Opinión

Delcy Rodríguez, la improbable


febrero 2026

La actual presidenta venezolana, figura central de la arquitectura de poder de Nicolás Maduro, camina hoy por una delgada línea: debe mantener unido al chavismo y responder a las exigencias de Estados Unidos. Pero ¿quién es Delcy Rodríguez? ¿Qué nos dice su biografía sobre el presente? ¿Se puede comparar esta coyuntura con alguna otra de la historia venezolana? 

<p>Delcy Rodríguez, la improbable</p>
AP/Ariana Cubillos.

Es la primera mujer en presidir Venezuela. Eso lo único que podemos afirmar hoy sobre Delcy Rodríguez. Se puede, naturalmente, reconstruir la biografía de quien en los últimos diez años ha tenido una activa vida pública desde la cúpula del poder y que a partir de la caída de Nicolás Maduro ha logrado la atención mundial. Las redes están llenas de información sobre ella. Pero tratar de definir quién es, en términos «históricos», nos enfrenta a acontecimientos en pleno -y, sobre todo, muy veloz- desarrollo, ya no solo en días, sino en horas.

Los venezolanos apenas estamos saliendo del aturdimiento. Ha sido una sacudida después de otra: los bombardeos en zonas de Caracas y sus alrededores; la «extracción» de forma hollywoodense de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores por un comando de Estados Unidos que filmaba en directo para Donald Trump; los anuncios de Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, en los que asumían la conducción del país, de un modo que nunca antes se había visto en la historia venezolana; la imagen viral de Maduro detenido, vistiendo un mono Nike que por el hechizo de las redes se agotó en horas; el cambio de quienes habían colaborado hasta la víspera con él y pasaban a hacerlo, ahora y de forma muy estrecha, con Washington (aunque, hay que reconocerlo, reclamando formalmente su liberación y renovando sus votos chavistas); la convocatoria de Trump a las petroleras para decidir el futuro de los hidrocarburos venezolanos, con Estados Unidos tomando el control de la comercialización del petróleo del país y administrando sus ganancias, que entregará al gobierno venezolano según lo crea conveniente; el gran recibimiento en Caracas del secretario de Energía, Chris Wright, y del jefe del Comando Sur, Francis L. Donovan; la expectativa de inversiones, que ya comienzan a verse; los cambios en las leyes; una amnistía para los presos políticos…

Son, sí, demasiadas cosas, pero tal vez las dos que sorprendieron más, el mismo 3 de enero, fueron la captura de Maduro, en especial por su espectacularidad y su rapidez, y el anuncio de Trump, horas más tarde, de que ahora se entendería con Delcy Rodríguez. Y no solo eso: su aclaración de que siente simpatía por María Corina Machado, pero que no la ve, por el momento, con la capacidad para controlar la situación. 

Un ataque era algo previsible tras el aparatoso despliegue de la flota estadounidense en el límite de las fronteras marítimas venezolanas; aun así, una operación comando como la ocurrida causó una enorme perplejidad. Pero que Trump concluyera que lo más sensato era dejar en el poder al madurismo sin Maduro, bien que sea con la advertencia, hecha públicamente por Rubio, de que puede «irles peor» que al ex-presidente detenido en Nueva York si no colaboran, fue algo que rompió todas las quinielas. El país pareció entrar en una nueva forma de realismo mágico.

¿Qué es todo esto que estamos viviendo? ¿Es una transición? ¿O es un sistema que, de la mano de Estados Unidos, experimentará el prodigio de convertirse en otro sin dejar de ser él mismo? ¿Algo así es posible? ¿Qué papel cumple en todo esto Delcy Rodríguez, quien se fue haciendo fama de reformadora desde sus múltiples cargos, en la cima del Estado luego de la llegada de Maduro al poder en 2013?

El sino de la revolución

Arranquemos con lo único de lo que estamos seguros: ser la primera mujer en la Presidencia de Venezuela es una presea que los manuales de historia del futuro no le podrán quitar. Venezuela ya tenía la singular circunstancia de haber tenido dos gobernadoras en la época colonial: Isabel Manrique de Villalobos y Aldonza Villalobos Manrique, madre e hija que administraron la provincia de Margarita entre 1525 y 1575, aunque lo hicieron siempre a través de tenientes gobernadores masculinos. En 1998 tuvimos a Irene Sáez, una ex-Miss Universo y muy exitosa alcaldesa de Chacao, un municipio de clase media caraqueña, primera en las encuestas presidenciales durante varios meses. Sáez era una expresión de la crisis de los partidos tradicionales, pero al final la sociedad prefirió un outsider más cercano a sus valores históricos. Un militar, estatista, extremadamente carismático, con fama de macho y aura de vengador: Hugo Chávez Frías. De este modo, Venezuela continuaba en la lista de los países sin mujeres en la primera magistratura.

