En defensa de los archivillanos woke de la filosofía
mayo 2026
El comentario de un emprendedor tecnológico francés, republicado por Elon Musk y otros referentes de la extrema derecha, permite volver sobre la French Theory, a menudo señalada como responsable de la «decadencia de Occidente». La paradoja está servida: muchos de quienes se erigen en defensores de la verdad y la razón apoyan el ecosistema tecnológico que produce desinformación industrial a escala global.
El 15 de mayo pasado, el emprendedor tecnológico francés Brivael Le Pogam publicó un comentario en la red X que rápidamente se hizo viral tras su republicación por Elon Musk, Javier Milei y múltiples referentes políticos e ideólogos de las nuevas derechas. El texto comienza así: «Quiero presentar mis disculpas, en nombre de los franceses, por haber dado a luz a la French Theory (que ha dado a luz a la peor de las mierdas ideológicas: el wokismo). Hemos dado al mundo a Descartes, Pascal, Tocqueville. Y luego, en las ruinas intelectuales del post-68, hemos dado a Foucault, Derrida, Deleuze. Tres hombres brillantes que han fabricado, en la elegancia de nuestra lengua, el arma ideológica que hoy paraliza a Occidente». A continuación, el texto de Le Pogam intenta detallar las razones por las cuales la filosofía francesa contemporánea y, en particular, estos tres pensadores serían los principales culpables de la «decadencia de Occidente». Evidentemente, este tipo de posiciones no son nuevas en los discursos de las derechas reaccionarias del siglo XXI. Sin embargo, resulta interesante tomar en consideración este breve posteo para responder las inexactitudes, reduccionismos, mala intención y e ignorancia de este ataque remanido; una cantinela que ya tiene como mínimo una década hacia la tradición filosófica contemporánea de Francia.
En primer lugar, Le Pogam afirma: «Foucault enseñó que la verdad no existe, que solo hay relaciones de poder disfrazadas de saber. Que la ciencia, la razón, la justicia, la institución médica, la escuela, la prisión, la sexualidad, todo es solo una puesta en escena de la dominación». Antes que nada, resulta fundamental decir que la verdad como problema filosófico existe desde el inicio de la filosofía occidental. Precisamente, lo que los filósofos hicieron a partir de Sócrates fue interrogarse sobre la universalidad de la verdad y de determinados conceptos y valores (lo bello, lo justo, lo bueno). Esa interrogación se agudiza desde los siglos XVII y XVIII con la emergencia de la gnoseología moderna –Descartes, Locke, Hume, Kant–, en la cual el criterio de verdad es objeto de disputa entre racionalistas, empiristas e idealistas trascendentales. En otros términos, la verdad nunca fue en la tradición filosófica occidental un absoluto, sino un terreno en litigio ya desde el ataque de los sofistas a Platón.
En este sentido, la verdad como un absoluto no tiene lugar en el territorio filosófico (en todo caso, lo tendrá en la religión, donde es dogma de fe). Por su parte, Michel Foucault, en Las palabras y las cosas (1966), postula que más que existir una «razón universal» hay racionalidades que, al depender de condiciones de posibilidad históricas, producen verdades o discursos con efectos de verdad determinados históricamente. Pero eso no quiere decir que no exista la verdad. Por el contrario, la verdad histórica, social, política, económica existe en ciertos marcos epistémicos que van cambiando. Foucault no se refiere a la verdad del conocimiento necesario (como el matemático), propio de una razón instrumental (que nos posibilita hacer cálculos: es evidente que uno más uno siempre será dos), sino a la del conocimiento contingente, de las ciencias sociales y humanas, que es el resultado de pujas interpretativas al menos desde el siglo XVIII.
En segundo lugar, Le Pogam sostiene que todas las instituciones son una puesta en escena de relaciones de dominación. Esto es no comprender absolutamente nada de la analítica del poder foucaultiana, que plantea de manera explícita que el poder no funciona mediante la dominación (cuestionando así la hipótesis represiva freudomarxista), sino a través de la producción. En la perspectiva de Foucault, desde los siglos XVII y XVIII, el poder es esencialmente productivo, vale decir, los individuos son el resultado no de la opresión, sino de la fabricación de los diferentes tipos de dispositivos de poder a través del imperio de la norma. La normalización no es mera dominación; en todo caso, es una matriz o un diagrama social, una arquitectura de saber que produce individuos disciplinados y productivos, como la prisión, coherente con un modo de castigo propio de una sociedad y una época, la de Europa de fines del siglo XVIII y todo el siglo XIX, que pedía acumulación de cuerpos y de capital, no tortura en la plaza pública; se necesitaban cuerpos disciplinados y dóciles insertos en un esquema productivo.
