Tribuna global

Diario de Berlín: las torsiones de la memoria alemana


Nueva Sociedad 319 / Septiembre - Octubre 2025

¿Qué consecuencias tiene la forma en que se procesó la memoria alemana del Holocausto en la forma de pensar el presente nacional e internacional? Esta crónica permite abordar varios aspectos de este problema en el contexto de la destrucción de Gaza y las grietas en la Staatsräson [razón de Estado] alemana en relación con Israel.

Diario de Berlín: las torsiones de la memoria alemana

En mi primer día como becario en la American Academy en Berlín, a mediados de enero pasado, otro de los recién llegados, una mujer alemana que había vivido 30 años en Estados Unidos, comentó que la vista del lago Wannsee desde el salón comedor de la villa en la que se albergan los becarios era imponente, y sería aún más bella en la primavera. «Como judío», replicó otro becario, «no puedo apreciar la vista sin recordar que esta casa fue ocupada por un nazi que fue juzgado en Núremberg, y que estamos a una corta distancia a pie de la villa donde tuvo lugar la Conferencia de Wannsee»1. «Como judío»: esta expresión siempre me ha hecho sentir incómodo, aunque bien podría haberla utilizado. Demasiadas frases en defensa de lo indefendible han comenzado con ella, en especial desde el 7 de octubre. Evoca un recuerdo lejano de persecución colectiva al mismo tiempo que respalda una persecución presente. Había sin embargo algo siniestro en el lago, en particular cuando salía el sol y uno se ponía a pensar en las fiestas que organizaba Walther Funk en la villa, donde aparentemente Goebbels era un invitado frecuente.

Pocas semanas después, hicimos una ardua caminata bajo la lluvia y el frío hasta la villa donde tuvo lugar la Conferencia de Wannsee. La persona que nos guiaba, bien informada y enérgica, nos contó que habían asistido a la conferencia algunos magnates industriales que pensaban que podrían controlar a Hitler, y allí se discutió la implementación de la solución final. Sea o no «fascista» la mejor descripción del régimen estadounidense, no era difícil pensar en Donald Trump, Elon Musk, Stephen Miller y sus nuevos amigos Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. La coalición básica de gobierno no ha cambiado tanto: matones, fanáticos, arribistas, empresarios y estafadores. Cuando ya nos íbamos, nos dijeron que allí mismo había un café. Lo manejaba una mujer israelí y lo publicitaba un cartel que decía «Disfrute el judelicioso babka». 

Seguí conociendo a académicos especializados en «estudios germano-judíos» o «cultura de la memoria» en Berlín. La palabra «memoria» parecía habitualmente significar «memoria de los judíos». En algún sentido, no podía ser de otro modo. Que Alemania tiene la responsabilidad de recordar el Holocausto está fuera de duda. Pero impresiona la poca preocupación que existe por otras poblaciones que han experimentado discriminación o violencia racial por parte de los alemanes: los trabajadores invitados turcos y sus descendientes, los refugiados sirios, los palestinos, por no hablar de los namibios cuyos ancestros fueron víctimas de una campaña genocida alemana anterior, o los romaníes que perecieron en los campos junto a los judíos. La expresión «cultura de la memoria» se utiliza en referencia casi exclusivamente a las relaciones germano-judías entre 1933 y 1945. Y bajo la política de la Staatsräson [razón de Estado], que hizo de la defensa de Israel un pilar fundamental del Estado alemán, la lección del Holocausto parece ser que los judíos deben seguir siendo eternamente protegidos para que Alemania pueda expiar su culpa, aun si el Estado que hoy proclama hablar en nombre de los judíos está perpetrando crímenes de guerra –incluso un genocidio– contra otro pueblo. 