Si a la presidencia de Delcy Rodríguez le sumamos a la líder opositora María Corina Machado -ganadora, además, del manoseado Premio Nobel de la Paz- y a Laura Dogu, la poderosa encargada de negocios de Estados Unidos (que funge de embajadora), nunca antes la política venezolana estuvo como hoy en manos de mujeres. A esta lista podemos agregar a Adriana Cisneros, la directora ejecutiva del emporio empresarial Organización Cisneros, que ha anunciado la creación de un fondo de 1.000 millones de dólares para la reconstrucción de Venezuela. 

En medio de la crisis, muchos buscan analogías que permitan entender un poco más de esta coyuntura imposible: ¿se parece esta a algo que, en la historia venezolana, pueda servirnos de referencia? ¿Habrá que buscar analogías con lo ocurrido en 1908, cuando Juan Vicente Gómez -con aspiraciones de dictador vitalicio- lideró «una evolución dentro de una misma Causa», como llamó al desplazamiento del poder de Cipriano Castro, concretada, por cierto, con apoyo estadounidense, expresado en un acorazado y un crucero atracados en La Guaira? ¿O Delcy Rodríguez será López Contreras, el leal ministro de Guerra de Gómez que en 1936 empezó a desmontar el gomecismo y a democratizar al país? En general, los historiadores nos encogemos de hombros ante estas preguntas. 

Hay, cómo no, similitudes, pero la originalidad de lo que estamos viendo hace pensar que Delcy Rodríguez seguramente será Delcy Rodríguez. Salvo que un gobierno se venga estrepitosamente abajo, lo usual es que el cambio lo conduzcan los «improbables», como los llamamos en otro artículo, en los que nadie piensa pero que en un momento dado se demuestran capaces –porque tienen la voluntad y reúnen las suficientes fuerzas– de emprender una transformación de alto calado. 

La biografía de Delcy Rodríguez es «orgánicamente» chavista: por donde se la mire, forma parte del sector social, político y generacional que ha ejercido el liderazgo en la Revolución Bolivariana. Como hija de Jorge Rodríguez (1942-1976), un líder guerrillero que murió torturado en manos de fuerzas policiales, el sino de la política y de la revolución la acompañan desde el nacimiento. Las circunstancias en que murió su padre generaron, en su momento, un enorme escándalo. La guerrilla, de forma mayoritaria, había dejado las armas en 1969, por lo que su detención y tortura ocurrieron en tiempos de paz. La solución venezolana del conflicto armado fue tratar de olvidarlo tan rápidamente como fuera posible, lo cual tuvo muchas ventajas, ya que permitió una rápida reincorporación a la vida democrática de los ex-guerrilleros que lo quisieron, al tiempo de que enterró resentimientos que en otras partes, de muchas formas distintas, socavaron la búsqueda de paz. 

Pero la contracara fue una deuda en términos de justicia, reparación y verdad. La muerte de Jorge Rodríguez fue una temprana advertencia de ello. En 1976, el país vivía el jolgorio del boom petrolero y de la nacionalización de la industria de hidrocarburos. La democracia parecía asegurada en una época de golpes militares a lo largo y ancho de la región, el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez era un presidente adorado y había quedado atrás su papel, como ministro del Interior, en la guerra antisubversiva en la década de 1960. En medio de la fiesta, la muerte de Rodríguez vino a revelar que el pasado no estaba superado.

A diferencia de la mayoría del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) al que pertenecía, en 1969 -año en que se firmó la paz y nació en Caracas su hija Delcy-, Jorge Rodríguez no se resignó a la vida parlamentaria, sino que continuó la lucha armada con un grupo disidente. El MIR había surgido de una división de la socialdemócrata Acción Democrática de Rómulo Betancourt y en su nacimiento operó una fuerte influencia de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, como se expresa en la adopción de los colores del Movimiento 26 de Julio cubano, en su llamado a la lucha armada en 1960 y en una mayor lealtad a La Habana que a Moscú. Algunos quisieron mantener viva esa estrategia.

