Tema central
NUSO Nº 286 / Marzo - Abril 2020

¿El tercer capítulo de la Primavera Árabe?

Las protestas en el mundo árabe mostraron su potencia desde 2011, pero al mismo tiempo dejaron en evidencia las dificultades para avanzar por un camino democrático. Son varias las causas de este devenir –tanto internas como geopolíticas– pero, pese a la represión brutal, persisten la corrupción, la incompetencia y la crisis económica como el combustible de nuevas olas de protestas en la región.

¿El tercer capítulo de la Primavera Árabe?

En 2011, Oriente Medio fue epicentro de una segunda Primavera Árabe. La primera, mucho más pequeña en su magnitud y alcance, había tenido lugar en 2005. Durante ese año, los iraquíes fueron por primera vez a las urnas tras la caída de Sadam Husein; Siria se retiró del Líbano tras una multitudinaria movilización popular en el país de los cedros; en Bahrein, 50.000 ciudadanos (una octava parte de la población) marcharon por una reforma constitucional; en Egipto, Hosni Mubarak permitió que la Hermandad Musulmana participase en las elecciones (aunque con otro nombre) y Arabia Saudita organizó sus primeras elecciones municipales en décadas. Mientras tanto, la segunda revuelta en 2011, mucho más exitosa que su antecesora, se llevó consigo a cuatro presidentes vitalicios (en Túnez, Egipto, Libia y Yemen), pero no logró democratizar la región, que incluso se volvió más autoritaria y represiva. Desde comienzos de 2019, la «tercera vuelta» se está desarrollando en países que, en su mayoría, se habían resistido a los levantamientos de 2011.

Fueron muchas las voces que sostuvieron que las sociedades de Líbano, Iraq e incluso Sudán y Argelia estaban demasiado agotadas por años de conflicto armado como para tratar de motorizar movilizaciones como la de 2011. Sin embargo, la idea se demostró falsa cuando en Sudán comenzaron protestas a fines de 2018 por un aumento en el precio del pan, y luego estas se apoderaron de Argelia, cuando el octogenario presidente Abdelaziz Buteflika anunció que se postularía para un quinto mandato. Ya en septiembre de 2019 se produjeron sorpresivas marchas en Egipto, que testimoniaban un desafío abierto al dominio del presidente Abdel Fatah al Sisi y fueron suprimidas por el gobierno dictatorial mediante una importante ronda de arrestos. En octubre, los iraquíes retomaron manifestaciones que habían iniciado un mes antes en protesta por la destitución de un respetado general y contra la corrupción de la clase política (sumado al pedido de una distribución más equitativa de la enorme riqueza petrolera del país). En noviembre, los libaneses salieron a las calles, indignados por un leonino impuesto a las llamadas de WhatsApp y Skype, medida que fue cancelada sin que el descontento mermara, para terminar transformándose en un pedido de renuncia del primer ministro –quien finalmente abandonó el poder– y de reforma de todo el sistema político sectario del país. También hubo protestas masivas en Irán contra un aumento en el precio de la gasolina que provocaron la más sangrienta represión en la calle desde que la Revolución Islámica se hiciese con el control del Estado hace 40 años.

En 2003, el ex-presidente estadounidense George W. Bush había citado la intención de promover la democracia en la región entre las razones por las que había ocupado Iraq y derrocado al partido Baaz, pero ese deseo preocupó tanto a las repúblicas (dictaduras) árabes como a las monarquías del Golfo, que creyeron que el político norteamericano se estaba tomando muy en serio su misión. A pesar de lo malogradas que hayan sido las políticas de Bush, ayudaron a democratizar parcialmente un país como Iraq, algo que de otra forma –bajo la férrea dictadura de Sadam Husein– habría sido por lo menos dificultoso. No obstante, después de exigirles a aliados y rivales de la zona que convocaran a elecciones y de que se dieran una sucesión de victorias electorales no deseadas (islamistas) en Egipto, Líbano y los territorios palestinos, Estados Unidos abandonó su agresiva postura de imponer la democracia en Oriente Medio (en Cisjordania y Gaza, Bush le exigió al líder palestino Mahmud Abás que convocara a elecciones para reafirmar su mandato luego de la muerte de Yasser Arafat, pero, a la vez, le recomendó que prohibiera la participación de la organización islámica terrorista Hamas en la contienda electoral)1.

