que proviniera de la derecha.
Hubo una tendencia a copiar y pegar sin más esa interpretación durante el auge del movimiento maga [Make America Great Again], el Brexit y varios fenómenos de extrema derecha en Europa y más allá. Yo quise mostrar que algunos de los pensadores más influyentes dentro de esta nueva formación de extrema derecha operaban de manera bastante distinta. No buscaban revertir ni contrarrestar la competencia capitalista, sino que, en realidad, aceleraban el conflicto de suma cero propio del mercado. Esa parecía una perspectiva faltante, y sentí que era necesario incorporarla para hacernos una imagen correcta del adversario.
¿Cuándo empezó a darse esta formación? ¿Qué tipo de problemas abordaban que los neoliberales que los precedieron no habían abordado?
Al igual que en mi libro anterior, El capitalismo de la fragmentación, mucho de esto es una trama post-Guerra Fría. Es una suerte de historia revisionista de los años 90. El desenlace efectivo de la confrontación histórica mundial entre el bloque soviético, por un lado, y el liderado por Estados Unidos, por el otro, dejó a la gente con la pregunta de si en verdad se había creado un nuevo mundo, o si el enemigo había cambiado meramente de color o apariencia exterior. Gran parte de lo que describo como la extrema derecha contemporánea cristalizó en ese momento en que la gente encontró nuevos enemigos para combatir más allá del comunismo. Estos enemigos tomaron la forma del movimiento ambientalista, el movimiento feminista, el movimiento antirracista y las demandas de derechos para la población queer. La idea de construccionismo social y la creencia de que la identidad podía reinventarse como un producto de consumo se volvieron aterradoras para la gente de extrema derecha.
Esa creencia de que el enemigo había pasado del rojo al verde y al fucsia se convirtió en el polo unificador de oposición para quienes, de otro modo, no podrían haber actuado en conjunto, entre ellos neoconfederados, tradicionalistas cristianos y anarcocapitalistas como Murray Rothbard y Lew Rockwell. Puede que no tuvieran mucho en común, pero sí compartían la creencia de que, si bien el socialismo había muerto, el leviatán seguía vivo y había que combatirlo por otros medios.
Usted lo llama «nuevo fusionismo». ¿Cuál es la esencia de este proyecto? ¿Reemplaza al antiguo fusionismo de la derecha o se basa en él?
Hay una forma muy conocida de describir el movimiento conservador en eeuu como un movimiento de fusión entre personas interesadas principalmente en la libertad económica y el liberalismo de mercado, por un lado, y personas enfocadas en los valores cristianos y el orden tradicional, por el otro. Los historiadores han descrito una alianza entre estas dos alas de la derecha estadounidense a partir de la década de 1950, a la que posteriormente se puede ver ganando cierto poder en el gobierno de Ronald Reagan y en el segundo mandato de George H.W. Bush.
El nuevo fusionismo que describo en el libro comienza a conformarse en la década de 1990. Quienes discutían sobre los peligros del Estado y la persistencia del socialismo y sobre la necesidad de defender el capitalismo y la libertad económica comenzaron a apelar ya no a categorías religiosas, sino a categorías científicas: en particular, la biología evolutiva, la psicología cognitiva e incluso las pseudociencias raciales. Este fue un campo en el que se observó un gran entusiasmo y efervescencia intelectual en los años 90, en especial cuando libros como The Bell Curve [La curva de campana] popularizaron ideas sobre las diferencias raciales y la inteligencia, y avances científicos como el proyecto del genoma humano parecían mostrar que nuestros cuerpos contenían un tipo particular de verdad que ningún académico de humanidades del mundo podía negar4. La apelación a la ciencia se convirtió en un modo eficaz de dar esa lucha en el ámbito de las ideas: en la academia, en las páginas de las revistas y en los programas de entrevistas. De alguna manera, tenía más solidez que la tradicional apelación a la doctrina cristiana.
Como ocurre con todas las formas de éxito de la derecha estadounidense, y también de la izquierda, no se trata tanto de sustituir completamente una cosa por otra, sino más bien de sumar un ancho y caudaloso torrente de influencias. Hay mucha gente de extrema derecha para la cual la creencia religiosa sigue siendo un factor motivador fundamental. Y algunas de las personas sobre las que escribo en el libro fueron muy hábiles para combinar elementos en apariencia distantes entre sí, como el cristianismo evangélico y la creencia en que es necesario volver al patrón oro. Hubo una forma acrobática de unir los hilos de la ciencia y la ideología del libre mercado, a veces incluso entrelazándolos con la doctrina cristiana.
En algunos casos, esto parece menos una cuestión de ideas incompatibles unidas por necesidad política, y más una cuestión de afinidades, de ideas que se refuerzan mutuamente.
