La desesperada carrera etíope por el acceso al mar
octubre 2026
La firma de un memorando entre Etiopía y Somalilandia en 2024 prometía abrir una salida al mar para el gigante africano. Somalia denunció el trato sobre una costa que considera suya. Casi tres años después, los combates dentro de Etiopía y la ruptura con Eritrea hacen más real el riesgo de una guerra regional.
El 1 de enero de 2024, en Adís Abeba, dos hombres firmaron un documento capaz de alterar las relaciones de Etiopía con sus vecinos. De un lado estaba el primer ministro etíope, Abiy Ahmed; del otro, Muse Bihi Abdi, entonces presidente de Somalilandia. Abiy Ahmed gobernaba desde 2018 el país sin litoral marítimo más poblado del mundo. Bihi presidía un territorio que se administra por su cuenta desde que proclamó su separación de Somalia en 1991, aunque el Estado somalí aún reclama la soberanía sobre él. Uno buscaba una salida al mar; el otro, el reconocimiento de una independencia que entonces ningún miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) había concedido. Según lo anunciado, Etiopía podría alquilar unos 20 kilómetros de costa durante 50 años para fines navales y obtener acceso comercial; a cambio, estudiaría reconocer a Somalilandia. Los términos completos no se hicieron públicos y el alquiler nunca se concretó. La firma no movió ninguna frontera, pero abrió una disputa que llegaría a otras capitales.
En la firma del documento había un tercero ausente. En Mogadiscio, la capital de Somalia, el presidente Hassan Sheikh Mohamud vio en el memorando un trato sobre territorio que su país considera propio. Lo denunció como una violación de la soberanía somalí y buscó aliados. Casi un año después, Turquía, que tiene en Somalia una base militar e importantes inversiones, sentó a los gobiernos de Etiopía y Somalia en Ankara: en diciembre de 2024 acordaron respetar esa soberanía y explorar una vía de acceso comercial al mar bajo autoridad somalí. La mediación rebajó la tensión, pero el acuerdo con Somalilandia no se aplicó y la cuestión del puerto siguió abierta.
El papel firmado en Adís Abeba comenzó a mover otras piezas. Somalia se acercó a Egipto; Eritrea escuchó con alarma las declaraciones etíopes sobre el mar Rojo. Mientras tanto, los combates dentro de Etiopía hicieron más urgente una pregunta previa a cualquier nuevo pacto portuario: ¿cómo mantener abiertos los caminos que ya conducen al mar?
Un país sin costa
Para entender por qué una franja de costa podía causar tanto revuelo, hay que mirar el mapa. Etiopía ocupa el centro del Cuerno de África, la punta del noreste del continente que avanza hacia la península arábiga. Por el norte y por el este, la separan del agua Eritrea, Yibuti, Somalilandia y Somalia. Esas costas dan al mar Rojo y al golfo de Adén, que se unen en el estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los pasos más transitados del comercio entre Asia y Europa.
El camino más importante nace en el puerto de Yibuti, en el pequeño Estado del mismo nombre. Desde allí, una ruta y un tren suben hacia Adís Abeba con combustible, fertilizantes, alimentos e insumos industriales. En la otra punta espera un país de cerca de 140 millones de habitantes, el segundo más poblado de África después de Nigeria. Cada carga que entra por esa ruta ha atravesado antes un puerto y un territorio ajenos.
Etiopía tuvo puertos propios hasta hace poco más de tres décadas. Eritrea, sobre la costa del mar Rojo, libró desde 1961 una guerra por la independencia que atravesó la monarquía etíope y la dictadura militar que la sucedió. En 1993, sus habitantes votaron masivamente a favor de separarse de Etiopía en un referéndum respaldado por las Naciones Unidas. La nueva frontera dejó Massawa y Assab del lado eritreo. Etiopía, que hasta entonces había llegado al mar por esos puertos, quedó obligada a cruzar una frontera para alcanzar cualquier muelle.
Más de 95% del comercio exterior etíope, medido por volumen, utiliza el corredor de Yibuti, según el Banco Mundial. No es el único camino, pero ninguno de los otros tiene una escala comparable. Si se cerrara, la interrupción llegaría mucho más lejos que la aduana: a las fábricas que esperan insumos, los mercados que esperan alimentos y los hogares que necesitan combustible.
