Pensar una economía antifascista
Nueva Sociedad 323 / Agosto 2026
La crisis de subsistencia global –inflación, guerras comerciales, colapso climático– alimenta a las extremas derechas. El neoliberalismo, incapaz de proteger la democracia, comparte con el fascismo una base darwinista. Frente a ello, se propone una economía basada en la asequibilidad, los empleos dignos y la paz internacional.
Cuando caes, hay un instante justo después de resbalar y previo a golpear contra el suelo. Esos segundos parecen una eternidad. Durante los meses previos a las elecciones estadounidenses de 2024, sentí que no podía liberarme de esa sensación de cámara lenta. Pocas semanas antes de la noche de las elecciones, un periodista me visitó en Amherst. Me preguntó cuándo me había involucrado por primera vez en política. Soy de Núremberg, Alemania, y crecí dentro de sus murallas medievales. La ciudad fue un centro de producción bélica nazi y sede de los grandes mítines del nacionalsocialismo. Los ataques con bombas incendiarias destruyeron el casco antiguo casi por completo en una sola noche. Medio siglo después, cuando era niña, todavía quedaban solares vacíos en el centro de la ciudad donde antes había casas, testimonios de los horrores de la Alemania nazi, cuyo régimen había llegado al poder tras la hiperinflación y la crisis económica, dejando a su paso una devastación civilizatoria.
Núremberg fue el símbolo del mito nazi del Tercer Reich. La Große Straße (Gran Avenida), en las afueras de la ciudad, sigue siendo un monumento de 1,5 km a ese mito, con baldosas cuadradas de mármol diseñadas para coordinar los pasos de los nazis mientras marchaban. Si bien la hierba crece en algunos de sus tramos, la avenida aún apunta hacia el castillo medieval. Los nazis eligieron Núremberg como sede de su congreso partidario porque los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico convocaban allí a su Dieta Imperial (Reichstag). Hitler utilizó Núremberg para proyectarse como el legítimo sucesor del emperador, el líder que devolvería a Alemania su supuesta gloria pasada.
En la década de 1990 surgió en Alemania un movimiento neonazi. Era un grupo marginal y violento que atacaba abiertamente el principio fundamental de nuestra democracia: la inviolabilidad de la dignidad humana. Su objetivo era restaurar el fascismo y solía organizar manifestaciones en Núremberg para demostrar su lealtad a los nazis históricos y a su legado mítico. De adolescente, yo no podía comprender por qué el gobierno municipal permitía que los neonazis marcharan por las mismas calles donde antaño los nazis habían marchado por un Tercer Reich y me uní a mi abuela –cuyo padre era miembro de la Iglesia Confesante y, como pastor, se negó en su momento a abrir las puertas de su iglesia a los nazis– en manifestaciones de oposición a ellos. El «Nunca más» fue mi primera experiencia política.
Cuando le conté al periodista esta historia de mi juventud en Núremberg, una historia de mi entrada en la madurez con la convicción de que el antifascismo era mi primer deber cívico, me di cuenta de que esa había sido la motivación de mi trabajo como economista. Había dedicado años a luchar seriamente contra la inflación, con el objetivo de proteger a la gente de las fluctuaciones de precios y evitar que se quedara sin trabajo con los incrementos de las tasas de interés. Desde hacía tiempo tenía claro que la inflación sería el factor decisivo para el regreso de Donald Trump al poder y el auge de la extrema derecha en todo el mundo. Durante años había visto a mis colegas economistas defender las viejas estrategias que ignoran el sufrimiento que sus políticas infligen a la gente común, allanando el camino para el resurgimiento del fascismo.
Lo vi venir. Pero verlo venir no basta. Los compromisos emocionales y los eslóganes no bastan. La economía neoliberal de las últimas décadas no ha logrado proteger la democracia. No se puede frenar a la extrema derecha y a las fuerzas fascistas insistiendo en los méritos procedimentales de la democracia, cuando estos procedimientos no han beneficiado a la mayoría de la gente. Para apoyar la democracia, necesitamos una economía del «Nunca más».
