Entrevista

Los socialistas sin complejos que siguen sorprendiendo a Estados Unidos

Entrevista a Raina Lipsitz


septiembre 2026

La izquierda estadounidense atraviesa un nuevo ciclo de crecimiento, con triunfos en primarias demócratas de varios estados y una renovada capacidad de movilización. La llegada de Zohran Mamdani a la Alcaldía de Nueva York es su expresión más visible, pero no un fenómeno aislado. En esta entrevista, la investigadora y periodista Raina Lipsitz analiza las razones de ese avance, el papel de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA) y los desafíos de transformar las victorias electorales en un poder político duradero, en un momento en el que la indiferencia puede ser un problema mayor que el miedo al socialismo.

<p>Los socialistas sin complejos que siguen sorprendiendo a Estados Unidos</p>  Entrevista a Raina Lipsitz
NurPhoto/Getty Images.

Durante décadas, el socialismo estadounidense pareció reducido a una tradición histórica debilitada o a una cultura política marginal. Pero las campañas presidenciales de Bernie Sanders, la llegada de Alexandria Ocasio-Cortez al Congreso y el crecimiento de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) modificaron ese panorama. La elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York y las recientes victorias de candidatos socialistas en distintas ciudades y estados parecen abrir una etapa diferente. La izquierda socialista ya no debe preguntarse solamente cómo difundir sus ideas, ampliar su base o ganar elecciones, sino también cómo gobernar, relacionarse con el Partido Demócrata y transformar la movilización electoral en una influencia duradera.

Raina Lipsitz es investigadora, periodista, autora de The Rise of a New Left [El ascenso de una nueva izquierda] (Verso, 2022) y colaboradora de publicaciones como The Atlantic, The New Republic y Jacobin. También es integrante de DSA y participó activamente en la campaña de Mamdani. Su mirada combina, por tanto, la investigación con la experiencia directa dentro de una de sus principales organizaciones. En esta conversación, Lipsitz analiza el ciclo que va de Sanders y Ocasio-Cortez a Mamdani, la estructura y los dilemas de DSA, la relación entre clase e identidad, la importancia de los sindicatos y la formación política, el lugar de Palestina y los desafíos que aparecen cuando los socialistas pasan de organizar campañas a ejercer el gobierno.

 

En su libro The Rise of a New Left, publicado en 2022, usted describió a una joven izquierda socialista que estaba pasando de los márgenes a la política nacional. Desde entonces, un miembro de DSA, Zohran Mamdani, se convirtió en alcalde de Nueva York, la organización volvió a crecer y varios de sus candidatos ganaron elecciones primarias durante este año. ¿Se trata de la continuación de aquel ciclo político o estamos entrando en una nueva fase de organización de la izquierda estadounidense?

Creo que se trata, al menos en cierta medida, de una nueva fase. He estado pensando mucho en todo lo que cambió desde que escribí el libro. Firmé el contrato en 2020 y escribí la mayor parte entre ese año y 2021. En muchos sentidos, este parece un mundo diferente. El regreso de Donald Trump es una de las transformaciones más evidentes. Cuando Joe Biden ganó las elecciones presidenciales en 2020, mucha gente creyó que la etapa de Trump había quedado atrás. Pero Trump volvió al poder y, en muchos sentidos, se ha mostrado más extremista, sobre todo en los últimos tiempos. También es un hombre mucho mayor. Creo realmente que su agudeza mental está declinando, como ocurrió con la de Biden. Por eso pienso que Estados Unidos está atravesando una nueva fase política, aunque también existe un hilo conductor, una continuidad entre lo que los socialistas comenzaron a desarrollar hace una década y el momento actual. En este proceso de Trump, los socialistas han vuelto a ganar fuerza política mostrándose como sus antagonistas claros.

Hay una advertencia del libro que sigue siendo central para entender esa continuidad y es que ninguna crisis produce por sí sola una salida socialista o siquiera progresista. Frente a una crisis, las personas también pueden reaccionar con desesperanza, indiferencia o acostumbramiento. Lo que convierte el malestar en poder político es una organización capaz de sostener el trabajo cuando el momento de movilización retrocede.

DSA también cambió durante este proceso. En el periodo que reconstruyo en el libro, venía de un crecimiento muy rápido, impulsado por las campañas de Bernie Sanders y por la reacción frente al primer gobierno de Trump. Todavía estaba aprendiendo a transformar esa incorporación masiva en una organización estable. El ciclo que abre Mamdani encuentra a DSA con cuadros formados en campañas anteriores, una estructura territorial más sólida y una experiencia electoral acumulada. La novedad no consiste solamente en que vuelva a crecer. La organización debe enfrentar ahora una pregunta que antes era mucho más abstracta: cómo convertir la fuerza militante y electoral en capacidad de gobierno y, al mismo tiempo, conservar la autonomía frente a sus propios funcionarios.  