Con la preocupación por la insurgencia iraquí contra sus tropas y con un Irán que comenzaba a expandirse por la región (por la mismísima obra y gracia de los estadounidenses que habían derrocado a Husein, el enemigo jurado de los iraníes hacia el oeste, y también a los talibanes afganos, los otrora rivales religiosos de los iraníes al este), la promoción estadounidense de la democracia árabe empezó a funcionar como un lujo secundario que –consideraron– debía esperar hasta un momento más propicio. La nueva percepción del gobierno neoconservador era que los islamistas usarían la reivindicación electoral para combatir la influencia estadounidense en la región. Por lo tanto, y ya sin el peso de la mayor potencia mundial sobre los hombros, los autócratas árabes se relajaron y volvieron a hacer lo que mejor sabían: mantener a sus respectivas poblaciones a raya utilizando todo el poder de un Estado que prácticamente llevaba sus nombres tatuados.

A partir de 2006, por ejemplo, Egipto experimentó la peor ola de represión contra la Hermandad Musulmana que se recuerde desde la década de 1960, mientras que Jordania, considerada por muchos como una monarquía constitucional que permitía el disenso, comenzó a cancelar su apertura y a volver al autoritarismo como único medio de defensa ante el avance del islamismo2. Un año después, casi todos los países de la región, de una manera u otra, anularon sus avances democráticos, y en ese escenario llegó Barack Obama al poder en eeuu. Su idea principal –repitiendo un fallido intento de muchos de sus antecesores– era priorizar un acuerdo de paz israelí-palestino como manera de moderar a Oriente Medio, antes que promover una dinámica de democratización que pudiera colocar al gobierno estadounidense en la vereda de enfrente con respecto a sus aliados dictatoriales del mundo árabe.

Con la ulterior idea de contar con el apoyo de los líderes de la región para impulsar el proceso de paz, en 2009 Obama pronunció en El Cairo su famoso discurso para el mundo musulmán, donde exhortó a los pueblos de Oriente Medio a buscar la libertad y la democracia, a la vez que les aclaraba a sus despóticos líderes que eeuu no «impondría» la democracia sobre ellos. La ambivalencia de sus palabras tuvo interpretaciones dispares, pues instigó tanto la rebelión de las masas populares como el consiguiente uso de la fuerza de los dictadores autóctonos para suprimirla. Una especie de ambigüedad política que no contentó a nadie mientras les dio rienda suelta a todos3.

Alertado por el doble discurso del presidente estadounidense, el gobierno de Mubarak inició una ofensiva contra los grupos de oposición y transformó las elecciones parlamentarias de 2010 en Egipto en los comicios más manipulados en la historia moderna del país. Los resultados le dieron más de 98% de los diputados al partido gobernante y la Hermandad Musulmana perdió 87 de los 88 representantes que tenía en el Parlamento4. Los números de la elección alertaron incluso a los propagandistas más convencidos del régimen, que esperaban un resultado más acorde a una realidad articulada, que les permitiese esgrimir ante los observadores del mundo que el conteo electoral era justo y legal. En vísperas de la segunda Primavera Árabe, Oriente Medio seguía siendo prácticamente la única zona mundial que no había sido tocada por las tendencias de democratización global que recorrieron el planeta en la década de 1990. Si bien existían todo tipo de regímenes, incluidos democracias sectarias (Líbano, Iraq), monarquías constitucionales (Kuwait, Jordania) y repúblicas autoritarias (Egipto, Túnez, etc.), no había ninguna democracia liberal totalmente consolidada.