Creo que es mejor entenderlas como ideas en movimiento. El interés que despiertan no radica en su pureza doctrinaria ni en su perfección teórica. Son ideas que resultan útiles en diferentes momentos de movilización política como puntos de consenso entre grupos a menudo muy diferentes entre sí. Esto es evidente en el John Randolph Club, una organización política emergente de la década de 1990, similar a la Sociedad Mont Pelerin, pero mucho más pequeña. El club intentaba descubrir qué podían encontrar en común dos grupos de personas que aparentemente no compartían muchas ideas, en aras de la estrategia política.
Uno de los puntos interesantes a los que llegaron fue la idea de comunidad contractual. Ya sea usted un anarcocapitalista que no cree en Dios y cree en el derecho a elegir libremente a su pareja sexual, o un cristiano tradicionalista que cree en la necesidad de preservar el matrimonio heterosexual, en cualquier caso puede estar de acuerdo con la idea de que los Estados no deberían imponer una u otra forma de comportamiento sexual, y que estos asuntos deberían ser decididos por comunidades de libre contrato, separadas unas de otras, lo que en El capitalismo de la fragmentación llamo secesión suave o microordenamiento. Esta idea surge de una discusión política estratégica, no de alguien que se dirige a la cima de una montaña para dilucidar cuál es la versión más pura de una sociedad libre. Eso es lo que encuentro perversamente inspirador en algunas de estas cuestiones. Incluso si uno es crítico, como yo, resulta estimulante ver a gente que entiende que las ideas tienen impacto. No son simplemente objetos prístinos para mantener tras un cristal en un museo o en un aula, sino que deben ponerse en contacto con la gente común y con proyectos de transformación social.
Una de esas ideas útiles es la de coeficiente intelectual. El pensamiento y los estudios sobre el coeficiente intelectual desempeñan un papel importante en la extrema derecha contemporánea. Una noticia reciente me hizo comprender cómo piensa la derecha sobre la inteligencia: Trump atribuyó una serie de incidentes de aviación a la contratación de controladores aéreos bajo las políticas de diversidad, igualdad e inclusión [dei, por sus siglas en inglés] y, según se informa, sugirió reemplazarlos por «genios del mit [Instituto Tecnológico de Massachusetts]» para solucionar el problema.
Usted sostiene que, si bien las ideas de libros como The Bell Curve han sido refutadas empíricamente muchas veces, también es importante comprenderlas desde la óptica de la economía política. ¿Cómo nos ayuda esto a entender por qué el coeficiente intelectual se volvió tan importante?
Eso me lleva a otra perspectiva que quiero incorporar. La extrema derecha de la década de 1990 suele analizarse estrictamente en términos culturales y políticos. Estoy intentando introducir la cuestión del capitalismo y preguntar con qué tipo de economía política operaban implícitamente y qué tenían en mente en términos prescriptivos. El coeficiente intelectual es una expresión eugenésica que encaja muy bien en la era de la información, porque no se refiere principalmente a los actores económicos humanos como trabajadores en el sentido manual o físico. Se enfoca en su capacidad cognitiva para resolver problemas complejos y para manipular objetos mentalmente en formas que los vuelvan más hábiles como trabajadores administrativos, ingenieros de software y trabajadores intelectuales de diversos tipos. En la década de 1990, la vanguardia de la competitividad estadounidense residía en la alta tecnología y la investigación y había que seleccionar a personas que se destacaran en esos aspectos específicos.
Ese era el discurso predominante en aquella época, y podría decirse que sigue siéndolo. El lenguaje de la meritocracia fue tan dominante, en especial en la izquierda liberal, desde la década de 1990 hasta la era de Barack Obama, que terminó validando este fetichismo sobre el coeficiente intelectual, porque plantea que existen diamantes en bruto que pueden ser descubiertos y que deberían ser recompensados por su brillantez individual. Los racistas del coeficiente intelectual están de acuerdo con eso, pero van un paso más allá al afirmar que si podemos cuantificar con objetividad la capacidad cognitiva de alguien, entonces debe haber, estadísticamente, algún tipo de distribución a lo largo de una curva, y eso se puede determinar con cierta precisión según los puntos de origen demográfico de las personas.
La extrema derecha nace de estos debates populares y luego los retuerce de una manera que los vuelve políticamente repulsivos. Pero no opera desde un universo conceptual totalmente diferente. Basta pensar en las calcomanías pegadas en los coches y en los letreros en jardines que se veían durante el primer gobierno de Donald Trump con la leyenda «Confía en la ciencia» o «Creo en los científicos». Los nuevos fusionistas estarían de acuerdo, solo que con una idea diferente de lo que es la ciencia. Para quienes critican a la extrema derecha, sería demasiado sencillo relegar esa ideología a un ámbito de irracionalidad y misticismo que se puede refutar con facilidad. A menudo opera con el mismo espíritu de investigación rigurosa que nosotros, solo que a través de un marco y un instrumental epistemológicos diferentes.