Para ser asimilados en la sociedad alemana, los hijos de inmigrantes musulmanes son desalentados a identificarse con las víctimas judías del país e instruidos en cambio a pensarse a sí mismos como potenciales genocidas de los judíos. Como ha sostenido la antropóloga Esra Özyürek en su libro Subcontractors of Guilt: Holocaust Memory and Muslim Belonging in Postwar Germany [Subcontratistas de la culpa. Memoria del Holocausto y pertenencia musulmana en la Alemania de posguerra] (2023), los programas educativos sobre el Holocausto diseñados para estudiantes musulmanes asumen que sus ancestros también tienen responsabilidad en el genocidio judío y ofrecen relatos muy exagerados del antisemitismo y el colaboracionismo musulmanes (el gran muftí de Jerusalén durante el mandato británico, el palestino Hajj Amin al-Husseini, tiene una presencia prominente en ellos, así como en los discursos de Benjamin Netanyahu). Si bien la inmigración ha provocado un descontento generalizado en Alemania y ha contribuido a fomentar el ascenso del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AFD, por sus siglas en alemán), la presencia de una población musulmana cada vez mayor también ha ayudado a aliviar a la sociedad alemana del peso de la memoria, permitiéndole desplazar la culpa por el antisemitismo hacia la población proveniente de Oriente Medio y reafirmar así la actitud vigilante de Alemania a la hora de enfrentar su pasado. Es la contracara de la «cultura de la memoria». Como han aprendido tanto afd como los demócrata-cristianos, mientras se condene el antisemitismo musulmán, se pueden seguir atacando los «males» de la inmigración, como si la xenofobia y el racismo no tuvieran conexión con el pasado del país. 

«Los extranjerismos son en Alemania los judíos de la lengua», escribe Theodor Adorno en Minima moralia. En Berlín se puede escuchar un barboteo de lenguajes, en particular en barrios como Neukölln, y muchos de los grafitis están en inglés. Pero hay lugares donde las palabras extranjeras están prohibidas. El uso del árabe está prohibido en las manifestaciones. También el del hebreo. Un intelectual alemán que conozco hace mucho tiempo me dijo que lo había conmocionado escuchar expresiones de antisemitismo en una protesta por Gaza. Cuando le pregunté qué había escuchado, todo lo que se le ocurrió fue «Desde el río hasta el mar» y «Globalicemos la intifada». 

Sus preocupaciones son típicas de los intelectuales de izquierda de su generación. Discípulo de Jürgen Habermas, creció en los años 60 y tiene la edad suficiente como para recordar el atentado frustrado contra el Centro Comunitario Judío de Berlín occidental en 1969, así como la participación de la izquierda radical en el secuestro de aviones por parte del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Para una pequeña pero influyente rama de la izquierda alemana, conocida como «anti-Deutsch» (antialemana), solo adoptando un sionismo militante puede Alemania matar al nazi que se esconde en toda alma alemana. Mi amigo desprecia a Benjamin Netanyahu y todo lo que este representa, pero en cualquier cántico propalestino escucha los ecos del terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo, y detrás de eso, a la Juventud Hitleriana. Esto deja poco margen para que los palestinos en Alemania –la diáspora palestina más numerosa de Europa– expresen su ira por la destrucción de Gaza. 

«La incapacidad alemana de lidiar con la guerra de Israel contra Gaza surge de una patología», me dijo un académico que es alemán por parte de madre y palestino por parte de padre. Se refería a que la preocupación alemana por los judíos es tan intensa que los palestinos como él se vuelven invisibles o, peor aún, son vistos como una amenaza irremediable para la reconciliación germano-judía. Por la imposibilidad de conseguir un empleo seguro en Alemania, ha pasado buena parte de la última década dando clases en el extranjero, sobre todo en el mundo árabe, donde se lo considera lo que nunca logra ser realmente en su país de origen: un alemán. 

Artistas e intelectuales –con cierta frecuencia, judíos de izquierda– son otro foco de la preocupación alemana por el antisemitismo. Perdí rápido la cuenta de la gente que conocí que se había quedado sin financiación o empleo, o no había sido contratada, por haber sido vista en una manifestación o haber firmado un petitorio por Palestina, y que por lo tanto se consideraba que había violado la Staatsräson. Varios académicos que conocí habían trasladado sus comunicaciones a Signal para garantizar que las conversaciones fueran seguras y se reunían en sus viviendas, y no en sus universidades, donde los actos públicos por Palestina están prácticamente prohibidos. 