Las percepciones generalizadas sobre las desigualdades económicas fueron otro de los motores de las protestas. En muchos países que experimentaron transiciones políticas, el deterioro de las condiciones económicas y el consiguiente descontento público precipitaron los intentos de cambio. La legitimidad de los regímenes se había basado en un contrato social que incluía un amplio empleo estatal, subsidios alimentarios y un gasto considerable en asistencia social, pero con el transcurrir de los años las fuerzas laborales empezaron a ser demasiado grandes para que el sector público las empleara y contuviera (la población de Egipto pasó de 26 millones de personas en 1960 a 100 millones en la actualidad, y se espera que en una década la fuerza laboral alcance a 80 millones de personas). Para muchos, la corrupción, la incompetencia y el autoritarismo de los regímenes, que parecían problemas soportables cuando el mundo vivía una polaridad política entre capitalismo y comunismo, se volvieron de pronto intolerables, el recuerdo del colonialismo extranjero se alejaba y la situación económica empeoraba: los procesos de liberalización de la economía terminaron por beneficiar solo a las familias gobernantes, que usaron y abusaron de la información privilegiada para favorecer a sus parientes, seguidores y amigos. El rápido avance de la tecnología permitió a economías de países no muy lejanos adelantarse a los Estados de Oriente Medio, mientras que la proliferación de los medios de información modernos provocó que muchos experimentaran la revelación de que sus sistemas no eran libres ni pujantes.

Existen tantas ideas como personas acerca de por qué el mundo árabe no puede alcanzar un sistema de derechos individuales dentro de un gobierno participativo. Algunos sostienen que los orígenes tribales de la sociedad árabe han fomentado una cultura de sumisión a la autoridad. Otro grupo sostiene que la culpa es de la herencia y la excepcionalidad de una religión como el islam, en la que el líder es el Estado mismo. Y muchos apuntan a la ubicación del mundo árabe en el planeta, geografía en la cual los ingresos de vastas cantidades de petróleo se acumulan en las chequeras de sus despóticos líderes y les permiten profundizar el autoritarismo mediante la construcción de un aparato coercitivo, junto con la distribución del mecenazgo como medio de control.

Un cuarto conjunto de teorías se centra en los esfuerzos de las potencias extranjeras, particularmente de eeuu, para mantener un orden dictatorial regional que les permita proteger a aliados como Israel o Arabia Saudita (lo que hoy también ocurre con Rusia en relación con el régimen de Siria). Asimismo, las dictaduras árabes se han vuelto expertas en agitar el miedo como forma de autopreservación: maquiavélicamente, se han posicionado como la única alternativa –autoritaria sin más– que puede frenar el avance del islamismo o del radicalismo islámico, aunque ello implique cancelar o alterar elecciones para impedir el triunfo de los religiosos (es conocida la anécdota de 2008, cuando George W. Bush presionaba a Mubarak para que democratizara su país y el dictador egipcio le contestó que si así lo hacía, «la Hermandad Musulmana triunfaría»; a lo que el líder estadounidense replicó que lo que Mubarak debía preguntarse es por qué los islamistas triunfan cada vez que hay elecciones libres5). También, durante décadas, los hombres fuertes de la región habían tenido la astucia de canalizar la frustración ciudadana hacia rivales externos (Occidente, eeuu, Israel, etc.), con la intención de escapar del escrutinio popular.

No obstante, imprevistamente, el «manual» dejó de funcionar en 2010-2011, y por primera vez desde su independencia, las poblaciones de Oriente Medio enfocaron su descontento en sus propios regímenes y líderes. Más allá de cuál sea la mejor explicación de las causas de un autoritarismo con tanta resiliencia en Oriente Medio, la Primavera Árabe de 2011 rompió de cuajo la ilusión de invulnerabilidad de los dictadores autóctonos y todo cambió el 14 de enero de ese año, cuando los tunecinos derrocaron al presidente Zine el Abidine Ben Alí. Si bien las protestas se extendieron y atravesaron, de una manera u otra, la mayoría de las 22 naciones que componen el mundo árabe, las cinco más afectadas por el efecto dominó en esa oportunidad fueron todas repúblicas (y no monarquías): Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria (esta última es la única de las cinco donde el dictador vitalicio, Bashar al-Asad, pudo conservar el poder utilizando toda la fuerza represiva a su disposición).