Abiy Ahmed quiere abrir más de un camino hacia el mar. Pero en sus discursos no siempre separa el uso de un puerto ajeno del reclamo de uno propio, y para sus vecinos esa diferencia lo es todo: cuando Adís Abeba habla de un acceso «soberano», del otro lado de la frontera se escucha un reclamo territorial.
La guerra que Etiopía y Eritrea libraron entre 1998 y 2000 seguía pesando sobre cualquier negociación por Assab. La paz que Abiy Ahmed firmó en 2018 con Asmara, la capital eritrea, no le dio acceso a ese puerto. Miró entonces hacia Berbera, el puerto de Somalilandia sobre el golfo de Adén. Una carretera lo conecta con la frontera etíope: la ruta física existe; lo que se discute es quién puede ofrecerle a Etiopía el uso de la costa. Somalilandia, antiguo protectorado británico, ha construido instituciones propias y una relativa estabilidad, aunque su escaso reconocimiento internacional ha limitado el acceso directo al financiamiento. Para Bihi, la necesidad de Abiy Ahmed abría una posibilidad: convertir un puerto en legitimidad diplomática.
La conversación no se limitó al puerto. Funcionarios de ambas partes plantearon que Somalilandia podría recibir acciones de Ethiopian Airlines, la aerolínea estatal etíope, como parte del arreglo. No hubo transferencia. Pero aquella propuesta mostraba hasta dónde estaba dispuesta a llegar Etiopía por una ruta alternativa a Yibuti.
El dominó regional
La protesta somalí no quedó en una declaración. El gobierno de Mohamud, que al mismo tiempo combatía a Al Shabaab, una organización yihadista que controla parte del territorio somalí, buscó respaldo en el exterior. En 2024, Mohamud se volvió hacia Egipto, donde encontró a un gobierno que también tenía una disputa con Abiy. No era por el mar, sino por el agua del Nilo. Las dos controversias habían comenzado por separado; el acuerdo con Somalilandia les dio un punto de encuentro.
En El Cairo, la mirada estaba puesta en la Gran Presa del Renacimiento Etíope, construida sobre el Nilo Azul e inaugurada en septiembre de 2025. Egipto obtiene del Nilo más de 90% de su abastecimiento de agua y teme que la operación de la presa reduzca el caudal disponible, sobre todo durante las sequías. Respaldar a Somalia ofrecía otra manera de presionar a Etiopía, esta vez desde su frontera oriental.
El acercamiento tomó forma en agosto de 2024: ambos gobiernos firmaron un acuerdo de cooperación militar. Egipto envió armamento a Mogadiscio y ofreció contribuir con soldados a la misión de la Unión Africana en Somalia, la fuerza que la organización de los Estados africanos mantiene allí contra Al Shabaab. Para Adís Abeba, la posibilidad de ver tropas egipcias cerca de la frontera oriental resultaba inquietante. Así, la rivalidad por el Nilo había encontrado un segundo escenario.
El reconocimiento que Somalilandia llevaba décadas buscando llegó desde otra capital. En diciembre de 2025, Israel fue el primer Estado miembro de la ONU en reconocer a Somalilandia. La razón está en el mapa. Berbera mira hacia Yemen, del otro lado del golfo de Adén. Desde Yemen, los hutíes –el movimiento armado aliado de Irán que controla gran parte del norte yemení– atacaron barcos en el mar Rojo y lanzaron misiles y drones contra Israel, en solidaridad declarada con Gaza. Un aliado en la otra orilla le daba a Israel una posición frente a ese enemigo, sobre una de las rutas marítimas más disputadas del mundo.
El gesto tenía, además, una carga política difícil de ignorar. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, reconocía a Somalilandia mientras rechazaba el reconocimiento de Palestina, después de dos años de ofensiva militar israelí que dejaron Gaza devastada. En 2025, Associated Press informó que funcionarios israelíes y estadounidenses habían explorado la posibilidad de trasladar a palestinos de Gaza a países de África oriental, incluida Somalilandia. Las autoridades de Somalilandia haber acordado recibirlos o alojar una base israelí; no hay pruebas de que ese haya sido el precio del reconocimiento. La Unión Africana rechazó la decisión y advirtió que podía desestabilizar la región. Etiopía, entretanto, no reconoció a Somalilandia.