En 1973, Rodríguez impulsó junto con su facción la fundación de la Liga Socialista. Tres años más tarde, uno de los grupos guerrilleros cercano a la Liga secuestró a William Niehous, jefe de operaciones de la empresa estadounidense Owens-Illinois en Venezuela y señalado por los secuestradores como cabeza de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) en el país. Estuvo más de tres años en cautiverio y, en el marco de su búsqueda, la policía detuvo a Rodríguez. Hasta el día de hoy, no está claro si él participó directamente en el secuestro. Muchos lo han negado por años. Pero el punto es que fue torturado para extraerle información que, muy probablemente, no tenía. Murió debido a los golpes recibidos, aunque la información oficial simplemente indicó que había sufrido un infarto. 

Su muerte fue un escándalo nacional que hizo estremecer al gobierno de Carlos Andrés Pérez, en tanto que Rodríguez se convirtió en uno de los grandes mártires del panteón de la izquierda revolucionaria venezolana. Delcy Rodríguez tenía entonces siete años recién cumplidos. La sombra de aquel martirio se proyectó sobre su niñez y, de algún modo, sobre el resto de su vida. La Liga Socialista –partido al que se incorporó años más tarde un joven quinceañero llamado Nicolás Maduro– siguió estando entre los grupos más radicales de la izquierda, sobre todo porque el resto fue moviéndose hacia posiciones más centristas: eran los «ligosos» como los llamaba, de forma peyorativa, el resto de la izquierda. En todo caso, fue un partido muy pequeño, que no solía superar los 20.000 votos.

Los hermanos Rodríguez: una dupla de poder

Chávez ganó reivindicando a la guerrilla de los años 60 y enarbolando muchas de sus banderas. De hecho, no fue fortuito que Delcy y su hermano Jorge Rodríguez (llamado igual que su padre) se incorporaran a las filas del chavismo. Cuando, en 2007, Chávez propuso unir a todos los grupos que lo apoyaban en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), la Liga Socialista fue el único de los partidos históricos que se autodisolvió y acató el llamamiento.

La dura experiencia de su padre no alejó a los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez -que funcionan en un estrecho tándem- de la vocación política. Al contrario, todo indica que fue un aliciente. Nacido en 1965, Jorge Rodríguez hijo se convirtió en un importante líder estudiantil en la década de 1980. Mientras estudiaba medicina en la Universidad Central de Venezuela, formó parte de la Plancha 80, de la que salieron muchos otros líderes políticos, como Juan Barreto, y en 1988 fue elegido presidente de la Federación de Centros Universitarios, lo que en aquel momento era un cargo de gran proyección. Era también un estudiante aplicado que siguió un posgrado en psiquiatría. Incursionó en la literatura y ganó en 1998 el concurso de cuentos organizado por el diario El Nacional. Pero lo que pudo haber sido un destino en la medicina y las letras cambió con la llegada de Chávez al poder.

La candidatura del ex-paracaidista en 1998 juntó a personas de muchos sectores, tanto de la derecha como de la izquierda, que tenían en común su oposición al sistema democrático surgido del Pacto de Puntofijo de 1958. Así, prácticamente toda la dirigencia estudiantil de izquierda de las décadas de 1980 y 1990 se unió a quien entonces aparecía como un outsider que subía como espuma en las encuestas. A partir de 1999, la carrera de Jorge Rodríguez en la Revolución Bolivariana fue fulgurante. Formó parte de una generación que al principio no estuvo en la primera línea del liderazgo chavista, en gran medida en manos de políticos veteranos, pero que luego tomaría las riendas del poder.

Tras los puntos de inflexión que representaron los paros petroleros y el frustrado golpe de Estado organizados por la oposición entre 2002 y 2003, muchos de estos políticos veteranos rompieron con Chávez. Otros, por edad, fueron retirándose o muriendo. De ese modo, comenzó a emerger una nueva generación que, en general tenía buena formación política y académica, forjada en universidades públicas, en especial la Universidad Central de Venezuela. Entre sus filas, muchos militaban en grupos de izquierda sacudidos por la caída del Muro de Berlín, pero que no por eso renunciaron al socialismo o el comunismo. Algunos incluso se radicalizaron en aquellos años.

En su mayoría, provenían de familias de clase media profesional. Allí estaban figuras como el propio Jorge Rodríguez, Juan Barreto, Tarek William Saab, Elías Jaua, Rafael Ramírez y Nicolás Maduro. Naturalmente, como el chavismo integraba diversas «familias», junto a ellos hubo otro sector, muy importante, que provenía del mundo militar, pero fueron estos líderes izquierdistas quienes, en lo político y lo ideológico, marcaron el definitivo viraje de Chávez hacia la izquierda entre 2005, cuando lo anunció por primera vez, y 2007, cuando oficialmente Venezuela pasó a ser un «Estado socialista».