Un solo tuit de Volker Beck, político de Los Verdes y hoy un cruzado contra el antisemitismo (o, para ser más precisos, antisionismo), parece haber sido suficiente para que se cancelara un evento. Cuando el arquitecto israelí Eyal Weizman, director del grupo de investigación multidisciplinario Forensic Architecture, y Francesca Albanese, relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas para Palestina, llegaron en febrero a Berlín para dar una conferencia en la Universidad Libre, Beck los fulminó en X, y su charla fue rápidamente trasladada a una locación fuera del campus. El público del evento reprogramado fue, según los estándares alemanes, inusualmente variado: jóvenes de diversos orígenes étnicos, muchos de ellos usando kufiyas. En la sección de preguntas y respuestas, muchos dijeron estar «traumados» por la violencia de la retórica en su contra, y por la violencia de la policía, que a menudo golpea a los manifestantes en las protestas propalestinas que se concentran en Kreuzberg y Neukölln, zonas con numerosas poblaciones musulmanas. Fuera del evento estaba apostada la policía con sus vehículos, como si esperara un tumulto. 

Uno de los modos en que se expresa el disenso sobre Palestina es el grafiti. Una mañana, durante una caminata por Kreuzberg, reparé en una recomendación inusual de un artista grafitero: «Lean La paradoja judía de Nahum Goldmann». En ese libro, publicado en 1978, Goldmann, un dirigente sionista de tendencias heterodoxas, advertía sobre el «culto al Estado» del sionismo. Esto le granjeó la ira de los defensores de Israel, que se enfurecieron especialmente con él por haber citado a David Ben-Gurion como autor de este fragmento:

¿Por qué deberían los árabes hacer las paces? Si yo fuera un líder árabe, nunca llegaría a un acuerdo con Israel. Es algo natural: hemos tomado su país. Seguro, Dios nos lo prometió, pero ¿qué les importa eso a ellos? Nuestro Dios no es el suyo. Venimos de Israel, es cierto, pero hace 2.000 años, ¿y qué significa eso para ellos? Ha habido antisemitismo, nazis, Hitler, pero ¿fue culpa de ellos? Solo ven una cosa: hemos venido aquí y robado su país. ¿Por qué deberían aceptarlo? 

La autenticidad de esta cita ha sido puesta en duda, pero otros líderes israelíes han dicho cosas parecidas. 

«No puedo decirte cuántos alemanes conozco que han ido a Israel y se fotografiaron usando una kipá», me confió alguien que vive en Berlín hace varios años. «Es como si desearan sentirse como víctimas, mientras se sienten superiores. ¡La defensa del Estado de Israel es uno de los principios fundacionales de la editorial Axel Springer!» (una de las mayores empresas de medios del mundo). «Pero con la campaña de hambre», prosiguió, «se están empezando a ver grietas; hasta los alemanes encuentran difícil defenderla». 

Un historiador alemán con quien he tenido trato me habló sobre el papel del Consejo Judío, que insiste en que el antisionismo es intrínsecamente antisemita. Me dijo que cuando el historiador Uffa Jensen, de la Universidad Técnica de Berlín, respaldó la adopción de la definición del antisemitismo de la Declaración de Jerusalén, en lugar de la formulada por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (ihra, por sus siglas en inglés), el jefe del Consejo Central de los Judíos de Alemania lo acusó de «desplegar la alfombra roja para los extremistas de izquierda y los simpatizantes de Hamás»2

Tras un evento en la Universidad Humboldt, un joven periodista de Taz, un diario de izquierda, me preguntó qué habría pensado Frantz Fanon del 7 de octubre3. Le dije que, ya fuera que él aprobara o no la matanza de civiles, habría comprendido la ira y la desesperación que dieron origen al ataque; también mencioné su observación de que la represión colonial a menudo adquiere el «aura de un auténtico genocidio», y Gaza es un ejemplo de manual de la transformación de la venganza en aniquilación. En cuanto se mencionó la cuestión de Palestina, se extendió por el auditorio un silencio casi palpable.