¿Qué diferencia este momento del que abrió Sanders con su primera campaña presidencial? ¿También cambió el modo en que los socialistas relacionan la clase con la raza, la religión, la inmigración y la identidad generacional?

La principal diferencia es que nadie esperaba que Bernie tuviera un desempeño tan bueno. En 2016 fue una gran sorpresa que ganara algunos estados, obtuviera tantos votos y despertara tanto entusiasmo. Cuando anunció su candidatura presidencial, The New York Times publicó la noticia alrededor de la página 20. No se consideraba importante y no parecía tener demasiadas posibilidades. Sin embargo, consiguió movilizar a mucha gente y mostró que existía un deseo de otra clase de política.

Zohran Mamdani apareció en un contexto diferente. Cuando anunció su candidatura, tampoco había demasiadas personas que creyeran en sus posibilidades. Pero, a medida que fue cobrando impulso, comenzó a resultar bastante claro que podía lograrlo. Aproximadamente un mes antes de su victoria, quienes estábamos muy involucrados en la campaña empezamos a pensar que iba a ganar. Era una sensación que yo nunca había tenido. Llevo 20 años en la izquierda y jamás había pensado que una figura socialista pudiera conquistar un cargo ejecutivo importante en la ciudad más grande de Estados Unidos. Esa fue una diferencia fundamental: con Mamdani empezó a parecer posible una victoria que ya no era solamente simbólica, sino que implicaba asumir responsabilidades de gobierno.

Entre ambos momentos también hubo un importante periodo de reflujo. Entre 2021 y 2024, DSA perdió miembros y numerosos análisis, incluso dentro de la izquierda, afirmaron que el movimiento había alcanzado sus límites. Pero la nueva victoria de Trump provocó otra reacción y generó una ola de simpatía y solidaridad con los inmigrantes. Mucha gente está enojada y asqueada por lo que hace el ICE [Servicio de Inmigración y Control de Aduanas], incluidos los secuestros extrajudiciales y los asesinatos de ciudadanos estadounidenses. Ha sido realmente estremecedor, a punto tal que a veces no puedo creer que la reacción frente a esos asesinatos haya sido tan limitada. Hubo protestas, pero no en la escala que habría imaginado en un país como Estados Unidos. La victoria de Mamdani contribuyó a reorganizar políticamente una parte de ese malestar.

Pero la continuidad más importante con Sanders no es solamente programática. Sus campañas formaron a una generación de activistas, dirigentes y candidatos que después llevó esa experiencia a DSA, a los sindicatos y a las campañas locales. Mamdani heredó esa infraestructura y logró ampliarla. Movilizó a muchos jóvenes de entre 18 y 29 años que normalmente no votan, mucho menos en una elección primaria. Además, incorporó a la política neoyorquina a personas de origen sudasiático, musulmanes y otros grupos que hasta entonces habían participado poco, y creó conexiones que atravesaron las divisiones de raza, género y religión.  

Gran parte de los medios explica la victoria de Mamdani por su personalidad y su talento político. Pero ¿qué aportaron su formación, su programa y el carácter socialista de su campaña? ¿Cuánto dependió de la fuerza de la organización?

Creo que una victoria de este tipo puede repetirse incluso sin alguien con un talento generacional como el de Mamdani. Lo vimos durante el último ciclo electoral en la ciudad de Nueva York. DSA intervino en diez contiendas y ganó nueve. Probablemente haya sido el mejor desempeño en la etapa moderna de la organización. DSA nació en 1982, pero la elección de junio de 2026 fue, a mi juicio, su mayor éxito desde la primera campaña de Sanders.

Esos candidatos eran excelentes y resultaban convincentes en muchos sentidos. Los conozco, los he tratado y he compartido espacios con ellos. Pero Mamdani posee un talento enorme y muy difícil de reproducir. No creo que existan demasiadas personas con su trayectoria específica, su conjunto de experiencias y semejante naturalidad para comunicar, conducir y lograr que la gente sienta simpatía por ellas. Sin embargo, DSA también ha ganado elecciones con personas que tienen otras trayectorias, aportes y capacidades, aunque no alcancen ese nivel de carisma.