La guerra en el camino al puerto
Mientras Abiy Ahmed negociaba puertos, en el norte etíope muchas personas todavía no podían regresar a sus casas. Entre 2020 y 2022, el ejército federal había combatido en Tigray, una región del norte, al Frente Popular de Liberación de Tigray (FPLT). Esta organización había sido la fuerza dominante en la coalición que gobernó Etiopía durante casi tres décadas, hasta la llegada de Abiy Ahmed al poder en 2018. Desplazado del gobierno central, el FPLT siguió gobernando Tigray y el choque entre los dos poderes terminó en guerra. El conflicto dejó cientos de miles de muertos, millones de desplazados y denuncias de atrocidades cometidas por los distintos bandos.
En noviembre de 2022, un acuerdo firmado en Pretoria, Sudáfrica, con mediación de la Unión Africana, detuvo los grandes combates. Preveía el desarme gradual de las fuerzas tigrayanas y el restablecimiento de la autoridad federal, pero dejó sin resolver quién gobernaría zonas disputadas como el oeste de Tigray. Para quienes habían huido de allí, la pregunta era concreta: si volvían a sus casas, ¿bajo qué autoridad vivirían? La reconstrucción avanzó lentamente y esa incertidumbre sobrevivió al alto el fuego.
En septiembre de 2026 volvieron los combates. El gobierno responsabilizó por la ofensiva al FPLT y a sus aliados –una coalición de grupos armados de varias regiones formada días antes–; los dirigentes tigrayanos sostuvieron que respondían a ataques federales. Fuerzas progubernamentales recuperaron Alamata, en el sur de Tigray, y avanzaron por la ruta hacia Mekelle. El 3 de octubre, tras la retirada del FPLT, entraron en esa ciudad, capital de la región. Cambiaban de manos ciudades y caminos, pero seguía pendiente la disputa que Pretoria había dejado abierta.
La guerra llegó también a Afar, la región atravesada por la principal ruta terrestre hacia Yibuti. Fuerzas tigrayanas y sus aliados avanzaron por un camino secundario conectado con ese corredor, pero las fuerzas federales revirtieron sus avances iniciales a comienzos de octubre. La ruta comercial permaneció abierta. Aun así, esos movimientos mostraron el límite de cualquier acuerdo portuario: para que la mercancía alcance el mar, debe poder atravesar el interior.
Los antiguos aliados de Abiy Ahmed
El mapa de los aliados de Abiy Ahmed cambió en pocos años. Durante la guerra de Tigray, había contado con Fano –una alianza de milicias etnonacionalistas del pueblo amhara– y con las tropas de Eritrea, gobernada por el presidente Isaias Afwerki. Abiy Ahmed había firmado la paz con él en 2018 y recibido al año siguiente el Premio Nobel de la Paz. Ahora Fano lo combatía y la frontera con Eritrea volvía a llenarse de soldados.
Fano empezó a combatir al gobierno federal en 2023 en Amhara, la región asociada a ese pueblo. Sus dirigentes acusan a Abiy Ahmed de desconocer sus reivindicaciones territoriales, concentrar el poder y favorecer a los oromo, el pueblo al que pertenece el primer ministro. También rechazaron la integración o disolución de las fuerzas especiales regionales. En septiembre de 2026, Fano y el FPLT integraron una coalición de siete organizaciones que anunció su intención de desplazar a Abiy. Era una alianza difícil: en el oeste de Tigray, las bases de ambos movimientos reclaman parte de las mismas tierras.
Más al norte está el otro antiguo aliado: Isaias Afwerki. Desde Asmara, el presidente eritreo ve la insistencia de Abiy Ahmed en una salida «soberana» al mar Rojo como una posible amenaza a Assab y Massawa, puertos de Eritrea. El gobierno etíope acusa ahora a Eritrea de apoyar a sus enemigos; Asmara lo niega. Ambos países arrastran además los desacuerdos de la guerra de Tigray. La cuestión marítima agrava esa ruptura.