A comienzos de mayo, la periodista egipcia Mona El-Naggar ofreció una conferencia inquietante en la American Academy sobre su película acerca de dos palestinos que huyen de la destrucción de Gaza. Al final de su exposición hubo, una vez más, un silencio casi total. El director Volker Schlöndorff se puso de pie para hablar, porque «alguien tiene que hacer una pregunta». Entonces se le preguntó a El-Naggar si temía que el odio causado por la guerra llevara a los jóvenes de Gaza a unirse al Estado Islámico. No hubo reconocimiento alguno del odio que permitió a los israelíes asesinar palestinos en masa y celebrar la destrucción en publicaciones de Instagram. Un integrante de la Academia le preguntó a la directora por qué había elegido a palestinos tan atractivos y occidentalizados como tema de su película (me los describió luego como «pequeños Monas»). ¿Buscaba que los espectadores occidentales pudieran «identificarse» con ellos? Aun si ese fuera el caso, ¿quién podría reprochárselo? Ana Frank no fue una víctima típica de la Shoá; la mayoría de ellas eran judíos pobres de Europa oriental, ampliamente considerados «extranjeros» y atrasados, los «otros» internos de Occidente. 

En una galería en Moritzplatz fui entrevistado sobre Fanon por Emilia Roig, una politóloga francesa residente en Berlín que se convirtió en una celebridad de las redes sociales por sus libros y publicaciones sobre raza e interseccionalidad. Sus ancestros conforman un microcosmos de la historia imperial de Francia: colonos franceses en Argelia, incluidos terroristas de la Organización del Ejército Secreto (oas); judíos argelinos que obtuvieron la nacionalidad francesa a fines del siglo xix, luego del Decreto Crémieux; negros de Martinica; blancos de la metrópoli. Llegó trayendo un perrito. «No soporta estar solo», dijo; gruñó cuando traté de acariciarlo. Pronto quedó a la vista que no había venido solo con su perro, sino también con un pequeño ejército de simpatizantes que chasqueaban los dedos ruidosamente luego de cada uno de sus comentarios. «Me voy a meter en problemas por decir esto en Alemania», declaró, antes de describir el Holocausto como poco más que violencia colonial europea infligida a otros europeos, un síntoma del efecto «búmeran» evocado por Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo. Yo dije que ni Césaire ni Fanon habían minimizado el horror del genocidio nazi. 

La última pregunta fue de un hombre joven alemán negro, que preguntó qué habría dicho Fanon sobre el auge de los gobiernos autoritarios en el mundo poscolonial y sobre el fracaso de la violencia, el remedio que él elegía, para producir resultados más liberadores. Respondí observando que Fanon era dolorosamente consciente de que las revoluciones que él apoyaba podían resultar en el régimen represivo de una «burguesía nacional», pero que dado que murió en 1961, no podemos encontrar respuestas a este dilema en sus escritos. Más aún, a Fanon, que le pedía a su cuerpo que «haga de mí siempre un hombre que cuestiona», lo habría desconcertado que algunos lectores, más de medio siglo después de su muerte, vean sus obras como textos sagrados. Creía en el «salto inventivo» como una expresión de la libertad humana. Nuestra tarea como lectores, sugerí, era permanecer fieles a su espíritu cuestionador y radical, aun yendo más allá de Fanon. «¿Más allá hacia dónde?», gritó una mujer del público. Más chasquido de dedos. Luego me dijeron que los simpatizantes de Roig habían venido al evento a molestarme porque como yo no aplaudía la Operación Inundación de Al-Aqsa, estaba tratando de «rehabilitar el sionismo». 

En un evento en Potsdam unos pocos días más tarde me preguntaron qué diría Fanon del mundo de hoy. Respondí que podía imaginarlo horrorizado por la destrucción de Gaza por Israel, por la persecución de los refugiados y por las brutales guerras por recursos en el Congo. Un periodista de Taz, para resumir el intercambio, escribió: 

La respuesta de Adam Shatz es en general más florida, diciendo –típico de este entorno– que hoy Fanon habría estado del lado de «los palestinos». ¡Al menos menciona la explotación imperial china de los recursos naturales en el Congo, aunque guarda silencio sobre la guerra en Sudán! Por desgracia, tampoco pone al descubierto el colonialismo beligerante de Rusia en Ucrania. Si la vergüenza es un sentimiento revolucionario, como proclamó Karl Marx, entonces uno podría sentir vergüenza.