La principal contribución de DSA es su organización territorial y la fortaleza de quienes trabajan en sus campañas. En su mayoría son jóvenes muy comprometidos que se toman esta tarea con enorme seriedad. Desde mi experiencia de 20 años en la izquierda, no recuerdo otra época en la que la organización electoral haya alcanzado este grado de madurez. Existe ahora una expectativa de victoria y, con ella, la conciencia de que ya no alcanza con preparar candidatos para hacer buenas campañas. También es necesario prepararlos para gobernar.

Por eso es engañoso describir el triunfo de Mamdani como un ascenso meteórico construido en unos pocos meses. Mamdani surgió de años de trabajo en campañas y de organización dentro de DSA. Su campaña llegó a reunir alrededor de 100.000 voluntarios y a tocar más de tres millones de puertas. Es indudable que el alcalde posee un talento político excepcional, pero la cobertura centrada en su carisma tiende a ocultar la tarea de los miles de activistas que lo llevaron al poder municipal. Lo que DSA aporta, precisamente, es una enorme capacidad de organización territorial y una base de militantes y trabajadores de campaña muy comprometidos.  

Durante este año, DSA obtuvo cuatro victorias importantes en primarias demócratas para la Cámara de Representantes. En Filadelfia, Chris Rabb, legislador estatal de Pensilvania, se impuso en la disputa por un escaño. En Nueva York, Claire Valdez, legisladora estatal y dirigente sindical, ganó en un distrito que abarca zonas de Queens y Brooklyn. En Denver, la abogada y doctoranda Melat Kiros derrotó a Diana DeGette, quien llevaba casi 30 años en el Congreso. En Detroit, Donavan McKinney, legislador estatal y antiguo dirigente sindical, venció al representante en ejercicio Shri Thanedar. A estos resultados se sumó el triunfo de Janeese Lewis George, concejala y socialista democrática, en la primaria por la Alcaldía de Washington. ¿Qué tienen en común estas victorias? ¿Forman parte de una tendencia nacional o se explican fundamentalmente por dinámicas locales?

Creo que ocurren ambas cosas. Las dinámicas siempre son diferentes en cada zona y en cada distrito. Mi libro abarca un territorio bastante amplio. Hablé con personas de Kentucky, Florida, Georgia y las zonas rurales de Pensilvania. Para mí era muy importante salir de Nueva York, porque hay un límite para lo que se puede aprender observando solamente esta ciudad.

Lo que comparten estas experiencias no es una composición demográfica idéntica ni una fórmula electoral única, sino una determinada relación entre el candidato, la organización y el territorio. Son personas con vínculos orgánicos con sus distritos. Proceden de esas zonas, conocen a sus vecinos y cuentan con una base de apoyo previa. Además, logran entusiasmar a equipos de campaña que están comprometidos con ganarlas. Creo que un aspecto destacable es que los socialistas están hablando de las cosas que le importan a la gente en un lenguaje comprensible. No se limitan a decir que necesitamos una sociedad más justa o que debemos proteger la democracia. La defensa de la democracia es indispensable, pero puede resultar abstracta cuando no se la relaciona con la vida cotidiana. El modo en que el Partido Demócrata abordó estas cuestiones no funcionó y pudimos comprobar su fracaso. Estos candidatos, en cambio, dicen: «Quiero que usted pueda pagar sus alimentos y su alquiler. Creo que, si trabaja, debería poder formar una familia. Y, si tiene tres empleos, debería poder pagar su casa, mantener a su familia y comprar sus alimentos». Son problemas que las personas experimentan en la vida real.

Estas victorias indican que el mapa de la izquierda socialista puede ampliarse. Pero no existe una fórmula que pueda trasladarse mecánicamente desde Nueva York. El libro ya mostraba que algunos candidatos progresistas podían ganar primarias demócratas en territorios conservadores y después perder la elección general. La organización debe arraigarse en cada territorio, interpretar sus conflictos específicos y ganarse la confianza de comunidades concretas.  

DSA se define como una organización política, no como un partido. Sin embargo, hoy lleva a cabo muchas de las tareas que suelen cumplir los partidos: tiene afiliados, un programa político, convenciones nacionales, candidatos y funcionarios electos. ¿Qué es DSA en la actualidad? ¿Podría convertirse en un partido independiente o debe seguir presentando candidatos dentro del Partido Demócrata?  

DSA no es un partido político, aunque cumple algunas funciones que normalmente asociamos a los partidos: decide qué candidatos respaldar, moviliza militantes para sus campañas y debate un programa común. Sin embargo, esos candidatos no aparecen en las boletas electorales bajo el nombre de DSA. Debido a las dificultades para competir por fuera de los dos grandes partidos, suelen disputar las primarias del Partido Demócrata y, si ganan, concurren a la elección general como demócratas. DSA actúa así dentro de la estructura electoral demócrata, pero conserva una organización y una identidad políticas propias.