El reduccionismo de entrelazar necesariamente la verdad al poder es un doble juego malintencionado o ignorante de Le Pogam que ocluye dos cuestiones. Por un lado, que la verdad histórica, moral, social o económica no es algo neutral u «objetivo», sino el resultado de una lucha interpretativa de un modo más o menos explícito, en la cual las instituciones juegan su juego en la correlación de fuerzas sociales. Pensemos solamente en la Iglesia católica, que claramente impuso una lectura hegemónica de la bondad, de lo que significa ser «buena persona» (alguien altruista, modesto, humilde, casto, manso, etc.), que fue cuestionada por diversos pensadores (Nietzsche o Ayn Rand, por ejemplo, ninguno de ellos precisamente progresista).
Por otro lado, Foucault no reduce la verdad al poder; nos muestra más bien que la verdad existe como una cristalización que es el resultado de una interpretación victoriosa petrificada e inmovilizada en el devenir de la historia. Más adelante, en su último curso en el Collège de France, El coraje de la verdad (1984), Foucault recupera la figura griega del parrhesiastes –quien dice la verdad aunque ello implique confrontar lo establecido– precisamente para reivindicar un discurso verdadero capaz de interpelar y resistir al poder del Estado. «La parrhesía es, por ende, el coraje de la verdad en quien habla y asume el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que concibe, pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como cierta la verdad ofensiva que escucha». Es decir, Foucault no disuelve la verdad en el poder: la reinstala como gesto de resistencia, como acto ético y político.
En tercer lugar, Le Pogam nos dice: «Derrida enseñó que los textos no tienen un sentido estable, que todo significante resbala, que toda lectura es una traición, que el autor está muerto y que el lector reina». Esto no necesariamente debe ser algo malo ni peyorativo. ¿Quién puede arrogarse el derecho de conocer el sentido estricto que un autor quiso referir en un texto? A veces ni siquiera el mismo autor tiene en claro cuál es su intención plena al escribir algo. En el fondo, el ataque a Jacques Derrida residirá en su supuesto relativismo, cuando en rigor podríamos decir que la llamada «deconstrucción» derridiana no es un método sino una forma de leer textos de la tradición filosófica para intentar mostrar que son los propios filósofos quienes nos brindan las armas para criticarlos y abrir así una nueva dimensión interpretativa. Esto, lejos de ser propio de la «posmodernidad», es algo que sucede en la filosofía desde la Antigüedad: toda traducción e interpretación es una lectura particular que en general es contraria o infiel al autor, lo que podemos ver desde la forma en que Aristóteles lee a Platón mostrando las costuras de su teoría de las ideas para atacarla.
Lejos del nihilismo que Le Pogam le atribuye, Derrida fue un pensador profundamente comprometido con la justicia. En Fuerza de ley (1994), distingue explícitamente entre el derecho -que es deconstruible porque es una construcción basada en normas históricas, interpretaciones, instituciones y relaciones de poder- y la justicia, que para él es irreductible e indeconstruible; funciona como una exigencia nunca completamente realizable, que impulsa la crítica y la transformación del derecho.
En cuarto lugar, Le Pogam señala: «Deleuze enseñó que hay que preferir el rizoma al árbol, el nómada al sedentario, el deseo a la ley, el devenir al ser, la diferencia a la identidad». En rigor, lo que el autor de Diferencia y repetición (1968) hace es oponer dos ontologías (la arbórea y la rizomática), que a su vez remiten a dos epistemologías disímiles. Ahora bien, la lógica del rizoma no es nueva, sino que se sirve de antecedentes ya presentes desde la Antigüedad, con los estoicos griegos y su noción de acontecimiento, hasta Spinoza o Nietzsche. Lo que en definitiva hace Deleuze es reconstruir una tradición occidental no suficientemente valorada, que tiene más de 20 siglos y que nos permite iluminar una dinámica que no parta de la raíz ni del territorio, sino de la proliferación anárquica de la diferencia como afirmación de la vida.