El mundo se enfrenta a una profunda crisis de desintegración institucional. Esta abarca desde la inflación hasta la convulsiva división global del trabajo y las guerras comerciales, desde guerras de agresión a la vista de todos y la militarización de bienes esenciales como los alimentos y la energía, hasta el deterioro de nuestro hábitat y la amenaza de pandemias. Se trata de una crisis global de subsistencia.
La economía neoliberal que heredamos no puede resolver la crisis que enfrentamos ni garantizar una vida digna para todos. Los neoliberales prometen que dejar que rija el mercado es la única forma socialmente óptima de distribuir recursos escasos. De hecho, ahora estamos comprobando que cuando escasean los suministros esenciales, desde alimentos hasta energía e insumos médicos, dejar que el mercado los distribuya da paso a la ley de la selva. No es exagerado decir que esto significa elegir la muerte de muchos. Esta es la lección de las crisis de suministro de alimentos y energía. Bajo el dominio del mercado, quienes gozan de un alto poder adquisitivo pueden mantener su nivel de consumo, mientras que el resto se ve obligado a ahorrar hasta un momento en que ya no es posible subsistir1.El dominio exclusivo de los mercados ante la escasez de bienes esenciales implica tratar como daño colateral la vida de quienes carecen del poder adquisitivo para competir con otros. Libre mercado no significa que todos disfruten de esa libertad. Como seres humanos, no podemos decidir no comer. Una vida digna requiere acceso a una nutrición saludable y vivienda, transporte, comunicación y atención médica adecuadas. Los neoliberales aceptan el sacrificio de las fuentes de sustento en nombre del dominio del mercado, por ejemplo, cuando se prescribe el desempleo como remedio para la inflación o cuando se impone la austeridad a una nación agobiada por las deudas. Esta despreocupada aceptación del sufrimiento existencial es precisamente lo que Karl Polanyi, el académico austriaco exiliado que teorizó sobre el fascismo histórico al tiempo que este se imponía a su alrededor, identificó como el «virus fascista» transmitido por la economía fundamentalista de mercado2. Es aquí donde el neoliberalismo se vuelve incompatible con la democracia, que debe, como mínimo, garantizar el sustento de sus ciudadanos.
La gente ansía cualquier cosa menos el statu quo. Pero el neoliberalismo sugiere que no hay alternativa, que en cuestiones de economía –que es la base del bienestar material de los ciudadanos– los representantes democráticos son incompetentes. En un mundo neoliberal, se le dice a la gente simultáneamente que la democracia es la forma más elevada de organización política. Y también, que en lo que respecta a la economía, a los fundamentos materiales de nuestras vidas, lo mejor que pueden hacer los representantes del pueblo es subordinar a sus electores al mercado. Esta segunda afirmación puede sonar exagerada. Pero de hecho, es literalmente economía de manual. Al crear este punto muerto entre el deseo de cambio y la inacción, el neoliberalismo allana el camino para el ascenso de la extrema derecha. Con su insistencia en la incapacidad de los gobiernos democráticos para organizarse por el bien común, el neoliberalismo no hace más que profundizar la sensación de impotencia y caos en que prospera la extrema derecha.
Tras décadas de creciente desigualdad, los gobiernos abordaron la crisis financiera de 2009 rescatando no a la gente sino a los bancos. Este fue el primer punto de inflexión en el ascenso de la extrema derecha. La crisis inflacionaria fue el segundo. Cuando el covid-19 les dio a las empresas la oportunidad de subir los precios, agravando la crisis del costo de vida en medio de una pandemia global, muchos gobiernos democráticos se limitaron a observar mientras la gran mayoría de los economistas declaraba que no había nada que hacer contra estas explosiones de precios, que simplemente era la ley del mercado. Economistas como yo, que insistíamos en que es responsabilidad de los gobiernos proteger a su población contra las prácticas de precios abusivos, incluso cuando esto implica controles selectivos, fuimos ridiculizados. Se suponía que el contrato social era que los trabajadores trabajaran y, a cambio, se ganaran la vida. Ya antes de la inflación, demasiados trabajadores en todo el mundo apenas si podían sobrevivir con sus salarios. Ahora, los trabajadores seguían desempeñando sus tareas, pero los precios de los bienes esenciales –vivienda, servicios públicos, alimentos, transporte, todo aquello de lo que no podemos prescindir– se dispararon de tal manera que los llevaron al límite por razones ajenas a ellos. Las familias trabajadoras de todo el mundo ya no podían permitirse el statu quo, mientras que las empresas obtenían ganancias récord. La crisis de asequibilidad, que en realidad es una crisis de subsistencia, una lucha por ganarse la vida, impulsó el apoyo a la extrema derecha a escala mundial y facilitó el regreso de Trump al poder, quien se montó en una ola mundial de descontento y cuyo regreso envalentonó a sus aliados internacionales.
El neoliberalismo, en sus inicios, se propuso prevenir el resurgimiento del fascismo. Y, durante décadas, sus defensores han equiparado los mercados libres con la libertad. Sin embargo, no deben confundirse. De hecho, el fascismo y el neoliberalismo comparten la misma base: el darwinismo social, la lucha constante como única forma de organizar la sociedad y distribuir los recursos3. En ambos casos, según dictan las leyes de la naturaleza, hay claros ganadores y perdedores. Este fundamento común está en el centro del fracaso del neoliberalismo para impedir el resurgimiento de la amenaza del fascismo.
La visión neoliberal del mundo trata las leyes del mercado como si fueran leyes de la naturaleza, pero tras la supuesta mano invisible se esconden las poderosas manos de corporaciones gigantescas. Lo que se presenta como un rechazo a las intervenciones del mercado no es más que priorizar los intereses de lucro sobre las necesidades de la mayoría de la población. Así pues, lo que solemos llamar fundamentalismo de mercado es en realidad fundamentalismo de lucro: la búsqueda de beneficios por parte de las corporaciones capitalistas es el principio organizador supremo del abastecimiento en nuestras economías. Dado que los mayores destinatarios de los beneficios corporativos son un pequeño grupo de individuos ultrarricos, este sistema alimenta niveles cada vez más obscenos de desigualdad y, en última instancia, crea una oligarquía incompatible con cualquier noción seria de democracia.
Sin embargo, los neoliberales presentan la competencia universal como la única forma de evitar el dominio de unos sobre otros. De este modo, coinciden con el rechazo de los fascistas a la intervención estatal para proteger a la población del dominio de la competencia. Los fascistas pretenden desmantelar el Estado y sustituirlo por la nación y su cacicazgo. Los neoliberales, en cambio, buscan convertir el Estado en un garante de la subordinación del mercado y, por lo demás, mantenerlo al margen. En ambos casos ganan los ricos y poderosos, la oligarquía. Hannah Arendt, la teórica política del totalitarismo, sostiene que el fascismo exige que los individuos se «atomicen», que dejen de estar conectados socialmente entre sí y se orienten hacia la nación y el líder4. Organizarlo todo mediante la competencia es clave para el neoliberalismo y genera precisamente esta atomización. En la crisis que enfrentamos, socava la capacidad de acción colectiva. En una era de emergencias superpuestas, el neoliberalismo se revela incompatible con la democracia e incapaz de ser un baluarte contra las crecientes tendencias fascistas.
Es difícil definir el fascismo. Mi preocupación no es el fascismo en sí, sino cómo la economía puede ayudar a combatirlo en lugar de acelerar su retorno. El fascismo es un caso de «lo reconozco cuando lo veo» –como definió en su momento Potter Stewart, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos–, el umbral de lo obsceno. A diferencia de otros «ismos», como el socialismo, el liberalismo y el conservadurismo, el fascismo carece de una teoría coherente, y hasta de un programa. Su «sistema económico no sigue ningún modelo, no se basa en ninguna doctrina consistente», como observó Franz Neumann en su clásico análisis del nacionalsocialismo de 1944, Behemoth5. Esto significa que no podemos estudiar el fascismo de la misma manera en que estudiamos otros ismos. Sin embargo, existen temas comunes. Y la obsesión por restaurar el dominio del grupo elegido mediante métodos autoritarios y violentos es clave.
El fascismo afirma que las personas son diferentes por naturaleza. Los fuertes deben dominar a los débiles, los ricos a los demás, los hombres a las mujeres, los miembros de la raza elegida al resto de la humanidad, los carteles y monopolios a los trabajadores y las pequeñas empresas. En el mundo fascista, la vida es una lucha constante y está bajo la amenaza permanente de ser sacrificada. El fascismo suele basarse en el racismo y, como observó Martin Luther King: «El racismo es una filosofía basada en el desprecio por la vida»6. La violencia se considera una fuerza hermosa que debe ejercerse sin restricciones en todos los ámbitos, incluida la economía, ya que la lucha debe llevarse a cabo sin distorsiones. El fascismo lleva al extremo la lógica neoliberal de la competencia como única fuente de valor humano.
Hoy en día, las emergencias a las que nos enfrentamos parecen inevitables, y esta sensación de apocalipsis alimenta el auge de lo que Naomi Klein y Astra Taylor han llamado recientemente, y con acierto, «fascismo del fin de los tiempos»7, pero la dinámica subyacente del ascenso de los fascistas no es realmente nueva. Desde hace tiempo, los estudiosos del fascismo han identificado una «sensación de crisis abrumadora» como un factor clave para el atractivo de este movimiento8.A medida que abundan las crisis, sus repercusiones económicas calan hondo en los hogares. La gente teme ser víctima de fuerzas de mercado que escapan a su control, y este temor se agrava cuando los gobiernos neoliberales se niegan a intervenir y proteger sus fuentes de sustento, cuando aquellos a quienes han elegido para representar los intereses de la gente no defienden las necesidades materiales de esta. La inseguridad económica hace tentador buscar chivos expiatorios. A aquellos cuyo nivel de vida se ha estancado, cuyo futuro ofrece pocas esperanzas, cuyas ansiedades alcanzan el máximo, los profetas fascistas les dicen que el problema son los intrusos, los que corrompen la nación. Y el victimismo no se limita a la lucha contra «el otro» dentro de la nación. El fascismo también se nutre del temor al declive de la nación en el mundo9. «Cuando la jerarquía imperial se derrumba», escribe Jason Stanley, autor de Cómo funciona el fascismo, «el sentimiento jerárquico en el país de origen tiende a surgir como un mecanismo para preservar la familiar y reconfortante ilusión de superioridad»10. En la actualidad, el auge de China supone el colapso de una jerarquía global que se remonta al surgimiento de Occidente. La ansiedad ante el inminente declive y la pérdida de la superioridad es máxima. Los líderes fascistas insisten en que la única salida es restaurar la superioridad de la civilización occidental, lo que implica que las potencias occidentales dominen al resto por todos los medios posibles, incluida la violencia.
Pero, en realidad, para todos, salvo quizás para los ultrarricos, el fascismo del fin de los tiempos es una farsa, un sistema que los hunde aún más en la crisis de la que esperaban escapar. Los ricos y poderosos hacen planes fantasiosos para crear fortalezas exclusivas para su propia supervivencia en el mar, en ciudades libres o incluso en otros planetas con inteligencia artificial y robots como sirvientes, mientras dejan que la mayoría de la gente se consuma en un planeta cada vez más inhabitable. El objetivo del fascismo del fin de los tiempos no es afrontar la crisis en toda su magnitud y rescatar a la humanidad y al planeta que sustenta nuestra vida, sino construir barreras alrededor de un pueblo elegido. Los gobiernos de extrema derecha gobiernan mediante decretos de emergencia y fomentan aún más el caos si esto les brinda la oportunidad de demostrar su poder11. Las poblaciones no deseadas son abandonadas a sufrir, morir de hambre y asfixiarse en un planeta en llamas.