Antes que nada, debería aclarar que no hablo en nombre de la organización, aunque formo parte de ella. Tengo muchas objeciones a la versión actual del Partido Demócrata. Dentro de DSA esta cuestión se discute mucho. Creo que la posición mayoritaria en Nueva York considera que, como objetivo de muy largo plazo, sería mejor construir un partido independiente. Pero la organización todavía no tiene poder suficiente para hacerlo.

Las normas para presentarse a elecciones varían enormemente; las reglas cambian entre los estados e incluso entre las ciudades. Competir por fuera de los dos grandes partidos es muy difícil. El caso de Jabari Brisport ofrece una suerte de experimento natural. Cuando se presentó para el Concejo Municipal de Nueva York por el Partido Verde en 2017, obtuvo alrededor de 29% de los votos. Cuando compitió por el Senado estatal en la lista demócrata en 2020, ganó la primaria con cerca de 60% y, sin rivales, superó el 99% en la elección general en el distrito 25. Se trataba del mismo candidato, pero el sello partidario bajo el que competía modificó radicalmente sus posibilidades. Por razones tácticas, en este momento los candidatos de DSA deben competir generalmente en las listas demócratas. Eso no significa que DSA sea simplemente un sector más del Partido Demócrata. La organización intenta utilizar esa estrategia electoral y, al mismo tiempo, conservar una estructura, una identidad y un programa propios. Esa combinación, lógicamente, produce tensiones.  


Los primeros meses de Mamdani en el gobierno ya provocaron algunas diferencias, sobre todo en torno de la policía y de la relación del alcalde con la gobernadora Kathy Hochul. ¿Qué sucede cuando los socialistas pasan de hacer campaña a gobernar? ¿Cómo puede DSA exigir responsabilidades y, al mismo tiempo, lidiar con los compromisos que impone la gestión?

Es una cuestión que DSA ha discutido mucho internamente y que todavía está intentando resolver. Hasta ahora, no se había tenido la experiencia de contar con un miembro de DSA en un cargo ejecutivo tan importante. Una cosa es elegir legisladores que forman parte de cuerpos colegiados y otra muy distinta es conducir el gobierno de una ciudad gigantesca. El cargo ejecutivo concentra mayor poder, pero también expone de manera mucho más directa las restricciones presupuestarias, institucionales y políticas.

Francamente, no creo que DSA tenga demasiado poder sobre sus candidatos una vez que son elegidos. Y eso, claramente, representa un desafío para la organización. No existe un mecanismo formal de rendición de cuentas que pueda resolver automáticamente las diferencias entre un funcionario, sus votantes y la organización que contribuyó a elegirlo. Por eso la respuesta debe comenzar en el momento de reclutar a los candidatos. DSA necesita seleccionar a personas que sean verdaderos cuadros del movimiento, en quienes se pueda confiar y que compartan su orientación general. Pero la formación de cuadros no debería entenderse como una exigencia de obediencia personal. En el libro describo una ambición más profunda de DSA: convocar a personas comunes a tomar decisiones, asumir responsabilidades y adquirir las capacidades necesarias para gobernar.

La rendición de cuentas comienza antes de la elección, en esa cultura de deliberación y trabajo colectivo. Después, el problema consiste en encontrar formas de crítica y presión que no destruyan la capacidad del movimiento para actuar. DSA alienta a sus integrantes a expresarse y a criticar incluso a Mamdani, pero es difícil establecer un equilibrio entre la autonomía de la organización, la responsabilidad del funcionario y la necesidad de no debilitar el proyecto político más amplio.  

Hace poco, Mamdani creó la Oficina del Alcalde para el Poder de los Trabajadores. También impulsó iniciativas para promover la participación política de los trabajadores, las mujeres y otros sectores sociales, y abordó cuestiones ecológicas. ¿Cómo evalúa sus primeros meses de gobierno?

Creo que está haciendo un trabajo excelente. Sus niveles de aprobación lo reflejan y, según entiendo, son mucho más altos que los de su antecesor en la Alcaldía, el demócrata Eric Adams, en un momento similar de su mandato. En algún momento, la mayoría de las personas termina detestando al alcalde de Nueva York y sus niveles de aprobación siempre caen. Hasta ahora, a Mamdani le está yendo muy bien.

Eso se debe, en parte, a las políticas que lleva adelante. Creó, en efecto, la Oficina para el Poder de los Trabajadores y otras iniciativas. También existe la Oficina de Participación Masiva. Esa oficina intenta involucrar a los integrantes de la comunidad y acercarlos al gobierno local. Mamdani está cumpliendo su programa y, además, comunicándole a la población lo que hace. Ha realizado un trabajo impresionante en ambos aspectos.