Prosigue Le Pogam: «Tomadas aisladamente, son tesis discutibles. Combinadas, exportadas, vulgarizadas, forman un sistema. Y ese sistema es un veneno. Porque esto es lo que pasó. Estos textos, ilegibles en Francia, cruzaron el Atlántico. Los departamentos de Yale, de Berkeley, de Columbia los absorbieron en los años 80. Encontraron allí un terreno que no existía en casa: el puritanismo estadounidense, su culpa racial, su obsesión identitaria».
Es cierto que la llamada French Theory es el resultado de cierta recepción en los campus estadounidenses (en los departamentos de literatura o estudios culturales más que en los de filosofía). Esta tuvo el efecto de homogeneizar y simplificar la diversidad de la filosofía francesa contemporánea, así como de reconducir la cuestión de la diferencia hacia las minorías y las vidas subalternas (cuando esto no estaba así planteado en los filósofos franceses), enfatizando una mirada a menudo victimista. De igual modo, es cierto que ni Foucault ni Deleuze ni Derrida tienen la culpa de la deriva identitaria de sus teorías, dado que fueron precisamente autores que criticaron explícitamente la noción de «identidad» (sexual, nacional, profesional, etc.) y que buscaron desarrollar pensamientos de la diferencia.
Foucault afirmó que la identidad no debía ser el concepto clave para pensar la diversidad sexual, tal como lo postuló en la entrevista publicada en The Advocate con el título «Sex, Power and the Politics of Identity» en 1984: «Si debemos tomar posición respecto de la cuestión de la identidad, debe ser en tanto que seres únicos. Pero las relaciones que debemos mantener con nosotros mismos no son relaciones de identidad; más bien, han de ser relaciones de diferenciación, de creación, de innovación. Es muy aburrido ser siempre el mismo. No debemos excluir la identidad si la gente encuentra su placer mediante el cauce de esta identidad, pero no hemos de considerar esta identidad como una regla ética universal». Deleuze, por su parte, veía la identidad como una forma «molar», es decir, de fijación e inmovilidad del deseo «molecular», que debía moverse a través de líneas de fuga (que justamente destruyen toda identidad). Y Derrida sostuvo que su única identidad era la de la lengua francesa (defendiendo una concepción cosmopolita de herencia europea e ilustrada), algo que es independiente de dónde se haya nacido (en su caso, en Argelia), marcando de esta forma una lógica completamente ajena de toda identidad nacional e incluso poscolonial.
Dice Le Pogam que en el wokismo «la matriz es francesa: no hay verdad, solo hay poder, por lo que toda jerarquía es sospechosa, toda institución es opresiva, toda norma es violencia, toda identidad es construida y por tanto negociable, toda mayoría es culpable». Esta afirmación es completamente incorrecta, imprecisa y malintencionada. En primer lugar, como señalamos, ni Foucault ni Deleuze ni Derrida dicen que «no hay verdad»; en todo caso problematizan, algo que ocurre desde el inicio de la filosofía occidental, el carácter absoluto y dogmático de lo que se piensa como la verdad. En segundo lugar, ni toda jerarquía es sospechosa ni toda norma es violenta; toda jerarquía y toda norma pueden sí ser analizadas críticamente, un gesto que encarna lo más propio del espíritu ilustrado y occidental; lo que Immanuel Kant llamaba «la mayoría de edad» consiste en la no aceptación del poder pastoral, el rechazo a la sumisión acrítica, la negación a ser parte de un rebaño, la evaluación de normas que pueden ser injustas (la historia nos muestra interminables ejemplos de normas abiertamente discriminatorias que vulneran derechos mínimos). Esto no es wokismo, es justamente lo que Le Pogam dice defender: el espíritu ilustrado de Occidente, crítico y autocrítico.
En tercer lugar, ninguno de estos filósofos afirma que la «mayoría es culpable». Esta hipérbole falaz es una reducción al absurdo que lo que hace es ocultar, en cualquier caso, hechos claramente documentados de injusticias históricas que exigen algún tipo de reparación. Pero no se trata de «culpas» sino, como decía Robert Nozick, un filósofo liberal-libertario nada progre, de dejar en evidencia la necesidad de rectificación de las injusticias del pasado, como el caso de la comunidad afroestadounidense en Estados Unidos, que fue esclavizada y segregada, y no pudo ejercer sus derechos ni participar del mercado por dos siglos.
