Burkina Faso en revolución
octubre 2026
Llegó al poder en 2022, con 34 años, tras un golpe de Estado y pidiendo perdón por el ruido de las armas. Desde entonces, el capitán Ibrahim Traoré rompió con Francia, se acercó a Rusia, hizo del oro su principal aliado y se convirtió en un ícono panafricano y anticolonial en las redes. Pero ¿qué hay detrás de este joven militar a quien muchos ven como una reencarnación de Thomas Sankara?
El 2 de octubre de 2022 Ibrahim Traoré pidió disculpas antes de empezar a hablar. «Hace apenas unas horas hemos perturbado su apacible sueño en la ciudad de Uagadugú [la capital del país] con el ruido de las armas. Les pedimos sinceramente disculpas». Traoré se convertiría pocos días después en el jefe de Estado más joven del mundo. Con solo 34 años, asumía el liderazgo de su país. Ese perdón por el ruido provocado por el golpe de Estado que lo llevó al poder no dejaba de ser curioso.
En África occidental, los jóvenes tienen la obligación de respetar a los mayores. En este caso, Traoré no había respetado nada: un joven capitán acababa de derrocar a su superior, un teniente coronel, y despertar a los mayores a tiros. El joven Traoré pedía perdón antes de hablar porque sabe de dónde viene y a quién se dirige. Sin embargo, esta no sería la primera ni la última vez que pediría perdón antes de tomar la palabra. Lo haría unos meses más tarde, en concreto el 28 de julio de 2023, durante la Segunda Cumbre Rusia-África en San Petersburgo. «La africanidad me obliga y por respeto al derecho de los mayores, debo pedirles perdón», pronunció.
Ese fue su primer viaje fuera de África, y de los pocos que ha hecho hasta la fecha. Mientras que en Burkina Faso el presidente ya había ganado popularidad, ese día su imagen se lanzó al mundo. En Rusia, ante Vladímir Putin y 17 jefes de Estado africanos, cuestionó a los presidentes del continente y lanzó un dardo en forma de palabra que recorrería TikTok, Facebook e Instagram. «Las preguntas que se hace mi generación son estas, si puedo resumirlo: no entendemos cómo África, con tanta riqueza en su suelo, con una naturaleza generosa, con agua y sol en abundancia, es hoy el continente más pobre. ¿África es un continente hambriento? ¿Cómo se explica que nuestros jefes de Estado recorran el mundo mendigando?», improvisó Traoré probablemente pensando en los miles que lo iban a ver en sus pantallas, en Burkina Faso y en el extranjero. Traoré no le habla a una hoja de papel; le habla siempre a alguien.
Estaba en San Petersburgo, pero vestía como si estuviera en Uagadugú: uniforme militar, boina roja y buff. Y hablaba igual que en casa, sin rodeos. El presidente ruso lo recibió como su gran invitado. El representante de uno de los países más empobrecidos del continente africano se reafirmaba sin traje ni corbata al lado del líder de una de las potencias mundiales. La foto de familia lo dejó claro: Traoré ocupaba el centro, junto a Putin. Y el capitán, que suele saludar chocando el puño, esa vez le estrechó la mano. Es uno de los pocos jefes de Estado a quienes se la ha dado.
A su vuelta de Rusia, Traoré fue recibido como un héroe. La avenida Kwame Nkrumah —bautizada en honor al primer presidente de Ghana y padre del panafricanismo— es el punto neurálgico e histórico de manifestaciones políticas, y ese día se llenó otra vez de gente. Como ya es de costumbre, un séquito de pickups Toyota y soldados armados hasta los dientes acompañaba a la comitiva presidencial. El torso de Ibrahim Traoré salía por la escotilla de uno de los coches que trasladan al presidente. Contento y sonriente, saludaba a la gente que lo esperaba en la calle. «¡¡¡IB, IB, IB!!!», coreaba la multitud.
