Opinión

¿El capitalismo no necesita seres humanos?


junio 2026

En su reciente libro Exocapitalism, Marek Poliks y Roberto Alonso Trillo presentan el capitalismo como un algoritmo capaz de prescindir de los seres humanos. Pero esa tesis, tan poderosa como inquietante, acaba por borrar aquello que todavía lo hace posible: el trabajo humano, las infraestructuras, los recursos naturales y el propio Estado.

<p>¿El capitalismo no necesita seres humanos?</p>
Imagen creada con inteligencia artificial

Frente a las convulsiones de la época –pandemia, proliferación de la inteligencia artificial, guerras comerciales y guerras en sentido literal–, cada uno tiene su propio diagnóstico. El capitalismo ha muerto, sostiene Yánis Varoufákis, economista y ex-ministro de Finanzas de Grecia, y ha sido reemplazado por un tecnofeudalismo de plataformas. Se ha convertido en vigilancia, afirma Shoshana Zuboff, economista y socióloga estadounidense. Es rentista, dice Brett Christophers, geógrafo económico. La lista de prefijos y neologismos se extiende –platform, cloud, semio, hyper, late– y todo resulta francamente confuso. Los teóricos Marek Poliks y Roberto Alonso Trillo lo señalan además con una ironía deliberada, antes de agregar su propio aporte a la secuencia: exo. Con la salvedad de que, esta vez, el prefijo no designa una nueva fase del capitalismo, sino que pretende revelar su naturaleza invariable: el capitalismo no se interesa por nosotros, nunca se ha interesado por nosotros; es un germen algorítmico que se ha injertado en la actividad humana por conveniencia y que podría mañana prescindir de ella.

Publicado en 2025 por Becoming Press, editorial independiente berlinesa, Exocapitalism: Economies with Absolutely No Limits [Exocapitalismo: economías sin límite alguno] es una obra coescrita por Poliks y Trillo. El primero es investigador en el área de filosofía de la tecnología y fundó la start-up SaaS con sede en Mineápolis (Minnesota); el segundo es un teórico, artista y músico que se mueve entre la teoría cultural y el arte sonoro, y reside en Hong Kong.

La genealogía intelectual de la obra se inscribe en la prolongada posteridad de la French Theory, esa constelación de pensamientos que, desde Gilles Deleuze hasta Jacques Derrida, migró de los departamentos de filosofía franceses hacia las humanidades anglosajonas en los años 1970-1980 y nunca volvió realmente a hacer el recorrido inverso. De Gilles Deleuze y Félix Guattari, los autores retoman la desterritorialización, esa tendencia del capitalismo a decodificar y deconstruir las estructuras que atraviesa. De Nick Land, figura del aceleracionismo que devino teórico de la Ilustración Oscura neorreaccionaria, la intuición de un capitalismo como inteligencia autónoma que se construye a través de la computación, pero sin la idea de que habría que acelerar ese proceso hasta disolver toda forma de control político o social.

 La tesis

 Vayamos al núcleo del libro. Para Poliks y Trillo, el capitalismo se reduce a una operación elemental: comprar un objeto en un mercado, conservarlo hasta que se genere una diferencia de precios y luego revenderlo en otro, y así sucesivamente. Es la estructura del arbitraje, ese antiguo gesto de los mercaderes que compraban especias en Alejandría para revenderlas en Venecia: el valor nace de la diferencia entre dos sistemas de precios, no del bien en sí mismo.

Para los autores, todo el capitalismo funciona así, incluso en sus niveles más concretos. Para retomar uno de sus ejemplos, el carpintero que transforma la madera en una silla no crea valor, estrictamente hablando, con su trabajo: produce una diferencia explotable entre el precio de la madera y el precio de la silla. El trabajo no es la fuente del valor, sino aquello que inyecta volatilidad en la conversión entre dos registros de precios. Lo que importa es el pasaje, la fricción, la latencia. El tiempo de tenencia –el hold– es literalmente dinero. El axioma se resume en una simple fórmula –«buy, hold, sell» [comprar, retener, vender]–, que se repite recursivamente hasta el infinito.

