Opinión

Elecciones en Estados Unidos: una rebelión social y democrática


noviembre 2026

Las elecciones del 3 de noviembre dejaron un mensaje inequívoco: el «verdadero trumpismo» sufrió un duro varapalo en las urnas. El rechazo a las guerras, a la política migratoria y al alto costo de vida devolvió a los demócratas el control del Congreso, con victorias históricas en regiones conservadoras. Mientras los republicanos enfrentan su hora de la verdad, los demócratas deberán gestionar una coalición más amplia y plural, en la que crece con fuerza el ala socialista.

<p>Elecciones en Estados Unidos: una rebelión social y democrática</p>
Getty Images News.

En la última década, Donald Trump ha estado en el centro de la política estadounidense y, en consecuencia, de la política mundial. Pero el pasado 3 de noviembre parece haber marcado el principio del fin de esta tendencia. Es habitual que el partido que ocupa la Presidencia en Estados Unidos pierda terreno en las elecciones intermedias, a veces por márgenes significativos. Sin embargo, los resultados de la reciente elección de mitad de mandato muestran un vuelco profundo. En términos numéricos, estas elecciones representan el mayor cambio de tendencia desde 1974, tras la dimisión de Richard Nixon a raíz del caso Watergate. 

Más allá de las cámaras del Congreso, que controlarán con cómodos márgenes, los demócratas sumaron varias gobernaciones y se aseguraron el control de asambleas legislativas estatales. Los demócratas ganaron en lugares que pocos imaginaban posibles. El estado de Kansas, por ejemplo, tendrá un senador demócrata por primera vez desde 1939. También salieron victoriosos en lugares donde Trump se había impuesto por más de diez puntos hace apenas dos años, y lo lograron pese a los intentos de redibujar los distritos para lograr más escaños republicanos (lo que se conoce como gerrymandering). En Austin, la capital de Texas, la gente salió a celebrar a las calles entre bocinazos, como si hubiera derrocado a un régimen autoritario. En muchos sentidos, así era.

El presidente se ha desentendido del fiasco electoral y asegura que, si él hubiera sido candidato, los republicanos habrían ganado. Es cierto que en sus dos elecciones presidenciales Trump logró movilizar a simpatizantes que rara vez acuden a las urnas. Pero apostar por los votantes ocasionales le salió caro: los más constantes se fueron con la oposición. Desde la segunda victoria de Trump, los demócratas han organizado mítines masivos en todo el país bajo el lema «No Kings» (Sin reyes) y se han volcado en cada elección local o especial para derrotar a los republicanos. Sin embargo, la movilización demócrata no basta para explicar estos resultados. Los votantes latinos y los hombres jóvenes, cuyo giro hacia Trump en 2024 causó gran alarma entre los demócratas, volvieron a inclinarse por ellos. Las elecciones revelaron un profundo rechazo a aquello en lo que se ha convertido el trumpismo y anuncian un reacomodo de ambos partidos. 

Un trumpismo desenfrenado

Sorprende que esto ocurra ahora, cuando Trump apenas ha cambiado en diez años. Lo que sí ha cambiado son los límites a los que está sujeto. Durante su primer mandato (2017-2021), controlaba solo en parte al Partido Republicano. Su discurso de «Make America Great Again» (MAGA) movilizó a los republicanos más anticosmopolitas, antielitistas, aislacionistas y chovinistas, pero en el partido seguían muchos republicanos de corte más tradicional. Como en 2017 no contaba con un equipo propio preparado para gobernar, tuvo que apoyarse parcialmente en ellos para formar su gabinete. La derrota frente a Joe Biden en 2020 le brindó dos oportunidades. En primer lugar, lo mantuvo alejado del poder durante la lenta recuperación tras la pandemia de covid-19, marcada por la inflación. Aunque la emergencia había comenzado durante su mandato, y él la había gestionado con su característica mezcla de malicia y torpeza, el costo político recayó sobre Biden. En segundo lugar, le permitió unirse aún más estrechamente al Partido Republicano, al que impregnó de su narrativa narcisista de la «puñalada por la espalda»: la idea de que la elección le había sido robada y de que los suyos lo habían traicionado.