San Petersburgo selló un giro que ya estaba en marcha: el acercamiento a Moscú corrió en paralelo al divorcio con París. A los cuatro meses de llegar al poder, Traoré exigió el retiro de los cerca de 400 soldados de las fuerzas especiales francesas de la operación Sabre -dedicados a la lucha antiyihadista en el Sahel- y denunció el acuerdo de asistencia militar firmado con Francia en 1961. En paralelo, había pedido la salida del embajador francés, Luc Hallade, y suspendido Radio France International (RFI) y France 24. Mientras tanto, Rusia reabría su embajada en Uagadugú, en diciembre de 2023, y extendía su cooperación a la seguridad, la educación y la energía, incluida la nuclear civil. En mayo de 2025, Traoré volvió a Moscú para el 80.º aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial. En febrero de 2026, ambos países firmaron un acuerdo para dar forma oficial a su relación. Cuatro meses después, el 26 de junio, Burkina Faso rompía relaciones diplomáticas con Francia.
El divorcio no fue solo burkinabè. En septiembre de 2023, Traoré y los dirigentes de Malí y Níger, que también habían roto con París, firmaron la Carta del Liptako-Gourma, que creó la Alianza de Estados del Sahel (AES), un pacto de defensa mutua que en julio de 2024 se convirtió en confederación. En enero de 2025, los tres países abandonaron la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO).
Igual que durante la Revolución Democrática y Popular (RDP) de Thomas Sankara (1983-1987), el mundo vuelve a mirar a este país saheliano con curiosidad. Funcionarios y diplomáticos de todo el mundo no saben cómo etiquetar al nuevo gobierno, que genera desde confusión hasta frustración. Se buscan las palabras para definir el cambio político que se está instalando en el corazón del Sahel mientras desde ciertos ámbitos se ideologiza el país. Pero, ¿qué hay detrás de este treintañero cuyos videos acumulan miles de likes dentro y fuera de Burkina Faso, y al que se elogia como el nuevo Sankara, de quien busca extraer su legitimidad?
¡Patria o Muerte, Venceremos!
El 29 de septiembre de 2022 estaba sentada en un pequeño bar, al borde de la carretera principal de Bobo-Dioulasso, la segunda ciudad más grande de Burkina Faso, y le pregunté a un amigo con quien compartía el té:
-¿Por qué hay tantos militares hoy en la calle?
Él me respondió brevemente:
-«Déjalos, estarán haciendo su trabajo».
En las calles de Bobo-Dioulasso el movimiento es constante. Motos, coches, camiones, bicicletas y mototaxis de procedencia asiática, los nuevos vehículos de tres ruedas que han revolucionado el transporte de personas, objetos y materiales de construcción y han dado un descanso a los burros y los carros. Eso sí, ese 29 de septiembre las pickups del ejército estaban en la calle y el clima semitropical de esa época anunciaba una noche húmeda y calurosa; militares en la calle, un golpe de Estado.
La mañana siguiente, el 30 de septiembre de 2022, la población se levantó sin entender lo que estaba pasando. La señal de televisión no llegaba. «No signal, no signal, no signal», repetía la pantalla, ahora inútil. Lo que sí funcionaban era la cobertura móvil y el internet, un elemento esencial para el desarrollo del golpe de Estado que se estaba gestando a 462 kilómetros de Bobo-Dioulasso, en la ciudad de Kaya, a solo 100 kilómetros de la capital.
Las redes empezaron a arder. Facebook y WhatsApp se llenaron de mensajes sobre el «golpe de Estado contra el hombre fuerte de Burkina Faso», avisos de disparos en el campo militar Baba Sy de Uagadugú, llamados a la prudencia. Para Burkina Faso, 2022 fue el año de los dos golpes de Estado. El 24 de enero, el teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba derrocó al presidente Roch Marc Christian Kaboré (2015-2022), elegido en las urnas tras la caída de Blaise Compaoré, derribado en 2014 por un levantamiento popular después de 27 años en el poder. Damiba se convirtió en el nuevo «hombre fuerte» del país, al frente del Movimiento Patriótico para la Salvaguardia y la Restauración (MPSR). Pero solo ocho meses más tarde, un grupo de oficiales liderado por el joven capitán Ibrahim Traoré lo derrocó en un golpe que se alargó tres días, hasta que Damiba dimitió y se exilió en el vecino Togo, de donde fue extraditado en enero de 2026, acusado por la junta de conspirar contra ella.