Y dado que lo que se acumula no es la materia transformada, sino el diferencial entre sistemas de representación, el contenido del intercambio se vuelve indiferente. El capitalismo, escriben los autores, «solo necesita movimiento estocástico»: movimiento aleatorio en un sustrato, cualquiera sea. De ahí el prefijo exo: el capitalismo no está ligado a ningún sustrato particular. Es, en sus términos, «no sociogenético»: no depende de la sociedad humana para existir. Es «un germen algorítmico, un modo de pensamiento que cabe tanto en una forma humana como en una colonia bacteriana o en el silicio». Y llegan al extremo de afirmar: «el exocapitalismo podría sobrevivir a la Tierra».

Primera diferencia notable con la filosofía contemporánea: el capitalismo no se concibe aquí como un Moloch monolítico. Es pequeño, una corrección, un pasaje, una función.

La máquina conceptual 

Esta concepción, francamente abstracta, es desarrollada por los autores a través de tres conceptos que estructuran la obra: el pliegue (fold), el despegue (lift) y la resistencia (drag).

El pliegue está tomado de Deleuze, una lógica de la inmanencia donde una cosa se transforma sin cambiar de sustancia, como una hoja plegada en origami. Poliks y Trillo trasladan esta lógica a la economía del software as a service [software como servicio] (SaaS). Una plataforma de software, según su definición, es «un deseo de completitud a través de un tercero»: cada empresa SaaS se construye a partir de otras empresas SaaS, que a su vez se construyen a partir de otras –tal vez incluso de la primera–. El software Salesforce utiliza AWS, que a su vez utiliza decenas de otros softwares, que a su vez funcionan a través de otros softwares, y así sucesivamente. En cada capa, un intermediario envuelve la complejidad de la capa inferior y revende un acceso simplificado a la capa superior: ese es el pliegue. La economía del software no se expande hacia el exterior, mediante la conquista de nuevos territorios, sino hacia el interior, mediante la acumulación de capas de intermediación. Y cada nueva capa crea una nueva diferencia de precios explotable, un nuevo hold, un nuevo arbitraje. Este modelo del pliegue puede también arrojar luz sobre otras dinámicas en juego en la economía, especialmente en finanzas, con productos derivados que se construyen sobre otros derivados, aun cuando el software constituya hoy su forma más explícita.

El lift designa la consecuencia dinámica de esta acumulación de pliegues: a medida que las capas de abstracción se acumulan, el capital se aleja de la tierra. El capital no desea otra cosa que alejarse de los costos fijos, de las restricciones materiales y de la tierra. Los ejemplos del libro son elocuentes. Tomemos la industria aeronáutica: la mayor parte de los ingresos de las empresas ya no provienen de los pasajes de avión –los vuelos en clase económica suelen venderse a pérdida–, sino de la venta de millas a socios financieros, una moneda creada de la nada cuyo valor no guarda relación alguna con un vuelo real. En cuanto al combustible, las empresas ya no compran petróleo: compran instrumentos derivados del petróleo, es decir, la posibilidad de adquirir combustible a cierto precio en una fecha determinada. La industria ya no administra una cadena logística de kerosén, sino una cartera de exposiciones abstractas a los precios. Cada nivel de abstracción aleja un poco más la actividad de su sustrato material.

El drag, finalmente, designa aquello que resiste a esa elevación, y el término ha sido elegido cuidadosamente. Evoca la resistencia aerodinámica, pero también la performance teatral: el drag como imitación, como juego de rol. Para los autores, el trabajo contemporáneo corresponde en gran medida a esta segunda acepción. El Estado genera complejidad burocrática en el ámbito de la reproducción social –programas sociales, regulación, normas– para captar la atención de las corrientes exocapitalistas que circulan por encima de él. El empleado de oficina representa un capitalismo clásico con trajes de época. Paradójicamente, cada regulación agrega superficie, fricción, pliegues que el exocapitalismo puede luego explotar. Los autores toman como ejemplo el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) europeo, un intento sincero de restricción que terminó siendo absorbido en el tejido del exocapitalismo, aumentando la complejidad de los objetos técnicos intercambiados (los datos) y creando nuevos nichos para proveedores SaaS especializados en cumplimiento normativo. El drag, en suma, alimenta el fold que alimenta el lift.

El cráter terrestre 

El libro, sin embargo, no se limita a mirar hacia arriba. Luego de 200 páginas de elevación, los autores descienden precisamente a la tierra. Porque el lift tiene un costo físico. Cada capa de abstracción ganada en altitud descansa, al final de la cadena, en infraestructuras bien terrenas: centros de datos que consumen la energía de ciudades enteras, cables submarinos, minas de cobalto y litio cuya extracción nada tiene de algorítmica. Los autores describen un mundo en el que, cuanto más uno se aleja de las cumbres abstractas del capital, más brutales, feudales y violentas se vuelven las relaciones. En la cumbre, derivados sobre derivados intercambiados en microsegundos; en la base, formas de soberanía local encargadas de asegurar por la fuerza el acceso a los recursos.