Posteriormente, afirma Le Pogam: «Una civilización se sostiene sobre tres pilares: la creencia de que existe una verdad accesible a la razón, la creencia de que existe un bien distinto del mal, la creencia de que existe un legado que transmitir. La French Theory se ha propuesto dinamitar los tres. No por maldad. Por juego intelectual, por fascinación por la sospecha, por odio a la burguesía que los había nutrido. Pero el resultado está ahí. Toda una generación ha aprendido a deconstruir y nunca ha aprendido a construir».
Más que hablar de civilización occidental, el empresario francés parece querer buscar una sociedad edificada alrededor de tres dogmas incuestionados (la verdad, el bien, la tradición). No encuentro nada más alejado del espíritu occidental e ilustrado que justamente ponía en crisis esos «pilares». Más que hacer de los filósofos franceses contemporáneos los archivillanos woke de la historia del pensamiento, como recurrentemente hacen las voces de las derechas reaccionarias del siglo XXI, pero también a menudo la centroderecha «liberal» y la centroizquierda «universalista», quizá Le Pogam debería conocer un poco más de la historia de la filosofía desde Sócrates hasta Deleuze para detectar que lo que llama «juego intelectual» no es sino el impulso de la mayéutica socrática –ese arte de hacer pensar mediante preguntas– que, más que «destruir» la verdad, nos lleva a pensar con libertad y sin tutelas en busca justamente de ella.
Lo que a Le Pogam parece exasperarlo de la filosofía francesa contemporánea es su carácter antidogmático e insurrecto. El propio autor de la publicación lo dice explícitamente: «Me disculpo porque nosotros, los franceses, tenemos una responsabilidad particular. Hemos exportado la duda como otros exportan armas». La exportación de la duda de la cual se lamenta Le Pogam es el espíritu filosófico, cartesiano, escéptico y profundamente antiautoritario. En otros términos, de lo que se disculpa como francés es de la exportación del pensamiento libre y crítico, lo cual dice mucho sobre los nuevos «libertarios» de extrema derecha.
Lo más insólito es que, según Le Pogam, «lo que se construye ahora, en Silicon Valley, en los laboratorios de IA, en las startups, en los talleres, en todos los lugares donde la gente aún fabrica cosas en lugar de deconstruirlas, es la respuesta. Son los constructores y no los comentaristas quienes reconstruyen una civilización. Aquellos que creen que la verdad existe y que vale la pena consagrarse a ella. Por aquellos que asumen una jerarquía de lo bello, lo verdadero, lo bueno, y que no se avergüenzan de transmitirla». El autor parecería plantearnos que se torna necesario una suerte de «realismo» platónico tecnofeudal que recupere mediante las herramientas digitales la «objetividad» perdida.
Sería digno de una carcajada propia de Diógenes de Sínope, si no fuera una muestra de la peor versión del cinismo contemporáneo, en las antípodas del griego. Posiblemente, no haya habido en la historia mayor plataforma propaladora de fake news, teorías conspirativas, mentiras y operaciones políticas que las aplicaciones creadas en Silicon Valley (asociadas al Estado). De igual modo, la inteligencia artificial es por definición una entidad que produce «verdades paralelas» cada vez más indiscernibles de «lo real», así como los empresarios que desarrollan los diferentes proyectos de inteligencia artificial son inseparables de redes de poder público-privadas.
¿Este gólem sería el garante del retorno a la verdad «absoluta»? La imagen no puede ser más paradójica: el mismo ecosistema tecnológico que produce desinformación industrial a escala global, que optimiza algoritmos para maximizar el engagement por encima de cualquier criterio de verdad y que concentra un poder privado sin precedentes en la historia, se postula ahora como el nuevo templo de la objetividad y la razón. Es difícil no ver en eso una distopía totalitaria de nuevo cuño, no la del Estado leviatán que tanto temen los libertarios, sino la de una oligarquía digital que busca administrar la verdad sin contrapesos, sin crítica, sin la «duda» que Le Pogam lamenta que los franceses exportaran al mundo.