A partir de 2003, el ascenso de Jorge Rodríguez ha sido sostenido. Se ha desempeñado sucesivamente como presidente del Consejo Nacional Electoral, vicepresidente de la República, alcalde de Caracas, ministro de Comunicaciones y presidente de la Asamblea Nacional, siendo al mismo tiempo miembro de la Dirección Nacional del PSUV. Es decir, se convirtió en una de las figuras claves de la Revolución. Su hermana Delcy parecía haber escogido un camino menos público. Se había graduado de abogada en la Universidad Central de Venezuela y realizó luego una especialización en la Universidad París X en Nanterre y una maestría en el Birkbeck College de Londres. Esta formación y el manejo de idiomas le abrieron paso en el servicio diplomático. En el punto de inflexión político y generacional de 2003, fue nombrada coordinadora de la Vicepresidencia de la República. En 2006, asumió por un periodo muy breve como encargada del Ministerio del Despacho de la Presidencia de la República. Por alguna razón salió muy rápido de ese puesto, lo que para muchos fue una señal de su mala relación personal con Chávez. 

El hecho es que siguió en cargos de coordinadora hasta que, en 2014, ya en el gobierno de Maduro, y en el marco de la nueva configuración de las «familias» del chavismo, comenzó a brillar su estrella. Primero fue nombrada ministra de Relaciones Exteriores. Se convirtió luego en una de las principales articuladoras políticas entre el poder civil y el poder militar, en el marco de lo que Maduro denominó el Alto Mando Político-Militar de la Revolución, en el que él era una especie de primus inter pares.

En 2017 fue electa presidenta de la Asamblea Constituyente que convocó Maduro como un intento de paliar la crisis política -que incluyó casi cien días de protestas continuas y más de 150 muertos- y neutralizar a un Parlamento en el que la oposición había obtenido, por primera vez bajo el chavismo, la mayoría de los escaños. Y en 2018 asumió la Vicepresidencia de la República. Es decir, era la segunda a bordo en los momentos del gobierno paralelo de Juan Guaidó, del desconocimiento de Maduro por casi todos los países de Occidente y de la cadena de sanciones internacionales que se fueron imponiendo sobre Venezuela y sobre ella misma. Eran los años de la hiperinflación, de la contracción económica que llegó a una caída de 80% del PIB entre 2016 y 2021, de la crisis migratoria, de enfrentamientos diplomáticos, de polémicas y escándalos, de violaciones de los derechos humanos y de numerosos actos ilícitos. 

La reformadora

Delcy Rodríguez siempre se mantuvo como una pieza clave del gobierno, una figura en la que Maduro aparentemente tuvo siempre mucha confianza. En efecto, tuvo un papel destacado en la sobrevivencia de Maduro a aquella suerte de tormenta perfecta para derribarlo. Las responsabilidades que le asignó inmediatamente después parecen demostrarlo.

En 2020 fue nombrada a la cabeza del Ministerio del Poder Popular de Economía y Finanzas -tal su nombre oficial-. Cuando la economía y la crisis social llegaron a su punto más grave, Maduro le dio una de las responsabilidades más sensibles: organizar un proceso de apertura económica. Tras la caída en desgracia del poderoso Tarek El Aissami -acusado de un gigantesco desfalco al Estado conocido como PDVSA-Cripto-, Delcy Rodríguez coordinó un equipo de asesores, encabezado por el ex-presidente de Ecuador Rafael Correa, para diseñar un conjunto de reformas capaces de reencauzar la economía. 

En 2020 se promulgó la Ley Antibloqueo, en cuyo marco comenzó una paulatina liberalización: se autorizó el uso de dólar; se quitaron los controles sobre los precios de un conjunto amplio de productos; se promocionó el emprendedorismo y, de manera más amplia, la apertura al sector privado. En particular, Delcy Rodríguez se esforzó por restablecer los contactos con los grupos empresariales, con los que fue creando una estrecha relación. 

Al mismo tiempo, las sanciones impuestas por el primer gobierno de Trump a la economía venezolana se flexibilizaron durante el mandato de Joe Biden, lo cual habilitó la concesión de licencias a distintas empresas estadounidenses y europeas para participar de la explotación petrolera. Con la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) en un estado crítico, la producción quedó en los hechos en manos de estas empresas extranjeras. 