Cuando algunas de estas ideas emergen por primera vez, muchos las consideran marginales. Pero luego se abren paso hacia la popularidad, de la misma manera que lo hizo The Bell Curve. ¿Ve algún punto de despegue donde el nuevo fusionismo empezó a lograr más hegemonía, en la derecha y fuera de ella?
Si reducimos la extrema derecha a la palabra «odio» o «resentimiento», entonces todo lo que habría que hacer sería disipar la falsa conciencia de la gente: el modelo que plantea el libro What’s the Matter with Kansas? [¿Qué le pasa a Kansas?] de gente que vota en contra de sus intereses económicos. Sin embargo, si se sigue a algunos de estos pensadores, se observa que gran parte de este discurso estuvo borboteando en el fondo desde el principio. Un ejemplo que utilizo en el libro es el de Peter Brimelow. Fue el fundador de VDare.com, uno de los sitios web nativistas y antiinmigración más importantes. A veces se lo describe como una especie de padrino de la derecha alternativa, vinculado a Larry Kudlow y Roger Ailes. Y a partir de la década de 1980 publicó artículos de opinión en el Financial Post y en Forbes, donde planteaba ideas sobre el racismo científico y diferencia racial, ideas provocativas sobre la necesidad de seleccionar a los inmigrantes en función de la raza. Estos mismos debates se prolongaron en la década de 1990 alrededor de figuras como Pat Buchanan y William F. Buckley.
Siempre ha existido una parte no del todo subterránea de la extrema derecha dispuesta a considerar ideas que ahora, en retrospectiva, suenan alarmantes. Existía una especie de política de respetabilidad dentro del propio Partido Republicano, que hacía que algunas de estas ideas parecieran más marginales, en el sentido de que no se les daba una plataforma dentro del Congreso o la Casa Blanca. Por más extremas que fueran las acciones de George W. Bush, durante su mandato nunca se dedicó a «plantear preguntas» sobre diferencias raciales. Por eso, 2016 sigue siendo un momento impactante, porque muchas de estas discusiones salieron repentinamente a la luz pública.
Pero The Bell Curve, un intento de revivir las pseudociencias raciales, fue un éxito de ventas. Amanda «Binky» Urban, una de las agentes literarias más importantes de la ciudad de Nueva York, representaba a Charles Murray –coautor de The Bell Curve–. Alien Nation [Nación foránea], de Brimelow, se publicó en 1995, y su agente era Andrew Wylie, que sigue siendo uno de los agentes literarios más poderosos. Ese libro básicamente escribió el guion de lo que está sucediendo ahora con la política migratoria en EEUU. Esto ya se sabía. Se escuchaba en la radio. Aparecía en sitios web. Ocasionalmente llegaba a artículos de opinión y columnas. Ahora, Trump ha emitido una orden ejecutiva sobre el Instituto Smithsoniano en la que critica una muestra de arte por negar el hecho de que la raza se base en diferencias biológicas5. El argumento del «realismo racial» ahora forma parte de la reforma cultural de la derecha, y fue una pequeña cause célèbre en torno de best-sellers como The Belle Curve y Alien Nation, que ayudaron a romper tabúes y a volver a poner en circulación ciertos discursos entre las elites, los periodistas y los académicos.
En un artículo que escribió para The New York Review of Books en febrero de este año, puntualiza tres tendencias respecto de la gente que integra y rodea el gobierno de Trump. Está el mundo del capital privado y los inversores de deuda en dificultades, la nueva derecha que se formó en oposición al New Deal y, finalmente, la derecha aceleracionista con presencia en internet6. Tenía curiosidad por saber cómo se superponen estas divisiones con la historia que usted cuenta en el libro. ¿Han logrado los «hijos bastardos de Hayek» la hegemonía completa en la derecha? ¿Respiran todas estas facciones el mismo aire ideológico?
La versión del neoliberalismo que describí en Globalistas era muy legalista. Se trataba del diseño de marcos regulatorios que consolidarían el libre comercio, los derechos de propiedad y la posibilidad de disrupción por parte de nuevos participantes en el mercado, y que crearían mercados donde no los había. Era una versión del neoliberalismo que consideraba el Estado una herramienta muy útil para el control y la protección de los mercados. No me ocupé tanto del tipo de personas que operarían dentro de esos marcos. La naturaleza humana no era el principal objeto de investigación o interés de aquellos hayekianos que, desde la década de 1930 hasta la de 1990, se dedicaron a concebir un marco para la globalización.