Antes de Túnez y desde la independencia de los países de Oriente Medio de las potencias europeas, no habían existido ejemplos exitosos de revueltas populares. Lo más cerca que estuvo un movimiento de masas de derrocar un sistema dictatorial fue en 1991, cuando el Frente Islámico de Salvación (fis) argelino se impuso en las elecciones, lo que significó la primera vez que un partido opositor le ganaba al que ejercía el control del aparato estatal. Poco tiempo más tarde, con apoyo de Europa y eeuu, así como de los principales países de la región, el ejército anuló la elección, proscribió al fis e inició una cruenta represión que envió a miles de islamistas a «gulags» en el desierto del Sahara.

Mientras que la importancia política de la Primavera Árabe ha sido comparada con la del colapso comunista de 1989 en Europa del Este, su papel histórico también puede equipararse con el de los movimientos de liberación nacional que recorrieron Oriente Medio a mediados del siglo xx. Pero los levantamientos de 2011 y 2019, aunque pueden reflejar su condición de movimientos de masas –por su similitud en escala con lo sucedido a mediados del siglo pasado contra la dominación inglesa y francesa–, son de una naturaleza diferente. En las décadas de 1950 y 1960, las luchas eran de naciones oprimidas (Egipto, Iraq, etc.) contra fuerzas extranjeras y monarquías tuteladas por poderes imperiales, y condujeron al establecimiento de repúblicas, en una poderosa oleada que alteró la historia de la región. En cambio, en estos años, la agitación política ya no surge principalmente de la disputa de personas de las clases medias y bajas contra el imperialismo y el colonialismo (aunque existan sin duda factores hegemónicos, tanto regionales como internacionales), sino de sus reclamos frente a la corrupción, la injusticia y el autoritarismo de los gobiernos nacidos tras la independencia. Los movimientos de liberación nacional, si bien acabaron con el dominio extranjero, inauguraron un control autoritario autóctono que, a pesar de denominarse patriótico o anticolonialista, continuó utilizando los mismos métodos de dominio empleados por los Estados coloniales (estado de sitio, detenciones sumarias, etc.) para mantener vigiladas a sus respectivas poblaciones.

Es preciso destacar que la ola de cambio que se extendió por Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín ocurrió bajo condiciones internas y externas mucho más favorables que las transformaciones ocurridas en la Primavera Árabe. La eliminación del apoyo soviético debilitó de manera uniforme la supervivencia de los regímenes autoritarios, y la integración europea alentó la ola de democratización. Los regímenes árabes son más diversos que las antiguas dictaduras de Europa del Este, incluso con respecto a sus estructuras de apoyo internas (las elites se encuentran unidas contra el avance de una democracia que puede poner al islamismo en el poder, y existen actores externos, como Rusia, que han sostenido a aliados locales, como la familia Asad en Siria). En otras palabras, la Primavera Árabe ha generado presión para un cambio político, pero también ha despertado a las fuerzas contrarrevolucionarias –locales y extranjeras–, que han empleado sofisticados aparatos de control represivo para detenerla.

Así, los gobernantes, desde Baréin hasta Marruecos, aprendieron a contener las demandas populares y a reafirmar el control sobre sus sociedades, mientras reajustaban sus fórmulas de gobierno con la clara intención de limitar cualquier tipo de cambio estructural que implique rehacer sus respectivos Estados por completo. Todo esto dificultó desde el principio el cambio del régimen sin un colapso total del Estado, como aconteció en Iraq luego de la remoción de Sadam Husein: una vez que se eliminó su liderazgo y se destruyó al partido Baaz, junto al ejército que lo sostenía, toda la estructura estatal se derrumbó y hubo que reconstruir el Estado por completo, con los problemas ya conocidos.