Ibrahim Traoré no habló en su primera aparición pública. Fue la noche del mismo 30 de septiembre, en el estudio de la Radiodiffusion Télévision du Burkina (RTB), la televisión pública del país. El capitán Farouk Azaria Sorgho, que no ha vuelto a aparecer públicamente desde mediados de mayo de 2026, estaba sentado en el centro, con las manos apoyadas en una mesa de cristal, y anunciaba que «la degradación de la situación de seguridad ha justificado nuestra acción». A su derecha, aún un desconocido Ibrahim Traoré, asentía a sus palabras.
En Burkina Faso, la población seguía de cerca los acontecimientos cuando el capitán Sorgho pronunció: «Vive le Burkina Faso! La Patrie ou la mort, nous vaincrons!» [¡Viva Burkina Faso! ¡Patria o muerte, venceremos!]. Una frase desempolvada de la era Sankara que en América Latina cualquiera asocia con la Revolución cubana.
Yo estaba pegada al televisor cuando los burkinabè que me acompañaban respondieron: «nous vaincrons!». Casi sin darse cuenta, con los labios entreabiertos, como en un sueño irreal o en un despertar después de una noche muy larga. ¿Por qué, 35 años después de la muerte de Sankara, eran capaces de responder al lema que había guiado sus discursos?
«Todo urgente»
En ese momento, Ibrahim Traoré era un capitán desconocido para el gran público. Se presentó en sociedad, sin tiempo, el 2 de octubre de 2022. A diferencia de lo que ocurre hoy, entró a la sala de conferencias del barrio de Ouaga 2000 sin protocolo. En uniforme de combate y sin haber dormido. Con un walkie-talkie a cada lado del pecho, un cinturón de cargadores y una libreta azul en la mano. Lo acompañaba un grupo de militares, mal equipados, sin chaleco antibalas y con el rostro escondido debajo de un buff lisos o con estampados de calaveras.
Ese mismo día, Traoré convocó a los secretarios generales de los ministerios y a las principales instituciones del país para decirles que tenían dos días para hacer una lista de todas las pickups estacionadas en los garajes de los ministerios, incluidas las que estaban sin usar por pequeñas averías. «¡Todo lo que encontremos aquí y pueda servir para el combate, iremos a luchar con ello!», les dijo. Y añadió: «Hay que cambiar el ritmo; hay que ir rápido. Todo el país está en una situación de urgencia. Por eso, cada uno, desde su lugar, debe avanzar más rápido y dejar atrás la pesadez administrativa. Ni siquiera podría señalar un punto concreto en el que haya que actuar con rapidez: son todos los ámbitos. En Burkina Faso, todo es urgente. ¡Desde la seguridad y la defensa hasta la salud y la acción social, todo es urgente!»
La conferencia duró pocos minutos en un país que tenía el reloj en contra. «¡Todo es urgente!» se viralizó rápido porque todo burkinabè ha peleado alguna vez con un documento que no avanza dentro del circuito administrativo. De repente se veía en camisetas junto con la cara estampada del nuevo líder de la junta militar. Se expandió en las conversaciones y en el imaginario de la población. Quizá fue el primer leitmotiv del capitán. Para entender por qué todo era urgente, hay que mirar de dónde venía él y qué país heredaba.
Traoré nació el 14 de marzo de 1988 en Bondokuy, un pueblo de la región de Bankui (antigua Boucle du Mouhoun). Bankui es una región del Sahel situada al noroeste del país en una de las zonas más afectadas por el terrorismo yihadista. Entre árboles de acacia y un paisaje semiárido, un estudiante de nombre Ibrahim y apellido Traoré estudió la primaria y completó el primer ciclo de la secundaria en este mismo pueblo. Unos años más tarde viajó hasta Bobo-Dioulasso para estudiar en el Lycée Mixte d’Accart-Ville en el centro de la ciudad. Allí, entre banquetas de madera y clases con un centenar de alumnos, obtuvo el bachillerato. Corría el año 2006. En la ciudad de Bobo-Dioulasso vive parte de su familia, aunque muchos aspectos privados de su vida siguen siendo una incógnita para la mayoría de los habitantes.