Cuando volvió a hacer campaña de cara a las elecciones de 2024, Trump sostenía que tanto demócratas como republicanos le habían atado las manos y que el «verdadero trumpismo» aún no se había puesto a prueba. Mientras tanto, la brecha entre ambos partidos se agrandó también en algo más básico: su compromiso con la democracia. Los republicanos que se sintieron horrorizados por la amenaza a la democracia que representaba Trump –simbolizada de forma más evidente en la asonada golpista del 6 de enero de 2021 contra el Capitolio– abandonaron el partido. 

A partir de entonces, el Partido Republicano se estructuró alrededor de los resentimientos y odios personales de Trump. El enfado con Joe Biden –de la derecha por la inflación, de la izquierda por Gaza– bastó para que volviera a ganar en 2024. En estos dos años, los estadounidenses han conocido a un presidente que gobierna sin apenas contrapesos. El verdadero trumpismo ya se ha puesto a prueba. No ha salido bien. La popularidad de Trump ha caído a nuevos mínimos, cuando apenas se encuentra a mitad de su mandato. En octubre de 2026, la media de su índice de aprobación oscilaba entre 36% y 39%, con un índice de desaprobación en torno de 60%. Solo algo más de 20% de los estadounidenses aprueba firmemente su actuación. Muchos republicanos saben que su gestión ha sido mala, pero el control mafioso que Trump ejerce sobre el partido y su forma de arremeter contra quien hiere su narcisismo han impedido que los funcionarios electos lo digan en voz alta. Están atrapados en la vorágine que ellos mismos crearon.

El descontento con Trump surge de una combinación de promesas cumplidas e incumplidas: una misma política ha dado a algunos de sus votantes lo que querían y a otros no. Un buen ejemplo es ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. En la Convención Nacional Republicana de 2024, los delegados enarbolaron pancartas que exigían «¡Deportación masiva ya!». Con Trump, el presupuesto de ICE ha crecido tanto que, si fuera un ejército, se situaría entre los 15 mayores presupuestos militares del mundo. Lo que ha surgido, en la práctica, es una fuerza paramilitar interna. Sus agentes, enmascarados, han secuestrado a niños y a sus padres y han sembrado el terror, sobre todo en los barrios latinos de muchas ciudades. Al mismo tiempo, las cuentas oficiales del gobierno han difundido propaganda nacionalista blanca y fascista, con videos de inmigrantes encadenados y mensajes como «Una patria. Un pueblo. Un legado». Los casos más notorios fueron los de Renée Good y Alex Pretti, dos vecinos de Minneapolis que participaban en la defensa de su barrio y que fueron ejecutados por agentes federales de inmigración, mientras el entonces comandante general de la Patrulla Fronteriza, Greg Bovino, desfilaba con una indumentaria de reminiscencias nazis. Desde entonces, ICE actúa con más cautela, aunque sin cambiar sus prioridades.

Paradójicamente, se suceden las historias de votantes de Trump que ahora ven cómo deportan a sus cónyuges nacidos en el extranjero. Algunos lo votaron convencidos de que expulsaría a los «delincuentes», sin advertir que sus asesores más cercanos consideran la inmigración en sí misma una especie de delito. En 2020, Trump había logrado un notable avance entre los votantes latinos respecto a 2016, y por entonces se hablaba mucho del Partido Republicano como un «partido multirracial de clase trabajadora». 

Para consolidar ese avance, habría tenido que abstenerse de atacar a comunidades por motivos raciales. Pero su asesor más influyente, Stephen Miller, se ve a sí mismo librando una lucha civilizatoria contra la «sustitución» de la raza blanca; el vicepresidente, J.D. Vance, concibe la nación como una patria arraigada en generaciones sepultadas en la misma tierra; y el propio Trump recurre habitualmente a un racismo burdo, como cuando se refirió a los inmigrantes somalíes como personas de «bajo coeficiente intelectual». Así no se construye una coalición multirracial.

