Opinión

¿Y si la crítica al capitalismo empieza en casa?


octubre 2025

En Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre (Caja Negra, 2024), Helen Hester y Nick Srnicek sitúan el trabajo reproductivo en el centro del debate sobre el poscapitalismo. A partir de un enfoque crítico, examinan la dimensión doméstica como espacio de explotación y proponen nuevas formas de organización social basadas en la redistribución del tiempo y el cuidado.

<p>¿Y si la crítica al capitalismo empieza en casa?</p>

Al terminar la jornada laboral, no siempre comienza el descanso: empieza otro tipo de trabajo. Cocinar, limpiar, ordenar, cuidar a los hijos o a familiares, resolver tareas de la casa. Una rutina que rara vez aparece en las estadísticas, casi nunca se paga y, sin embargo, sostiene la vida. Ese territorio invisible –el tiempo destinado a reproducir lo cotidiano– es el que Helen Hester y Nick Srnicek examinan en Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre (Caja Negra, 2024).

El libro se inserta en una serie de ensayos que, en los últimos años, buscan pensar horizontes más allá del capitalismo. Pero su aporte es singular, en tanto sitúa el trabajo reproductivo y las desigualdades de género en el núcleo mismo de esa discusión. En lugar de limitarse a sumar un capítulo feminista a la crítica del capital, el trabajo de Hester y Srnicek desplaza el centro de gravedad hacia la vida doméstica, entendida como espacio de explotación y, al mismo tiempo, como campo posible de emancipación humana.

En su enfoque, sin dudas novedoso, Hester y Srnicek adoptan la perspectiva del postrabajo, definida como una corriente que imagina «visiones de mundo alternativas que apuntan a la abolición de esta forma social». Desde allí, colocan en primer plano el trabajo reproductivo no remunerado y las asimetrías estructurales de género, un ángulo a menudo relegado en otros debates del mismo campo. En ese gesto residen tanto la premisa como el mayor aporte del libro.

El recorrido del libro se organiza en seis capítulos, cada uno titulado según los ejes que lo vertebran. Luego de la introducción teórica se abre el capítulo «Tecnologías», en el que ambos autores exploran por qué la promesa de alivio técnico en el trabajo reproductivo nunca se cumplió. «Estándares», el segundo capítulo, indaga en los mandatos que definen lo doméstico y en la moral implícita que los sostiene. Mientras tanto, el tercer apartado, titulado «Familias», se analiza la función de esta institución como engranaje adaptativo del orden económico. Luego, en el capítulo «Espacios», Hester y Srnicek se preguntan cómo ampliar los postulados del postrabajo al ámbito reproductivo. Finalmente, «Después del trabajo» esboza medidas y orientaciones para avanzar hacia un modelo alternativo de cuidado y uso del tiempo.

Trabajo asalariado y soberanía temporal

El ensayo parte de una premisa clara: el trabajo asalariado está desprovisto de libertad. Quien ingresa al mercado laboral lo hace por necesidad, sin otras alternativas reales, y queda sometido tanto a la dominación personal de gerentes y supervisores como a la coacción «impersonal» de las lógicas del sistema. El proyecto de Hester y Srnicek no se limita a mejorar las condiciones del empleo que describe: su propósito es superarlas.
Los autores intervienen en un debate histórico que atravesó a feministas de la «segunda ola», teóricas de la reproducción social y pensadoras socialistas. En ese marco, sostienen que las tareas reproductivas y de cuidado son una forma de trabajo –«trabajar es cuidar, cuidar es trabajar»– y, como tal, deben ser reducidas y redistribuidas socialmente. Solo de ese modo se podrá recuperar la «soberanía temporal», entendida como la capacidad colectiva de decidir qué hacer con el tiempo liberado del trabajo necesario. Este horizonte supone una reorganización social en la que la acumulación deje de ser el principio rector.
En este punto, la referencia a Karl Marx es constante, aunque sin adhesión a sus tesis más radicales. En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx advertía que una comunidad solo puede cultivarse espiritualmente si rompe con la esclavitud de las necesidades inmediatas. También subrayaba que, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas, lo que antes requería el esfuerzo de cientos podía realizarse en cuestión de horas. Para Hester y Srnicek, el tiempo libre no equivale al ocio pasivo: constituye la condición misma del desarrollo humano.