El resultado fue que el bolívar se estabilizó por un par de años, la hiperinflación se detuvo en 2022 (en 2024 la inflación fue de 24%) y la economía comenzó a crecer. Naturalmente, la dimensión de la caída económica previa y del empobrecimiento masivo de la población hizo que el crecimiento acumulado no se tradujera en una mejora significativa de la calidad de vida.

En 2024, en el momento en que la estrategia del gobierno se volcó a obtener mayores inversiones en el sector petrolero, Delcy Rodríguez, sin dejar nunca la Vicepresidencia, asumió como ministra de Hidrocarburos. Eso coronó su control de la economía. Nuevamente, buscó tender puentes con las empresas petroleras. Su popularidad entre los empresarios fue en aumento. 

Entre las familias del chavismo, comenzó a hablarse de un ala modernizadora y aperturista, dirigida por Delcy Rodríguez, frente a otra, más ideológica, de ideas más estatistas, encarnada en figuras como el hoy ministro de Planificación Ricardo Menéndez. En el centro estaba el presidente, que tendía a escorarse hacia los «ideológicos». Después del controvertido proceso electoral de 2024, las acusaciones de fraude y las nuevas sanciones, las reformas se ralentizaron. Pero, entre los empresarios, la voluntad reformadora de la vicepresidenta no se puso en duda. 

MAGAchavismo

En paralelo, su hermano Jorge Rodríguez continuaba siendo una figura de primera importancia, en especial el gran negociador y operador político en el exterior, que desplegaba una diplomacia como enviado especial para resolver múltiples problemas del gobierno. En este contexto, el nombre de Delcy Rodríguez comenzó a sonar, aunque fuera a media voz, como presidenciable. En las muchas y fallidas rondas de negociación con la oposición, Jorge Rodríguez era siempre la figura central del lado del oficialismo. En la última tanda, con Trump ya de nuevo en la Presidencia, corrió el rumor de que finalmente Delcy Rodríguez podía ser una candidata aceptable para todas las partes, en el caso de que Maduro aceptara renunciar. 

Hay que recordar que los primeros movimientos de Trump buscaron avanzar en una negociación, al principio de forma bastante cordial. Él ha dicho que solo después de comprobar que Maduro estaba dispuesto a todo, menos a dejar el poder, decidió optar por el camino de la fuerza militar. En efecto, en enero de 2026, Maduro le dijo a Ignacio Ramonet, en la que sería su última entrevista como presidente, que Venezuela estaba abierta a las inversiones petroleras estadounidenses «cuando quieran, donde quieran y como quieran». Por otra parte, Trump y sus asesores tenían presente la experiencia de Juan Guaidó, el líder opositor declarado «presidente encargado» por la Asamblea Nacional en manos de la oposición, que recibió todo su apoyo y que, por no tener control sobre el territorio, terminó en una derrota política que involucró también a Trump (¡y a manos de Maduro!). Si a eso se suma la experiencia estadounidense de Iraq, mencionada por Trump al justificar sus decisiones sobre la transición en Venezuela, se entiende un poco más por qué eligió sostener a Delcy Rodríguez como presidenta. 

No hay evidencia de que haya habido un acuerdo con Washington antes de la operación militar del 3 de enero. Seguramente con el tiempo habrá más información sobre cómo Trump construyó su vínculo con Delcy Rodríguez. La presidenta ha explicado su situación con una frase impactante: «me ha tocado sentarme cara a cara con los verdugos de mi padre y con los responsables de las agresiones contra nuestros héroes y heroínas del 3 de enero. Lo he hecho y lo seguimos haciendo por Venezuela, por el pueblo y por nuestros jóvenes». Mientras escribíamos este artículo, se refirió a Trump como «socio y amigo». En un acto con jóvenes chavistas, le reclamó al mandatario estadounidense: «como amigos, como socios, que estamos abriendo una nueva agenda de cooperación, cese ya las sanciones y el bloqueo contra nuestra patria porque ese bloqueo también es contra la juventud venezolana». En medio de esta incertidumbre, los hermanos Rodríguez siguen actuando en dupla: hoy ella preside Venezuela y él es el presidente de la Asamblea Nacional, el segundo en la línea de sucesión.

Nadie puede anticipar los siguientes pasos ni saber cuánto tiempo durará el delicado equilibrio por el que transita la Presidencia de Delcy Rodríguez, que mantiene cohesionado al chavismo -político y militar- mientras sostiene su alineación con Washington, en lo que algunos venezolanos llaman, de manera irónica, el nuevo «MAGAchavismo».

 

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