Hace treinta años Nueva Sociedad dedicaba su edición Nº 34, enero-febrero de 1978, a reflexionar sobre la crisis de los partidos políticos latinoamericanos, de cara a la celebración de elecciones presidenciales en Bolivia, Costa Rica, Colombia, Guatemala, República Dominicana y Venezuela, en su mayoría países con regímenes democráticos endebles o incipientes, donde el declive de los partidos era un impedimento para la construcción de democracias «reales». Hoy, la debilidad de los partidos persiste, pero ¿es un obstáculo o una oportunidad de renovación política y de profundización democrática?
A finales de los 70, como señalaba Santiago Maggi Cook 30 años atrás, la crisis de los partidos (con excepción de Acción Democrática y Copei de Venezuela, y el PRD de República Dominicana) era producto de la falta de adecuación institucional a los cambios económicos y sociales de la época. Esto es, mientras que en las sociedades latinoamericanas aumentaba la participación económica de las masas, los partidos mantenían estructuras obsoletas y prácticas elitistas que limitaban la participación de las bases.
Otro factor que en aquel momento debilitaba a los partidos era su gran fragmentación interna, algo que, como sugerían Alberto Morales y Guillermo Bedregal en la revista, se observaba en los casos del Partido Liberal y el Partido Conservador de Colombia y en el MNR de Bolivia.
En la actualidad, los partidos continúan siendo democráticamente deficientes y en algunos casos están profundamente fragmentados. Sin embargo, el correlato de su ocaso ha sido la reciente aparición de nuevos movimientos políticos y el ascenso de figuras como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Es decir, outsiders de la política que, como afirmaba Vivian Trais en la revista en relación con los caudillos populistas de los 50, tienen capacidad de interpretar a las masas de su época.
Hoy, a pesar de que algunos resaltan el estilo decisionista de gestión y la escasa tradición democrática de los nuevos líderes, su emergencia, en tanto representantes de sectores históricamente marginados, podría ser el inicio de una nueva ola democratizadora en la región; pues como recordaban Renzo Falien y Rodrigo Borja hace tres decádas, la participación efectiva de la ciudadanía en la vida política, económica, social y cultural es una condición necesaria para la democracia.
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