Algunos votantes de Trump, que aún confiaban en su supuesto conocimiento empresarial, esperaban además que su elección hiciera bajar el costo de la vida. Muchos asociaban los años de Biden con la carestía, y el primer mandato de Trump, con una economía más sólida. Pero ha ocurrido lo contrario. Sus aranceles, impuestos de forma arbitraria –para luego retirarlos y volver a aplicarlos–, han contribuido a la subida de los precios. Tampoco se diseñaron con cuidado para proteger a sectores claves. Canadá ha sido quizá el blanco más frecuente, en una disputa que nadie pidió y que ni siquiera figuraba en el programa de campaña de Trump. Hoy son más los estadounidenses que se ponen del lado de Canadá en esta guerra comercial inventada que los que respaldan a Trump, e incluso alrededor de un tercio de los votantes MAGA desaprueba su postura. Algo poco habitual en un presidente: sus propias decisiones permiten señalarlo directamente como responsable del encarecimiento de la vida.

A la ansiedad económica se suman los efectos de la inteligencia artificial. Aunque su avance en la economía es todavía lento, muchos trabajadores temen por su futuro laboral o por el que heredarán sus hijos. Se han construido centros de datos a gran escala. Y si la inteligencia artificial despierta opiniones divididas, estos centros generan un rechazo masivo que trasciende las líneas partidarias. La mayoría se encuentra en zonas rurales donde viven muchos votantes de Trump, a quienes no les agradan esos gigantescos monolitos que alteran su vida y su entorno, encarecen la electricidad y quizá acaben quitándoles el empleo.

Trump tampoco ha cumplido sus promesas en materia de política internacional. En 2024 se presentó como el candidato de la «paz» y advirtió que el apoyo de Biden a Ucrania podía desencadenar una tercera guerra mundial. Ya en el cargo, presume de haber detenido «ocho guerras» y se queja constantemente de no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Sus acciones en el exterior, sin embargo, cuentan otra historia. Tras la operación que le permitió capturar a Nicolás Maduro en Venezuela, su intento de «decapitar» de forma similar al régimen iraní ha sido un fracaso rotundo. Muchos votantes MAGA son aislacionistas y habían hecho suya la crítica de Trump a las «guerras estúpidas» en Oriente Medio. Trump les dio otra. Se convenció de que lo que frenaba la grandeza de Estados Unidos eran los reparos liberales a ejercer el poder y la fuerza. Pero su enfoque ha arruinado alianzas, lo ha alineado con los autoritarios del mundo y ha encarecido la vida de los consumidores estadounidenses.

El presidente, que alguna vez tuvo cierto olfato político, parece cada vez más desquiciado. Habla sobre todo de su propia grandeza y de sus obras: el salón de baile de mal gusto que sustituirá un ala derribada de la Casa Blanca, o un arco del triunfo de 76 metros, más alto que el de París y coronado por una Libertad alada y dorada, que supuestamente estará lleno de francotiradores y drones. Ha insistido en rebautizar el golfo de México como golfo de América, y el lago Ontario como lago América –y hasta ha bromeado con hacer lo mismo con un océano, «Trump Ocean», sugirió risueño en un mitin–. Parece incapaz siquiera de fingir que le importan los demás, salvo cuando eso realza su propia gloria. Si algo ha demostrado Trump es que su grandeza y la del país no van de la mano: para que Estados Unidos vuelva a ser grande, habrá que destruir su legado. 

Dos partidos en transformación

Para entender los posibles efectos de estos comicios, puede ser útil compararlos con las elecciones intermedias de 2006. George W. Bush había sido reelegido por un estrecho margen en 2004, un año después de llevar al país a la guerra en Iraq. En 2006, la guerra se había vuelto muy impopular, al igual que el propio Bush. También entonces los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado y ganaron varias gobernaciones. Dos años más tarde, en plena crisis financiera y con un Bush aún más impopular de lo que hoy es Trump, el país eligió a Barack Obama, el primer presidente afroestadounidense. Aquellas circunstancias transformaron a ambos partidos. Entre los demócratas, abrieron paso al obamismo tras la era Clinton. Los fracasos de Bush dejaron en el Partido Republicano un vacío de poder que, con el tiempo, ocuparon Trump y el movimiento MAGA.