En un paradigma de análisis de este tipo, no es casual que conceptos como el de «alienación» aparezcan reactualizados en un marco contemporáneo: las transformaciones del trabajo, las crisis económicas recurrentes y los cambios tecnológicos que, lejos de liberar tiempo, a menudo refuerzan la explotación. El libro, entonces, se propone reactivar esa tradición crítica en diálogo con las condiciones sociales y económicas actuales.

Justamente en ese marco, la crisis financiera global de 2008 ocupa un lugar clave. Los autores asumen que esa crisis dejó tras de sí austeridad, desigualdad y sufrimiento, pero afirman que también abrió nuevos espacios de esperanza y de imaginación política: desde búsquedas ecosocialistas hasta plataformas cooperativas y renovadas discusiones sobre planificación económica. El acierto principal de este diagnóstico consiste en reubicar el trabajo doméstico en el centro del análisis.

Hester y Srnicek reconocen el valor afectivo del hogar como refugio frente a los imperativos externos, pero insisten en que esa dimensión no debe ocultar la necesidad de reducir, redistribuir y desprivatizar las labores de cuidado. La explotación invisible de la casa, recuerdan, ha sido denunciada por una larga tradición feminista. Podrían suscribir a la conocida frase de la académica y activista feminista italoestadounidense Silvia Federici: «Eso que llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo no pagado». Sin embargo, se apartan tanto de la propuesta de salario para el trabajo doméstico como de las lecturas más recientes de la autora, que tienden a reforzar la centralidad del hogar como espacio político.

Aunque reconocen la importancia pionera de Federici, señalan –siguiendo a Zoë Sutherland y Marina Vishmidt– que en sus últimos textos la defensa del trabajo reproductivo no siempre se articula con una crítica abierta a las divisiones de género, y que incluso esas prácticas llegan a resignificarse como formas de «resistencia al capital» en contextos comunitarios.

Familia, cuidado comunal y estándares culturales

La mirada sobre la familia constituye uno de los núcleos más incisivos del libro. En su forma dominante –nuclear, heterosexual, privatizada–, no solo reproduce desigualdades, sino que resulta ineficiente como dispositivo de organización social. El problema, señalan Hester y Srnicek, no es únicamente cómo se reparten las tareas dentro del hogar, sino el diseño mismo de la familia como unidad de reproducción. Funciona como un «amortiguador» que absorbe responsabilidades desplazadas por el capital y, al estar organizada en torno del parentesco biológico, deja fuera a amplios sectores de la población.

Hester y Srnicek admiten que la consigna «abolición de la familia» posee una «carga emocional explosiva», pero delinean una alternativa fundada en el principio del «cuidado comunal». Se trataría de crear redes de vínculos compartidos que desborden el aislamiento doméstico y habiliten otras formas de convivencia. La pregunta central que plantean es directa: ¿cómo organizar el cuidado de un modo distinto al modelo privatizado? Su respuesta apunta a un «ecosistema de instituciones» que descentralice, socialice y democratice las tareas reproductivas.

El análisis se desplaza también a las disposiciones culturales que regulan la vida doméstica. Estándares de limpieza, orden y crianza operan como pilares morales y mecanismos de distinción. Las exigencias de una casa impecable, las comidas elaboradas como signo de estatus o la presión por «invertir» en los hijos no son meros hábitos: conforman, según los autores, un ideal de vida aspiracional sostenido por el marketing y los medios de comunicación. Esta trama simbólica, advierten, legitima la autoexplotación y naturaliza la sobrecarga.

En ese marco, la actual crianza intensiva aparece como un fenómeno relativamente reciente. «Con el correr del siglo XX –escriben–, las tareas de maternidad se empezaron a aproximar más a las que conocemos hoy en día». Históricamente, la infancia como etapa dedicada a la educación y al desarrollo personal, en lugar del trabajo, no se consolidó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Incluso el término parenting («crianza») recién se volvió de uso común en la década de 1970.