Un momento de crisis como el que enfrentamos es también una encrucijada, y tenemos opciones. El fascismo del fin de los tiempos elige la muerte. La subordinación del mercado, propia del neoliberalismo, implica tolerar el sacrificio de las fuentes de sustento, pero siempre hay otra alternativa. No podemos permitir que la distopía de la lucha constante y la dominación de unos pocos elegidos sea el único sueño de un futuro diferente. Necesitamos una visión para una alternativa real al statu quo: una agenda para toda la humanidad en lugar de la selección natural, solidaridad en lugar de imperialismo, capacidad de acción democrática en lugar de derrotismo, atención universal en lugar de competencia universal. Pero no podemos quedarnos en eslóganes. Necesitamos definir cómo pueden ser las alternativas económicas al neoliberalismo y la pendiente resbaladiza hacia el fascismo, y cómo esas alternativas abordan las crisis de manera concreta, respondiendo a los desafíos reales de la gente común.
Una economía antifascista debe optar por una economía que sirva a la vida. Por lo tanto, debe partir de lo que es esencial para vivir y recuperarlo, reconstruirlo y garantizarlo. Su objetivo debe ser salvaguardar los fundamentos materiales de una vida digna para todos. Este es el fundamento y el punto de partida de cualquier democracia con sentido. Comienza con la asequibilidad universal, lo que significa que todos puedan ganarse la vida. Requiere un abastecimiento estable y precios justos para los productos básicos. Pero este es solo un lado de la ecuación. El otro es garantizar empleos e ingresos dignos: empleo justo para quienes pueden trabajar y seguridad social para quienes no. Esto se ha vuelto aún más urgente en tiempos de la revolución de la inteligencia artificial. Ambos lados, considerados en conjunto, constituyen el inicio de un paradigma macroeconómico alternativo. Si los gobiernos cuentan con mecanismos eficaces para estabilizar los precios de los productos básicos, esto significa dejar de depender de la inducción del desempleo y la crisis de la deuda pública en busca de la estabilidad monetaria cuando se producen perturbaciones en la oferta. Un conjunto de herramientas alternativas para responder a la inflación convierte en un objetivo factible el acceso universal a empleos con salarios dignos. Y es seguro que se producirán nuevas perturbaciones y episodios inflacionarios.
Recuperar lo esencial implica prevenir las ganancias desmesuradas antes de que se materialicen y, más aún, significa no permitir que aquello que nos es imprescindible quede a merced de un puñado de corporaciones. La democracia exige la prevención de las desigualdades obscenas de riqueza e ingresos y del poder corporativo. Por ello resulta imperativo gravar a los ultrarricos y hacer cumplir las leyes antimonopolio. La economía antifascista consiste en reequilibrar el poder a favor de los trabajadores y la ciudadanía. Pero no basta con perseguir el dinero una vez que se ha concentrado en cada vez menos manos, ni con asegurar que los abusos corporativos no queden impunes. Necesitamos recrear activamente lo que el economista institucionalista estadounidense John Kenneth Galbraith denominó alguna vez «poderes compensatorios»12.
El poder público sobre lo esencial para vivir y la producción es decisivo en la crisis de subsistencia que enfrentamos. Es la única vía fiable para avanzar hacia la resiliencia cuando, de lo contrario, las corporaciones obtienen ganancias récord a costa de desastres. Un paradigma de estabilización basado en lo esencial hace posible el pleno empleo, lo que, junto con salarios mínimos y normas laborales, puede fortalecer el poder de los trabajadores y sus sindicatos. El poder no solo se divide entre lo público y lo privado, entre ricos y trabajadores, sino también entre géneros. Las grandes inversiones en la provisión de servicios públicos de atención pueden crear empleos dignos, elevar el piso salarial en un sector mal pago y subvalorado, y fortalecer la posición de las mujeres cuando el patriarcado ha vuelto a estar de moda.