Esta tensión entre elevación y arraigo es lo que dota al libro de su fuerza. El mérito es real: son escasas las obras teóricas capaces de pensar el capitalismo desde el software antes que desde las plataformas de consumo masivo, y de radicalizar su inhumanidad sin estetizarla. El capitalismo no se interesa por nosotros. Puede hacerse con cualquier cosa: una cadena logística, un mercado de derivados, una colonia bacteriana, una red de neuronas artificiales, un cangrejo que tapa su madriguera para protegerse de la marea. El trabajo humano no es más que una parada técnica en la historia de un algoritmo indiferente a sus vehículos. Pero es precisamente esa indiferencia la que ahora debemos cuestionar. 

La mentira romántica 

Todo discurso que atribuye a fuerzas autónomas aquello que corresponde a la actividad humana esconde, bajo una aparente lucidez, una mentira originaria. Claire (Quassine) Cical, en una notable crítica publicada en lundimatin, identifica este proceso puesto en juego en Exocapitalism. Convocando a René Girard, muestra que el libro reproduce lo que Girard denomina la mentira romántica: la creencia en la autonomía del deseo, donde el sujeto se piensa como fuente de sus propias determinaciones, al tiempo que niega las mediaciones miméticas que estructuran sus elecciones. Ahora bien, para Girard, nuestro deseo nunca es autónomo, es siempre imitación del deseo de otro, de un mediador cuya influencia debe ocultarse para que la ilusión de autonomía se sostenga. Y toda trascendencia –todo sistema que se presenta como exterior y necesario– descansa en ese mismo gesto de ocultamiento: hay siempre un sacrificio, un origen relacional y violento que debe enmascararse para que el sistema se estabilice.

Exocapitalism reproduce exactamente esta estructura. El capital está allí dotado de un deseo propio, una capacidad de autogeneración, una indiferencia soberana hacia lo humano. La mediación humana está presente en todo el libro –en las plataformas, los pliegues, las capas de SaaS–, pero nunca figura allí como origen. La trascendencia se atribuye al propio sistema, como si el algoritmo se generara solo. Retomando el título de Cical, se trata del romanticismo de la autonomía: cuanto más se proclama la independencia del sistema, más se disimulan las manos que lo hacen funcionar. Tal como ella señala, «el prefijo exo en este contexto funciona como una máscara de esa realidad material». 

Confundir selección y justificación 

Pero admitamos por un momento la premisa. Admitamos que el capitalismo sea efectivamente ese algoritmo autónomo, ese germen formal inscripto en la estructura de la abstracción. Aun en ese caso, la tesis no se sostiene, ya que describir un mecanismo no significa justificarlo. Los autores, además, lo reconocen: «es productivo reescribir retroactivamente un relato del capitalismo como algoritmo autorreferencial desde siempre». Esta reescritura retrospectiva de la historia del capitalismo como algoritmo desde siempre transforma una constatación en necesidad. Si el capitalismo se ha desarrollado de ese modo, entonces debía desarrollarse de ese modo. Es precisamente este deslizamiento lo que Reza Negarestani le reprocha a Nick Land en un artículo reciente, y el reproche es válido también aquí, a pesar de la distancia que los autores toman respecto de Land. Negarestani lo formula de manera sencilla: un mecanismo puede generar trayectorias, pero no puede autorizarlas. El hecho de que el capitalismo se haya desarrollado de ese modo no prueba que debiera desarrollarse de ese modo. Confundir la selección con la justificación es tratar el futuro como si ya se hubiera decidido. 

El Estado: el gran ausente 

La cuestión del origen humano conduce directamente a la del Estado, ya que es el Estado el que, históricamente, organiza la relación entre la abstracción financiera y la tierra. Ahora bien, es aquí donde la obra resulta más débil. Poliks y Trillo describen el Estado como un organismo descompuesto: un «atractor en un campo complejo», un holograma proyectado por la actividad circundante, incluso una presión policial brutal ejercida según impulsos libidinales. El Estado no haría más que construir un tejido de sostén reactivo en torno de las estructuras del exocapitalismo, un amortiguador de choques sin capacidad transformadora.