Esta organización doméstica, basada en la individualización del cuidado, tuvo un impacto directo en el desarrollo de las tecnologías del hogar. Como explican Hester y Srnicek, en lugar de transformar de manera integral la distribución del trabajo, la innovación se limitó a mecanizar tareas puntuales. El lavado de ropa, por ejemplo, se trasladó en mayor medida a dispositivos específicos sin alterar la lógica general de las labores ni su sentido social.


Género, tecnologías del hogar y «paradoja de Cowan»

La dimensión de género aparece con nitidez en este recorrido. Muchos inventos tempranos –como la estufa, la tela manufacturada o la harina industrializada– redujeron ciertas tareas masculinas (cortar leña, curtir cuero, moler grano), pero al mismo tiempo expandieron las femeninas: preparar una mayor variedad de comidas, lavar prendas más delicadas o responder a las nuevas exigencias de la harina blanca. De este modo, la innovación técnica alivió el esfuerzo de los varones mientras multiplicaba las obligaciones de las mujeres.

Este tránsito se inserta en un proceso más amplio, que Hester y Srnicek resumen con precisión: el paso de la casa como espacio de producción a la casa como espacio de consumo. En esa transformación, la técnica no funcionó como un agente liberador, sino como un engranaje que reconfiguró el trabajo sin cuestionar su reparto ni su sentido social.

Aquí resulta clave la recuperación de la tradición del feminismo materialista. Siguiendo a la feminista italiana Mariarosa Dalla Costa, Hester y Srnicek enfatizan que «la jornada laboral del ama de casa es interminable no porque no disponga de máquinas, sino porque está aislada». El diagnóstico desmonta la idea de que la emancipación dependa únicamente del perfeccionamiento técnico: el obstáculo es, ante todo, político y económico. Mientras el cuidado permanezca privatizado en hogares fragmentados, ninguna innovación logrará racionalizar el trabajo ni aliviar la sobrecarga de las mujeres.

La llamada «paradoja de Cowan» se convierte en un punto de apoyo fundamental. A lo largo del siglo XX, pese a la proliferación de electrodomésticos, el tiempo dedicado al hogar no se redujo de manera significativa. Según la historiadora del trabajo Ruth Schwartz Cowan, la introducción de nuevas máquinas no simplificó las dinámicas generales, sino que mantuvo –e incluso incrementó– las exigencias sociales vinculadas al cuidado: en lugar de liberar tiempo, redefinió los estándares de limpieza, orden y atención que se esperaba de las familias.

En la actualidad, señalan los autores de Después del trabajo, la situación no es distinta. De hecho, sostienen que «numerosos proveedores de hogares inteligentes han ideado futuros especulativos repletos de tecnologías de última generación», pero siempre «en el marco de un mundo de viviendas familiares individuales y de una división del trabajo en función del género». Incluso herramientas que prometían alivio, como el sacaleche, acabaron reforzando la presión para compatibilizar empleo y maternidad intensiva. En última instancia, el problema no son los dispositivos en sí mismos, sino el imaginario social que guía su creación, implementación y uso.

Alternativas al tecnooptimismo, lujo público y comunas

Alejándose del tecnooptimismo, los autores introducen otra pregunta crucial: ¿qué sucede cuando –como en muchos trabajos reproductivos– no es posible o incluso no es deseable automatizar las tareas? La falta de respuestas claras ha llevado a asumir que las únicas alternativas son valorizar esos trabajos, exaltarlos simbólicamente o, en el mejor de los casos, repartirlos con mayor justicia. Para Hester y Srnicek, esas salidas resultan insuficientes.

Frente a este callejón, proponen explorar caminos basados en la cooperación cotidiana, la ayuda mutua y nuevas formas de provisión colectiva. Esta perspectiva se enlaza con uno de sus aportes más sugerentes: el concepto de lujo público. En contraposición al lujo privado –asociado al consumo exclusivo–, el lujo público designa una infraestructura compartida, gratuita y de alta calidad que aligere la carga doméstica y eleve la calidad de vida. No se trata de acumular objetos en cada hogar, sino de generar servicios colectivos que devuelvan tiempo y energía a quienes hoy viven exhaustos.