Traoré se mudó a la capital para seguir sus estudios en la Universidad de Uagadugú, la que ahora se conoce con el nombre del historiador burkinabè Joseph Ki-Zerbo. Fue en ese campus universitario donde se graduó en Geología, aunque nunca se dedicaría a ello. Fue uno de los mejores de su promoción y lo admitieron en la Academia Militar Georges Namoano de Pô, en la provincia de Nahorui, al sur del país, cerca de la frontera con Ghana.
Fue en Pô donde Sankara había dirigido, desde 1976, el Centro Nacional de Entrenamiento de Comandos (CNEC), desde hace décadas la cantera de los principales líderes militares del país. La localidad se convertiría en un lugar clave de la historia política de Burkina Faso: de allí partieron, el 4 de agosto de 1983, los comandos dirigidos por Blaise Compaoré que marcharon sobre Uagadugú para liberar a Sankara, destituido como primer ministro y arrestado meses antes. Esa misma noche, el capitán Thomas Sankara, de 33 años, tomó el poder. Un año después rebautizó el Alto Volta como Burkina Faso, «el país de los hombres íntegros», con un nombre formado por dos palabras procedentes de dos lenguas: burkina, del mooré, y faso, del dioula. El gentilicio burkinabè incorpora, a su vez, un elemento del peul. El 15 de octubre de 1987, el mismo Compaoré que lo había liberado encabezó el golpe en el que Sankara fue asesinado.
Ibrahim Traoré lidera un gobierno cargado de simbolismo y se propone recuperar el legado y asemejarse al líder espiritual del país, Thomas Sankara en un país y un mundo muy diferente. Traoré salió de la academia militar de Pô con el grado de subteniente y no fue hasta 2020 que consiguió el rango de capitán. Sus primeros años como militar coincidieron con el avance yihadista en el Sahel. La insurgencia que estalló en el norte de Malí en 2012 cruzó a Burkina Faso hacia 2015, y en enero de 2016 alcanzó la capital con el atentado contra el hotel Splendid y el café Cappuccino de Uagadugú. Desde entonces, la violencia no ha dejado de extenderse por el país.
Ibrahim Traoré llegó al poder en un país roto y casi perdido. El paisaje era desolador: más de dos millones de personas desplazadas por la violencia (10% de la población); 270 ataques en escuelas públicas solo entre 2022 y 2023; Burkina Faso encabezando el ranking de país del mundo más afectado por la violencia terrorista, según el Índice Global de Terrorismo; más de 2,7 millones de burkinabè con hambre y una guerra que se libraba lejos de Uagadugú, donde se deciden las cosas.
En los pueblos, los primeros que sufrieron la violencia fueron los Agentes de Eaux et Forêts, que trabajan en los bosques y los principales parques naturales del país, como el Parque W, en la frontera con Níger, o el Parque Nacional d’Arly, en el sureste del país. De hecho, estas zonas boscosas se han convertido en el cuartel general de los grupos yihadistas y criminales. Allí se han podido esconder y trazar caminos. También infiltrarse entre la población y aplicar sus propios impuestos como la zakat. Pero estos grupos no solo se han quedado en la brousse (zona boscosa y salvaje). Para controlar una aldea, los grupos armados primero tenían que dominar el bosque, y para gobernarla, hacerse con los jefes tradicionales (chefs de village), que estuvieron entre las primeras víctimas. La población tenía que decidir: o pagar impuestos a los terroristas para poder seguir trabajando en sus tierras, que es lo único que tienen muchas familias de las zonas rurales para subsistir, o irse a las grandes ciudades. Asumir la primera opción significaba también pasar por cómplice de los enemigos, pero la segunda, una condena a la mendicidad. La violencia se expandió. Después murieron policías y, los últimos, los miembros de la administración. Escuelas, alcaldías y centros de salud quedaron vacíos. El Estado se había ido; los había abandonado.