La atención gira entonces hacia la dinámica de los gobiernos autoritarios y las estrategias que los autócratas y militares árabes han desplegado para preservar su control del poder. Como quedó en evidencia en 2013 en Egipto, con el golpe de Estado contra el gobierno islamista elegido por voto popular, estas adaptaciones han sido decididamente represivas y excluyentes, pero no siguen una guía de procedimientos uniformes. Sus cursos de acción han variado, desde las estrategias de contención empleadas en Jordania, Kuwait y Marruecos hasta los enfoques más violentos en Egipto, Arabia Saudita, Baréin y Siria (como también en Irán, para evitar una «Primavera Persa»). A pesar de sus diferencias, todas estas experiencias se destacan por un constante aprendizaje de nuevas formas de control que garantizan la adaptabilidad y la supervivencia de los sistemas autoritarios de dominación.

Muchos de los Estados autoritarios se mantuvieron fuertes, respaldados por redes de mecenazgo, intereses creados y apoyo regional. Asimismo, los movimientos de oposición fueron socavados por desacuerdos ideológicos, divisiones étnicas y la represión decidida y brutal –junto con los cálculos de poderes distantes que salieron a proteger a sus aliados–, a la que el ímpetu de jóvenes con consignas inspiradoras no pudo hacer frente. Un factor clave, a menudo dejado de lado, fue que algunos de los habitantes de países tan disímiles como Egipto, Siria, Arabia Saudita e Irán no admiraban los sistemas y estilos de vida de Occidente tanto como algunos comentaristas extranjeros creían y, a la vez, la relación de muchos de los supuestos liberales locales con la democracia, las libertades individuales y la participación de islamistas en la vida política era (¿es?), por lo menos, dudosa y conflictiva. De esta manera, aquellos que buscaban el cambio se unieron en torno de demandas elásticas y mal definidas, que si bien permitieron que diferentes tendencias religiosas y políticas pudiesen compartir el mismo espacio, hicieron que se volviera imposible entregar una «hoja de ruta» clara y realista que marcara hacia dónde ir.

Una de las características que agruparon a las distintas manifestaciones de la primavera de 2011 fue su naturaleza esencialmente árabe. Las demandas de los manifestantes se centraron en cuestiones nacionales que no cruzaban las fronteras y, sin embargo, la Primavera Árabe no fue un fenómeno local, sino una corriente opositora que podía extenderse para atacar a diferentes regímenes. Es decir, tuvo un efecto dominó. Tristemente, otra peculiaridad compartida estuvo en la imposibilidad de materializar una victoria concluyente. Con pedidos lejanos a una posible realidad, los diversos manifestantes no distinguieron entre los lemas flexibles que se pueden escribir en las redes sociales y la acción política producto del poder real. La idea de que era posible un nuevo paradigma, sin programas políticos y, principalmente, sin líderes que estuvieran listos para tomar el poder, llevó a que en muchos países las fuerzas represivas tuviesen el tiempo suficiente para reagruparse y contraatacar con todo su aparato.

Ya en septiembre de 2011, los analistas Rob Malley y Hussein Agha, en un ensayo publicado en la revista New York Review of Books que aún hoy sorprende por su vigencia anticipatoria, alertaban que en el futuro los levantamientos serían extremadamente caóticos y hasta podrían resultar en una guerra regional, como luego ocurrió en Siria:

Las revoluciones devoran a sus hijos. El botín va al resuelto, al paciente, que sabe lo que persigue y cómo lograrlo. Las revoluciones casi invariablemente son asuntos de corta duración, estallidos de energía que destruyen mucho en su camino, incluidas las personas y las ideas que los inspiraron. Así es con el levantamiento árabe. Traerá cambios radicales. Potenciará nuevas fuerzas y marginará a otros. Pero los jóvenes activistas que primero llenaron las calles tenderán a perder en las escaramuzas que vendrán. El público en general podrá estar agradecido por lo que han hecho, a menudo los admiran y los tienen en alta estima. Pero no sienten que sean parte de ellos. La condición habitual de un revolucionario es ser descartado (…). Es muy probable que en el futuro inmediato del mundo árabe se desarrolle una disputa compleja entre el ejército, los restos de los viejos regímenes y los islamistas, todos ellos con raíces, recursos, así como con la capacidad y la fuerza de voluntad para dar forma a los acontecimientos. Los partidos regionales tendrán influencia y los poderes internacionales no se abstendrán de participar. Hay muchos resultados posibles, desde la restauración del viejo orden hasta la toma de poder militar, desde la fragmentación rebelde y la guerra civil hasta la progresiva islamización. Pero el resultado que muchos extraños esperaban, una victoria de los manifestantes originales, es casi seguro que no ocurra.6

Después del «Invierno Árabe» de 2013 (periodo en el que se desataron sin control las fuerzas contrarrevolucionarias, cuando en solo una semana de agosto más de 800 egipcios fueron masacrados mientras protestaban por el golpe militar contra el gobierno –democrático, por cierto– de la Hermandad Musulmana, y otros 1.000 civiles sirios fueron gaseados con armas químicas por el gobierno de Bashar al-Asad en un suburbio de Damasco), parecía que los autócratas y dictadores de Oriente Medio lograrían imponer sus designios a sangre y fuego. La condena internacional fue por lo menos escasa (si en 2011 Obama había decidido apoyar a quien se impusiese en las urnas, en 2013 el propio gobierno norteamericano evitó denominar la interrupción democrática como un golpe de Estado, con el objetivo de no detener la ayuda militar al ejército egipcio, según una ley estadounidense que exige un corte inmediato en caso de un golpe7) y las narrativas locales gubernamentales relataron ambos hechos como las únicas alternativas para que radicales islámicos no tomasen el poder.

Asimismo, Libia y Yemen –luego de ser abandonados por el mundo– se sumieron en respectivas guerras civiles, y los levantamientos en Baréin y el este de Arabia Saudita fueron reprimidos sin pausa por las monarquías sunitas. En Siria, el presidente Bashar al-Asad convirtió a la mitad de su población en refugiada y desarrolló campos de exterminio mientras luchaba contra una oposición que tomó las armas cuando las manifestaciones pacíficas fueron aniquiladas. Por su parte, la Mukhābarāt, la agencia de inteligencia siria, buscó redefinir el conflicto interno como una guerra etnosectaria, a sabiendas de que en las guerras civiles de ese estilo es poco probable alcanzar una resolución democrática cuando la disputa llega a un punto muerto.

Las rivalidades geopolíticas de la región (Arabia Saudita, Irán, Qatar, Emiratos Árabes, Turquía, entre otros) se hicieron presentes en casi todos los conflictos para apoyar sus respectivas agendas y transformar todo en un rompecabezas irresoluble8. También el deseo de retirada de eeuu como mediador o policía de la región trajo aparejado que Rusia, una potencia más débil pero mucho más resoluta, ocupase su lugar. Pero la novedad del cambio no trajo ninguna buena noticia para los manifestantes de la región: el presidente ruso Vladímir Putin considera que las sociedades de Oriente Medio no están maduras para la democracia, que la política prodemocracia de eeuu ha generado un caos extendido que desembocó en el yihadismo islámico y que solo hombres fuertes o una autoridad estatal poderosa pueden administrar los Estados de esa latitud del mundo (lo mismo entiende para Rusia, por otra parte).