En octubre, la inquietud se volvió diplomacia rota y tropas cerca de la frontera. El día 1, Eritrea rompió relaciones después de que Etiopía cerrara su embajada en Asmara y expulsara a diez diplomáticos eritreos. Testigos informaron sobre tropas eritreas dentro de Tigray. Ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Etiopía denunció que habían avanzado hasta 60 kilómetros e invocó su derecho a la legítima defensa; Eritrea negó la incursión, calificó esas acusaciones de «declaración de guerra» y pidió medidas contra Adís Abeba. El 13 de octubre, fuerzas federales llegaron a Zalambessa, una localidad etíope sobre la frontera. Una milicia aliada del gobierno aseguró que las tropas eritreas se replegaban hacia su territorio. Una guerra abierta entre los dos Estados parecía cada vez más cerca
La frontera importa mucho más allá de los dos países. Assab se encuentra sobre el mar Rojo, próximo a las rutas que desembocan en el estrecho de Bab el-Mandeb, paso del comercio entre Asia y Europa. Un choque directo entre los ejércitos etíope y eritreo amenazaría poblaciones que aún no se recuperan de la guerra de 2020–2022 y sumaría incertidumbre a la navegación regional.
Berbera, el puerto que aparecía en el memorando, ya estaba ligado a otro gobierno: los Emiratos Árabes Unidos respaldan allí inversiones a través de DP World, la empresa emiratí que lo opera. En Yibuti, China y Estados Unidos mantienen bases militares. Turquía medió en la disputa somalí e Israel reconoció a Somalilandia. Los muelles de esta costa reúnen así rutas comerciales, inversiones e intereses militares que una guerra podría poner en peligro.
La crisis conserva dos ritmos. Etiopía y Somalia egocian cómo dar a Etiopía acceso comercial al ma sin desconocer la soberanía somalí. Etiopía y Eritrea, en cambio, han roto relaciones y movilizado soldados cerca de su frontera. Allí el riesgo de guerra es real: hasta el 14 de octubre, ninguno de los dos gobiernos la había declarado, aunque cada uno acusaba al otro de haberla empezado.
Una salida que todavía se negocia
Abiy Ahmed buscó una costa y encontró tres problemas distintos. Un puerto extranjero puede utilizarse por acuerdo; una base naval exige otras garantías; una salida «soberana» toca las fronteras que sus vecinos se proponen defender. En esa distancia entre los tres proyectos se juega la posibilidad de negociar sin abrir otra guerra.
La vía abierta en Ankara deja margen para un acuerdo comercial con Somalia, pero no resuelve por sí sola quién puede autorizar el uso de Berbera. Somalilandia reclama el derecho a decidir sobre el territorio que gobierna desde 1991; Mogadiscio sostiene que ninguna cesión puede hacerse sin su consentimiento. El reconocimiento israelí añadió presión sobre una disputa que ya existía. Un contrato por el puerto tendría que responder primero a la pregunta que faltaba en la mesa de Adís Abeba: quién tiene derecho a firmarlo.
Al norte, la tensión con Eritrea impone otra escala. Afwerki teme que el reclamo de un acceso «soberano» termine en una ofensiva contra Assab; Abiy Ahmed acusa a su antiguo aliado de respaldar a sus adversarios. Los movimientos de tropas cerca de la frontera hacen tangible el peligro. Y aun si Etiopía consiguiera otro puerto, tendría que llevar sus mercancías hasta él: los combates en Afar mostraron la fragilidad de los caminos que ya utiliza.
En Adís Abeba, Abiy Ahmed y Bihi firmaron un memorando sobre unos 20 kilómetros de costa. Hoy esa franja solo existe sobre el papel y el comercio exterior etíope continúa pasando mayoritariamente por Yibuti. Lo que parecía una distancia corta en el mapa exige cruzar fronteras políticas y mantener abiertas las rutas del interior. Los dos hombres pudieron firmar sin Somalia; convertir aquella propuesta en una salida al mar sin abrir otra guerra requiere acuerdos que ellos no podían cerrar solos.