Como joven oficial, Traoré sirvió en el Sahel y también en la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA) en 2018. Con el Ejército de Burkina fue uno de los integrantes de una gran operación militar conocida con el nombre de Otapuanu, que significa lluvia de fuego en la lengua gurmanché, en el este del país. Esta operación de fuego cruzado también implicó un toque de queda para la población de las 7 de la tarde a las 6 de la mañana durante meses. Traoré fue nombrado jefe del Regimiento de Artillería de Kaya en marzo de 2022, desde donde organizaría el golpe de Estado. Su presencia en el terreno y en el frente de guerra lo acompañaría hasta el palacio presidencial y en todas sus intervenciones.
«¿Ustedes son conscientes de que el territorio está casi perdido?», interpeló a la clase política reunida el 22 de noviembre de 2022 en Uagadugú. «He recorrido a pie parte del Sahel. Me tomé el tiempo de observar bien cómo es esa región. ¡Vayan a ver a los niños que están en los huesos, a los ancianos que mueren de hambre y a esas mujeres que ya no pueden amamantar porque no les queda nada en el pecho!».
El mensaje llegó a la población y, de repente, lo que en Uagadugú y Bobo-Dioulasso, las dos principales ciudades, quedaba muy lejos, se volvió más cercano. De pronto la realidad se volvió más sombría. La guerra ya no era allá lejos en el norte saheliano o en el este. Con Ibrahim Traoré, la guerra había llegado a la ciudad y responsabilizaba a todos los altos funcionarios y a la población de trabajar para ganarla. Lo pidió como un grito, pero necesitaba cambiar otra cosa: la mentalidad.
Su estrategia fue apelar al patriotismo porque nadie defiende un país que no quiere. Así que mientras más de la mitad del territorio estaba bajo control de los grupos yihadistas, Traoré lanzó una ofensiva. A partir de ese momento, la estrategia no era esperar, era atacar y recuperar el terreno perdido. Pero la nueva realidad tuvo un precio: nadie podía llevarle la contraria al nuevo líder del país.
Oro y símbolos para la Revolución
La guerra lo ordenó todo. Traoré reorganizó el Ejército y consiguió que más de 90.000 civiles se inscribieran como Voluntarios para la Defensa de la Patria. Para financiar el esfuerzo bélico creó el Fondo de Apoyo Patriótico (FSP, por sus siglas en francés), al que los funcionarios aportan el 1% de su salario, y subió 100 francos CFA (17 centavos de dólar) el precio de la cerveza, el tabaco y los refrescos. Más tarde impulsó el restablecimiento de la pena de muerte para delitos como la alta traición, el terrorismo y el espionaje.
La otra batalla era la de los símbolos. Entre altos funcionarios ahora se llaman «camaradas». El francés dejó de ser lengua oficial y pasó a ser solo lengua de trabajo. Los estudiantes que entran a la universidad deben pasar por una inmersión patriótica, y los lunes los escolares visten Faso Dan Fani, la tela tradicional del país, cuyo nombre significa «tejido en la patria». Desde 2024, cada 15 de mayo es festivo para celebrar las costumbres y tradiciones, y en mayo de 2025 se inauguró el mausoleo de Thomas Sankara para dar sepultura al Héroe de la Nación. La «soberanía» llegó también a la ayuda humanitaria: un decreto obliga a que representantes y directores financieros de ONG sean de nacionalidad burkinabè y prohíbe usar fotos de personas vulnerables en las campañas de donación.
En lo económico, el gobierno se organizó alrededor de cuatro Iniciativas Presidenciales: Educación, Salud, Agricultura y Faso Mêbo («construimos nuestra patria»). Se abrieron fábricas de pasta de tomate, cerveza, hilo y uniformes militares; se creó el Banco de Depósitos del Tesoro para controlar el dinero público; y comenzaron las obras de la primera autopista del país. También se asfaltó la ruta entre Kaya y Barsalogho, una de las ciudades emblemáticas de la guerra, donde cientos de jóvenes murieron en un ataque mientras cavaban una trinchera.
Pero el nuevo orden tenía otra cara. Traoré controla la cultura y la prensa, endureció las condiciones de entrada y estancia de los extranjeros y reformó el Código de la Persona y la Familia: la reforma fijó en 18 años la edad legal para casarse, una vieja reivindicación de las organizaciones de mujeres, pero también castigó la homosexualidad con hasta cinco años de prisión.