Sin embargo, esta descripción está en gran medida a contracorriente de la realidad contemporánea. Vivimos en la era del capitalismo de Estado: inversiones públicas masivas en inteligencia artificial, políticas industriales de relocalización, rivalidad geopolítica estructurada en torno del control tecnológico. La Ley de Chips estadounidense, los planes europeos respecto a los semiconductores, las políticas chinas de independencia tecnológica, todos estos son ejemplos en los que el Estado no sufre el capitalismo, sino que lo estructura, lo financia, lo dirige.

El supuesto retraso del Estado es también producto de arreglos institucionales precisos. El Estado de bienestar estadounidense, en gran medida privatizado, está construido enteramente sobre la prosperidad de los fondos de pensión: el orden social se ha construido parcialmente sobre el rendimiento de los mercados financieros. No sucede lo mismo en todas partes. La teoría del exocapitalismo generaliza una configuración específicamente angloestadounidense –Silicon Valley, la financiarización de la economía estadounidense– como ontología universal del capital. El baño cultural tecnológico da lugar aquí a una metafísica, y es precisamente ese deslizamiento lo que hay que cuestionar. 

Los elefantes de Dalí 

Más allá de estas objeciones teóricas y políticas, existe una objeción más simple y más brutal: el mundo resiste. El exocapitalismo aparece finalmente como los elefantes en las pinturas de Dalí: voluminosos, balanceándose hacia cielos inciertos, pero siempre ligados a la tierra por patas finas cada vez más frágiles.

Porque de lo que se trata es de la tierra. En una época en la que el mundo convulsiona, en la que un puñado de minas en el estrecho de Ormuz basta para hacer tambalear la economía mundial, en la que los mercados se derrumban cuando las creencias colectivas sobre la utilidad de una tecnología tropiezan, todo nos recuerda la materialidad irreductible del sistema. El lift nunca prescinde de ese último kilómetro de hueso y sangre descripto por los autores. Para volar, es necesario tocar la tierra.

Hay que reconocer, en su favor, que los autores admiten que la crisis de 2008 se debió en parte a la toma de conciencia de que la economía estaba intensamente lifteada [elevada] mediante instrumentos financieros de una complejidad absurda. Pero este reconocimiento esclarece un punto que ellos no llevan hasta las últimas consecuencias: es la ignorancia del lift –la autoilusión, el cinismo o el genio, según la ideología– lo que mantiene unido el sistema, todo ello mezclado con una dosis considerable de mimetismo. Esta arquitectura de creencia es también una pata del elefante de Dalí. 

What is to be done? 

El libro concluye sin prescripciones, algo que los autores reivindican. No es un manifiesto, dicen, sino una advertencia. La advertencia de que el capitalismo está bien posicionado para deshacerse de casi todos sus lazos con la reproducción social, replegándose en dimensiones más elevadas, más estrechas, más finas, hasta su completa autonomización respecto de lo humano.

De acuerdo. Pero una advertencia sin destinatario es un monólogo. Y allí reside sin duda la paradoja que atraviesa de cabo a rabo Exocapitalism: un libro escrito por humanos, para humanos, en una lengua humana, vendido en un mercado humano, que concluye que lo humano es accesorio. El algoritmo, si existe, no escribió este libro. Fueron dos personas quienes lo hicieron, con influencias, amistades, instituciones, un editor berlinés, noches frente a una pantalla. El propio gesto de teorizar el exocapitalismo es un gesto de drag: comprender, quizás ralentizar, pero en todo caso representar la impotencia.

En el fondo, se trata siempre de la misma cuestión. Los reaccionarios consideran el progreso como una caja de Pandora que es preciso volver a cerrar. Los aceleracionistas quieren romperla y esparcir su contenido lo más rápido posible. Los decrecentistas desearían no haber encontrado nunca la caja. Los autores responden: no hay caja, nunca la hubo; solo un algoritmo que no necesita de nadie.

Es una respuesta elegante. Pero si nadie es responsable, entonces nadie puede cambiar nada, y tal vez sea allí donde la teoría deja de ser una advertencia para convertirse, a su pesar, en una absolución.


Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Fondation Jean-Jaurès el 1/4/2026 con el título «Le capitalisme ne s’intéresse pas à nous». Traducción: Gustavo Recalde.

Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter