Opinión
Octubre 2021

La lucha por la hegemonía en la extrema derecha italiana

Italia es el único país de Europa occidental en el que la extrema derecha supera el 40% de los votos. Aunque está dividida en facciones, tiene complicaciones en diversos territorios y sus principales líderes —Salvini de La Liga y Giorgia Meloni de Hermanos de Italia— manifiestan profundas diferencias, el espectro de una «orbanización» no es descabellado. 

La lucha por la hegemonía en la extrema derecha italiana

Italia es una anomalía en el contexto de Europa occidental. Por un lado, es el único país en que la «extrema derecha 2.0» supera el 40% de los votos. Si excluimos la parte oriental del continente, con Hungría y Polonia a la cabeza, en ningún país occidental la nueva ultraderecha tiene este nivel de apoyo: Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo poco más de 10% en las recientes elecciones generales, Marine Le Pen no superaría el 20% en la primera vuelta de las presidenciales francesas (incluso sumando a Eric Zemmour no llegaría a 35%) y Vox roza el 15% en España. Por otro lado, Italia es el único país en que hay dos partidos de extrema derecha en competencia: la Liga, liderada por Matteo Salvini, y Hermanos de Italia, presidido por Giorgia Meloni. Si se votase ahora a escala nacional, ambas formaciones obtendrían alrededor de 20% cada una.

Pero aunque es teóricamente mayoritaria en el país, la extrema derecha transalpina tiene problemas. En ámbito local, no consigue imponerse: en las elecciones municipales de los pasados 3 y 4 de octubre –se votaba en más de un millar de ayuntamientos y una región– no ha conquistado la alcaldía de ninguna de las grandes ciudades. En Milán, Nápoles y Bolonia, la centroizquierda impuso incluso en la primera vuelta, superando el 50% de los votos, mientras que en Roma y Turín tiene una alta probabilidad de hacerlo en la segunda, que se celebrará el 17 y el 18 de octubre. Es cierto que en la región de Calabria ha ganado la derecha, pero lo ha conseguido con un candidato más centrista, el berlusconiano Roberto Occhiuto. Las razones de esta debacle son diversas: en primer lugar, la derecha, que se presenta por lo general unida en los comicios, ha tardado en ponerse de acuerdo sobre los candidatos y los que se han escogido a última hora eran poco presentables.

Sin embargo, la cuestión de fondo es que Italia está viviendo una fase de transición política marcada por la pax draghiana. El gobierno de unidad nacional liderado por el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, constituido el pasado mes de febrero, ha sido una solución de emergencia en una situación caracterizada por la debilidad de los partidos, la crisis de la pandemia y la puesta en marcha del plan europeo de recuperación. No está demás recordar que Italia, con 209.000 millones de euros, es el principal país beneficiario de las ayudas y los prestamos concedidos por la Unión Europea (UE).

En el gobierno de Draghi no participan solo el Partido Democrático y el Movimiento 5 Estrellas —que formaban la mayoría durante el segundo ejecutivo de Giuseppe Conte (2019-2021)—, sino también Forza Italia –el partido de Silvio Berlusconi– e inclusive la Liga de Salvini. Fuera se ha quedado solamente la formación de Meloni, que ahora está capitalizando su oposición al gobierno. En suma, el sistema de partidos está en profunda reconfiguración y se está moviendo nuevamente hacia el bipolarismo (centroizquierda vs derecha) después de un periodo marcado por la existencia de un tercer polo, el Movimiento 5 Estrellas, que tras el éxito en las generales de 2018 con un discurso contra los políticos tradicionales (32,7% de los votos) está de capa caída. Todas estas turbulencias afectan también a la extrema derecha transalpina.

Una Liga partida en dos

Por un lado, la Liga está viviendo una fase de dificultad caracterizada por una profunda crisis de identidad. Desde que en el verano de 2019 rompiera la alianza de gobierno con el Movimiento 5 Estrellas, Salvini ha cometido un error tras otro. El éxito de las elecciones europeas de 2019 —la Liga fue el primer partido con 34,3% de los votos— parece un lejano recuerdo: según todos los sondeos, el partido de Salvini obtendría ahora 20% y sigue a la baja. Es cierto que comparado con 2013, cuando aún llamándose Liga Norte entró por poco margen en el Parlamento, el resultado es incomparable. Pero la cuestión de fondo se resume en lo que es y lo qué quiere ser la Liga. La transformación lepenista llevada a cabo por Salvini al convertir un partido autonomista –que reivindicaba incluso la secesión de la Padania, una supuesta entidad territorial representada por las ricas regiones del norte de la península– en una formación nacionalista italiana y con implantación en todo el país, muestra más fragilidades de lo esperado. En un momento marcado por la ola populista, el proyecto salviniano funcionó, pero ahora, en una etapa en la que las prioridades parecen ser otras, todo se vuelve más complicado para Il Capitano, como lo llaman sus partidarios.

De hecho, el sector más realista del partido, liderado por Giancarlo Giorgetti, actual ministro de Desarrollo Económico en el gobierno de Draghi, y los principales presidentes de las regiones del norte, ha movido ficha. Primero ha conseguido imponer a Salvini el ingreso en el Ejecutivo y luego no ha parado de contradecirlo sobre cuestiones en las que el secretario mostraba posiciones intransigentes guiñándole el ojo a los sectores antivacunas, como la implantación del «pasaporte Covid». En síntesis, las divergencias internas han mostrado la existencia de dos Ligas: la vieja Liga Norte, un partido arraigado que aunque es claramente derechista sabe también ser pragmático y administrar los territorios, y una Liga salviniana, un partido personalista y nacional-populista basado en el consenso mediático del líder. Cuando todo iba bien y Salvini avanzaba a paso firme, estas divergencias no se mostraban, pero ahora han explotado.

A Giorgetti, asimismo, le gustaría una Liga más moderada, que sustituya a Forza Italia como referente debajo de los Alpes del Partido Popular Europeo (PPE) y que abandone los extremistas del grupo de Identidad y Democracia (ID) en el Europarlamento para poder jugar un papel relevante en ámbito nacional y continental, además de dejar de mirar a la Rusia putinista como modelo y posible fuente de financiación y abrazar sin salvedades el atlantismo. Salvini, en cambio, creó justamente ID –que preside uno de sus pasdaran, Marco Zanni– y sigue intentando sumar nuevos adeptos, como Fidesz, el partido del premier húngaro Viktor Orbán, recién expulsado del PPE.

Además, al Capitano le crecen los enanos por todas partes: a finales de septiembre, su principal colaborador, el gurú de las redes Luca Morisi, tuvo que dimitir al ser investigado por asuntos de droga. El hecho no es menor, ya que Morisi creó la llamada «Bestia», la máquina de propaganda social que permitió a Salvini convertirse en el principal político italiano. Aunque es difícil que haya una ruptura o un cambio de liderazgo en la Liga –habrá un congreso en abril–, Salvini está en horas bajas e incluso hay quien vaticina que podría montar su propio partido soberanista.

El avance de Hermanos de Italia

En todo esto, Meloni le gana terreno a Salvini. En los últimos meses, Hermanos de Italia se ha convertido en el primer partido en intención de voto, cuando en las elecciones europeas de 2019 obtuvo tan solo 6,5%. Sin las contradicciones que está sufriendo la Liga –que se quiere al mismo tiempo «de lucha y de gobierno» con los cortocircuitos antes comentados–, Meloni puede presentarse como la única oposición al gobierno de Draghi. Además, ideológicamente, no debe hacer los saltos mortales para justificarse con nadie: Hermanos de Italia, fundado en 2012 tras el fracaso del Pueblo de la Libertad –el proyecto berlusconiano que quería reunir en una sola formación todo el centroderecha—, es hijo de la Alianza Nacional de Gianfranco Fini y nieto del Movimiento Social Italiano, el partido posfascista de la Italia de la segunda mitad del siglo XX.

En el último bienio, Meloni ha trabajado duro para construirse un perfil de futura presidenta del país y de líder política seria y popular: la guindilla en esta operación ha sido la publicación este verano de su autobiografía titulada Io sono Giorgia. A diferencia de Marine Le Pen, la desdeonización de Hermanos de Italia es mucho más sencilla ya que, gracias a la legitimación otorgada por Berlusconi, Alianza Nacional se convirtió en una fuerza de gobierno «aceptable» en una democracia liberal ya en 1994. No hay que olvidar, asimismo, que Hermanos de Italia es miembro, junto a los polacos de Ley y Justicia y Vox, de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), que, aunque son vistos con recelo, no son considerados unos parias por parte de la actual Comisión Europea. Además, desde el año pasado es justamente Meloni la presidenta de ECR.

Ahora bien, también la líder del posfascismo transalpino tiene sus problemas. Es cierto que en las recientes municipales sus resultados han mejorado –confirmando el sorpasso a Salvini–, pero no han sido tan buenos como muchos se esperaban. No se trata tan solo de los candidatos en ámbito local: los cuadros e incluso una parte de la dirigencia del partido son poco presentables. Y las conexiones con el fascismo y el neofascismo, que el partido intenta eludir, son inocultables. A principios de octubre, una investigación periodística ha puesto de manifiesto sus conexiones con ambientes neofascistas y neonazi en Milán, además de un sistema de financiación ilegal, y el eurodiputado Carlo Fidanza, del entorno más cercano a Meloni, está siendo investigado. En suma, un partido que no condena explícitamente el fascismo y que tiene dirigentes de primera línea que hacen el saludo romano en encuentros privados, ¿puede convertirse en clase dirigente de la tercera economía de la UE? Ahí está el quid de la cuestión.

Reñidos, pero mayoritarios en el país

Italia vive un intermezzo cuyo desenlace es incierto. La legislatura terminará en marzo de 2023, pero en enero próximo se deberá elegir el nuevo presidente de la República y la posibilidad de que sea Draghi –como quisiera la extrema derecha– conllevaría unas más que probables elecciones anticipadas. Además, en el campo de las derechas no hay solo una lucha por la hegemonía entre Salvini y Meloni que, como hemos apuntado, tiene su réplica también en ámbito europeo. Queda por saber qué quedará de Forza Italia. Berlusconi acaba de cumplir 85 años y su partido vive un profundo declive: ya no es el federador de la centroderecha, sino una muleta liberal-conservadora de la extrema derecha. ¿Será canibalizado por Salvini y Meloni? Dependerá también de cómo se reconfigure el sistema de partidos en los próximos tiempos. Hay un sector que no vería mal la creación de un partido liberal-centrista junto al ex-primer ministro Matteo Renzi –cuya formación personalista, Italia Viva, no despega– con el objetivo de convertirse en fiel de la balanza para las futuras mayorías parlamentarias, mientras que hay otro que se ha subido ya —o que espera el momento mejor para subirse— al barco de Salvini o Meloni.

Aunque la extrema derecha italiana vive un momento de tensiones internas nada desdeñables, sigue siendo mayoritaria en el país. Según todos los sondeos, mantiene el nivel de votos de 2019: lo que ha perdido la Liga ha ido a parar a Hermanos de Italia. Hablamos de algo más de 40%. Y con estos porcentajes, gracias a la actual ley electoral —bajo la cual, la mayoría de diputados se elige con el sistema mayoritario en circunscripciones uninominales— podría obtener no solo la mayoría absoluta, sino incluso una mayoría de dos tercios, suficiente para cambiar la Constitución. Así que, por más que Salvini esté a la baja, Meloni parezca estar a la altura para ocupar la silla de premier y los dos juntos no consigan conquistar las grandes ciudades, el espectro de una «orbanización» de Italia no es de por sí tan descabellado. Parafraseando al historiador británico Eric J. Hobsbawm, son años interesantes. Pero también muy preocupantes. 



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