Lo que distingue a esta nueva generación es que está muy enfocada en la naturaleza humana. Le interesa menos el rediseño de los sistemas que devolver la iniciativa y el poder a grupos mucho más pequeños. Mi argumento en el artículo de The New York Review of Books era que, al igual que los paleoconservadores a principios de la década de 1990, estas figuras hoy pueden estar de acuerdo en que la existencia de un Estado grande y relativamente bien financiado es problemática en sí misma, y en que una buena parte de las condiciones de vida de las personas debería estar en manos de actores privados fuera de toda supervisión. Somos o bien clientes de proveedores de servicios o bien una alianza de comunidades de personas afines autosuficientes y autogobernadas. Ese desplazamiento del enfoque desde el sistema o el marco de alto nivel hacia el individuo y la cuestión de quién es un ser humano valioso –quién debería tener permitido formar parte de la comunidad– es algo que comparten los sectores insurgentes más poderosos de la derecha en este momento.
El nuevo fusionismo que describo posiblemente haya triunfado, en el sentido de que tanto el ala tecnolibertaria como la derecha tradicionalista coinciden en que existe una jerarquía identificable de seres humanos que podría medirse de una forma u otra, y que el objetivo de diseñar nuevas leyes y nuevos sistemas es determinar quién debería quedar adentro y quién afuera. Ese sistema de inclusión y exclusión es una nueva variante de la racionalidad neoliberal, pero dudo en considerarlo simplemente como más del mismo neoliberalismo. Este cambio de «proteger el sistema» a «clasificar la naturaleza humana» es algo que altera profundamente los supuestos sobre cómo deberían organizarse, o incluso desmantelarse, los Estados.
¿Cuál es la situación de los neoliberales que no han dado este giro, ya sea porque adhieren a un pensamiento más economicista o porque tienen creencias más progresistas?
El ala de buena fe del movimiento neoliberal, que valora la libertad económica por encima de otras libertades, pero espera no tener que sacrificar todas las demás para conseguirla, también se ha adaptado. Quizá recuerde usted el movimiento «ne0liberal» [sic] de hace unos años: jóvenes libertarios que intentan revitalizar el movimiento neoliberal. Los hayekianos de buena fe más consistente son aquellos que interpretan su metáfora evolutiva en el sentido de que no podemos determinar de antemano qué surgirá de una sociedad de mercado; lo mejor que podemos hacer es introducir restricciones mínimas a los individuos para que estos puedan encontrar su camino hacia sus propios deseos, lo que de alguna manera se sumará al conjunto colectivo de placeres y capacidades imaginativas humanas.
¿Qué están haciendo ahora? Están impulsando la agenda de la abundancia. (Esto definitivamente no significa plantear que el concepto de «abundancia» está, como consecuencia, contaminado). Si uno cree en el potencial creativo del mercado y en su capacidad para llevar a cabo un proceso de descubrimiento a través de la exploración individual, la innovación y la competencia, entonces es necesario buscar aliados que estén dispuestos a crear sistemas abiertos que le proporcionen acceso a un conjunto diverso de agentes potenciales y participantes inventivos en el mercado que se espera construir. Con el globalismo neoliberal a la defensiva, tiene sentido que los neoliberales de buena fe hayan cambiado de estrategia y hayan comenzado a ver cómo podrían trabajar productivamente dentro de un marco más nacionalista. Para mí, una de las confusiones en torno del debate sobre la abundancia es que no se está llevando a cabo en referencia a la agenda económica de Joe Biden. Porque eso es lo que están describiendo: un esfuerzo de reingeniería del Estado para permitir la inversión hacia fines socialmente deseables, sin quitarles capacidad de acción a los actores privados del mercado, y, de hecho, reduciendo el riesgo de su actividad.
Si usted cree, como creía Hayek, que la calidad de un sistema se puede medir en el número de humanos que es capaz de producir –que el cálculo de costos es el cálculo de vidas–, entonces debería estar más abierto a emular a los competidores exitosos. Los neoliberales fascinados por el modelo chino probablemente sean más fieles al espíritu del economista austriaco que aquellos que han comenzado a invertir tanta atención en el suelo y en la sangre.
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Dissent, 29/4/2025. Traducción: Carlos Díaz Rocca.
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1.
Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo, Capitán Swing, Madrid, 2021.
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2.
El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia, Paidós, Barcelona, 2023.
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3.
Hayek’s Bastards: Race, Gold, IQ, and the Capitalism of the Far Right, Zone Books, Princeton, 2025.
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4.
Richard J. Herrnstein y Charles Murray: The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life, Simon & Schuster, Nueva York, 1994.
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5.
Max Matza: «Trump ordena purgar los famosos museos Smithsonian de ideología ‘antiestadounidense’» en BBC Mundo, 28/3/2025.
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6.
Q. Slobodian: «Speed Up the Breakdown» en The New York Review of Books, 15/2/2025.