Ibrahim Traoré llegó para hacer la guerra, pero ha transformado un país. Y para sostenerlo todo necesitaba dinero: el oro sería su principal aliado.
El oro representa más del 80% del valor de las exportaciones de Burkina Faso. En 2024, el país exportó unas 65 toneladas de este metal, por un valor aproximado de 4.600 millones de dólares; Suiza fue el principal destino. En 2025, según cifras oficiales, la producción aurífera superó las 94 toneladas, de las cuales casi la mitad correspondió a la minería artesanal y semimecanizada.
En 2024, el gobierno adoptó un nuevo Código Minero, que elevaba de 10% a 15% la participación del Estado en todas las minas industriales, aun sin haber aportado capital inicial, lo que le permite aumentar su peso en la economía minera y hacerse con parte de los ingresos que genera. En enero de 2024 se inauguró la primera planta del país para extraer el oro que queda en los residuos mineros, que hasta entonces se exportaban para su tratamiento. El Estado controla 40% y el capital privado nacional, 60%. Que estos cambios se produjeran entonces no fue una cuestión de azar: llegaron mientras, a escala mundial, el precio del oro se disparaba.
El 28 de septiembre de 2026, a dos días de cumplir cuatro años en el poder, Ibrahim Traoré inauguró la primera refinería industrial de oro de Burkina Faso, RAFFINOR-BF. La foto lo resumía todo: sonriente, vestido de militar, mirando a cámara y sosteniendo el primer lingote made in Burkina. Por primera vez, el país podía transformar industrialmente parte de su oro sin tener que enviarlo al extranjero.
La foto del lingote no era casual. Casi nada en la imagen de Traoré lo es. El capitán apenas deja el uniforme. Una de las ocasiones habituales en las que se lo quita es el Tabaski, una de las fiestas más importantes del calendario musulmán: en 2026 acudió al rezo con un traje de Faso Dan Fani blanco impoluto con líneas verdes y se arrodilló entre los fieles, como un burkinabè más. Otra, el ya clásico partido de fútbol entre funcionarios de la Presidencia y leyendas del fútbol africano como Jay-Jay Okocha y Emmanuel Adebayor. Traoré marcó un hat trick y su equipo ganó. Quién se atreve a quitarle la pelota al capitán-presidente.
En África y en Burkina Faso, la palabra es sagrada. Traoré pidió perdón porque sabe lo que es importante para la gente de su país. También se lleva la mano al pecho para dar las gracias y habla en un francés fácil y directo. Se defiende en dioula y mooré, dos de las lenguas principales, y sabe que parte de su popularidad la tiene gracias a las redes sociales y la comunicación. Él es el líder de los jóvenes y el petit de los mayores. Sabe cuál es su sitio, y de dónde vienen él y su país. Su imagen, su discurso y sus actos, muchos de ellos llenos de simbología, tal y como se entienden las cosas en Burkina Faso, han sido un pilar de su gobierno. Pero también lo ha sido el silencio.
El 11 de mayo de 2025, combatientes del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM, en sus siglas en árabe) atacaron el centro de comando militar de Djibo, capital de la región de Soum, en el norte del país. Esta ciudad hace años que solo es accesible en convoyes militares o helicóptero. Que Djibo quedara en manos de los terroristas era una pérdida para el Ejército que «IB» no se podía permitir. Mientras que en la prensa internacional el titular era «masacre en Djibo», «ataque yihadista en Djibo» o «Djibo tomado», la prensa burkinabè se mantuvo en silencio. El presidente también. Ni siquiera participó en uno de sus actos más simbólico: la inauguración del mausoleo de Thomas Sankara. Este silencio buscaba ser traducido como como reflexión y respeto. No tuvo que dar explicaciones de su ausencia ni pidió perdón por no estar en uno de los días más importantes para la memoria de su héroe.