La garantía del sustento en tiempos de desastres climáticos no puede basarse en consolidar los cimientos de los combustibles fósiles que nos han llevado a esta crisis. Los sectores claves para la asequibilidad son también los que necesitan una transición ecológica más urgente, desde la alimentación hasta la vivienda, la energía y el transporte. Esto significa que la tarea consiste en encontrar una estrategia de estabilización transformadora. El objetivo es liberar los elementos esenciales para vivir y la producción del dominio del fundamentalismo del lucro, reorganizarlos en aras de la asequibilidad universal y garantizar un abastecimiento sostenible dentro de los límites planetarios. La economía antifascista no se trata simplemente de más Estado. Como gustan de recalcar los libertarios, los Estados fascistas también tuvieron una capacidad enorme, y de las más brutales. Y la subordinación del mercado también requiere un tipo específico de capacidad estatal. Se trata de la capacidad de los gobiernos democráticos para dirigir, gestionar o proveer bienes esenciales, donde el modo de gobernanza específico depende de la naturaleza del sector en cuestión. Esta estrategia puede implementarse paso a paso, abordando cada aspecto esencial de forma conjunta para demostrar que existe una alternativa a considerar el sustento de las personas como daño colateral, y que las democracias pueden actuar para universalizar la seguridad económica y hacer frente al poder corporativo.
Mientras que la extrema derecha revive el proyecto imperialista de dominación militar, una economía antifascista debe reconocer que la asequibilidad, la dignidad y la democracia requieren paz y nuevas formas de cooperación económica internacional. Como la guerra de Irán ha recordado al mundo de la manera más brutal, trabajar por la paz es trabajar por la asequibilidad en todo el mundo, y provocar y tolerar la guerra es lo contrario. No podemos detener el fascismo diciendo que intervenimos para proteger a los trabajadores europeos o estadounidenses, pero que no nos importan las fuentes de sustento de Asia, África y América Latina. Necesitamos instituciones que puedan crear una situación beneficiosa para todos: para los trabajadores del Norte global y para el desarrollo del Sur, y que trasciendan la dicotomía entre guerras comerciales y libre comercio.
La idea de que necesitamos una economía antifascista no es invención mía. Cómo nuestra disciplina podría contribuir a un «Nunca más» fue en su momento una preocupación fundamental. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 formó parte del esfuerzo mundial por garantizar un «Nunca más». El primer artículo establece: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». La declaración reconoce que esto requiere una base material: «Los derechos económicos (…) indispensables para [su] dignidad» se encuentran entre los derechos humanos universales. Hacia el final de la guerra, los economistas debatieron acaloradamente qué modelo económico protegería mejor la democracia y convertiría el «Nunca más» en una realidad. Pensadores desde Karl Polanyi y los socialistas keynesianos hasta Friedrich von Hayek discreparon apasionadamente sobre qué se necesitaba para lograrlo. Para varios liberales y socialistas democráticos, los mercados solo podían ser una herramienta más al servicio de la dignidad humana. Para Hayek, en cambio, se trataba de la subordinación al mercado para impedir el dominio de unos sobre otros. Su visión finalmente se impuso, y la subordinación al mercado se ha convertido en el sentido común de las últimas décadas, pero no ha cumplido sus promesas antifascistas.
Erich Fromm, filósofo humanista, sociólogo y psicoanalista, que fue miembro de la Escuela de Fráncfort antes de huir de la Alemania nazi a Nueva York, advirtió ya en la década de 1970, en una entrevista sobre su libro ¿Tener o ser?13, que el mundo había entrado en un extraño estado de parálisis colectiva14 . Todos los datos mostraban que nuestros ecosistemas estaban gravemente amenazados. Seguir por el camino en curso haría inevitable una catástrofe. Sin embargo, nadie tenía el valor de actuar, de imaginar y tomar la iniciativa para avanzar hacia algo nuevo. La situación parecía verdaderamente desesperante, pero él insistía en que, mientras quedara una pequeña posibilidad de evitar la catástrofe, no había más remedio que intentarlo. Cuando se trata de cuestiones de vida o muerte, uno no puede rendirse si queda una pequeña posibilidad de supervivencia, argumentaba Fromm. «Lidiar con la vida es diferente a lidiar con el dinero», insistía. «Si inviertes dinero y solo hay 2% de probabilidad de no perderlo, solo un loco invertiría. Pero si una persona está gravemente enferma y solo hay 2% de probabilidad de sobrevivir, un médico haría todo lo posible por salvarle la vida». Lo mismo ocurre con las grandes cuestiones de nuestro orden social: «Estamos lidiando con cuestiones de vida o muerte de la humanidad». No podemos darnos por vencidos: «Aunque las probabilidades sean muy pequeñas, mientras puedas creer que algo parecido a un milagro podría ocurrir, mientras no puedas demostrar que evitar la catástrofe es imposible –lo cual prácticamente nunca sucede cuando se trata de seres vivos–, tienes que intentarlo»15.