Cuando más de un observador creía que los vientos de cambio habían sido suprimidos para siempre mediante una combinación de represión e intervención regional y extranjera sin precedentes, llegó 2019 para despertar tanto a escépticos como a futurólogos. Así fue como los sudaneses, a pesar de sufrir divisiones tribales y étnicas, derrocaron a Omar al-Bashir (luego de 30 años en el poder), en una revuelta ciudadana que se impuso sobre la maquinaria de un Estado militar que mató a 1.000 personas. Los argelinos sacudieron el país en febrero del mismo año saliendo por millones a las calles, en un impresionante movimiento social, para exigir el fin del mandato de 20 años del presidente Buteflika, quien terminó renunciando en abril, sin que la acción detuviera el pedido de retirada de una elite –empresarios amigos y políticos militares– que controla el país. En el Líbano, los líderes sectarios siguen tratando de salvar un sistema que garantiza su poder y riqueza a costa de los deseos de su pueblo, y en Iraq, los manifestantes continúan manteniendo su posición en las protestas más grandes y prolongadas de la historia moderna del país, contra un gobierno corrupto que obedece más los dictados de las milicias proiraníes que hoy lo sostienen (secuestrando y matando a activistas y opositores) que a su propia población.

Las debilidades y los desafíos de las actuales manifestaciones parecen ser los mismos que los de la segunda Primavera Árabe: expectativas no muy bien definidas y, principalmente, ningún liderazgo establecido. A pesar de que se han movilizado sin la participación clara de ningún grupo político organizado, el éxito de los respectivos movimientos con el paso del tiempo está supeditado a la capacidad de estos de establecer una agenda posible, que convierta la movilización de la calle en una fuerza política organizada que no solo sorprenda a los políticos y militares gobernantes, sino que también se convierta en una alternativa que pueda imponerse electoralmente. La necesidad de mantener las protestas dentro de contornos no violentos en países que hasta no hace mucho vivieron guerras civiles parece ser otra de las imperiosas lecciones del pasado.

Los levantamientos de 2011 fueron un momento decisivo para Oriente Medio, pues alteraron la psiquis de los habitantes del lugar, que pasaron de resentir fabricadas amenazas externas a sufrir fácticos problemas internos. Si bien es temprano para dilucidar si las movilizaciones repetirán las dinámicas del pasado o tendrán un mejor devenir, lo que sí está claro es que hoy a los gobiernos autoritarios de la región les resulta más difícil mantener el poder junto con la estabilidad represiva y desigual que ejercen: el legado más perdurable de las revueltas (sin contar la exitosa transición tunecina, en la que islamistas y seculares pudieron acordar un programa para democratizar el sistema político) es la ruptura del «factor miedo» y el deseo de demostrar ese cambio.

Una primera impresión puede sugerir que el injusto orden político de Oriente Medio sigue vivo y alerta, pero el impacto de las protestas ha sido profundo. Y como bien nos recuerda el estudio de la historia, esta no tiene fin, no está escrita y sigue su curso.

  • 1.

    Beverly Milton Edwards y Stephen Farrell: Hamas: The Islamic Resistance Movement, Polity Press, Cambridge, 2010, p. 247.

  • 2.

    Amr Hamzawy y Nathan J. Brown: «The Egyptian Muslim Brotherhood: Islamist Participation in a Closing Political Environment», Carnegie Papers For International Peace, 9/3/2010.

  • 3.

    E. Kopel: «El legado de Obama en Medio Oriente (y en el mundo)» en Panamá, s./f. www.panamarevista.com/el-legado-de-obama-en-medio-oriente-y-en-el-mundo/.

  • 4.

    Shadi Hamid: Temptations of Power: Islamists and Illiberal Democracy in a New Middle East, Oxford, Oxford up, 2014, p. 139.

  • 5.

    Elliott Abrams: Realism and Democracy: American Foreign Policy after the Arab Spring, Cambridge up, Cambridge, 2017, p. 85.

  • 6.

    H. Agha y R. Malley: «The Arab Counterrevolution» en The New York Review of Books, 29/11/2011.

  • 7.

    David D. Kirkpatrick: «That Time Obama Wouldn’t Call a Coup a Coup: A Very Short Book Excerpt» en The Atlantic, 9/2018.

  • 8.

    Una de las claves por las cuales Túnez fue el único país en la segunda Primavera Árabe que pudo realizar exitosamente su transición a un sistema democrático es que no está involucrado en disputas geopolíticas como los otros países que vivieron levantamientos.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 286, Marzo - Abril 2020, ISSN: 0251-3552

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