Hace treinta años la edición Nº 42 de Nueva Sociedad (mayo-junio de 1979) analizaba el papel de la ciencia y la tecnología como factor de desarrollo en América Latina, en tanto fuente de cambio productivo y competitividad internacional. Si bien el tema cobró notoriedad en los debates internacionales de esos años de la mano de la Primera Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas sobre Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (1979), solo recientemente ha comenzado a ocupar un lugar destacado en la agenda regional, cuando se empezó a percibir la ciencia y la tecnología como medios fundamentales para luchar contra la pobreza y la inequidad.
A finales de los 70, Carlos Contreras y Francisco Sagasti argumentaban en su artículo que mejorar las capacidades científicas y tecnológicas era imprescindible para que América Latina avanzara hacia un desarrollo autónomo y sostenido. Si bien a lo largo de estas décadas la región ha avanzado en esta dirección, todavía queda un largo camino por recorrer para que sea posible hablar de un nuevo modelo productivo y de desarrollo. En parte, esto se debe a que las políticas científicas y tecnológicas son escasas en la región, y cuando las hay, no forman parte de las estrategias de desarrollo nacionales, un punto elemental que Gerardo Bueno ya advertía hace tres décadas en Nueva Sociedad.
En la actualidad, el desarrollo de la ciencia y la tecnología en la región también se ve obstruido por la existencia de debilidades estructurales. Ya hace 30 años Mauricio Schoijet, en alusión a este tema, mencionaba la escasez de científicos e investigadores en la región y las dificultades de los sistemas educativos latinoamericanos para generar los recursos humanos necesarios para producir conocimiento y tecnologías de manera endógena, así como para recepcionar de manera eficiente tecnologías provenientes de los países desarrollados.
Actualmente, nadie pone en duda que la tecnología es una dimensión central del desarrollo por sus impactos en el bienestar, la disminución de la pobreza y la desigualdad. Y desde el fin de la era neoliberal, también existe consenso en que el Estado tiene que ser un agente central en la promoción de capacidades científicas y tecnológicas, algo que Sagasti destacaba como «una responsabilidad nacional».
No obstante, aunque el papel del Estado es primordial en el diseño, la ejecución y la financiación de políticas de ciencia y tecnología, también es fundamental, como remarcaban Contreras y Sagasti en la revista, involucrar al sector privado, tal como sucede en los países desarrollados, donde los recursos destinados a investigación y desarrollo provienen en su mayoría de ese ámbito.
Ahora bien, para que la ciencia y la tecnología puedan convertirse realmente en factores de desarrollo en América Latina, es imprescindible afianzar la cooperación internacional en esta materia, dados los recursos limitados de los que dispone la región. En particular, es esencial obtener más y nuevos mecanismos de transferencia y financiamiento de conocimiento y tecnología desde el mundo desarrollado, algo que muy probablemente la crisis económica internacional postergue una vez más.
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