En mi mente resuenan las palabras de Fromm. Si entendemos la economía como el estudio de los fundamentos materiales de la sociedad, entonces la economía es clave para evitar las catástrofes que se avecinan. Si vemos nuestra disciplina de esta manera, los economistas tenemos la responsabilidad de hacer nuestra parte. Obviamente, la tarea va mucho más allá de lo que cualquier individuo esperaría lograr. Por eso escribí en una publicación la noche de las elecciones: «¿Podemos finalmente tener una conversación seria sobre economía antifascista?».
Nota: este artículo es la introducción, levemente adaptada, del libro Anti-Fascist Economics: In Defense of Affordability, Dignity, and Democracy (Nueva York, Random House, 2026). Traducción del inglés de Carlos Díaz Rocca.
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1.
En teoría, estos «perdedores» podrían ser compensados con transferencias de dinero. Sin embargo, en la práctica, tales transferencias o bien son insuficientes, o bien llegan tarde, si es que llegan.
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2.
Karl Polanyi: «The Fascist Virus» en Economy and Society: Selected Writings, Cambridge, Polity, 2018. [Hay edición en español: «El virus fascista» en La naturaleza del fascismo, Barcelona, Virus, 2020].
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3.
Jason Stanley desarrolla este punto en relación con el pensamiento económico libertario en el capítulo 10, «Arbeit macht frei» [El trabajo libera], de su libro How Fascism Works, Nueva York, Random House, 2018. [Hay edición en español: Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida, Barcelona, Blackie Books, 2019].
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4.
Hannah Arendt: Los orígenes del totalitarismo [1951], Madrid, Taurus, 1974; Jason Stanley: ob. cit., cap. 10.
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5.
Franz Neumann: Behemoth: The Structure and Practice of National Socialism, 1933-1944, Chicago, Ivan R. Dee, 2009, p. 228. [Hay edición en español: Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo, 1933-1944, Barcelona, Anthropos, 2014].
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6.
Martin Luther King, Jr.: Where Do We Go From Here: Chaos or Community?, Boston, Beacon Press, 2010, p. 74.
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7.
Naomi Klein y Astra Taylor: «The Rise of End Times Fascism» en The Guardian, 13/4/2025.
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8.
Robert O. Paxton: The Anatomy of Fascism, Nueva York, Knopf, 2004, p. 219. [Hay edición en español: Anatomía del fascismo, Madrid, Capitán Swing, 2019].
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9.
Ibíd.
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10.
Jason Stanley: ob. cit., cap. 5.
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11.
Lars Vinx: «Carl Schmitt» en The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2025 Edition), eds. Edward N. Zalta y Uri Nodelman, 2025, disponible en plato.stanford.edu/archives/sum2025/entries/schmitt.
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12.
John Kenneth Galbraith: American Capitalism: The Concept of Countervailing Power, Boston, Houghton Mifflin, 1954. [Hay edición en español: Capitalismo americano. El concepto del poder compensatorio, Barcelona, Ariel, 1956].
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13.
Erich Fromm: ¿Tener o ser?, Ciudad de México, FCE, 1978.
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14.
«Erich Fromm – Gespräch zu Haben oder Sein» en Erich Fromm Study Center Berlin, canal de YouTube, 6/5/2020, disponible en www.youtube.com/watch?v=l_2mn39au0c.
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15.
Ibíd.