Las sombras del cambio
Traoré sabe que la comunicación es esencial para sostener un relato de soberanía y control. Por eso, la respuesta al último informe de Human Rights Watch (HRW), «Nadie puede escapar», fue inmediata. HRW documentó 57 ataques entre enero de 2023 y agosto de 2025 en los que murieron 1.837 civiles. Más de 1.200 de esas muertes fueron obra del Ejército y de sus milicias aliadas, los ya mencionados Voluntarios para la Defensa de la Patria; el resto, del grupo yihadista JNIM. La organización habla de crímenes de guerra y de lesa humanidad por todas las partes, denuncia una limpieza étnica contra la población peul (también denominada fulani) -una comunidad tradicionalmente pastora, sobre la que pesa la sospecha de colaborar con los yihadistas, que han reclutado a muchos de sus jóvenes- y señala al propio Traoré como posible responsable. El gobierno respondió con un comunicado en el que alegaba que HRW «no tiene representación en Burkina» y que se trataba de «alegaciones infundadas» para «demonizar el país».
El caso del periodista Atiana Serge Oulon, director del periódico L'Événement, es otro ejemplo. El 24 de junio de 2024, una decena de hombres armados vestidos de civil se lo llevaron de su casa en Uagadugú. En octubre de ese año, el director general de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Marcel Zongo, dio la versión oficial ante la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos: Oulon y otros dos periodistas desaparecidos habían sido movilizados a la fuerza y enviados al frente. En mayo de 2026, una investigación de Reporteros Sin Fronteras desmontó ese relato: Oulon nunca había salido de la capital. Estuvo encerrado al menos hasta finales de 2025 en una villa del barrio Ouaga 2000, frente a la embajada de Estados Unidos, y fue torturado. No se trata de un caso aislado. Según varias organizaciones de derechos humanos, las fuerzas de seguridad han convertido decenas de villas de Ouaga 2000 y otras propiedades de las afueras de la capital en centros de detención clandestinos, donde han retenido a cientos de personas: críticos del gobierno, opositores y cualquiera que las autoridades consideren peligroso.
Traoré no se esconde: «la gente tiene que olvidar la cuestión de las elecciones. La democracia no está hecha para nosotros», dijo ante la prensa nacional y extranjera en abril de 2026.
Nada de esto ha hecho tambalear la estabilidad ni la imagen del presidente. Buena parte de esa imagen se construye en las redes, y fuera del país, donde Traoré tiene una legión de seguidores. Los vídeos sobre él acumulan millones de visualizaciones con contenidos que mezclan verdades, medias verdades y falsedades. Mientras circulaba un video de 40 segundos que aseguraba que Burkina Faso había rechazado los créditos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, los representantes de esos mismos organismos se reunían con funcionarios del gobierno de burkinabè en el hotel Silmandé de Uagadugú. La economía local mejoró en 2025, pero el país sigue financiándose gracias al programa firmado con el FMI en 2023, que en 2026 se amplió con un nuevo acuerdo de más de 120 millones de dólares. Ese dato, sin embargo, no da likes ni ganas de compartir videos.
De regreso, empecé a ver motos que iban en dirección contraria a la mía. Coches que cambiaban de rumbo, jóvenes que pitaban sin parar. A las banderas de Burkina Faso se sumaban las de Rusia mezcladas con las de Malí y Níger. «Algo está pasando», pensé.
Al llegar a mi casa entendí: el gobierno había anunciado que había frustrado un intento de golpe de Estado, y desde las redes sociales se habían convocado manifestaciones de apoyo a la junta. Bastó un post de Facebook y un mensaje «reenviado muchas veces» por WhatsApp. Los wayiyan -«salgan [a la calle]», en mooré- habían coordinado la movilización. Son grupos organizados que durante meses han dormido en las rotondas de las principales ciudades para vigilar las carreteras de noche. Esa tarde salieron a la calle a mandar un mensaje al mundo: el capitán no estaba solo. Burkina Faso tenía quien lo defendiera, aunque el Estado solo controle 74% del territorio, según el gobierno.
El país ya no es el mismo. Su frontera se ha fundido con las de Malí y Níger, la guerra ha llegado al centro, las boinas rojas ocupan los despachos y el oro se presenta como el nuevo horizonte. En las calles, las camisetas del Barcelona y del Real Madrid han dado paso a las de la selección nacional. La población vive, a la vez, la guerra y el nuevo orden que busca instaurar la revolución.