Una investigadora procedente de Oriente Medio y que trabaja en Berlín me relató una conversación que tuvo con su directora alemana luego del 7 de octubre. (Las autoridades de su universidad habían anunciado de inmediato solidaridad absoluta con Israel y su compromiso con la seguridad de sus estudiantes judíos, en cumplimiento de la Staatsräson). Acababa de regresar de un viaje a Beirut y le comentó a su directora que le estaba resultando difícil como árabe la vida en Alemania, donde había tan poca comprensión, y mucho menos compasión, hacia la grave situación de los palestinos. «Imagino que todo esto se siente de una manera muy distinta debido a nuestras diferentes posicionalidades», le respondió la directora con dureza. «Pero yo considero que Hamás es una organización terrorista». «Fue surrealista», me dijo la investigadora. Su directora le habló «como si asumiera que yo apoyaba lo que había sucedido el 7 de octubre». 18 meses más tarde, la directora admitió que «lo de Gaza comenzaba a parecer un genocidio». 

Durante mi estadía en Berlín, escuché en repetidas ocasiones a alemanes discretamente críticos de Israel decir que habían comenzado a aparecer «grietas» en la Staatsräson. Estas grietas asumían a veces formas inquietantes, notablemente, alivio por quitarse de encima el peso de la memoria del Holocausto, como si Palestina fuera una invitación a sepultarlo, por fin, en lugar de aplicar sus lecciones a la destrucción de Gaza. Una conocida me dijo que una amiga suya, una judía estadounidense, había roto con su novio alemán después de que él le dijera que le resultaba demasiado doloroso enfrentar el Holocausto, y que por lo tanto no quería hacerlo. Cuando ella sugirió que visitaran un memorial del Holocausto en Berlín, él empezó a hablar de Gaza y le dijo airadamente que ya no apoyaba la guerra de Israel, y que la mayoría de los alemanes estaban de acuerdo con él. Cuando ella le cuestionó su negativa a enfrentar temas complejos como el Holocausto, él rompió en llanto y huyó. 

A mitad de mayo, cuando mi residencia estaba llegando a su fin, el New York Times informó que hasta algunos generales israelíes admitían ahora que Gaza estaba «al borde de la hambruna». El tono del gobierno alemán también estaba comenzando a cambiar. El canciller Friedrich Merz, demócrata-cristiano e intransigente en lo que respecta a Israel, afirmó que los continuos ataques aéreos contra Gaza «ya no le resultan comprensibles»; el ministro de Relaciones Exteriores, Johann Wadephul, declaró que Alemania ya no debería exportar armas que se utilizan para violar las leyes humanitarias en Gaza y describió el sufrimiento de los palestinos como «insoportable». Felix Klein, el zar alemán del antisemitismo, dijo que matar de hambre a la gente y empeorar deliberadamente la situación humanitaria en Gaza no tenía nada que ver con defender el derecho de Israel a la existencia, y llamó a debatir la Staatsräson. El 8 de agosto, un par de meses después de mi partida de Berlín, Merz anunció que el gobierno alemán interrumpía las exportaciones de «equipamiento militar que pudiera ser utilizado en la Franja de Gaza». Entre el 7 de octubre de 2023 y el 13 de mayo de este año, según Reuters, Alemania había aprobado licencias de exportación de equipamiento militar por valor de 485 millones de euros. ¿Quedará alguien en Gaza que pueda beneficiarse de este supuesto cambio de rumbo?

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en London Review of Books vol. 47 No 14, 14/8/2025. Traducción: Silvina Cucchi.

  • 1.

    Reunión de altos oficiales nazis y líderes de las SS, celebrada el 20 de enero de 1942 en las afueras de Berlín. Su objetivo principal fue coordinar la logística y la burocracia para implementar la «solución final», el plan para exterminar a la población judía de Europa. En ese cónclave se sentaron las bases organizativas que permitieron el Holocausto [N. del E.].

  • 2.

    La «Definición del Antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA)» considera antisemitas las críticas al sionismo. V. https://holocaustremembrance.c.... La Declaración de Jerusalén plantea un enfoque alternativo, consistente con las reivindicaciones palestinas; v. https://www.clacso.org/wp-cont... [N. del E.].

  • 3.

    Shatz es autor de una biografía de Fanon: La clínica rebelde. Las vidas revolucionarias de Frantz Fanon, Debate, Barcelona, 2024 [N. del E.].

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista
ISSN: 0251-3552
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