Les muestra a las personas que hablaba en serio cuando prometió autobuses rápidos y gratuitos o un sistema universal de cuidado infantil, y que está trabajando efectivamente para llevar esas políticas a la práctica. También hizo un video sobre la reparación de baches. Este tipo de cuestiones pueden parecer menores, pero son importantes por dos razones. La primera es que afectan la vida cotidiana de la ciudad. La segunda es que permiten comunicar una visión del gobierno como una institución capaz de resolver problemas concretos. Su política laboral también debería medirse por la capacidad de darles poder directo a los trabajadores. Una herramienta posible es la «aplicación conjunta» de las leyes laborales. El gobierno puede formar a organizaciones de trabajadores y a referentes dentro de los lugares de trabajo para que colaboren en la detección y la denuncia de infracciones. Esto es particularmente importante para quienes no pertenecen a un sindicato.

Ese enfoque ofrece un criterio más amplio para evaluar a un gobierno socialista. No se trata solamente de aprobar buenas normas o de administrarlas eficazmente desde arriba. También importa si la acción estatal fortalece la capacidad de organización de quienes deberían beneficiarse con esas políticas. En ese sentido, el gobierno no reemplaza a los movimientos, sino que puede contribuir a darles más poder.  

Durante su campaña, Mamdani habló de Eugene Debs y de la larga tradición del socialismo democrático en Estados Unidos. También podrían mencionarse figuras como Michael Harrington. ¿Qué permanece de esa tradición socialista democrática y anticapitalista en DSA y en la experiencia de gobierno de Mamdani? ¿Qué importancia conserva hoy esa cultura política?

Una de las cosas que más me han impresionado de Mamdani es que mencione a Eugene Debs en sus discursos y realice, a partir de esa figura, una labor de formación política. Esa recuperación permite volver también sobre figuras posteriores como Michael Harrington, uno de los fundadores de DSA. Muchos de los videos de Mamdani hablan de la tradición socialista estadounidense y, en particular, de la historia municipal del socialismo en Nueva York. Está trazando esas conexiones para el público de un modo que la mayoría de los políticos estadounidenses ya no practica. O, si alguna vez lo hicieron, yo no nací a tiempo para verlo.

Creo que aborda esta tarea con una seriedad que sostiene su deseo de construir algo más amplio y duradero, y de incorporar verdaderamente a las personas al movimiento. Fuera de Sanders, no puedo pensar en demasiadas figuras que hagan algo semejante. Alexandria Ocasio-Cortez pronunció un discurso realmente hermoso en un acto de apoyo a Mamdani, alrededor de un mes antes de su victoria, y también realizó parte de ese trabajo al incluir referencias históricas muy concretas.

No se trata de una apelación nostálgica ni de una serie de homenajes rituales. Recuperar esa historia permite mostrar que el socialismo estadounidense no es una doctrina importada ni una fantasía sin raíces, sino una tradición que produjo sindicatos, legislación social, cooperativas y gobiernos municipales transformadores. También permite situar las políticas actuales dentro de un proyecto más largo que una campaña o un mandato individual.

Esa memoria cumple además una función estratégica. Si cada campaña aparece como un fenómeno completamente nuevo, el movimiento queda atado a la personalidad de sus dirigentes más conocidos. Al mostrar que existieron experiencias anteriores, también se vuelve posible pensar a Mamdani, Sanders u Ocasio-Cortez como parte de una tradición colectiva, con éxitos, derrotas y aprendizajes acumulados.  

¿Qué importancia tienen hoy esas referencias históricas? ¿Puede DSA utilizarlas para formar políticamente a sus miembros o las personas se interesan solamente por sus condiciones de vida y por las políticas concretas? La izquierda tuvo durante mucho tiempo una fuerte tradición de educación política y de recuperación de las grandes figuras de su pasado.

Los sindicatos solían hacer mucho más de este trabajo en Estados Unidos. Educaban a sus miembros y organizaban instancias específicas de formación política. Ha existido una verdadera desinversión en esa cultura, sobre todo dentro del movimiento sindical organizado, cuyo poder se ha reducido mucho. DSA es plenamente consciente de ese problema y se esfuerza por volver a invertir en la formación. Existe una relación entre los lugares donde DSA consiguió sus mayores éxitos y aquellos con una mayor densidad sindical, como Nueva York, Chicago y Los Ángeles. No se trata simplemente de que los sindicatos aporten votos o recursos. Allí donde subsisten tradiciones sindicales, también suele existir un lenguaje más extendido sobre los derechos de los trabajadores, la acción colectiva y el conflicto de clases. Esa cultura facilita la recepción de las ideas socialistas.