Aunque el término es novedoso, la idea tiene antecedentes históricos. La socialización del cuidado fue una de las banderas del feminismo socialista. En este punto, Hester y Srnicek recuperan la experiencia de las comunas soviéticas como un «momento notable de experimentación» frente al modelo de vivienda unifamiliar. La primera comuna de Moscú incluía cocinas colectivas, lavanderías compartidas y servicios públicos pensados para racionalizar el trabajo doméstico. Estas iniciativas acompañaron otras medidas del joven Estado obrero, como la legalización del aborto y del divorcio, la creación de jardines maternales y la ampliación de licencias de maternidad.

Sin embargo, muchas comunas se vieron frustradas por la falta de recursos y por la limitada aceptación social. El libro recuerda su carácter experimental, pero no termina de situar su declive en el marco de la consolidación del estalinismo. La restauración de un modelo familiar conservador, junto con la restricción del aborto y el divorcio, formó parte de una ofensiva reaccionaria más amplia que desactivó esa primera tentativa de socialización del cuidado.

Más allá de estas omisiones, Hester y Srnicek advierten que la expansión del suburbio estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial supuso la consolidación de un modelo opuesto. La vivienda unifamiliar se convirtió en símbolo de éxito y de «refugio contra el comunismo», en el marco de una estrategia ideológica deliberada. La casa aparecía como espacio de protección, pero operaba como tecnología política: privatizaba el cuidado, fragmentaba los lazos sociales, desalentaba la acción colectiva y producía un «derroche colosal de tiempo, esfuerzo y trabajo humano».

Soluciones individualizadas, mujeres en el mercado laboral y realismo doméstico

En continuidad con su crítica a las soluciones individualizadas, Hester y Srnicek rechazan la idea de que el desigual reparto de tareas pueda resolverse únicamente ampliando la participación de las mujeres en el mercado laboral. Aunque reconocen efectos positivos –como mayor autonomía material o cierta reducción del trabajo doméstico–, advierten que esta estrategia equivale a «cambiar una forma de sujeción por otra».

Aquí, sin embargo, el análisis presenta un vacío. Figuras como Friedrich Engels, Aleksandra Kolontái y feministas de la segunda ola, citadas por los autores, no se limitaron a defender la incorporación de las mujeres al empleo asalariado. Su horizonte implicaba una transformación profunda de las relaciones sociales, donde la participación política, sindical y militante permitía cuestionar también la esfera reproductiva. Ese aspecto no aparece del todo desarrollado en el libro.

Hester y Srnicek señalan, no obstante, que la casa y el terreno funcionan como tecnologías productoras de subjetividad. No son solo activos económicos: inducen conformidad política a través de distracciones individualizadas. Lejos de responder a las urgencias de las personas, estas configuraciones habitacionales obedecen a los imperativos del capital de plataformas. Electrodomésticos «inteligentes», ambientes controlados por datos y objetos conectados se presentan como alivios al trabajo, pero en realidad operan como dispositivos enteramente capitalistas, diseñados para extraer ganancias, información y control.

Inspirados en Mark Fisher, los autores identifican allí una lógica de «realismo doméstico»: un límite que, en el espacio privado, impide imaginar modos alternativos de vida. Retomando a Fredric Jameson, sugieren que hoy parece más fácil pensar el fin del mundo que el fin del hogar tal como lo conocemos. La casa se convierte, entonces, en el ancla de un presente sin horizonte, donde las rutinas de cuidado privatizado sostienen la reproducción social del capital.

No obstante, uno de los puntos más frágiles del libro radica en la escasa definición de sus caminos estratégicos. Aunque los autores sostienen la necesidad de trascender la relación capital/trabajo, no precisan cómo podría alcanzarse esa transformación. Srnicek, coautor de Inventar el futuro y del Manifiesto por una política aceleracionista, había propuesto antes medidas concretas como la reducción de la jornada laboral, el ingreso básico universal y la desvinculación entre salario y empleo. En Después del trabajo, en cambio, el término aceleracionismo desaparece y la orientación política se vuelve más ambigua: los beneficios que se proyectan parecen los de una revolución, pero sin un quiebre radical con las estructuras existentes.