Los resultados del 3 de noviembre auguran cambios similares. Para los republicanos, llega la hora de la verdad. Trump culpará a otros republicanos, y estos, por primera vez, podrían culparlo públicamente a él. En 2009, el descontento en la derecha se expresó a través del Tea Party, un movimiento precursor de MAGA que canalizó el rechazo a la inmigración, a la elección de Obama y a la respuesta del gobierno a la crisis financiera de 2008. Por ahora, la ira populista de la derecha sigue alineada con Trump, pero los republicanos que han pasado estos años en el ostracismo, como la exgobernadora de Carolina del Sur Nikki Haley, podrían intentar reivindicar los valores republicanos «tradicionales» –incluida la defensa de las alianzas estratégicas del país–. Lo que aún no está claro es si el partido que Trump ha moldeado querrá volver a ellos.

El Partido Demócrata también se ha ido transformando en dos direcciones que probablemente generarán tensiones. La primera es el avance de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés), que siguen ganando terreno en todo el país. Janeese Lewis George será la primera alcaldesa socialista democrática de Washington, DC: una mujer negra, exfiscal e hija de una trabajadora postal sindicalizada, cuya familia perdió su casa debido al aumento del alquiler y que ganó las elecciones prometiendo plantar cara a los intentos de Trump de intervenir en la ciudad. En la otra costa del país, la socialista Nithya Raman, urbanista nacida en la India, ganó la Alcaldía de Los Ángeles con una campaña centrada en la vivienda y los derechos de los inquilinos. Así, candidatos respaldados por DSA gobernarán las dos mayores ciudades del país, Nueva York y Los Ángeles, además de la capital.

En Michigan, en una de las contiendas más seguidas, ganó Abdul El-Sayed, quien será el primer musulmán en ocupar un escaño en el Senado estadounidense. Aunque no es miembro de DSA ni se define como socialista, contó con el respaldo de Bernie Sanders y de Alexandria Ocasio-Cortez, esta última integrante de DSA, y pertenece al ala progresista del partido. Angie Nixon, también de DSA, se quedó a tres puntos de ganar un escaño en el Senado por Florida. Estos resultados sugieren que los votantes demócratas no temen apoyar a candidatos socialistas, incluso lejos de los centros urbanos tradicionalmente demócratas. De hecho, figuras como Ocasio-Cortez o el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, gozan de gran popularidad entre los miembros del partido. Y la distancia entre lo que quieren los votantes socialistas y los progresistas (liberals) no socialistas de la base demócrata quizá no sea tan grande como se suponía: abolir ICE, juzgar los delitos de Trump, proteger el derecho al voto y la democracia, abaratar el costo de la vida, adoptar una política exterior responsable y cooperativa, y recortar el poder –y la riqueza– de los multimillonarios.

Sin embargo, al ampliar el mapa en el que podían competir, los demócratas se han convertido al mismo tiempo en un partido más plural, que abarca también a exrepublicanos. Por ejemplo, el senador electo por Kansas, Adam Hamilton, es un antiguo republicano y pastor de la congregación metodista más grande de Estados Unidos. Por su parte, algunos demócratas que se presentaron en estados republicanos se distanciaron de la imagen que se tiene de su partido al indicar que no apoyaban la participación de personas trans en el deporte, un tema de la «guerra cultural» que los republicanos han intentado explotar para presentar a los demócratas como desconectados de la realidad. La coalición demócrata incluye ahora a representantes de zonas más conservadoras, unidos por un antitrumpismo compartido. De ahí que puedan surgir tensiones dentro de la coalición, aunque quizá no tantas como algunos temen. Muchos demócratas de estados «rojos» se presentaron con programas progresistas y denunciaron los ataques contra los derechos de las personas trans como ataques contra los derechos humanos. En Alabama, Allison Montgomery, una mujer trans, fue electa a la Cámara de Representantes estatal tras centrar su campaña en cuestiones económicas, como la oposición a los centros de datos.