La recuperación histórica ayuda sobre todo a que los más jóvenes comprendan que el socialismo puede existir en Estados Unidos. Todo lo que escuchan en la escuela, las noticias o los grandes medios de comunicación es que a los estadounidenses no les gusta el socialismo y que aquí nunca existió ni hay lugar para nada semejante. Eso sencillamente no es cierto. Esa narración oculta buena parte de la primera mitad del siglo XX y experiencias como la del socialismo municipal de Milwaukee.

Es importante mostrarles a las personas no solo que es posible construir una sociedad mejor, sino que ya existieron experiencias en esa dirección. Una de las razones por las que hoy parecen tan remotas es que fueron activamente reprimidas. Hubo persecuciones, encarcelamientos y asesinatos de dirigentes sindicales. Es un aspecto de la historia estadounidense que yo no conocí realmente hasta después de los 20 años, pese a haber asistido a escuelas bastante buenas.

La formación política, sin embargo, no consiste solamente en leer textos o aprender nombres. Las secciones juveniles de DSA, incluso en universidades y escuelas secundarias de estados conservadores, funcionan como una vía de entrada a la organización y como espacios de preparación de nuevos dirigentes. Allí se aprende a dirigir una reunión, conversar con desconocidos, organizar una campaña y tomar decisiones colectivas. La combinación de memoria histórica y aprendizaje práctico es lo que puede convertir una adhesión momentánea en militancia duradera.  

DSA parece ofrecer algo más que política. También brinda a sus miembros una comunidad, amistades y proyectos compartidos. ¿Qué importancia tiene esa dimensión, especialmente para los jóvenes? ¿Cómo puede la organización convertir a los nuevos afiliados en militantes de largo plazo y ampliar su presencia en los lugares de trabajo, los sindicatos y las organizaciones de inquilinos?

Es sumamente importante, sobre todo después de una pandemia que produjo tanto aislamiento y tanta soledad. Para quienes comenzaron la universidad durante esos años, fue una manera realmente terrible, alienante y extraña de iniciar la vida adulta. Estoy muy agradecida de haber podido asistir a un campus tradicional, relacionarme con otras personas, conversar y conocerlas en fiestas. Al aislamiento de la pandemia se suman la fragmentación, la alienación en redes y plataformas digitales y el debilitamiento de otros espacios comunitarios. Los estadounidenses están muy solos. Numerosas encuestas muestran que tienen pocos amigos y que muchísimas personas casi no mantienen vínculos sociales. Las comunidades religiosas organizadas, que durante mucho tiempo ofrecieron pertenencia y actividades colectivas, también perdieron presencia entre los jóvenes. DSA ocupa parcialmente ese vacío.

En el libro hablo de la necesidad de reconstruir una «cultura de solidaridad» y una «vida colectiva» en una sociedad profundamente atomizada. Esa comunidad no es un efecto secundario agradable de la política, sino una parte de su infraestructura. Durante la campaña de Mamdani, comprobé que muchas personas buscaban conexión, amistad y también alegría. Una política capaz de reunirlas alrededor de un proyecto común puede oponer el poder de la gente organizada al poder del dinero organizado.

Pero la comunidad no es suficiente por sí sola. El desafío consiste en transformar esos vínculos en organización duradera dentro de los lugares de trabajo, los sindicatos y las organizaciones de inquilinos. Si DSA se limitara a ofrecer un espacio de sociabilidad para personas que ya piensan de manera similar, su capacidad de modificar las relaciones de poder sería muy limitada. La pertenencia se vuelve políticamente significativa cuando ayuda a las personas a organizarse también fuera de DSA.  


Palestina se volvió una cuestión central para DSA y para muchas campañas socialistas recientes. ¿Por qué tiene tanta importancia para esta generación? Los judíos estadounidenses fueron durante mucho tiempo uno de los grupos más progresistas del país y muchos jóvenes judíos se han vuelto cada vez más críticos de Israel y más comprometidos con los derechos de los palestinos. ¿Qué papel desempeñaron estos activistas judíos en el movimiento? ¿La cuestión palestina ayudó a DSA a construir una coalición más amplia o profundizó sus tensiones con el Partido Demócrata y dentro de la propia organización?

Definitivamente ayudó. Es una parte importante de las razones por las que hoy estamos en esta situación y por las que Mamdani ganó las elecciones. Desde luego, también generó tensiones. En 2023, The Nation, una revista de izquierda en la que hice una pasantía hace muchísimo tiempo, publicó una serie de artículos que sostenían que DSA se había vuelto una organización obsoleta y que iba a desintegrarse porque, según algunos de los autores, la organización había sido insensible frente a los ataques del 7 de octubre.