Poscapitalismo y transición

Los autores aclaran que prefieren hablar de poscapitalismo antes que de comunismo, debido al «bagaje histórico y político» que este último término arrastra. La elección no es solo terminológica: para Marx, Engels y diversas articulaciones socialistas posteriores fundadas en lecturas de sus obras, cualquier reorganización profunda de las condiciones de vida requería praxis revolucionaria y organización política. En Hester y Srnicek, en cambio, la apuesta pasa por una reconfiguración institucional de gran magnitud, sin una reflexión clara sobre el rol del Estado ni sobre los sujetos sociales capaces de protagonizar el cambio.

Defienden que la sociedad poslaboral no debe entenderse como un utópico punto de llegada, sino como un «proceso prometeico interminable para ampliar el ámbito de la libertad». Las reformas que plantean serían apenas pasos intermedios, orientados a preparar el terreno para una socialización más amplia del trabajo doméstico. En esa línea, sintetizan: «Mientras sigamos viviendo bajo el capitalismo, el objetivo será desmercantilizar la vivienda, de modo que el acceso a una casa segura, confiable y de buena calidad no dependa del salario». Esta posición podría constituir un eco de las argumentaciones de la llamada izquierda «autonomista», que cobró relevancia durante la década de 1990.

La pregunta, sin embargo, permanece abierta: ¿se trata de desarrollar una política de acumulación progresiva de cambios graduales dentro del sistema? Su propuesta de lujo público es sugerente, pero encarna esa misma tensión. Se la presenta como infraestructura transformadora, aunque su implementación se imagina dentro de lógicas que no confrontan directamente las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad. Incluso los ejemplos históricos que reivindican –desde la Rusia revolucionaria hasta el Estado de bienestar de posguerra o los experimentos comunitarios y separatistas en los márgenes– refuerzan esa ambigüedad entre ruptura y reforma.

En el plano técnico, algunas afirmaciones quedan poco desarrolladas. «Una conclusión clave es que no tenemos las tecnologías que nos merecemos», escriben los autores. Si la técnica no es neutral y está atravesada por relaciones sociales, ¿qué incentivo tendría el capital para promover innovaciones que reduzcan el tiempo de trabajo, si ese tiempo constituye su fuente principal de ganancia? La contradicción queda planteada, aunque no del todo resuelta.

Aun con estas limitaciones, el libro conserva una vocación transformadora. Ofrece una lectura del hogar como brazo de la explotación capitalista y de la opresión de género, historiza prácticas cotidianas que suelen naturalizarse –la limpieza, la crianza, la maternidad intensiva, la distribución del cansancio– y formula preguntas de enorme vigencia. «El futuro del trabajo no es la programación, sino el cuidado», sostienen los autores, condensando un viraje cultural y político. Reivindican, además, que el hogar, habitualmente despolitizado, debe ser resignificado como un lugar neurálgico de libertad y disputa.

La intersección entre clase, género y raza también aparece con fuerza. En los países de altos ingresos, recuerdan, la alternativa para resolver las tareas domésticas oscila entre «una máquina costosa o una sirvienta barata». La afirmación expone con crudeza las desigualdades existentes. Y aunque el análisis se concentra en Reino Unido y Estados Unidos, los propios autores admiten que está pendiente una historia mundial y comparada de la reproducción social. Un marco así permitiría examinar las tensiones específicas del Sur global: acceso desigual a la tecnología, sistemas de cuidado frágiles y una dependencia aún más marcada de la venta de fuerza de trabajo, sin redes públicas o privadas que amorticen la precariedad.

La mayor virtud del libro es que no clausura el debate, sino que lo abre con preguntas urgentes: ¿es posible una soberanía temporal sin transformación política de fondo? ¿Qué lugar conserva la clase como categoría estratégica en un escenario marcado por las intersecciones del siglo XXI? ¿Puede emanciparse el tiempo sin desmontar los cimientos de la familia? ¿Quiénes tomarán el cielo por asalto, cuando buena parte de la sociedad sigue confinada entre paredes domésticas?

«Cuando el reloj se lleva alrededor del cuello, descansa próximo a los latidos menos regulares del corazón». Con esa imagen, Edward P. Thompson describía la violencia del tiempo capitalista sobre quienes «no tienen nada que perder, salvo sus cadenas». También –como sugiere este libro– las cadenas que atan al tiempo.


Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter

Democracia y política en América Latina