En Texas, los republicanos se ensañaron con el candidato demócrata al Senado, James Talarico, de 37 años. Trump lo apodó «Talafreako» (de freak, bicho raro), pero él le dio la vuelta a la burla: estampó el apodo en camisetas con el lema «I’m a Talafreako», que arrasaron en su web, y hasta agradeció públicamente al presidente el mote. Exprofesor de secundaria y seminarista presbiteriano, Talarico se había hecho viral al afirmar que «Dios es no binario» (una postura, por cierto, teológicamente defendible) y con un video en el que sostenía que quienes están destruyendo Estados Unidos no son las personas trans, los musulmanes ni los inmigrantes indocumentados –grupos que representan cada uno en torno de 1% de la población–, sino una verdadera minoría: la de los superricos. Sabía de lo que hablaba: Elon Musk «invirtió» más de 200 millones de dólares para impedir su victoria, y Trump viajó varias veces a Texas para apoyar a su rival republicano, Ken Paxton. Por eso, en su discurso de victoria, Talarico se comparó con David y dijo haber derrotado a sus Goliats: «el hombre más rico del mundo» y «el hombre más poderoso del mundo». Hoy es una de las figuras emergentes del Partido Demócrata.

Rumbo a 2028

Siguiendo con la comparación con 2006, la carrera por convertirse en el Obama de 2028 probablemente empezó el miércoles 4 de noviembre. Por ahora hay dos posibles aspirantes destacados. Alexandria Ocasio-Cortez no ha ocultado que se plantea presentarse. Consciente de que en política mucho depende del momento, la congresista se pregunta si se está abriendo la oportunidad de una Presidencia verdaderamente transformadora, una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse en toda su vida. Por eso siguió muy de cerca la contienda de El-Sayed en Míchigan: si él podía ganar allí, quizá ella podría ganar en cualquier parte.

El otro nombre que suena con fuerza es el de Jon Ossoff, recién reelegido senador por Georgia, aunque él asegura que no se presentará en 2028. Con 39 años, exproductor de documentales de investigación y discípulo del histórico líder de los derechos civiles John Lewis, Ossoff llegó al Senado en 2021 como el senador más joven desde Joe Biden y el primer judío de su estado. Además, en Georgia, un estado que Trump ganó hace dos años, se convirtió en el primer demócrata en más de tres décadas en ser reelegido tras completar un mandato entero. Sus ataques meticulosos contra la corrupción del presidente, que combinan autoridad moral y burlas demoledoras, le han ganado cada vez más admiradores en todo el país. Como judío crítico de la actuación de Israel en Gaza, podría estar en una posición idónea para abordar uno de los temas más espinosos de la coalición demócrata, que cualquier candidatura presidencial en 2028 tendrá que afrontar. 

Tras el segundo mandato de Trump, lo que se exigirá en las próximas elecciones presidenciales promete ser muy distinto de lo que se pedía en 2008. La misma noche de las elecciones intermedias, el propio Barack Obama escribió en las redes sociales: «Esta noche, el pueblo estadounidense ha enviado un mensaje claro: quiere una política que una a la gente en lugar de dividirla, y líderes que ofrezcan soluciones concretas a sus problemas». La periodista Elizabeth Lopatto citó su mensaje y añadió: «¡Bzzzt! ¡Respuesta incorrecta! Queremos un Núremberg 2.0», en alusión a los juicios contra los jerarcas nazis. Su publicación se hizo viral y tuvo mucho más eco que la de Obama. En 2008, el mensaje de Obama sobre el progreso y la reconciliación fue poderoso, pero también supuso renunciar a pedir cuentas por los delitos cometidos durante la presidencia de Bush. Trump ha sido tan descarado que hoy la reconciliación ya no basta. Pienso en una mujer de mi ciudad natal, Madison, Wisconsin, que tiene edad para ser abuela y que ha pasado horas cada fin de semana del último año de pie, en silencio, al borde de una carretera, con un cartel que dice «Fuck ICE». Si esa mujer quiere una política que «una a la gente», es una política que la una a otros para acabar por completo con el trumpismo. En todo el país, millones de personas reclaman lo mismo.

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