Existe una enorme división generacional. Los judíos estadounidenses menores de 40 años son mucho más propensos a adoptar posiciones críticas frente a Israel. Hay muchas razones para ello. A las personas no les gusta que les mientan sobre lo que está ocurriendo. Ahora pueden verlo en sus teléfonos y eludir parcialmente a los grandes medios de comunicación, que antes podían ocultar mejor lo que sucedía y difundir propaganda. Los jóvenes ven todos los días imágenes verdaderamente horribles, que les producen asco y tristeza. Por eso están menos dispuestos a defender y armar a Israel.

DSA es una organización con una presencia judía importante. No conozco las cifras y no estoy segura de que se lleve un registro, pero, de manera informal y anecdótica, diría que alrededor de un tercio de sus miembros son judíos. La familia de mi padre es judía y la de mi madre, originalmente de Sicilia, es católica. Tengo una identidad un poco diferente, aunque, debido a mi apellido, siempre soy percibida como judía y me enorgullece serlo.

La participación de jóvenes judíos críticos de Israel fue importante porque permitió cuestionar la idea de que la solidaridad con Palestina es necesariamente una posición hostil hacia los judíos. También mostró que el consenso institucional de las generaciones anteriores ya no representa del mismo modo a los jóvenes. Se produjeron algunas renuncias a DSA por su posición sobre Gaza, pero no fueron más de 20 personas. Al criticar abiertamente a Israel y adoptar una posición contraria al genocidio, la organización atrajo a muchas más personas de las que perdió.

Las elecciones posteriores confirmaron que Palestina no era un tema menor. Para muchos votantes demócratas, el apoyo de los dirigentes tradicionales al financiamiento de la guerra de Israel fue una razón concreta para buscar otra representación. En ese sentido, la cuestión palestina fortaleció la relación de DSA con una nueva coalición de jóvenes, musulmanes, inmigrantes y judíos críticos de Israel. Al mismo tiempo, profundizó su conflicto con buena parte del aparato del Partido Demócrata. Ambas cosas forman parte del mismo proceso.  

Trump combina una vieja retórica anticomunista con ataques contra lo que denomina «política woke». Presenta a la izquierda como una fuerza peligrosa y, a la vez, desconectada de los trabajadores comunes. ¿Cómo responden los socialistas a ese discurso? ¿Cómo pueden articular una política de clase con las luchas vinculadas a la raza, el género, la sexualidad y la inmigración, sin tratarlas como cuestiones enfrentadas? ¿Las campañas de Sanders y Mamdani ofrecen un modelo eficaz para hacerlo?

Ambas campañas son buenos ejemplos. Sanders no recibió demasiado reconocimiento por esto, sobre todo de los grandes medios, pero tenía muchas más seguidoras que seguidores varones y construyó una coalición más diversa de lo que se afirmaba en aquel momento. Mamdani amplió enormemente esa coalición. Incorporó a la política neoyorquina a personas de origen sudasiático, musulmanes y muchos otros sectores que hasta su campaña no habían tenido demasiada participación. De ese modo, estableció conexiones que atravesaron las divisiones de raza, género y religión. Creo que, en definitiva, las campañas de Sanders y Mamdani muestran que no es necesario elegir entre una política de clase y las luchas contra otras desigualdades. Una política de clase puede construir intereses comunes sin negar las diferencias de raza, género, sexualidad, religión o situación migratoria.

Trump y la derecha llevan años apelando al odio contra los inmigrantes y fomentando distintas formas de hostilidad. Sanders y Mamdani muestran que es posible dirigirse a la gente de otra manera: hablarle de forma directa y humana, hacerle saber que se está de su lado y proponerle construir algo en común. El movimiento socialista democrático contemporáneo está haciendo ese trabajo, aunque siempre representa un desafío. DSA enfrenta dificultades reales en ese terreno. Sigue teniendo una proporción muy alta de personas con educación universitaria. También es una organización mayoritariamente blanca, aunque en Nueva York resulta mucho más diversa de lo que suele afirmarse. Ya no es 80% blanca, como indicaba una vieja estadística. Ahora la cifra se acerca más bien al 60%.

Uno de sus principales desafíos consiste en incorporar a más trabajadores con otras ocupaciones, experiencias y trayectorias educativas. Pero también es necesario cuestionar la idea de que una persona deja de ser trabajadora cuando obtiene un título universitario. Yo fui a la universidad y estudié en instituciones prestigiosas. Aun así, no tengo dinero, no puedo comprar una casa y trabajo todo el tiempo para conseguir apenas cierta estabilidad. Mi situación es bastante precaria, como la de muchas otras personas. Esto no significa que todas las experiencias sean idénticas, sino que existe una base material común sobre la cual se puede construir solidaridad.

Por eso considero falsa la oposición entre la política de clase y las luchas contra el racismo, la transfobia o la persecución de los inmigrantes. Las victorias recientes de candidatos de DSA se apoyaron en coaliciones multirraciales e intergeneracionales. Los movimientos no deben limitarse a seguir una opinión pública que se supone inmutable. También pueden modificarla al defender derechos y relacionarlos con las condiciones materiales de la mayoría. Además, los ataques anticomunistas han perdido parte de su eficacia porque la derecha utilizó durante años las mismas etiquetas contra figuras que claramente no eran socialistas. La mejor respuesta no es retroceder ni aceptar la definición del adversario, sino explicar con claridad qué significa el socialismo en la vida cotidiana: vivienda, transporte, salud, cuidado infantil y poder para los trabajadores.  

Las victorias socialistas más recientes se produjeron en ciudades y distritos fuertemente demócratas. ¿Puede esta política crecer en las zonas más competitivas del país? Si Alexandria Ocasio-Cortez se presentara a la Presidencia, ¿su candidatura ayudaría a DSA a construir un poder duradero o volvería a hacer que el movimiento dependiera de una figura famosa? ¿Qué significaría un verdadero éxito para DSA dentro de cinco años?

Comenzaré por la última parte. Para mí, un verdadero éxito sería ver a Ocasio-Cortez en la Casa Blanca. La posibilidad me entusiasma mucho. Si decide presentarse y DSA vota respaldarla, saldré a hacer campaña y haré todo lo posible para que sea elegida. No oculto mi posición militante en este punto. Creo que existe una oportunidad que quizá no vuelva a repetirse y que es importante aprovecharla. Pero incluso si no llegara a la Presidencia, su campaña podría hacer un aporte enorme al movimiento, del mismo modo que las campañas de Sanders ayudaron a construir el escenario actual. Pero ese efecto no sería automático. Una campaña presidencial puede atraer a personas, difundir ideas y crear nuevas capacidades. Si después no existen organizaciones capaces de retener a quienes se movilizaron y ofrecerles formas concretas de participación, gran parte de esa energía puede desvanecerse.

En cuanto a la posibilidad de repetir estos éxitos fuera de las grandes ciudades, DSA ha obtenido victorias modestas en lugares inesperados, tanto en zonas conservadoras y rurales como en el norte y el oeste del estado de Nueva York. Sin embargo, el mayor desafío de la política estadounidense no es necesariamente que las personas estén en desacuerdo con los socialistas, sino que se encuentran profundamente alienadas de la política. No quieren oír hablar de ella, no les interesa y sienten que no guarda ninguna relación con sus vidas.

Mamdani hizo algo importante en ese terreno. Restableció la idea de que una persona íntegra puede dedicarse a la política, preocuparse por aquellos a quienes representa y comprometerse genuinamente a ayudarlos. Esa no es la impresión general que las personas tienen de la política estadounidense. Cuando uno golpea las puertas, escucha muchas menos objeciones anticomunistas que expresiones de indiferencia. La respuesta más habitual es que las personas están ocupadas, no quieren hablar de política o no creen que su participación pueda cambiar algo. Ese es un obstáculo más profundo que el «pánico rojo».

Una campaña de Ocasio-Cortez podría ayudar a DSA a crecer y a expandirse hacia lugares donde nunca había competido. Ya pudo verse en los actos que realizó junto con Sanders en distintas zonas del país, entre ellas algunas muy conservadoras y republicanas. Estuvieron incluso en áreas rurales de Nebraska y convocaron a cantidades extraordinarias de personas. Existe un deseo de que alguien hable de una manera directa y humana, y diga: «Estoy aquí por usted, estoy aquí con usted y vamos a construir algo juntos», en lugar de limitarse a difundir odio contra los inmigrantes.

Pero el éxito dentro de cinco años no debería medirse únicamente por quién ocupa la Casa Blanca. También habría que observar si DSA cuenta con más secciones duraderas fuera de las grandes ciudades, si tiene mayor presencia en sindicatos, lugares de trabajo y organizaciones de inquilinos, y si puede formar a nuevos dirigentes sin depender de una sola personalidad. Los avances de la izquierda siguen siendo frágiles y ningún líder, por admirado que sea, puede producir justicia por sí solo. Una campaña presidencial puede abrir una oportunidad. Solo la organización sostenida puede convertirla en poder duradero.

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